Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 6. Ecos de los hermanos Grimm #2
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6. Ecos de los hermanos Grimm #2

—Perdón, era una clienta. Ya ha recibido la indemnización de su caso.

Te seré sincera: vas a tener que ser muy fuerte para sacar esto adelante.

Van a intentar tumbarte con todo lo que tengan.

No vas a poder confiar ni en tu pareja. Pero pase lo que pase, no mientas y no te dejes amedrentar.

Y tranquila: esto no te va a costar ni un euro.

Mi pago vendrá de la indemnización que le saque al instituto y a ese hijo de…

Se mordió la lengua al notar mi mirada. Yo removí el chocolate con la cuchara, con los dedos aún tensos.

—He acudido a ti porque estoy desesperada. Es como si tuviera la boca amordazada y me obligaran a…

Jeni posó el dedo índice sobre mis labios.

—Una chica tan guapa y valiente como tú no debería decir palabrotas.

Tendrás tu momento. Por ti, no perderé esta batalla.

Ah, me pasaré por el instituto en una visita sorpresa.

Si saben que vengo, los malos no actuarán.

Tengo veinte minutos más; si te apetece podemos hablar de cosas de chicas.

Seguro que te reconforta. Cuéntame sobre tu novio —preguntó con una voz que me arrancó una sonrisa.

—Es una novia. No obstante, algunos de sus amigos me hacen la vida imposible.

Siempre está pensando en su carrera de modelo y en que todo lo que haga tendrá un impacto en esta.

Es un poco coqueta; a veces no estoy segura de lo que siento, pero siempre logra que siga enamorada.

Es un poco caótico, pero estoy segura de que ella me ama tanto como yo.

También es mi mejor amiga —sonreí antes de dar un largo sorbo de chocolate caliente.

—Esto que me cuentas es muy interesante —contestó, después de que su expresión cambiara de forma sutil, aunque no supe leer por qué.

Jeni fue muy amable y, después de terminar el chocolate, me acercó a casa de Lauren en su vehículo privado.

Me sentí aliviada tras confiarle todo lo que sabía.

Incluso me leyó los documentos legales en voz alta para asegurarme de que entendía lo que firmaba.

Me pareció una persona cálida y correcta; tal vez no tan tierna como Sóley, pero, en mi cabeza, los abogados eran casi como máquinas del futuro diseñadas para ordenar el mundo.

A veces imaginaba a mis compañeras con un teléfono incrustado en el oído, recibiendo instrucciones invisibles; me daba un escalofrío extraño, casi divertido.

Lauren encajaba en esa fantasía de forma absurda, como una líder de esa raza de androides siempre pendientes de la imagen, de las fotos, del amor convertido en contenido.

Su casa quedaba perdida entre la urbanización, así que empecé a subir una de las pendientes con la esperanza de verla bajar a pie.

Andaba con un vestido rojo de escote elegante y zapatos planos, el rostro suavemente maquillado en tonos cálidos.

Volví a quedarme embobada, como si el cuerpo se me desajustara por dentro.

—Darling, estás aquí. Qué suerte que tus padres te hayan dejado venir a cenar conmigo.

He encontrado en Netflix una película de monstruos, de esas que te gustan.

Y después podemos hacer peleas de almohadas y escuchar música juntas.

Lo que te apetezca —me tomó las manos, mirándome con los ojos brillantes.

—Lauren. Estás muy guapa —murmuré, notando cómo me faltaba el aire.

Se acercó, me acarició la barbilla y me besó con un gesto rápido. Yo la tomé de la mano y la atraje hacia mí. Le susurré que la quería, y sonrió.

—Vamos a estar solas en mi casa. Estoy ansiosa por pasar una velada romántica contigo.

Su tono tenía algo que me desarmó por dentro, como si la idea misma de esa noche cambiara de forma.

—Sí… vamos a tu casa. Quiero ver si has enmarcado el dibujo que te hice —respondí, nerviosa.

Caminamos durante diez minutos cuesta arriba.

Las casas, cada vez más amplias y silenciosas, parecían ajenas a todo.

Sentía el corazón pesado, como si cada latido me empujara hacia algo que no sabía nombrar.

Dejé de mirar los jardines y me fijé en sus labios rojos.

Lauren aceleró el paso y se detuvo frente a una gran puerta de madera.

—Hemos llegado. Este es el jardín… —empezó a señalar con entusiasmo, como si me enseñara un mundo entero dentro de su propia vida.

Yo la interrumpí sin pensarlo.

—Lauren, quiero que me mimes mucho.

El silencio que siguió me golpeó de inmediato.

Me tapé la boca con la mano, avergonzada de mí misma.

Ella me miró un instante, seria, y luego se agachó a por la llave bajo el felpudo.

Abrió la puerta y me hizo un gesto para entrar.

Me quité las botas antes de pasar. Dentro, el olor a perfume suave me desarmó un poco.

Lauren dejó la llave en un cuenco de cristal y me guió por el pasillo con firmeza.

—Aquí está el comedor… la cocina… el baño de invitados… —iba explicando, demasiado rápido, como si necesitara llenar el silencio.

