Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 6. Ecos de los hermanos Grimm #3
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6. Ecos de los hermanos Grimm #3

Con las mejillas encendidas, me encaminé decidida a tomar una ducha más breve que la de Lauren.

Quería asearme rápido, con agua y jabón abundante, para ayudarla en todo lo que pudiera y tener una velada mágica a su lado.

Tanta fue mi prisa que resbalé y caí de culo en la ducha; afortunadamente, no me hice daño más allá del golpe.

Más cuidadosamente, me sequé y me puse un pijama con el estampado de un oso somnoliento, que me pareció gracioso, y salí en busca de Lauren.

—Qué velocidad. Ya ha cambiado las sábanas y lo ha preparado todo —reparé al ver que la cama ya tenía sábanas limpias y mi ropa estaba sobre una silla de su cuarto.

El olor de la hamburguesa recién hecha me llamó desde la planta inferior, y no demoré más en salir de aquella sobrecargada habitación de mi pareja.

Bajé las escaleras con paso lento; sentía una alegría que me resultaba difícil de expresar.

Podía saborear la situación: cuerpo y mente estaban relajados como nunca, y me sentía muy cómoda con unas prendas que no eran mías.

—Lauren, ¿pongo la mesa? —la llamé desde el marco de la puerta de la cocina.

—Ehm, sí. En el tercer cajón está el mantel, en el segundo los cubiertos, y los vasos están en el lavavajillas —replicó con tono dubitativo.

Ella vestía un camisón para dormir con un discreto escote; como siempre, la veía preciosa, así que no presté demasiada atención a sus indicaciones.

Me acerqué sigilosamente y la rodeé con los brazos.

Apoyé la cabeza contra su espalda y recé en silencio para que nunca se fuera de mi vida.

Pero no hubo réplica por su parte; eso me resultó hiriente, aunque comprendía que, con el aceite caliente en la sartén, no era el mejor momento para pedir mimos.

—Alice, saca las patatas de la freidora, por favor. He hecho unas pocas para que no sea demasiada comida antes de irnos a la cama —me pidió con voz dulce—. Oye, Alice, ¿tú crees en el amor para toda la vida? —su voz sonó preocupada tras apagar el gas de los fogones.

Me quedé pensativa unos momentos. Tomé un plato hondo y deposité allí las patatas; después la miré, y ella no me quitaba ojo de encima.

—Sí. Yo creo que tú eres el amor de mi vida.

Te parecerá absurdo, pero la primera vez que cenamos juntas sentí como si un hilo me tirase del meñique derecho hacia ti.

Supongo que deben ser los hilos del destino.

Qué suerte tengo de haber encontrado a alguien tan genial como tú.

Tenemos nuestras diferencias, pero creo que, con amor y cediendo ambas, podremos pulirlas —dije con tono cariñoso, invitándola a bailar en medio de la cocina, aunque su respuesta fue más fría.

—Qué casualidad. Yo he tenido esa misma sensación. Tenemos que ir a comprarnos ropa a juego para cuando tengamos citas fuera del liceo. Esto no puede ser, Darling —contestó mientras me acariciaba el pelo.

Durante la cena sentí que algo no me acababa de cuadrar. Estaba más rara de lo habitual. Vimos a medias una comedia americana mientras cenábamos, y me di cuenta de que el cuento se había detenido justo en el momento en que ella se fue a la ducha. No me atreví a poner sobre la mesa mis angustias.

Tras el postre subimos a su cuarto para ver la película de terror que había elegido desde la cama.

A los treinta minutos, desvió la atención de la pantalla y me dedicó algunas caricias afectuosas.

Yo le besé el pelo y entrecrucé mis dedos, sintiendo que algo en mí se enfriaba.

Tenía ganas de llorar; no comprendía nada. ¿Tan rápido podía cambiar una persona?

Cuando los créditos descendieron en la televisión, Lauren estaba dormida a mi lado, soltando pequeños ronquidos.

—Cariño, despierta, que se ha acabado la película. ¿Dónde has dejado el mando? —le pregunté, tratando de disimular mi tristeza por el trato que estaba recibiendo.

—Aish, es verdad, mi vida. Estoy molida de tanta sesión fotográfica, lo siento, me he quedado dormida —se disculpó de forma algo tosca antes de apagar la tele.

Unos minutos más tarde apagó las luces, mientras yo valoraba seriamente la posibilidad de cortar con ella.

Sollocé en la oscuridad cuando mi cabeza empezó a encajar pensamientos, y entonces me di cuenta de que era como un bolso para ella: un complemento que usar, al que siempre había perdonado todo mientras conseguía lo que quería.

Cuando nos despertamos por la mañana, ella se puso cariñosa conmigo y me dio varios besos.

Yo, para ahorrarme la humillación de volver a colgar de su brazo, incapaz de terminar con ella y con el corazón en un puño, fingí sentirme mal para irme a casa.

Sus padres no volverían hasta el mediodía.

Sin quedarme a desayunar, me quité el pijama, le di un último beso fugaz y me despedí de ella tras agradecerle que me hubiera invitado a esa cita.

