Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 6. Ecos de los hermanos Grimm #10
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6. Ecos de los hermanos Grimm #10

En ese momento no fui consciente de que había dado con alguien excepcional, tan humana e imperfecta como yo.

Mis dudas sobre ella se fueron disipando parcialmente.

Aun así, después del golpe que había supuesto abrirme a Lauren, me costaba asumir que pudiera encontrar a alguien distinto.

O incluso mejor. Pero tampoco podía adelantar nada: el tiempo no era estable, ni predecible, y yo todavía estaba aprendiendo a moverme dentro de él.

Las clases de Yuki Yoshida

[10 de septiembre de 2012]

Mi primera semana en el Instituto de Saint Germain no fue tan horrible como me temía en un principio.

Mi cuerpo parecía completamente recuperado del coma, al menos a nivel intelectual, y, a pesar de que las clases se impartían mayoritariamente en inglés, podía seguir el ritmo y enterarme de todo.

Sin embargo, lo que me quitaba el sueño por las noches y me volvía irascible era el calor propio del verano de Lyon, además del hecho de que Annastasie se negara en rotundo a acompañarme a la piscina municipal, por mucho que le rogué que fuéramos.

No obstante, se ofreció a ir conmigo a la peluquería tan pronto como sus padres le dieran dinero.

Alegaban que gastaba mucho en cosméticos y belleza.

Al parecer, por algún motivo que desconocía todavía, incluso una de las personas más dulces que había conocido también tenía problemas familiares.

Viéndome asfixiada por mi melena rubia, decidí no esperar más por ella.

¿Qué tan terrible podía ser para ella ir a una piscina?

La forma en la que me despachó, alegando que pasara página con Lauren, no me gustó en absoluto, pero el tono de voz que utilizó me dejó claro que estaba pisando líneas rojas.

Podía entenderla, yo misma me sentí acorralada en muchas ocasiones y mi instinto fue lanzarme al cuello de quien me provocaba ese sentimiento.

Annastasie había demostrado ser un amor de persona y, si usó como herramienta algo que a mí todavía me escocía, era porque había un motivo profundo detrás.

Entonces dejé de insistir con el tema y consideré que la mejor opción era cambiar de peinado.

Cuando lo comenté en casa me dieron dinero con la condición de que me hiciera un peinado decente.

Pero sabíamos de antemano cómo acabaría la cosa.

Así pues, tuve la suerte de conseguir hora en una peluquería de la zona en la que te hacían un descuento acorde a la cantidad de centímetros de pelo que estuvieras dispuesta a donar para hacer pelucas que serían donadas a niñas con cáncer.

La peluquería, que ofrecía algunos servicios de salón de belleza, era de grandes dimensiones y conté a cinco peluqueras trabajando cuando entré.

Tras cruzar las puertas automáticas me dirigí al mostrador y esperé a ser atendida, incapaz de alzar la voz.

Esto se debía a que, tras saludar animosamente a un comerciante para tratar de hacer buenas migas, este disimuló como pudo una mueca, lo que no me hizo ninguna gracia.

—¿Alice Fointable? —Una peluquera con un peinado estilo bob se acercó y se dirigió a mí con una sonrisa en los labios.

—Sí, he pedido cita por teléfono. Lamento que haya sido tan precipitado —intenté añadir algunas palabras adicionales, buscando ser un poco más sociable.

—Pues ya puedes pasar. Ariel te atenderá. Venías para hacer donación de pelo, si no recuerdo mal —me acompañó hasta la silla donde estaba una de las chicas.

La chica que me atendió llevaba un peinado de cresta de color verde peinada hacia el lado derecho.

Tenía una perforación en el labio inferior y otra en la ceja izquierda, aunque lo que más me llamó la atención es que llevaba el brazo derecho completamente tatuado con toda clase de diseños.

Su aspecto me transmitió confianza en que me haría un peinado con el que me sentiría a gusto.

—Bueno, Alice, ¿alguna idea para tu corte de pelo?

—La chica me acompañó hasta mi sillón y comenzó a modelarme el pelo con las manos.

—Estoy pasando mucho calor con estas melenas, así que quiero que me cortéis el pelo de una forma en que pueda donar todo lo que me cortéis.

Me gustaría un peinado rebelde y fresco, pero no me rapéis el pelo o puedo tener problemas por ello.

Aunque ganas no me faltan; el verano en esta ciudad es tan empalagoso y asfixiante como en Greenoble.

Aunque igual es culpa mía por llevar ropa negra y ajustada, pero vestir de otra forma sería renunciar a mi estilo —juzgué la sonrisa de la peluquera en el espejo y me sonrojé.

—Toma, este es el catálogo de peinados. Cuanto más pelo dones, mayor será el descuento; la decisión final es tuya —insistió la trabajadora en que tomara una decisión.

