Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 6. Ecos de los hermanos Grimm #5
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6. Ecos de los hermanos Grimm #5

En el hospital, durante la madrugada, mi madre terminó dormida apoyada junto a mi brazo.

La televisión de la habitación permanecía encendida sin volumen, mostrando imágenes borrosas del juicio y de estudiantes entrando al liceo bajo la vigilancia de periodistas.

Las luces del monitor cardíaco parpadeaban acompasadas.

Y entonces ocurrió algo pequeño. Un leve movimiento.

Apenas un temblor casi imperceptible en los dedos de mi mano derecha.

Mi madre no lo vio. Pero la máquina cardíaca alteró mínimamente el ritmo de sus pitidos, como si algo, muy en el fondo de mí, acabara de escuchar el eco distante de una voz que todavía no estaba preparada para abandonar el mundo.

[28 de marzo de 2012]

Mis días en el hospital pasaron lentos y duros para mis seres queridos.

Los médicos eran incapaces de decirles a mis padres si despertaría pronto o si, directamente, no lo haría.

Afortunadamente, la droga no había afectado a mi cerebro de forma severa, pero sí a mi metabolismo, provocando que perdiera tanto masa muscular como grasa a consecuencia del daño causado.

La esperanza inicial de que la pesadilla durase catorce días se había esfumado hacía cerca de una semana, y Jeni había redoblado su ofensiva en el juzgado debido a la gravedad de las lesiones.

Más les valía a los acusados que yo despertara pronto para que su situación no empeorase todavía más.

Los médicos eran incapaces de dar un diagnóstico claro sobre cómo y cuándo despertaría, lo que provocaba constantes discrepancias entre ellos.

Y así pasaron los días: asistida por un respirador y alimentada por vía intravenosa, mi figura fue deformándose hasta perder aquel aspecto sano de bella durmiente y empezar a parecer una arpía huesuda.

Nunca me faltó compañía, y ya me habían leído la novela dos veces, pero mi cuerpo no respondía más allá de algún leve amago de sonrisa.

Pero la mañana del veintiocho de marzo ocurrió algo inesperado, contra todo pronóstico.

Sin haber podido dormir en toda la noche, mi padre recibió el relevo de alguien muy especial para mí.

Eran cerca de las diez de la mañana y el personal del hospital ya me había aseado.

Entonces pude notar cómo el meñique de mi mano izquierda volvía a vibrar, como en aquella situación.

De pronto recobré la conciencia, pero era incapaz de articular palabra o mover otras partes del cuerpo.

Podía oír lo que sucedía a mi alrededor.

Probablemente, el paciente de al lado estaba escuchando las noticias en la televisión, donde emitían una nota de prensa sobre cómo había quedado visto para sentencia el juicio contra el Instituto de Stendhal.

De pronto, pude oír la voz de Sóley en la oscuridad.

—¿Le importaría cambiar de canal, por favor?

No creo que sea positivo para mi amiga escuchar esta clase de noticias —pidió amablemente la dulce y melosa voz de la dependienta a otra persona—.

Mi pequeña Alice… ¿qué te han hecho? ¡Por favor!

¿Qué tan cruel puede ser este mundo? —su tono se quebró y algo ligero cayó sobre mi falda.

—Cuidado con los tulipanes, la vas a poner perdida de pétalos —añadió otra voz conocida que empezó a desperezar mis sentidos.

Pude escuchar cómo mi amiga me hablaba de la tienda y del éxito de las ilustraciones enmarcadas que había pedido.

Traté de sonreír con dificultad, pero los músculos de mi boca no respondían.

Sentí una enorme frustración por no poder gritarles que estaba viva, que estaba consciente.

Sin embargo, mi cuerpo seguía atrapado en un estado anestesiado y solo podía seguir el discurso a fragmentos, como si mi conciencia se deshilachara.

Unas manos cálidas, con una energía difícil de describir, acariciaron mi mano derecha, y sentí una mirada tierna clavada en mí.

—¿Qué es esta sensación tan agradable? No son las manos de Lauren, pero siento un calor y un afecto inusual. ¿Acaso me estoy volviendo loca? ¿Y cómo es que siento esto ahora? No me jodas, ¿soy una mutante? —me pregunté mientras una de las máquinas comenzaba a pitar suavemente.

—Perdona, Sóley, ¿podrías ir a cambiar el agua del jarrón? Me gustaría tener un par de minutos a solas con ella. No podré quedarme mucho tiempo porque tengo una entrevista en la radio —dijo una voz que no terminaba de identificar.

—Claro, por eso te he pedido que vinieras. Despierta a la bella durmiente con un beso —confesó Sóley con una risa antes de salir de la habitación.

—No quiero que el médico me regañe por esto que voy a hacer…

pero quiero que escuches el estribillo de una canción que hemos versionado del japonés.

Ya sabes que la música me sacó a flote en un momento crítico de mi vida.

Espero que, entre los tulipanes color turquesa de tu amiga y esto, te ayude a recuperarte.

Disfruta, arpía durmiente —me dijo poco antes de colocar algo en mis oídos.

