6. Ecos de los hermanos Grimm #6
Pasé un mes en el hospital sometida a pruebas cognitivas y a rehabilitación del habla.
Volví a ver a Jeni, que me abrazó con alivio.
Habíamos ganado el juicio, aunque la resolución no fue tan contundente como ella había previsto.
No sufrí daños cerebrales, pero mi cuerpo sí había sufrido las consecuencias de la intoxicación.
—Alice, el juez nos ha dado la razón. He demostrado el abuso de Lauren y la manipulación del entorno de la clase a partir de tu dibujo —explicó—.
Ella ha confesado parte de los hechos para reducir la condena.
El instituto ha reconocido fallos graves en el protocolo de acoso.
Lauren recibirá terapia y su familia te indemnizará con sesenta mil euros.
Además, el centro será sancionado y la dirección apartada.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Respecto al instituto, también cubrirán tus estudios durante cuatro años en el centro que elijas.
—¿Y el otro? —pregunté con dificultad.
Jeni negó con la cabeza.
—Se ha cerrado con el pago de honorarios y responsabilidades menores. No merece más atención.
Me abrazó con fuerza.
—Recuerda esto: la mejor forma de vencer a un enemigo es no parecerse a él. Sé fuerte.
Fue la última vez que la vi como mi abogada. Mis problemas legales habían terminado, pero mi vida aún tenía que reconstruirse, empezando por algo tan básico como recuperar la voz.
[18 de mayo de 2012]
Llevaba dos semanas en rehabilitación en el hospital.
Mi recuperación había sido excepcionalmente buena y hasta yo misma estaba extrañada por mi estado.
Las visitas de familiares y conocidos se habían multiplicado a raíz de mi despertar; incluso recibí a la prensa local, aunque mi padre tuvo que intervenir para que se fueran.
No quería que nadie supiera de la humillación sufrida en el instituto.
Gracias al tratamiento médico recibido y a una logopeda, pude iniciar un lento proceso para volver a hablar.
Las pruebas seguían mostrando que mi cerebro no había sufrido daños importantes; sin embargo, me costó horrores recuperar la capacidad del habla y el tono de voz, que se fue volviendo más agudo cada día hasta resultar irreconocible.
Aquella mañana había desayunado leche con cacao y galletas, y me sentía animada por el cambio de dieta.
Era el último día que pasaría ingresada en el hospital.
Tenía una mezcla de miedo y esperanza; el pánico me angustiaba cada vez que pensaba en volver al Instituto de Stendhal para terminar el curso.
Sin embargo, mis padres ya habían tomado una decisión a mis espaldas, lo que me disgustó bastante.
Aunque, al menos, debía dar gracias por no ser reprendida por haber mantenido una relación homosexual, algo que a mi madre no le hacía ninguna gracia.
Cualquier destino parecía mejor que volver a mi antiguo liceo, donde ahora estaría doblemente estigmatizada por la condena a Lauren.
Cuando idolatras a alguien, tiendes a ver únicamente sus virtudes; ese fue mi problema con esa lagarta.
Tal vez eso mismo me había ocurrido a mí.
Gallia, mi madre, me había dicho que el primer amor es el que más duele o el que más marca.
No podía recordarlo bien porque mi memoria a corto plazo fallaba de forma intermitente, incluso antes de la droga, pero sabía que había un antes y un después de haber estado con Lauren.
Perder la inocencia no era lo terrible, sino el descenso al infierno al más puro estilo de Orfeo, incapaz de detener que cada rincón de Francia conociera mi desdicha.
Por mi seguridad, se impuso la norma no escrita de mantener las noticias apagadas en la habitación del hospital para no afectar mi recuperación.
El médico me dio el alta alrededor de las doce del mediodía.
Recibí la noticia con emoción y miedo a partes iguales, ya que tendría que continuar la rehabilitación en casa y se me había recomendado leer poco y textos ligeros durante dos semanas para no forzar el cerebro.
Aquello me sentó como un jarrón de agua helada, tan fría como la ducha que había tomado antes de desayunar y vestirme.
Me molestó incluso más sentir mi cuerpo como una percha sobre la que colgaban prendas dos tallas más grandes.
Una hora más tarde llegamos a casa. Solo tenía ganas de tirarme en la cama y llorar; me horrorizaba la idea de volver al instituto.
¿Qué sería lo próximo? ¿Que me tiraran sangre de cerdo al entrar en clase?
El cliché de envenenar bebidas ya lo habían explotado a la perfección.
Pero mi madre me lo impidió en cuanto dejé la mochila con el ejemplar de La Coleccionista de Fotos sobre el escritorio.
Me tomó de la mano y me dio un cálido abrazo.
—Mi niña bonita… te han dejado hecha una pluma. Qué suerte que estés bien —sus palabras me provocaron un sentimiento agridulce, porque no terminaba de confiar en que aceptara mi atracción por una chica.
