6. Ecos de los hermanos Grimm #4
Las palabras salieron sin control, como si no fueran del todo mías.
Después el cuerpo dejó de responder. Las piernas cedieron.
Caí de lado sobre el césped. Lo último que vi fueron sus zapatos alrededor de mí.
Y la figura de alguien acercándose corriendo.
El sonido se volvió blanco. El instituto reaccionó después.
Tarde, como si todo hubiera ocurrido en otro idioma.
El caso dejó de ser un rumor y pasó a ser un expediente.
La versión pública habló de una alumna discreta y dulce que había sufrido acoso.
Una ambulancia me trasladó al hospital Madame Ste.
Isabelle. Según lo que Jeni contó después, no se separó de mí hasta que llegaron mis padres.
También fue quien explicó lo ocurrido cuando el resto del centro empezó a reorganizar su relato.
—Oye mi rugido, Alice Fointable —dijo más tarde, con una calma extraña—. La leona de Grenoble siempre paga sus deudas.
Y me dejó en manos de los médicos.
La arpía durmiente
[5 de marzo de 2012]
Los médicos del Madame Sainte Isabelle me recogieron de inmediato en la entrada de urgencias.
Mi abogada corrió detrás de la camilla durante unos metros, pero un enfermero la detuvo antes de que pudiera seguir avanzando.
Desaparecí de su vista bajo las luces blancas del pasillo mientras las puertas batientes se cerraban entre nosotras.
Jeni se quedó en la sala de espera con un café demasiado caliente entre las manos, pensando en cómo explicarles la situación a mis padres.
No iba a resultar sencillo contarles que su hija no solo había desarrollado sentimientos y deseo hacia la chica que acabó utilizándola y humillándola delante de medio instituto, sino que además el centro educativo en el que habían confiado había permitido que la situación se pudriera hasta el punto de terminar con Alice Fointable intoxicada por sustancias introducidas en su bebida durante el «Día del Desayuno Saludable».
Aun así, aquello no hizo tambalear ni un segundo sus intenciones.
No parecía tener la menor duda de que iba a representar gratuitamente a una víctima de acoso escolar y violencia machista.
Los minutos avanzaban despacio. Jeni removía el café con la cucharilla mientras mantenía la vista fija sobre los documentos que yo había reunido durante semanas: el dibujo robado, la carta de San Valentín, las anotaciones del acoso, el formulario de la psicóloga.
Papeles arrugados, manchados y doblados que parecían insignificantes hasta que una ambulancia terminaba delante de urgencias.
La puerta automática volvió a abrirse y aparecieron varios policías preguntando directamente por mi representante legal.
Jeni se puso en pie sin perder la compostura justo cuando mi madre apareció detrás de los agentes.
Gallia parecía irreconocible. Su cuerpo seguía siendo imponente, pero tenía el rostro grisáceo y hundido, como si hubiera envejecido varios años durante el trayecto al hospital.
Escuchó la declaración con expresión vacía mientras se abrazaba a sí misma para contener el temblor de los brazos.
Mi padre, Aubin, no estaba allí. Se encontraba en comisaría tramitando una denuncia contra el instituto, Lauren Bonfils y René Hinaut, el imbécil que había dejado de reírse cuando le pusieron las esposas delante de toda la sala.
Pero el destino, cruel y oportunista, quiso que coincidieran allí.
En cuanto Aubin vio a Lauren y a René sentados bajo vigilancia policial, se levantó de golpe.
La silla cayó hacia atrás con un estruendo seco y dos agentes tuvieron que sujetarlo antes de que se abalanzara sobre ellos.
—Cálmese, señor Fointable. La violencia solo empeorará las cosas.
Jolie, toma ya los datos y deja de mirar —ordenó uno de los agentes con voz tensa.
Mi padre no necesitó decir nada más. La forma en que los miró bastó para dejar claro que, si alguna vez encontraba una oportunidad, haría cualquier cosa por su hija. Su amazona.
Después de salir de comisaría exigió ir directamente al liceo acompañado por un agente.
Quería respuestas. Quería ver al director y a la psicóloga.
Necesitaba entender cómo habían permitido que todo llegara tan lejos.
En el despacho perdió completamente el control.
Golpeó la mesa varias veces con el puño cerrado mientras las lágrimas le caían sin freno.
El director intentó mantener las formas, pero mi padre ya no escuchaba nada.
—¡Mi hija podría haberse muerto! ¡La habéis dejado sola rodeada de animales!