Al volver a casa, me sentí utilizada, profanada, como si hubiera sido una muñeca con la que jugaban.

Escondí la cabeza en la almohada y comencé a llorar desconsoladamente; me era imposible dejar de pensar en sus labios juguetones a lo largo y ancho de mi figura, en sus dedos perdiéndose sobre mi piel y en cómo terminó todo.

Ahora empezaba a encajarlo todo: más que su reacción después de que yo estuviera tirada en su colchón, el sainete de mal gusto entre lograr lo que quería y después tratarme como a una mascota.

Me levanté de la cama varias veces para coger el teléfono; quería quedar con ella para aclarar las cosas, necesitaba saber de su propia voz que todo era una mentira para poder poner punto final a esto.

Y así pasé las horas, incapaz de rendirme ante la evidencia y con un dolor de estómago que me retorcía.

Me pasé la tarde llorando hasta que no me quedaron lágrimas, encogida en posición fetal sobre el colchón, mirando la pared.

Mis padres llegaron sobre la hora de cenar.

Como no quería que me vieran en aquel estado, me di una larga ducha con agua caliente en la que me froté el cuerpo de forma tan brusca que me dejé marcas; pero lo que me dolía de verdad era el alma y el corazón.

Tenía ganas de que la tierra me tragara.

Aun así, antes de salir del baño, intenté ensayar una sonrisa amplia.

No me salió. Así que cené una manzana para esconder mis emociones y alegué tener que terminar unos ejercicios del instituto que había olvidado el día anterior.

Me senté con las rodillas a la altura del mentón y la cabeza agachada.

Aquel dolor de estómago volvió con fuerza y se mantuvo toda la noche.

Tuve que levantarme a hacerme una infusión para que cediera un poco.

A la mañana siguiente, después de haber dormido apenas unas horas, el malestar no había mejorado, y la primera sesión de clases fue un infierno.

Tenía ojeras marcadas y no presté atención a las tres horas previas al recreo.

Pasé ese tiempo intentando convencerme de que terminar la relación era lo mejor para mi salud mental.

Cuando sonó la alarma de salida al patio, me sentí tentada de acabar con todo de inmediato, pero Lauren ya había salido del aula. Supuse que era para evitar la cola del desayuno saludable: los alumnos de Seconde ofrecían un vaso de zumo y una pieza de fruta.

Aproveché para comer algo más de lo habitual.

El día anterior apenas había ingerido una manzana.

Me acerqué a uno de los puestos y pedí un zumo de naranja.

Me lo sirvió uno de los amigos de Lauren, que me dedicó una mirada de asco.

Tuve un mal presentimiento cuando se me cayó un papel del bolsillo al agacharme, pero lo ignoré y me bebí más de la mitad de un trago.

Después fui directamente hacia Lauren.

La encontré rápido, como siempre, rodeada de su grupo. Estaban fuera del edificio, en el césped donde la gente solía tumbarse o hablar sin prisa. Yo llevaba el vaso casi vacío en la mano y un puño tembloroso. No había ensayado nada. El cuerpo me pedía huir, pero seguí avanzando.

—Lauren… ¿podemos hablar? —balbuceé, sintiendo el estómago peor que antes.

—¿No ves que estoy ocupada, Fointable? No me molestes.

Aquello me atravesó. Noté un sabor extraño en la boca, algo blanco que cayó al suelo.

—Escúchame, Lauren Bonfils. Es importante. Quiero hablar contigo en privado —insistí, tomándola de la mano.

Ella retiró la suya sin dudar y la colocó sobre la del chico que tenía al lado.

Después lo besó delante de mí. El gesto no fue lento ni accidental.

Fue claro. Mis piernas se quedaron clavadas.

El vaso cayó al césped y el resto del zumo se derramó formando un charco pequeño.

Empecé a hiperventilar. Sus amigas aplaudieron.

Se rieron. El ruido se volvió distante, como si estuviera debajo del agua.

El dolor de estómago regresó con violencia y sentí que algo no funcionaba bien en mi cuerpo. Aun así, seguía allí, mirando.

—Perdóname, Darling —dijo Lauren, con una risa ligera—. Tenía que asegurarme de que no era ninguna desviada saliendo contigo. Fue divertido mientras duró. Me quedo con Pierre, que no es como tú.

Las risas explotaron alrededor. Me llevé las manos a la boca.

Los ojos se me llenaron de lágrimas sin orden.

El cuerpo se me encogió solo. Sentí frío, luego calor, luego nada estable.

Escupí hacia el suelo sin pensar. Fue un gesto instintivo, desbordado.

Pierre reaccionó con una carcajada y más burla.

Todo el grupo siguió riendo. El mundo se volvió irregular.

Noté sangrado en la nariz. Mareo. La visión se fragmentó.

Escuché voces lejanas, incluida la de Jeni, aunque no podía ubicarla.

Todo giraba sin centro. Pierre me arrancó las gafas de un tirón.

Intenté mantenerme en pie, pero ya no había equilibrio posible.

—Lauren… —mi voz salió rota—. No te escondas. Escúchame bien.

Tragué saliva con dificultad.

—Hazle un favor al mundo… y desaparece.