6. Ecos de los hermanos Grimm
Ecos de los hermanos Grimm
Lauren y yo habíamos celebrado mi cumpleaños, que fue el pasado día diez del mismo mes, pero no San Valentín.
La relación se había enfriado y mis problemas en el instituto no habían dejado de multiplicarse.
Mientras yo me encontraba indefensa frente a todo tipo de tretas, mi pareja seguía ganando popularidad.
Incluso llegué a escucharla soltar un comentario ofensivo sobre mí utilizando el nombre en clave «Babette» para evitar problemas.
Resultaba siniestramente curioso que nadie en el instituto tuviera ese nombre, pero aún más oscuro era el contenido de la única carta de amor que recibí en aquella fecha señalada.
Su mensaje me invitaba a abandonar a mi pareja de inmediato si no quería que las cosas en el instituto fueran a peor.
Encontrar aquella carta con forma de corazón sobre mi mesa me sorprendió y me hizo temer lo peor.
Las risitas del grupo de Lauren mientras se referían a «Babette» como connard me llevaron a armarme de valor y denunciar la situación directamente al director del centro.
Cuando leyó la carta, me despachó rápidamente enviándome con la psicóloga del instituto.
Con el recuerdo todavía fresco de mi última experiencia con aquella supuesta profesional, me hice la loca para no entrar en esa sala.
Las miradas inquisidoras no habían cesado desde la conspiración de la lista; las bolas de papel de plata volaban durante el recreo y, para colmo, un malnacido llegó a escribir mi nombre en el lavabo de chicos indicando que ofrecía sexo.
Cada hora en el Liceo Stendhal era como cruzar uno de los círculos del infierno dantesco.
Pero aquellos monstruos no vivían únicamente de violencia verbal y pequeñas guerrillas.
Esa misma semana, durante una clase de voleibol, rematé el balón con tanta furia —acordándome de que Lauren me había dejado plantada en una cita, aunque hubiera sido por causas mayores— que impacté accidentalmente en el estómago de Brigitte Mitterland, una de sus amigas.
Cuando vi su rostro lleno de rabia, me temí lo peor.
Aunque me disculpé de inmediato y ella fingió aceptar mis palabras, en el vestuario se alió con Juliette Candau para vengarse.
Juliette me agarró del pelo y me arrastró contra la pared del fondo, mientras Brigitte se acercaba y me propinaba una patada en la boca del estómago que me dejó sin aire.
Entonces vi entrar a Lauren en el vestuario.
Con paso rápido y seguro, se acercó a ellas.
Sin mediar palabra y con el rostro visiblemente enfadado, intervino tirando primero del pelo de Brigitte y después del de Juliette, separándolas de mí mientras yo trataba de recuperar el aliento.
—Me dais asco, machorras. La pobre Alice no lo ha hecho con mala intención. Es más mujer que vosotras dos juntas. Usar la fuerza bruta para arreglar las cosas… Ni se os ocurra volver a ponerle la mano encima. ¿Entendido? —las amenazó con tono violento.
—¿Está fingiendo que le importo? ¿Busca alimentar su ego?
¿Por qué ha intervenido? ¿Acaso me equivoqué al desconfiar de sus intenciones y no me ve solo como una muñeca sexual?
No… tiene que haber algo más —pensé mientras ella se acercaba a su taquilla para sacar los productos de higiene antes de ducharse.
—Ah, Fointable. Que esto no sirva de precedente. Ni una palabra a nadie —me dijo con aquella voz altiva que había utilizado para enfrentarse a ellas.
El gesto de Lauren me dejó estupefacta durante unos segundos. No obstante, me guiñó un ojo de forma furtiva antes de retirarse. Me quedé desconcertada por aquel repentino cambio de actitud, aunque me limité a agradecerle que me quitara a aquellas hienas de encima.
A la hora del recreo, los problemas volvieron a su curso habitual.
Me había refugiado en un rincón apartado del instituto, lejos del bullicio del patio, leyendo una novela de ciencia ficción titulada Aoi y Brenda, que narraba la historia de dos agentes encargadas de patrullar el tiempo para impedir que una organización criminal alterase la historia.
Algunos de los seguidores de Lauren me molestaban con comentarios y, en ocasiones, incluso con acoso físico.
Uno de ellos me robó el bocadillo. Medio aterrorizada por su tamaño, no opuse resistencia; mi cuerpo no respondía y me quedé paralizada.
El matón simplemente se rio y me arrancó el almuerzo de las manos, como hacía cada vez que se cruzaba conmigo.
Sabía que, si iniciaba una pelea, mi cabeza volvería a rodar.
No quería darle más disgustos a mis padres.
Mientras se alejaba satisfecho, una descarga eléctrica me recorrió la espalda y sentí arder el pecho.