—rugió con la voz rota. Ni el director ni la psicóloga fueron capaces de sostenerle la mirada demasiado tiempo.
Por primera vez desde que empezó mi infierno, el instituto parecía haber comprendido la gravedad de lo ocurrido.
Seis horas después de la intoxicación, yo seguía inconsciente.
El lavado de estómago había evitado algo peor, pero permanecía en coma inducido en una habitación del hospital, conectada a varias máquinas cuyo pitido constante atravesaba el silencio como agujas.
La leona de Grenoble permaneció allí hasta que los médicos permitieron entrar a mi madre.
Después de horas hablando sobre denuncias, protocolos y juicios, Jeni cambió completamente el tono al verla frente a frente.
Le entregó una tarjeta de visita con delicadeza y actuó, por primera vez en todo el día, no como una abogada feroz, sino como alguien que entendía el dolor que tenía delante.
—Ahora mismo lo importante es Alice —dijo en voz baja—. Del resto me ocuparé yo.
[12 de marzo de 2012]
El olor antiséptico de la habitación se mezclaba con la lluvia golpeando suavemente las ventanas del Madame Sainte Isabelle.
Afuera, Grenoble seguía viva entre paraguas y coches apresurados; dentro, mi cuerpo permanecía inmóvil bajo la luz fría del monitor cardíaco.
El pitido constante de las máquinas se había convertido en la banda sonora de los últimos días.
Mi madre apenas se separaba de la silla situada junto a la cama.
Dormitaba a ratos, con la espalda encorvada y la novela todavía abierta sobre las piernas.
Mi padre entraba y salía de la habitación como un animal herido incapaz de permanecer quieto demasiado tiempo en el mismo lugar.
El caso seguía creciendo en los medios. Las cámaras se acumulaban frente al instituto y algunos periodistas hablaban de «la chica en coma víctima de una cruel broma escolar».
Otros preferían adornarlo con titulares todavía más miserables.
Mientras tanto, el nombre de Lauren Bonfils aparecía cada vez más asociado al escándalo.
Su agencia de modelaje suspendió temporalmente sus colaboraciones y varias marcas eliminaron fotografías promocionales donde aparecía sonriendo como una princesa moderna.
Pero nada de eso parecía importar realmente dentro de aquella habitación blanca donde yo seguía sin despertar.
Jeni continuó moviéndose como una tormenta.
Visitaba el hospital casi todos los días, siempre elegante, siempre impecable, aunque cada vez con más ojeras bajo los ojos.
Hablaba poco delante de mis padres y jamás pronunciaba el nombre de Lauren delante de mi cama.
Sin embargo, una tarde dejó sobre la mesita una carpeta gruesa llena de documentos y fotografías. Mi madre la observó con nerviosismo.
—Han encontrado mensajes borrados y conversaciones privadas. También declaraciones de alumnos. Esto es peor de lo que imaginaba —admitió Jeni, masajeándose el puente de la nariz—. El instituto llevaba demasiado tiempo ignorando cosas.
Gallia bajó la mirada hacia mis manos inertes.
—¿Y Lauren? —preguntó con voz rota.
Mi abogada tardó varios segundos en responder.
—Lauren Bonfils está aterrorizada.
La lluvia arreció contra los cristales.
Aquella misma noche, lejos del hospital, Lauren permanecía encerrada en su habitación con las persianas bajadas.
Llevaba días sin publicar fotografías, sin responder mensajes y sin mirar apenas el teléfono.
Los rumores en redes sociales crecían como un incendio imposible de controlar.
Algunos la llamaban monstruo. Otros aseguraban que solo había sido una broma que salió mal.
Ella había dejado de defenderse incluso de eso.
Sentada sobre la cama, abrazaba una de las almohadas mientras observaba la ilustración de la sirena que yo le había regalado meses atrás y que seguía colgada frente a su escritorio.
Su maquillaje descansaba intacto sobre el tocador.
Los vestidos caros colgaban perfectamente ordenados dentro del armario.
Sin embargo, Lauren tenía el rostro apagado y los labios resecos de tanto morderlos.
No lloraba con elegancia como en las películas románticas que tanto le gustaban; lloraba encogida, temblando, con auténtico miedo.
La puerta se abrió lentamente y apareció su madre.
—Lauren… tienes que comer algo.
Ella negó con la cabeza.
—No tengo hambre.
—Llevas dos días casi sin probar bocado.
Lauren apretó con más fuerza la almohada.
—¿Y si no despierta nunca?
Su madre no supo responder. La pregunta quedó suspendida en la habitación como un espectro.