De pronto sentí un vuelco en el corazón y la sangre recorriéndome el cuerpo con una calidez intensa.

Pero seguía sin poder moverme. La pieza musical empezó a sonar a través de los auriculares, con una melodía elegante que transmitía tristeza y fuerza al mismo tiempo.

Mi mente estaba demasiado nublada para captar detalles, pero aquella música me hizo sentir viva.

—Bueno… ¿qué te pareció? ¿Has podido disfrutarla un poco? —preguntó con voz delicada mientras retiraba los auriculares.

Fui incapaz de articular palabra, pero mi mano se aferró a los auriculares como si mi vida dependiera de ellos. Un par de lágrimas me recorrieron las mejillas. Quería escucharla otra vez. No sabía si estaba soñando o no, pero quería escapar de aquella prisión de máquinas y de mi propio cuerpo.

—Alice… ¿estás despierta? ¿Puedes decirme algo? —preguntó nerviosa al notar el movimiento de mi mano.

Mientras tanto, luchaba por mantenerme consciente, arrastrada por una somnolencia persistente. En ese momento regresó Sóley con el jarrón de agua fresca. Colocó de nuevo los tulipanes color turquesa y observó los auriculares.

—Buena idea. La música es un buen estímulo para ella. Ponle una canción suave, a ver si recupera la conciencia —comentó en voz baja.

—Ha movido la mano derecha cuando ha escuchado el tema. Parece que tiene un vínculo especial contigo. Tengo una idea mejor: ponte un auricular. Escuchad juntas el fragmento mientras nos tomamos de las manos. Démosle así la fuerza que necesita —propuso con calma.

Entonces sentí la calidez de sus manos y una extraña serenidad recorriéndome. El hormigueo en mi cuerpo volvió, pero esta vez no era desagradable. Y, por primera vez, pude seguir la letra con claridad, como si estuviera conectada a tres bandas con mis visitantes a través de la música.

«Son restos de historias torcidas que aún arrastro del ayer.

Me pierdo mientras repites que soy perfecta sin mirar lo que sangra dentro de mí.

Estoy vacía por dentro, sí, pero sé que tarde o temprano volveré a levantarme.

Ha llegado el momento de romper con todo: me pondré en pie sin apoyarme en ti.

Voy a desprenderme de esta máscara de dolor que me cubre la cara, dejaré atrás lo que fui y aprenderé a respirar de nuevo como alguien distinta.

Y cuando lo haga, lo diré sin miedo al mundo entero: Sigo aquí. Estoy viva».

Al terminar la canción, el auricular resbaló de mi oído y abrí los ojos como platos.

El corazón comenzó a latirme con fuerza y el monitor reaccionó con pitidos bruscos.

Recuperé parcialmente la visión y el sudor me recorrió el cuerpo.

Algo me impulsó a incorporarme a pesar del peso insoportable de mis extremidades.

Giré la cabeza y me encontré con las siluetas borrosas de mis visitantes.

—¡Las gafas! ¿Dónde están las gafas? —se sobresaltó la dueña de la librería, visiblemente nerviosa.

—Es un milagro. ¿Puedes oírme, Alice? Soy Loana Bellrose. ¿Recuerdas a la arpía Céfiro? ¿Reconoces mi voz? —dijo mientras me tomaba la mano derecha, al tiempo que Sóley me colocaba las gafas y apartaba el pelo húmedo de mi frente.

Con las gafas sobre la nariz pude verla con claridad.

Era Loana, la cantante de las Arpías del Averno.

Su cabello en tonos morados y rojizos, los múltiples pendientes de la oreja derecha y el tatuaje que rodeaba su cuello como un collar de pinchos fragmentado en varios puntos no dejaban lugar a dudas.

Llevaba su habitual chaleco con el logotipo de una garra sujetando un símbolo feminista.

Intenté hablar, pero no conseguí emitir ningún sonido.

Me frustré al notar cómo el cuerpo volvía a reclamar reposo.

—Tranquila, qué alegría que estés bien, Alice. No esperaba que pudieras responder de inmediato. Has sido más fuerte de lo que esa droga pretendía —me dijo con voz calmada mientras las lágrimas me recorrían el rostro.

—Pronto volverás a los conciertos y a pasar por la tienda como siempre. Ahora toca descansar. Estamos impactadas de que una canción haya conseguido esto en ti. Si quieres, te haré una foto con ella —añadió con serenidad.

Un sofoco me recorrió el cuerpo y volví a hundirme en la cama, frustrada.

—Tengo que irme a la radio en breve —continuó—. Pero antes quiero una foto contigo. Y te he traído esto. —Sacó una pequeña caja negra—. Es un aro personalizado con el símbolo de una arpía.

Me besó en la mejilla y, en ese instante, Sóley aprovechó para tomar una fotografía. Me quedé completamente paralizada, roja por la situación, mientras el cansancio regresaba poco a poco.

El médico entró poco después. Al verme consciente, pidió a las visitantes que salieran.

—La veo muy bien, señorita Fointable. Es una excelente noticia —dijo antes de iniciar el seguimiento de mi recuperación.

[3 de mayo de 2012]