6. Ecos de los hermanos Grimm #11
Caminé entre toda clase de tiendas, oficinas de oficios liberales y cafeterías hasta llegar a las tiendas de ropa, que se hallaban amontonadas al final de la calle.
De nuevo arrastraba los pies por el peso de las botas y el calor.
Podía apostar a que mis sofocos se debían a la camiseta negra de tirantes con el estampado de costillas rotas y a los ajustados pantalones.
Bufando por el calor, me derretí de repente al ver una tienda en liquidación por inventario.
En ese momento entendí lo que era el amor a primera vista cuando la vi a ella: una chaqueta de cuero negro con remaches puntiagudos y el estampado de una rosa a medio deshojar en el brazo izquierdo.
Se me cayó la baba frente al escaparate y, avergonzada, me limpié la boca con el brazo.
—Esto tiene que verlo Annastasie. No puedo esperar a ver su reacción cuando sepa que me la he comprado —mi afirmación se basó en que estaba a mitad de precio y aún me quedaba dinero para comer a media tarde.
Entré en el local tratando de esconder toda la emoción que sentía.
Me dirigí a una dependienta intentando parecer lo más formal posible, aunque notaba las piernas temblando, y pedí la prenda del escaparate.
La decepción llegó pronto, pues me avisaron de que no quedaba stock de esa pieza; no obstante, mi última carta era que la prenda expuesta me quedara bien.
Así pues, la empleada me la dio y me invitó a pasar al probador.
Cuando me la puse, volví a sentirme empoderada: me bastó con mirarme en el espejo y notar cómo me cubría todo el torso y hasta la cintura.
Volví a sentirme bien, era feliz con esa prenda.
Pero algo me angustiaba, y no era la opinión de un hombre, sino algo peor: Gallia Fointable.
[3 de octubre de 2012]
Era la hora de tutoría con Paige Dubé, nuestra tutora y profesora de lengua francesa.
Era el día de recibir las pruebas de nivel que nos habían realizado al cabo de un mes de clases.
Sin que nadie nos hubiera avisado, nos pusieron exámenes sorpresa de todas las asignaturas, a excepción de educación física.
El malestar en clase se canalizó a través del acoso escolar a algunas alumnas.
Mi peinado, que no me había hecho pasar desapercibida, inspiraba cierto respeto; incluso despertó una admiración preocupante, pues las chicas creían que era anoréxica y circulaba el falso relato de que mi nuevo estilo era fruto de mi superación.
Lo que me incomodaba realmente era que Annastasie no me dijera qué ocurría.
Le habían forzado la cerradura de la taquilla; dentro encontró unos bóxers manchados y pintadas de falos.
Ella se quejó a la dirección del centro y al psicólogo, pero no quiso contarme nada de lo ocurrido.
Yo desconocía el motivo profundo; el desquitarse con alguien para liberar el estrés era algo que conocía perfectamente.
Lamentablemente, dejaron de meterse con ella en mi presencia.
Un tal Fodor Vince, un conflictivo alumno de Europa del Este, estuvo a punto de abusar de ella, pero mi amiga le asestó varios golpes de artes marciales.
Desde ese día, mi preocupación por ella y mi interés por conocer el secreto tras el acoso escolar fueron en aumento.
—Chun. Chun. Mira, Alice, he sacado mejor nota que tú en francés y en matemáticas —me pinchó una mejilla con el dedo índice mientras yo miraba cómo mis calificaciones habían descendido a las que sacaba en el Instituto de Stendhal.
—Cómo me alegro por ti. Eso ha ocurrido porque te has esforzado mucho. Supongo que tus padres te dejarán salir más de casa con esas calificaciones —contesté contenta por ella, quien suspiraba aliviada al no haber suspendido ninguna prueba.
—Vaya, pareces preocupada por algo. ¿Me lo contarás después?
La profesora no se percató de que ella y yo estábamos conversando mientras soltaba un discurso.
—No, está todo correcto. Es que hay un chico que me ha escrito en la aplicación de conocer gente —mentí para evitar que sospechara mis verdaderas intenciones.
—Qué callado te lo tenías. Cuéntame cosas, pequeña Julieta. Quiero detalles al respecto —emocionada, no se dio cuenta de que alzó demasiado la voz.
—Señoritas Baudin y Fointable. Les invito a guardar silencio en clase o a seguir charlando en la sala de expulsados. Lo mismo va para el resto de la clase. No se confíen si han superado la mayoría de las pruebas —la señorita Dubé tenía una voz fría y cortante que me tensaba.
Unas horas más tarde, Annastasie y yo estábamos tiradas en el Parc de la Tête d’Or.
Las hojas de los árboles caían lentamente sobre nosotras, hojas doradas de color ocre y otras rojas.