Cerré el libro de golpe, sin siquiera guardarlo, y caminé furiosa hacia él.
Estaba dispuesta a romperle las piernas con mis botas; notaba el ceño fruncido y las extremidades temblándome, pero no estaba dispuesta a soportar aquella humillación una vez más.
Así pues, avancé hacia él mientras mis labios me traicionaban, gruñendo mis intenciones en voz baja.
—Fointable, si le pones la mano encima te expulsaremos del instituto. Así que relájate.
La mano de un profesor sustituto sobre mi hombro me detuvo en seco.
Llena de rabia, desistí y contuve las lágrimas mientras aquella risa de satisfacción resonaba dentro de mi cabeza.
No pude más y sentí la necesidad de hacer algo, pero el centro me había dado la espalda por un crimen que no había cometido.
Mi asocialidad tampoco había ayudado a construirme una buena reputación, salvo por mis calificaciones.
Entonces recordé que tenía el teléfono de aquella abogada que conocí tiempo atrás.
Tal vez pudiera tomar cartas en el asunto y ejecutar mi propia venganza como la «Condesa de Grenoble».
Fantasear con una posibilidad así tenía cierto morbo.
No obstante, debía ser consciente de que las denuncias no eran un juego.
No solo porque, a causa de un porcentaje mínimo de denuncias falsas, muchas acusaciones formuladas por mujeres contra hombres acababan siendo puestas en duda, sino también porque el bullying parecía no recibir jamás su merecido castigo en aquel centro.
[3 de marzo de 2012]
Me hallaba en una cafetería de Grenoble esperando a la abogada que conocí en aquel fatídico viaje en autobús, mientras me planteaba por enésima vez si lo que iba a hacer era correcto.
Había cometido el error de confesarle mis planes a Lauren, y ella consiguió, con caricias y mimos, que desistiera.
La fiesta de cumpleaños que me había preparado me desarmó por completo: dos novelas nuevas de Stephen King, una rosa, un paseo por el parque y un chocolate caliente en la chocolatería más cara de la ciudad.
No sé si estuve más embobada por los regalos, por lo guapa que estaba aquel día o por lo feliz que me hacía sentir al cumplir un año más.
Definitivamente, no la quería por el dinero de su familia, pero cada vez que algo me chirriaba, ella conseguía que todo volviera a su sitio.
Incluso parecía más romántica y serena que en ocasiones anteriores, y eso me calmó.
—Cuánto tiempo sin verte, Alice. Estás más guapa que la última vez —me saludó con dos besos y me pellizcó cariñosamente la mejilla.
—Hola, Jeni. Sí, ha pasado un tiempo. Quería hablar de lo que te comenté por teléfono: acoso machista y escolar en mi instituto.
He hablado con el director y la psicóloga, pero solo he empeorado las cosas.
Me tienen estigmatizada. No puedo… no puedo más, joder —empecé a soltar mis emociones reprimidas, con la voz nerviosa y tensa.
Me invitó a sentarme en la mesa y pidió un chocolate caliente para mí —la bebida que siempre me reconfortaba— y un café para ella.
Sin querer perder un segundo, saqué el dibujo que habían mancillado, la carta amenazante de San Valentín y el formulario de la psicóloga.
También llevaba el registro del acoso que me había pedido que recopilara durante dos semanas y media.
Serena, se quitó la chaqueta, sacó unas gafas y empezó a analizar la documentación.
—Todo saldrá bien, Alice. Necesito que te relajes y no busques problemas con nadie.
Sé que es duro lo que te pido, pero por más provocaciones que recibas, haz caso omiso.
Se van a enterar. Me llaman «La Leona de Grenoble».
No voy a dejar a ningún misógino con ganas de persistir en sus convicciones.
Eres una chica muy fuerte. Te diré un secreto, pero no se lo cuentes a nadie.
Se acercó a mi oído y me susurró algo que me dejó helada.
—Pero eso es terrible… ¿fue eso lo que te llevó a ser abogada especializada en estos casos? —respondí, con los ojos abiertos como platos.
—Tu caso es grave. No solo hablamos de acoso escolar con un impacto psicológico serio, sino que ahora tiene un componente de género que no quiero que vaya a más.
Si no te importa, me quedaré con estas pruebas y valoraré cómo proceder.
Necesito que firmes un consentimiento para poder denunciar en tu nombre como representante legal.
Cualquier cosa que ocurra, dímelo. Nunca he perdido un caso con componentes machistas.
No estás sola. Mi teléfono está sonando, discúlpame un segundo.
Se levantó y se apartó a un rincón del local mientras un miedo frío me apretaba el estómago.
Jeni volvió cinco minutos después y me encontró hundida sobre la mesa. Lauren me había escrito invitándome a cenar en su casa y pasar la noche. Al día siguiente, mis padres irían de excursión a Voiron, así que tendría libertad total.