—Mamá, me estás ahogando. Ahora que tenemos dinero, salgamos a comer fuera. Quiero una pizza flammkuchen y una cola fría. Y helado de postre —me apresuré a pedir, intentando ver algo positivo en todo lo ocurrido.
—Cariño, acabas de salir del hospital. No es buena idea.
Además, ya está todo decidido. Estamos haciendo los trámites para que pases al siguiente curso en un instituto de lujo en Lyon, el Instituto de Saint Germain.
Nos ha gustado por las oportunidades de futuro que ofrece y creo que te encantará: las esculturas, el césped alrededor de los edificios y el Ródano visible desde la ventana de tu clase.
—Pero no me habéis preguntado mi opinión.
Soy yo quien va a estudiar allí. Quiero una academia de artes y acabar la secundaria en un centro homologado.
Seguro que el equipo directivo no está formado por sociópatas —repliqué con voz enfurecida y aguda; me sentí ridícula, como un cerdo bramando, y me sonrojé.
—Harás lo que se te diga. No tenses más la cuerda porque te haya perdonado tu inmoral relación con esa aspirante a modelo.
Da gracias de estar viva. No todo el mundo puede decir lo mismo.
Y antes de que protestes, te acompañaré a la farmacia a ponerte ese pendiente que te dio esa loca de las manifestaciones.
Pero ni hablar de tatuajes; cuando tengas dieciocho años, haz lo que quieras —su tono cambió de golpe y me sentí amedrentada y al borde del llanto.
Intenté replicar, pero no me salían las palabras. Me sentía como una gata acorralada. Mi respiración se aceleró de nuevo, un sentimiento que creía olvidado. Entonces mi padre entró corriendo en la habitación. Al verme así, apartó a mi madre con el brazo y me puso las manos sobre los hombros.
—Alice, mi pequeña amazona. Esto lo hacemos por tu bien.
Tu madre está muy cansada por todo lo ocurrido.
Yo también. Considera esto una oportunidad para empezar de cero.
Y una cosa más: enamórate de alguien que te haga feliz y te trate bien, me da igual si es hombre, mujer o uno de esos monstruos extraterrestres que te gustan.
Solo quiero tu felicidad. Pero entiende que hemos temido por tu vida.
Somos tus padres. Gallia, pide perdón por tus formas y vayamos a comer fuera.
La niña necesita ser comprendida —confesó con emoción.
Entonces no lloré, pero sentí que algo había cambiado en mi padre.
—Lo siento muchísimo, Alice. No he querido darme cuenta de que eres una mujer hecha y derecha a tan temprana edad. Pero todavía no sabes…
Mi padre la cortó con una mirada que me resultó fulminante.
—Está bien. No ha sido nada grave. Vayamos a comer ya, por favor —contesté de forma automática, intentando sonar lo más amable posible.
Después del incidente, mis padres me llevaron a una pizzería nueva que habían abierto cerca de casa.
No era ni de lejos mi lugar favorito, pero en ese momento recibía tal cantidad de atención que me sentía saturada.
Podía entender que salir de un coma no era algo menor y que debían vigilarme, pero aquel nivel de control me resultaba incómodo.
Ver cómo me cortaban la pizza me generó un rechazo difícil de explicar, como si el gesto tuviera un peso simbólico excesivo.
Entre el ruido del local, el murmullo constante de la gente y el discurso interminable de mi madre sobre lo bien que me iría en Lyon, sentí la necesidad de pedir silencio, aunque no lo hice.
Comí despacio. No terminé el plato. Mi cabeza se iba a episodios del verano y del otoño, fragmentos desordenados que me dejaban un malestar creciente.
Empecé a encontrarme peor y acabamos volviendo a casa sin postre.
A la mañana siguiente fui con mi padre a la farmacia.
Era sábado, así que no había clase, y además él parecía la compañía más adecuada para una salida breve.
El aire de primavera ayudaba a despejarme, aunque seguía notando el cuerpo pesado, como si aún no hubiera terminado de volver del todo.
No habíamos vuelto a hablar de Lyon ni del cambio de instituto. Esa conversación quedaba suspendida, como un asunto aplazado. Aun así, me inquietaba la idea de que el tema reapareciera en cualquier momento. Cuando quise darme cuenta, ya estaba sentada dentro de la farmacia.
—Buenos días, Alice. ¿Cómo te encuentras? ¿En qué oreja quieres el nuevo agujero? Ya llevas unos cuantos, ¿eh? —preguntó la dependienta.
—Se está recuperando poco a poco —respondió mi padre—. En casa decía que lo quería un poco más arriba de los dos aros que lleva.
Yo señalé el punto con el dedo, respirando hondo.
—Bien, ya veo dónde lo quieres. Necesito que no te muevas —dijo la dependienta, con la perforadora en la mano.