Yo estaba leyendo un manga que ella me había traído; se trataba de Yanderekko Mirai, una obra japonesa que contaba una sanguinaria historia de amor protagonizada por dos personas unidas por el hilo rojo.
Tenía la particularidad de que ambos podían verlo; sin embargo, para llegar a estar juntos debían asesinar a otras parejas en un juego de supervivencia.
—Oye, Annastasie. ¿Serías capaz de matar o morir por la persona a la que amas?
Ella me miró con ojos cariñosos y tiernos.
Sus labios parecieron despegarse para contestar; mis ojos se encendieron esperando la respuesta.
Pareció angustiada, acarició la palma de mi mano y suspiró.
Me puse nerviosa al ver que no contestaba y me sentí tentada a repetir la pregunta.
De pronto su rostro se contrajo rápidamente y estornudó sonoramente, lo que me sobresaltó.
—La única persona por la que mataría sería mi hija.
No hay amor más puro que el de una madre.
Aunque a veces no parezca que deseen lo mejor para nosotras.
Me gusta leer cómics japoneses para chicas porque me gusta fantasear con que algún día encontraré el verdadero amor y tú vendrás a mi boda.
Y creo que tú también lo harás, por lo que asistiré a la tuya.
Oye, Alice, ¿tú crees en la leyenda del hilo rojo?
—su respuesta no me sorprendió, pero su pregunta sí.
Mis labios se despegaron para contestar, pero me mordí la lengua para meditar la respuesta.
Empecé a sentirme confusa y un escalofrío me recorrió el cuerpo.
A ella se le escapó una pequeña risa nasal y me miró sonriente.
Acto seguido, metió la mano dentro de su mochila para buscar el bollo de canela que me tiraría.
Pero yo no me sentí entusiasmada; tenía sentimientos encontrados al respecto.
—No puedo decirte si creo o no creo, lo siento.
Lo que sí puedo decirte es que, desde hace meses, he notado algo extraño en mi dedo meñique, como si estuviera siendo tirado por un hilo al que está atado.
Pero supongo que debe ser una reacción de mi cuerpo.
Además, ¿no se supone que la leyenda estaba pensada para unir a hombres y mujeres? —confesé, fingiendo despreocupación.
El rostro de mi amiga se tornó serio durante unos momentos. Se puso de pie, volvió a sentarse a mi lado y me acarició el pelo mientras parecía rumiar qué decirme.
—Alice, el amor no entiende de identidades sexuales.
Mientras sea puro y no una actitud aberrante como hacerlo con animales o niños, no hay que pensárselo demasiado.
Eso es algo que se siente y punto. Ahora mismo no quieres saber nada del tema porque recientemente han jugado con tus sentimientos.
Y yo tampoco lo tengo fácil, pero me gusta pensar que todos tenemos a alguien esperándonos, a veces quien menos te lo esperas —sus palabras me dejaron anonadada.
Annastasie tenía el rostro iluminado y parecía que se le escaparían algunas lágrimas de un momento a otro.
Sentir el calor de las palmas de sus manos sobre las mías proyectó en mi mente una imagen de mí misma conectada a ella por un fino hilo que parecía irrompible y brillaba con un tono azul y blanco.
De pronto sentí una paz interior que no había experimentado nunca; no le bastaron más que un puñado de palabras para crear una conexión más profunda conmigo.
—Supongo que tienes razón. Hay cosas que son difíciles de demostrar con hechos reales.
Según leí en una revista esperando para la dermatóloga, todas las personas estamos conectadas por seis o siete personas.
¿Tú crees que mis experiencias con el dedo meñique eran señales de que el hilo existe?
—di un gran mordisco a mi bollo de canela y me volví a rendir a él.
De pronto su rostro se iluminó y un escalofrío me recorrió la espalda.
Sentía un verdadero terror por aquella dulzura propia de los monstruos que peor me lo hacían pasar; los muñecos poseídos con apariencia infantil.
Sin embargo, disfrutaba de esa sensación cuando se trataba de una película, pero no en ese momento, mientras las hojas caían sobre nosotras.
Ella trabó el meñique de su mano derecha con el de mi izquierda de improviso, momento en que aquella sensación se acentuó.
El corazón se me detuvo y sentí ganas de besarla por un momento; sin embargo, pronto se disipó, dejando paso a un impulso más suave, casi doméstico: apoyar mi cabeza en su falda y quedarme ahí, hablando de cualquier cosa, sin perder ese hilo conductor.
—¿Lo has notado tú también? —me hizo saber que ella también sintió el vínculo mientras masticaba el dulce con los labios llenos de canela.
—¿A qué te refieres? Ah, el bollo, sí, le has puesto un poco más de chocolate que la última vez, pero no deja de ser delicioso.
Apostaría mi biblioteca a que el sentimiento de pertenencia era mutuo.