Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 6. Ecos de los hermanos Grimm #7
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6. Ecos de los hermanos Grimm #7

Fue un pinchazo rápido. Apenas lo registré.

Le entregué el pendiente de la arpía y ella lo desinfectó con alcohol antes de colocarlo con cuidado.

Noté una descarga breve, más sensorial que dolorosa, que me dejó momentáneamente desorientada.

Sin pensarlo, abracé a la farmacéutica, gesto que sorprendió a mi padre.

—La verdad es que la niña no suele ser así. Pero entiendo que esto es importante para ella —comentó él.

—Las perforaciones también forman parte de la identidad —respondió la dependienta—. Aunque luego haya que adaptarse a ciertas normas.

—Yo llevaré pendientes hasta que me muera —solté de repente—. Esto de las normas laborales me parece un ataque a la libertad de expresión. ¿No se supone que el lema es libertad, igualdad y fraternidad?

Mi tono salió más agudo de lo previsto y me sentí ridícula al instante.

La tensión se diluyó en una risa general, lo que me alivió.

Al pagar, nos regalaron unos caramelos con sabor a miel.

Me los llevé a la boca sin pensar demasiado.

Noté una textura pegajosa, demasiado dulce, que terminó por empalagarme.

El cuerpo me dio una señal clara de cansancio y mareo. Escupí el caramelo en una papelera.

—Mejor dejamos lo de la ropa para otro día —dijo mi padre al salir.

Yo asentí sin discutir.

[21 de junio de 2012]

Abrí los ojos cerca de las diez de la mañana, unos minutos antes de que sonara el despertador.

Me incorporé con lentitud, apagué la alarma y me quedé sentada en el borde de la cama.

Mi melena rubia, ahora casi albina por el desgaste del coma, cayó sobre mi figura más delgada.

Era mi último día en Greenoble. Aquella sería la última vez que despertaría en esa habitación estrecha.

Sentí una tristeza difícil de nombrar. Dejaba atrás la ciudad en la que había crecido y también a las pocas personas con las que realmente me unían cosas. Empezar en otro lugar me resultaba demasiado abstracto para poder procesarlo con normalidad.

—Esto es para escribir una historia y titularla La arpía durmiente, en la que en vez de pincharme con un huso me ha drogado un malnacido —me reí sola, con una ironía seca.

Todavía no terminaba de asumir que probablemente mi cuerpo no volvería a ser el mismo.

Los médicos no se ponían de acuerdo sobre si recuperaría mi constitución anterior al coma.

Yo me negaba a aceptarlo con terquedad, hasta que una enfermera me cortó de forma brusca, recordándome que debía agradecer el hecho de estar viva.

Incluso insinuó que mi insistencia podía ser efecto del propio estupefaciente en el sistema nervioso.

Su forma de hablarme me dejó con ganas de reclamar, pero en ese momento todavía me mareaba al escribir o dibujar, así que lo dejé pasar.

Me limité a enfadarme en silencio. Pasaron unos minutos sin que me diera cuenta.

Mi madre llamó a la puerta y preguntó por mí.

Respondí con un tono más animado de lo que realmente sentía y fui a la ducha arrastrando los pies.

El agua caliente me relajó demasiado rápido y el sueño volvió a aparecer.

El champú me entró en los ojos y el escozor me obligó a reaccionar de forma torpe.

Intenté aclararme rápido metiendo la cabeza bajo el agua, pero moví sin querer el grifo con la rodilla y una ráfaga de agua fría me golpeó de lleno.

Grité sin pensarlo. El sonido debió de escucharse por todo el edificio.

El frío, al menos, me despejó de golpe. Salí unos minutos después, ya vestida, y bajé a la cocina.

Desayuné un croissant y un zumo cuando llamaron al timbre: la empresa de mudanzas.

Venían a por lo último. Cajas con ropa, libros y mis cosas de dibujo. El resto de muebles ya había sido vendido.

—Cuando termines de desayunar nos iremos a Lyon. Ya han cargado tu ropa en el coche —me informó mi madre.

Nadie en casa parecía especialmente entusiasmado.

La mudanza era una decisión práctica, pero no cómoda.

Parte de mí entendía los motivos: el trabajo de mi madre, el cambio de destino de mi padre y la necesidad de alejarme del entorno del instituto.

Aun así, lo que pesaba no era la lógica, sino lo que dejaba atrás.

Miré por última vez la esquina de la calle donde todo había empezado a torcerse.

Allí donde mi vida cotidiana se había mezclado con algo que ya no encajaba en una historia simple.

Aquella esquina era, en mi memoria, el punto exacto donde dos versiones de mí misma dejaron de coincidir.