Pasé las páginas lentamente, revisando cada peinado corto durante unos segundos.

Lamentablemente, estaba indecisa entre hacerme una cresta corta y ponerme trenzas de espiga.

No obstante, me picó el gusanillo de teñirme el pelo de algún color especial, algo llamativo que demostrara que no me importaba lo que los demás pensaran de mí.

—Alice, tengo una idea que puede que te guste. ¿Has visto la serie Valquirias? —Ariel se mostró amable de tal forma que me sentí una niña pequeña a la que motivar.

—No tengo televisión por cable, así que no la he visto. Yo soy fan de Detective Zombie. Oye, ¿podrías hacerme una cresta y unas trenzas de espiga como la que ella lleva en el capítulo veinte? —pregunté sonrojada, llena de vergüenza por querer compararme públicamente con alguien a quien admiraba.

—No pasé de la primera temporada, pero no hay peinado que no pueda realizar.

Por cierto, pondría la mano en el fuego de que eres seguidora de las Arpías del Averno.

Lo comento porque ese pendiente me recuerda a ellas; si estás de acuerdo, te haré lucir como una de ellas —con esas palabras noté cómo el tiempo se detenía.

En el espejo vi cómo se encendía mi rostro y mis ojos brillaban; una sonrisa enorme se dibujó en mi cara y asentí con la cabeza, llevada por la emoción de que me cortase el pelo otra amante de ese grupo musical.

—Tomaré eso como un sí. ¿Te lavo un poco el pelo antes de transformarte? —Me quedé pensativa unos segundos antes de contestar.

Antes de hacer nada, me tomó una fotografía, aun con reticencias, para hacer un antes y un después para la página web de la tienda.

Acto seguido, notando cómo el corazón me latía con tanta fuerza que sentí sofocos durante varios minutos, me lavó el pelo con agua templada y un champú que olía a fresas.

El masaje que dio a mi cuero cabelludo con aquellos hábiles dedos me relajó de tal forma que me fallaron las piernas.

Una vez con el pelo limpio, procedió a modelarme el peinado.

La chica trabajó durante una hora con la dedicación de un escultor usando el cincel; sin embargo, no me importó en lo más absoluto.

No tardó en dispensarme el trato propio de una persona adulta, a pesar de que ella era serena y yo tenía el mismo goce que cuando de pequeña me llevaban al parque de atracciones.

Cuando me quise dar cuenta del resultado del peinado, el suelo estaba lleno de mechones rubios y una cresta destacaba mi aspecto de chica independiente.

Ariel me pasó un suave cepillo para limpiarme los restos de pelo cortado del rostro antes de hacerme las trenzas de espiga.

La veía de forma borrosa al no llevar puestas las gafas, pero podía escuchar perfectamente cómo tarareaba la demostración de la canción de las Arpías, que yo había tenido el honor de oír en exclusiva.

Me sentí tentada a confesarle mi secreto respecto a ese tema musical; no obstante, preferí callar.

—Esto ya está. Hacerte más de tres trenzas me parecía excesivo. Si me permites hacerte una sugerencia, creo que te verías mucho mejor con lentes de contacto. Las hay incluso de colores —hizo uso de un espejo de mano para que pudiera ver cómo me había quedado por la parte trasera.

Nuevamente había oído esa sugerencia, por lo tanto, empezaba a pensar que efectivamente me vería mejor sin las gafas.

Así pues, metí la mano en el bolso y saqué un paquete de lentes de contacto desechables.

Cuando me las puse, me sentí más segura de mí misma y un poco más libre.

Al ver los restos de mis rubias melenas en el suelo, sentí cómo me alejaba más de la pesadilla vivida en el hospital.

—Supongo que me veo más amenazadora sin gafas. En fin, esto ya está. Ahora debería ir a comprarme una chaqueta —valoré mientras guardaba mis gafas en su estuche y la caja de lentes en mi mochila.

El corte de pelo me costó veinte euros; no obstante, debido a la gran cantidad de pelo que me quitaron, pude ahorrar cinco gracias a mi gesto altruista.

Cuando salí a la calle noté el contraste entre el fresco de mi cabeza y ese irritante calor.

Así pues, me dirigí hacia la calle Artemisia Gentilleschi, donde, a modo de silencioso homenaje, la mayoría de los locales eran regentados por mujeres, con el privilegio de disponer de una agencia estatal contra la violencia de género.

Lamentablemente, el hecho de que conociera a tan pocas mujeres pintoras era un reflejo de la naturaleza misógina de la historia también en ese ámbito.

Mi madre se consideraba una mujer feminista, pero yo sentía que quería que yo fuera una copia de su persona, algo con lo que no estaba de acuerdo. Yo no era Gallia Fointable.