Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 6. Ecos de los hermanos Grimm #9
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6. Ecos de los hermanos Grimm #9

—Te puedes ganar a cualquiera si conquistas su estómago. La literatura no se equivoca: muchas relaciones han nacido gracias a la gastronomía —respondió, animada.

Antes de que pudiera reaccionar, uno de los dulces salió despedido hacia el aire.

Se movió frente a mis ojos con una lentitud extraña. Un aroma a canela y chocolate caliente me alcanzó de golpe. Mis reflejos, todavía torpes por las secuelas del coma, me permitieron atraparlo con la mano derecha.

Sonreí sin querer. Desenvolví el dulce. Eran piezas circulares, espolvoreadas en canela, enrolladas en espiral, con bordes de chocolate con leche aún medio fundido.

En condiciones normales habría esperado a que ella probara primero.

Pero no pude resistirme. Le di un mordisco generoso.

Saboreé, mastiqué despacio… y, por un instante, todo lo demás dejó de importar.

Annastasie me miraba como si estuviera completamente fuera de lugar, con las manos tapándose la boca en un gesto de desconcierto.

Recién entonces reparé en sus uñas pintadas con los colores del arcoíris, aunque aquello me resultaba secundario: los bollos eran, sin exagerar, los mejores que había probado nunca.

A juzgar por sus mejillas encendidas y su expresión incrédula mientras sacaba otro de la bolsa, podía deducir que era alguien que ponía mucho cariño en lo que hacía, aunque ese cariño no siempre recibiera respuesta del entorno.

—Veo que te han gustado. La última vez que los hice, un chico que me gustaba los tiró al suelo y los pisó diciendo que eran asquerosos.

Desde entonces los repito siempre que puedo.

Iba a dárselos otra vez, pero viéndote a ti…

—empezó, pero no la dejé terminar. Le di un leve pisotón bajo la mesa, casi cariñoso.

—Le miel n’était pas fait pour la bouche de l’âne. Ma chère Nestea —le dije en un francés impecable, con una sonrisa amplia.

Pero su reacción no fue la que esperaba. Se levantó de golpe, golpeó la mesa y su expresión se quebró como si estuviera a punto de llorar.

—Tú también conoces mi secreto y has quedado conmigo para comprobar si puedo hacer amigos. Todas sois iguales cuando llegáis al collège —dijo con la voz temblorosa—. No me busques más, anoréxica acomplejada.

Me levanté también, intentando mantener la calma mientras ella contenía el llanto.

—Siéntate, Annastasie, por favor.

Obedeció, aunque seguía tensa.

—¿Te has sentido bien llamándome Nasty? Ya no soy la misma de antes —murmuró, insegura.

Le tomé las manos antes de que volviera a levantarse.

—No te he llamado Nasty. Te he dicho Nestea.

Es mi refresco favorito cuando necesito calmarme.

Creía que era un apodo bonito. Y, para que quede claro, este cuerpo no tiene nada que ver con ningún trastorno alimenticio.

Es el resultado del acoso escolar y de un abuso.

Así que, si dices que ya no eres una boba, demuéstramelo.

Siéntate conmigo y hablemos. Me caes bien.

Tu personalidad me resulta… intensa, pero interesante.

La abracé entonces de forma inesperada. Me levantó ligeramente del suelo, como si no pesara nada, y acabé bajo su pecho sin saber muy bien cómo.

Me acarició el pelo con una suavidad sorprendente, como si fuera un animal pequeño, y me dio un beso en la cabeza.

Sentí un impulso extraño, distinto a cualquier cosa anterior.

—Todo el mundo me dice que deje de perder el tiempo con pastelería y diseño y que me ponga a estudiar en serio —dijo con la voz más baja—. Si supieran cuántos bollos he quemado o cuántas veces me he pinchado… siempre soy torpe para ellos.

—Annastasie no tiene a nadie que la apoye en lo que quiere hacer —murmuré más para mí que para ella, todavía con su mano sobre mi cabeza.

Su teléfono sonó de golpe y, al incorporarse bruscamente, me golpeó sin querer en la cara al levantarse de la silla.

—¡Alice! Te he dado… lo siento, ¿estás bien?

—Maldita Nestea… esta te la perdono, pero solo si me das más bollos —respondí medio aturdida—. No tienes ni idea de lo bien que haces esto. Quiero más.

—Tenemos que ir al instituto —dijo ella, más calmada—. Pero debes saber algo. No quiero una amiga de clase. Quiero a alguien que siga ahí fuera. Aunque te llamen cosas o te etiqueten conmigo.

—¿Tengo pinta de alguien a quien le importe eso? —respondí encogiéndome de hombros.

—Estás un poco loca, Alice… pero me gusta.

Y, con una sonrisa, tumbó sin querer su chocolate sobre la mesa.

Mientras reíamos y limpiábamos a toda prisa el desastre, pensé que aquello, por absurdo que fuera, ya no era una coincidencia. Era el primer vínculo real que tenía en mucho tiempo.

Minutos más tarde, cruzamos bajo un arco de hierro profusamente ornamentado con ángeles y motivos florales.

Era el puente que, hacia el oeste, conectaba el cruce de la avenida con el Instituto de Saint Germain.