Y aunque intentaba racionalizarlo, la sensación era clara: no estaba cerrando una etapa. Estaba abandonando una versión anterior de mí.

Annastassie Baudin

[7 de julio de 2012]

Habían pasado dos semanas desde que me mudé a Lyon y estaba contenta porque, por fin, podía salir sola de casa después de que los médicos determinaran que podía asistir a las clases de verano del Instituto Saint Germain.

Teniendo en cuenta mi media de calificaciones antes del incidente, el centro me ofreció la posibilidad de no repetir curso si asistía a clases de refuerzo en aquellas asignaturas en las que flojeaba.

Sin embargo, aunque en la negociación brilló mi examen estatal de inglés —en el que obtuve un ocho sobre diez—, acabé siendo enviada igualmente a refuerzo de esa materia porque los phrasal verbs se me atragantaban.

Mis padres estaban satisfechos con que pudiera pasar de curso en el Collège a pesar de todo lo ocurrido.

La última palabra, no obstante, la tuvo la doctora Pauline Moïse, del hospital Apollinaire Bouchardat, quien había supervisado mi recuperación tras el coma.

Ella autorizó mi asistencia a las clases de verano a cambio de que no realizara los exámenes de recuperación obligatorios, con el fin de que pudiera descansar antes del inicio del curso.

Aun así, el justificante no me libró de las clases de matemáticas ni de ciencias; simplemente me reducirían el temario a los contenidos esenciales.

Mi nueva casa estaba al final de la avenida Napoleón III, a escasos metros de una encrucijada.

Vivíamos en un bloque de pisos diseñado por un arquitecto modernista cuyo nombre no conseguía recordar.

El edificio formaba parte de un mosaico urbano irregular que me desorientó al llegar a la ciudad por la intensidad de sus colores.

Durante la primera semana apenas salí de casa, pasando la mayor parte del tiempo en la cama.

Tardé tres días en organizar mi habitación a mi gusto, a pesar del espacio extra: tenía el doble que antes, una cama más grande y una pequeña terraza con vistas al Parc Blandan, que apenas alcanzaba a ver si forzaba la mirada.

El cambio de aires me había sentado bien, pero la sombra del coma seguía siendo larga y me sentía débil tanto física como mentalmente.

Haber hojeado una obra misógina que idealizaba relaciones tóxicas —solo para intentar entender por qué era referente entre tantos adolescentes— me provocó una pesadilla en la que Lauren mostraba mi ropa interior a mis compañeros tras haberme drogado.

Esa angustia diurna se mezclaba con el cansancio y el calor, que seguían afectando a mi cuerpo aún convaleciente.

Para despejarme, acabé comprando una figura de mi detective favorita comiendo una rosquilla con trozos de cerebro y una expresión completamente indiferente.

La que algunos ya habían empezado a llamar la «tóxica aguafiestas de Alice» intentaba, aun así, comprender todo más allá de las opiniones de los foros literarios de internet.

Concluí que no era buena idea criticar aquella obra en público si quería empezar de cero en Saint Germain.

Tampoco ayudaría afirmar que las novelas de Víctor Hugo me resultaban más interesantes que las historias de adolescentes que se dejan arrastrar y humillar sin resistencia.

La alarma del despertador sonó a las seis y media de la mañana con una de mis canciones favoritas; hablaba de la bestia interna que llevaba escondida.

Despertar así me hacía fantasear con que era una villana montada en una moto, recorriendo la ciudad e imponiendo su propia ley con un arma de fuego.

Pero mi calendario de duendes caníbales marcaba que era diez de julio.

Las clases de suficiencia empezarían en poco más de dos horas y, aunque tenía una cita con una chica que iría a la misma clase que yo, no terminaba de motivarme a cruzar la larga avenida y el gran puente sobre el Ródano para llegar al instituto.

Me senté en el borde de la cama. Notaba el corazón caliente bombeándome la sangre. Me mareé, pero aun así conseguí ducharme y asearme correctamente.

Con mis padres aún durmiendo, fui a la cocina a desayunar.

Tenía el teléfono encendido y el corazón en un puño, esperando una notificación que indicara que mi amiga ya estaba fuera.

La había conocido a través de una aplicación para hacer amigos en Lyon, donde la mayoría de los chicos dejaron entrever rápidamente sus intenciones conmigo.

Así que corté el contacto con ellos y subí algunas fotos en las que aparecía con mis botas características o leyendo en algún sitio.

Según mi madre, mi forma de vestir no era la adecuada para hacer amigos, porque asustaba sin necesidad de abrir la boca. Le contesté de una forma que no le gustó demasiado, alegando que, por una vez que me daba un capricho, no tenía derecho a quitármelo.