Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 6. Ecos de los hermanos Grimm #8
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6. Ecos de los hermanos Grimm #8

Lo peor no fue su reacción, sino la bofetada: quedé aturdida y sorda durante cinco segundos por el impacto.

Aquello me recordó que debía medir mis palabras, y que mi padre tenía razón cuando decía que la paz era algo que se debía defender siempre, incluso si había que ceder en las propias intenciones.

Él solía decir que los alemanes fueron seducidos con palabras para ir a la guerra, y que su venganza acabó aplastada por bombas.

Por suerte para mí, el instituto no tenía una filosofía militar ni un uniforme obligatorio.

Terminé de desayunar, revisé el teléfono: no había noticias de ella. Si no la veía en la cafetería, la vería directamente en clase. Desalentada por su última conexión, dejé el bol en el fregadero, me colgué la mochila y salí.

Bajé los ocho pisos en ascensor y me encontré con la agradable temperatura de la calle, junto a la luz agresiva de las farolas de diseño.

Me dolieron los ojos unos segundos al apartar la mirada.

Parpadeé varias veces, me quité las gafas y me los froté.

El picor desapareció poco después y seguí caminando, desviando la atención hacia los edificios de la avenida Napoleón III y su aspecto de mosaico.

Cuando quise darme cuenta, la ciudad ya había despertado a mi alrededor.

Me puse los auriculares: el canto de los pájaros pronto quedaría eclipsado.

Mi lista de reproducción era preferible al ruido y, en realidad, mejor que el silencio.

También era mi forma de decirle al mundo que no me apetecía hablar con él.

A la altura del número veintitrés de la avenida me detuve frente a unas enormes verjas de herrería artística, rematadas con hojas jónicas en los pilares.

Seducida por su belleza, me acerqué a ver qué había detrás.

Era la primera vez que me fijaba en las puertas de las casas; siempre había prestado atención a los edificios, no a los accesos.

Entre las verjas vi un gran patio de césped verde y una casa cercana a una estatua neoclásica de una dama desnuda que sostenía un ánfora de la que salía agua. En medio de mi observación, mi meñique tembló ligeramente.

—¿Otra vez? Debe ser solo una reacción del cuerpo…

Pero ya me pasó en el restaurante con Lauren, y también en la cama del hospital.

¿Será algo especial? No, seguro que no es nada.

Debería centrarme en dar buena impresión en el instituto…

que crean que soy amable y que no busco problemas —me dije sin apartar la vista de la estatua, cuyo vestido húmedo marcaba con precisión la anatomía de la figura.

Pero aquel paisaje, casi un Jardín de las Hespérides, tenía también su guardián: mi peor miedo.

Un perro enorme empezó a ladrar desde algún punto del recinto.

Se me paralizó el corazón y me fallaron las piernas.

Los auriculares cayeron. Noté presión en el pecho y el instinto me hizo correr avenida arriba, como en una película de terror diurna que había visto: la protagonista sufría alucinaciones tras una medicación fuerte para la ansiedad provocada por un divorcio.

Corrí hasta quedarme a unos metros de la cafetería donde debía quedar con la chica.

Me apoyé en una farola elegante y traté de recuperar el aire.

—Espero que, al menos, haya llegado a tiempo… ¿Qué más puede salir mal? —susurré.

Le nouveau Café de Flore era el nombre del local donde había quedado con Kawaii-Girl, la única persona que me había inspirado verdadera confianza en aquella aplicación para conocer gente.

La cafetería ya había abierto y los precios estaban expuestos en la calle.

Su aspecto limpio y elegante me recordó a las novelas románticas excesivamente dulces de mi prima Nadine.

En una ocasión le dije, sin mucha diplomacia, que me daban ganas de inyectarme insulina por el exceso de azúcar y sexo, y ella respondió que era demasiado pequeña para entender la calidad literaria.

Miré la carta de precios y valoré si era más importante hacer una amiga o conservar dinero para material de dibujo.

—Soy idiota… He madrugado para encontrarme con una chica que ni conozco y que probablemente veré en clase igualmente —murmuré sin moverme.

Rebusqué en la mochila, saqué una goma del pelo y me hice una cola de caballo. El teléfono vibró. Seguía sin conexión. Iba a guardarlo cuando volvió a vibrar con fuerza: un mensaje decía que llegaría en cinco minutos y que entrara a buscar mesa para dos.

—Esta chica me va a caer bien. Si llega cinco minutos tarde como yo, ya tenemos algo en común.

Empujé la puerta de cristal. Dos campanas tintinearon.

Una vez dentro, di varios pasos hasta la barra, donde había un camarero extranjero que parecía bastante mayor que yo. Supuse de inmediato que era un estudiante emigrado a Francia en busca de mejores condiciones laborales; los telediarios hablaban sin parar de los efectos de la crisis económica.

—Bonjour mademoiselle —me saludó un camarero que, como mínimo, me doblaba la edad, lo que hizo que las gafas casi me saltaran del susto.