—Lauren… —intenté frenarla.

—Cenemos primero —dijo, sin mirarme del todo.

—C… —no terminé la frase.

Sus labios me encontraron antes de que pudiera decidir nada. El beso me cortó el aire de golpe.

—Te prometí un cuento de hadas —susurró—. Cenemos primero, Bella.

Aquella palabra quedó flotando dentro de mí, extrañamente seria. Asentí sin fuerza.

—Lauren… te quiero —me salió casi sin voz.

Y entonces, sin transición, la tensión se rompió en algo distinto.

—Pues sufre, maldita Lauren. Toma, toma y toma —golpeé su cabeza con una almohada.

Ella reaccionó al instante, riéndose, agarrando otra y subiendo a la cama para tener ventaja. La habitación se llenó de golpes suaves y risas desordenadas, sin dirección, sin pensamiento.

—Sube si te atreves, zorra —me retó.

—¡Claro! —respondí, subiendo sin pensar.

Todo era ligero durante unos segundos, casi ridículo, casi perfecto. Hasta que dejó de serlo.

Me incliné hacia ella entre risas, las manos aún moviéndose, el cuerpo demasiado cerca, demasiado sin freno. Un gesto torpe, accidental, cambió la distancia entre nosotras. Lauren se giró de golpe.

—Alice… ¿qué rayos haces?

Me quedé helada. La risa se me rompió dentro.

Ella, en cambio, sonrió como si pudiera borrar el momento.

Me apartó el pelo y me besó el cuello con suavidad.

El calor volvió demasiado rápido. Demasiado intenso.

Mi cuerpo se dejó llevar un instante, como si no me perteneciera.

Pero algo, en el fondo, empezó a tensarse otra vez.

—¡Lauren! —chillé asustada, apartándome de ella por el gesto que me había sorprendido.

—Perdón, me he dejado llevar. Creía que deseabas ir más allá.

Le indiqué que se tumbara boca arriba, roja como un tomate, me puse sobre su figura y la besé poco a poco.

Mi pareja respiraba con un ritmo acelerado y se desprendió del vestido, que lanzó a un lado como si fuera ropa vulgar para ella. Estaba como Dios la trajo al mundo, al natural, y mi cuerpo sintió aún más magnetismo.

—Lauren… perdóname por lo que haré —me desprendí de todo para ella y dejé que las caricias hicieran el resto.

Danzamos sobre aquella colcha con un estampado de unicornios y joyas al son de la música del amor.

Ella parecía más experimentada; yo me dejaba llevar, fuera de mí, perdida en aquellos labios encendidos.

Me preguntaba por momentos si aquello era la pasión de los personajes en su noche de bodas, pero la dulzura y la sutileza con la que me trató me hicieron pensar que probablemente así era.

Sin saber muy bien cómo, labios y dedos recorrieron toda nuestra geografía hasta que experimenté algo que parecía inédito, aunque no lo era, pero sí mucho más intenso.

Lauren me miró con ojos tiernos y me dedicó un par de besos suaves, que esta vez no me pusieron nerviosa como de costumbre. Poco después, me alarmé, sudada, y noté el corazón latiéndome con fuerza.

—Qué horror… menudo desastre he dejado sobre su cuerpo —me puse roja como un tomate por la vergüenza. Ella se rió.

—Tranquila, no es nada malo. Te quiero, Alice Fointable —me besó en los labios antes de levantarse y encaminarse hacia la salida de la habitación.

—Rayos… ¿Qué he hecho? Esto es terrible. Lauren, vuelve y abrázame, por favor —rezaba en silencio, en posición fetal, sintiéndome sucia.

Ella apareció envuelta en una toalla, con un paquete de toallitas húmedas para asearme.

—Alice, voy a ducharme. Límpiate un poco mientras me esperas. Luego te dejaré una toalla y un pijama limpio para que puedas ducharte —dijo mientras dejaba el paquete a la vista y me daba un beso en la mejilla.

—Gracias, Lauren. Me quedaré un rato en la cama —contesté, aún mareada por lo ocurrido.

Cuando escuché cómo sus pasos se alejaban, extendí una mano temblorosa hacia el paquete de toallitas. Tomé una y me limpié cuidadosamente, no sin que un desagradable escalofrío me recorriera de arriba abajo. Después hice una bola con ella y la dejé en el borde de la cama.

Me quedé mirando fijamente a la Alice del espejo; me parecía tan tierna e inocente que yo misma me sentía otra persona. A lo lejos, podía oír el agua de la ducha, cuyo sonido resultaba extrañamente relajante.

No mentiría si dijera que en ese momento cualquier cosa que la tocara me parecía maravillosa. Incluso el beso furtivo que me dio en el cuello sin que me diera cuenta me arrancó un chillido, y ella se rio.

—¿Ya has terminado la ducha? ¡Qué rápido! —exclamé, preocupada, con la mano en el pecho al notar mi corazón acelerado.

—Claro, Darling. ¿Crees que voy a desperdiciar un solo minuto contigo? Anda, pasa a la ducha que voy buscando un pijama para ti. Te he dejado la toalla lista —añadió, dándome una palmada en el culo.