La estructura tenía una calzada de dos carriles y amplias aceras flanqueadas por barandillas de piedra coronadas con filigranas metálicas de inspiración vegetal.

Deslicé los dedos por ellas mientras miraba el Ródano; era la primera vez que lo atravesaba a tanta altura.

Unos silbidos obscenos dirigidos a alguien me sacaron de mi concentración.

Al mirar al frente, Annastasie ya iba varios metros por delante, con paso rápido y gesto tenso, como si discutiera consigo misma.

—¡Nestea! No corras, que no llego —la llamé, sintiendo cómo me faltaba el aire.

Las botas empezaban a pesar como plomo y el calor de la mañana ya se notaba en la piel. Aun así, aceleré, esquivando a otros estudiantes, hasta que un calambre me atravesó ambas piernas de golpe.

—Este dolor es absurdo… para ya —mascullé, masajeándome la pierna derecha.

La mochila me arrastró hacia delante y por un momento perdí estabilidad.

Dudé en detenerme y esperarla más adelante, pero la idea de empezar de nuevo, de verdad, me obligó a seguir.

Me había prometido intentar encajar, y también ver sus dibujos y esa colonia de mishis de la que hablaba.

El puente se hizo más largo en sus últimos metros, y el corazón me pesaba más que el cuerpo.

Nadie parecía fijarse en mí. Empecé a sospechar que el Saint Germain podía ser igual de cruel que el Stendhal, o incluso peor.

Al llegar al recinto, el contraste fue inmediato: parejas besándose sin pudor, grupos de estudiantes riendo, otros ocultando humo entre las manos.

Atravesé las verjas de hierro dorado y entré en un espacio de césped impecable salpicado de esculturas.

Me quedé unos segundos quieta, impresionada; aquello no parecía un instituto público.

La bandera francesa ondeaba sobre el Ródano y, sin saber por qué, eso me arrancó una risa breve.

Recordé el consejo de mi madre: ser amable, no llamar la atención.

Cuando sonó el himno, lo interpreté como la señal de entrada y me dirigí al edificio C.

Tres plantas, doce aulas por nivel. Segundo piso.

Los pasillos eran limpios, demasiado ordenados, con una frialdad casi carcelaria.

Alguien me sacó la lengua al pasar y decidí ignorarlo.

Encontré el aula C-20 y, dentro, vi a Annastasie discutiendo con un grupo de alumnos. Me senté cerca, sin intervenir.

Un profesor de aspecto cansado entró y se presentó como Nicolas Marseau. Matemáticas y ciencias. Su tono era plano, casi mecánico. Me resultó insoportable desde la primera frase.

—Qué pesado… —murmuré, demasiado bajo como para importarme.

—Las alumnas del fondo a la izquierda, si quieren aportar algo, háganlo en voz alta —nos cortó sin siquiera mirarnos.

El resto de la clase transcurrió entre explicaciones básicas y ejercicios. Fingí torpeza para no destacar. Annastasie, en cambio, parecía cada vez más incómoda. Durante el descanso, cuando el profesor salió del aula, me acerqué a ella.

—No te hundas. Lo sacamos juntas si hace falta. O le abro la cabeza a alguien con las botas —intenté bromear.

Ella rió, aliviando la tensión.

—Creo que tú solo quieres ver mis dibujos de manga —dijo, ya más tranquila.

Sacó un portafolios con cuidado extremo. Me pidió que cerrara los ojos.

Cuando los abrí, esperaba una reinterpretación de Jeanne d’Arc. Lo que vi fue otra cosa: una chica de estética delicada, con trenzas doradas y una expresión casi ceremonial, vestida de blanco con detalles rojos. Me quedé unos segundos sin saber cómo reaccionar.

—Nestea… creo que no estamos hablando del mismo personaje —dije al fin, eligiendo las palabras—. Pero es bonito. Tienes buena mano, el trazo es muy limpio. Hay intención en el movimiento.

Ella me miró, y por primera vez no parecía estar a la defensiva.

—Eso es lo de menos. ¿Te gusta mi ilustración? ¿Te gusta? ¿Te gusta? —insistió en tono infantil, a lo que le respondí con una sonrisa amplia.

—Claro que me gusta. Aunque me gustaría que me dejaras el cómic, si lo tienes en papel. Sé que este personaje es importante para ti, así que me gustaría conocerlo más a fondo.

En ese momento su expresión se apagó de golpe, como si hubiera dicho algo incorrecto. El profesor entró de nuevo en clase y se aclaró la voz para reanudar la lección. Antes de que pudiera volver a centrarme, Annastasie se inclinó hacia mí.

—Oye, Alice… ¿no crees que es un poco pronto para que nos dejemos objetos personales?

No es que desconfíe de ti, pero sueño con ser diseñadora algún día y ya te he enseñado lo que será mi cosplay para el concurso de la próxima convención de cómics en Poitiers.

Y ya te he contado demasiado para una primera cita.

Sus últimas palabras me hicieron enrojecer y me dejaron sin respuesta durante unos segundos.

—Annastasie, te voy a matar, maldita —contesté, riéndome con tanta fuerza que el profesor terminó llamándonos la atención.