—Bonjour monsieur. Ils ont du chocolat chaud ? —respondí en un francés bastante correcto, al reparar en que, aunque era extranjero por sus rasgos, su acento aún necesitaba pulirse.

Mi petición fue atendida de inmediato y el camarero se agachó para buscar la carta de chocolates.

En ese momento, aproveché para inspeccionar el local: destacaba por su sencillez y por un blanco cercano al marfil que lo impregnaba todo.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención fueron los bordes dorados de las mesas.

En las paredes había cuadros de todo tipo, con escenas tan detalladas que me daban la sensación de poder entrar en ellas y participar en lo que ocurría.

Me quedé tan absorta que, cuando el trabajador me tocó la mano para devolverme la carta, la retiré como si quemara. Llevada por un miedo irracional, exhalé aire con fuerza y la tomé con cautela. Era un tríptico escrito en inglés por un lado y en francés por el otro.

Nerviosa por la mañana que estaba teniendo, pedí chocolate suizo sin mirar el precio ni el resto de opciones.

El teléfono volvió a vibrar, pero lo ignoré.

Pagué casi con prisa, saqué un puñado de monedas y las dejé sobre la barra.

Conté seis; me pareció suficiente. En la calle había varios grupos de gente, probablemente esperando a más personas para entrar.

Yo, en cambio, solo quería no quedarme expuesta en medio de la barra sin saber si mi acompañante llegaría.

El camarero tomó el dinero y me dejó el recibo en la mesa.

Yo volví a tener una de esas sensaciones difíciles de explicar.

Me colgué la mochila y dejé que la intuición me guiara, como si siguiera un hilo invisible que me llevaba hacia los servicios.

Cuando me detuve frente a una mesa rectangular para cuatro personas, apoyé la mochila contra el cristal.

El teléfono volvió a vibrar. Revisé los mensajes.

Uno era de hacía cinco minutos: decía que estaba esperando fuera.

El otro, recién llegado, se disculpaba por haberme dicho que entrara, explicando que estaba pidiendo en la barra y que llegaría en breve.

Yo nunca había visto a Kawaii-Girl en foto, pero ella sí me había visto a mí.

De pronto apareció el camarero con una gran taza de chocolate suizo y dos pequeños melindros azucarados para mojar, además de una cucharilla. Me sentí reconfortada. Pero ocurrió algo aún mejor: una presencia se sentó frente a mí de forma despreocupada y me miró con una sonrisa encantadora.

—Tú debes ser Alice-Reader. Soy Annastasie-Girl, perdona por el retraso… espera, creo que me registré como Kawaii-Baudin.

Su tono jovial terminó de ponerme roja como un rubí.

Annastasie era alta; me sacaba fácilmente dos cabezas.

Sus ojos, de un marrón tirando a ámbar, estaban enmarcados por unas cuencas suavemente delineadas que resaltaban sus pupilas pequeñas.

Tenía la nariz fina, sin accesorios, y unos labios maquillados con un color carne discreto.

Su piel trigueña se extendía hasta unas orejas ornamentadas: en la derecha llevaba dos perlitas blancas y en la izquierda un aro en la parte superior.

En el cuello, una gargantilla con un conejito blanco que sostenía un corazón.

En medio de mi observación, ella empezó a hablar, pero no llegué a procesar bien lo que decía. Su presencia me resultaba extrañamente tranquilizadora.

Lo que más me llamó la atención fue su melena castaña, que desprendía un ligero aroma frutal.

Caía en rizos sueltos sobre el pecho, mientras en la espalda se recogía en una coleta sujeta con una goma con forma de mariposa.

Su ropa era más informal: camiseta negra de tirantes, algo escotada, pantalón deportivo a juego y zapatillas blancas.

—Parece que no mentías en tu perfil cuando decías que eres tímida. ¿No me vas a dar dos besos? —dijo con naturalidad.

Su gesto seguro chocó con mi tensión. Le di un beso en la mejilla. El segundo quedó a medio camino entre la mejilla y los labios. Fueron dos segundos demasiado largos. Me aparté de inmediato, muerta de vergüenza, y me senté.

—Sí… soy Alice Fointable. Encantada, Annastasie. ¿Puedo sentarme contigo? —pregunté, sintiéndolo absurdo en cuanto lo dije.

Ella solo sonrió.

La llegada del camarero con el chocolate rompió la tensión. Annastasie se mostró algo nerviosa mientras abrían su bebida; una de sus manos rebuscaba dentro de su mochila, decorada con llaveros de personajes masculinos con orejas de gato.

—Bueno, ya se fue. He traído algo que me gustaría que probaras. Dime si te gusta o no… pero por favor, no lo escupas ni lo tires si no te gusta. Les he puesto todo mi cariño —dijo, algo angustiada.

—Annastasie, relájate. No es el fin del mundo si a alguien no le gusta lo que cocinas —intenté calmarla mientras sacaba una bolsa transparente con unos bollos.