2. Algo más interesante que mis lecturas #10
Lauren abrió el estuche plateado haciéndose de rogar.
Me extrañó que no decidiera grabar el momento.
Su rostro se iluminó con una enorme sonrisa y, con el chillido de alegría que dio, las bebidas estuvieron a punto de acabar en el suelo al encontrarse con la tiara plateada.
Me levanté de la mesa para recibir su abrazo y casi morí asfixiada por la fuerza con la que me estrechó.
Me llenó el cuello de besos y después los labios con tanta efusividad que quedé aturdida.
—Es preciosa… ¿Cómo sabías que me gustaban tanto esta clase de complementos? —Agachó la cabeza para que le colocara la tiara, cuyas perlas blancas y el rubí redondo del centro relucían entre las filigranas plateadas.
—Creo que fue un flechazo. Simplemente lo supe en cuanto la vi en el escaparate. —Me extrañó que no se hiciera varias fotos con ella y que, en cambio, se limitara a darme pequeños besos nerviosos, como si sintiera que alguien la vigilaba.
—Bien, ahora me toca darte mi regalo. Seguro que te recordará a un cuento de hadas.
Sus palabras despertaron mi curiosidad de inmediato.
Me acercó la bolsa y, en cuanto sujeté las asas, noté su peso.
No tenía ni idea de qué podía ser, aunque aquella pista me intrigó todavía más.
Al abrirla encontré una caja negra adornada con un lazo dorado.
Levanté la tapa con cuidado y me encontré con unas botas negras acordes con mi estilo punk.
Tenían hebillas doradas, cordones y varias correas que trepaban ligeramente por encima del tobillo.
Eran de una conocida marca llamada Skullcrasher y tenía entendido que costaban un dineral.
No pude evitar quedarme embobada mirándolas.
Durante unos segundos me quedé paralizada mientras Lauren me observaba con el rostro lleno de satisfacción.
—Te las he hecho pasar un poco canutas estos últimos meses. Espero que este detalle pueda redimirme un poco. Comprueba que te entren bien y no te aprieten; si no, tendremos que ir a cambiarlas por otro número —me indicó satisfecha por haber acertado.
—Tía, te has pasado tres pueblos comprándome esto. ¿Cómo sabías que quería unas botas así? —pregunté mientras me quitaba discretamente los zapatos bajo la mesa.
—Intuición femenina, Cenicienta. Póntelas y mira qué tal. Ah, no llevan punta de acero, por si se te había pasado por la cabeza esterilizar curas pedófilos a patadas. —Capté enseguida la referencia a algunos de mis comentarios más salvajes.
La maldita incluso había acertado mi número: un treinta y ocho.
Las botas me iban como un guante y resultaban sorprendentemente cómodas.
Sentí unas ganas tremendas de comerla a besos por la emoción, aunque, siendo sincera, un libro me habría conquistado todavía más.
Aun así, comprendí que, para ella, aquel regalo era una forma de estrechar el vínculo entre dos personas con gustos muy distintos.
—Por suerte no he tenido que amputarme un dedo para que me entren. Lo siento por los Hermanos Grimm —bromeé mientras me ataba los cordones y daba unos pasos con ellas puestas.
—Mírate. Te quedan tan bien que pareces una modelo. ¡Estás divina, tía! ¡Tenemos que salir a lucirlas! —exclamó animada mientras me hacía gestos para que posara para una fotografía.
Empieza a preocuparme la obsesión que tiene con fotografiarlo todo y subirlo a redes sociales, pensé mientras mantenía una sonrisa algo forzada para la cámara. Lauren no tardó en proponerme ir al salón recreativo. Yo, todavía emocionada por el regalo, acepté al instante.
Cumplió su palabra y, tras pagar la cuenta, caminamos de la mano mientras las últimas hojas del otoño caían a nuestro alrededor.
Mis dedos se entrelazaron con los suyos, finos y protegidos por unos guantes negros.
La escuchaba hablar sobre sus proyectos futuros en el mundo de la moda con interés.
Sin embargo, ella rara vez prestaba la misma atención a mis discursos sobre ilustración, monstruos o la idea de crear algún día un cómic propio.
Solía asentir sin aportar demasiado, aunque varias veces me había invitado a acompañarla a sesiones fotográficas.
Supuse que era sano que cada una mantuviera su espacio, aunque eso no impedía que siguiera deseando un trato distinto dentro del instituto.
Cuando llegamos al salón recreativo, la tomé de la mano y me dirigí directamente hacia la máquina de Sustos de Muerte, un videojuego cooperativo en el que debías disparar a criaturas sobrenaturales que aparecían por todas partes.
—Oye, no sé jugar a esto. No me saques de Cría en la Granja, que no he tocado otro videojuego en mi vida —me confesó mientras sujetaba ya la pistola rosa.
—Es facilísimo. Dispara a todo lo que se mueva.
Si te quedas sin balas, sacude la pistola de arriba abajo.
Y el pedal sirve para lanzar granadas. Si quieres un consejo, imagina las caras de quienes te putean en el instituto.
Por respeto a ti, no diré nombres de a quién estoy viendo ahora mismo —aseguré con una sonrisa cargada de veneno.
—Creo que me das más miedo tú que el videojuego. ¿De verdad te gustan estas cosas? ¿Seguro que no prefieres ir a los coches de choque o sacar un peluche? —pareció algo intimidada por mi tono.
—Cuando quieres a alguien, a veces tienes que arrimar el hombro por esa persona.
¿Has pensado que esto me hace más ilusión a mí que a ti?
Llevo meses tragando con tus planes, con las tiendas de ropa, el maquillaje y las películas románticas.
Y también con tener que fingir en el instituto por tu carrera de modelo.
Pero si de verdad me quieres, dame el mejor regalo de Navidad que podrías darme —le tendí una de las pistolas.
—Lo siento, Alice. Igual es que soy un poco ególatra. Siempre terminamos haciendo planes que me gustan a mí. Tiendas de ropa, pruebas de maquillaje, películas… Ahora me siento fatal —sus ojos parecieron derretirse al admitirlo.
—Nadie es perfecto. Me conformo con que me cuides y me mimes un poco más. Y con mimarme no me refiero a que me agasajes con cosas caras. Venga, que seguro que te va a gustar —la besé breve y suavemente en los labios. Ella simplemente se abrazó a mi cuello.
—Vale, lo haré. Pero solo esta vez. No te acostumbres a hacerme jugar a estas cosas —replicó, ligeramente molesta por no haberse salido con la suya.
Yo sonreí ampliamente y le hice cosquillas para celebrarlo.
Jugamos una única partida por decisión mía.
Lauren era una tiradora espantosa y los monstruos no tardaron en arrebatarnos todas las vidas.
Tampoco ayudó que pareciera visiblemente incómoda cuando un enjambre de ratas negras se abalanzó sobre nosotras en la pantalla.
No pude evitar reírme de ella al verla dejar la pistola con cara de puchero tras ser eliminada.
En mi despiste, yo también terminé fuera de la partida, aunque, de algún modo, aquello me hizo verla como una persona normal y no como la diva que a veces intentaba aparentar.
Después nos subimos a los coches de choque y, como no había nadie más, terminamos compitiendo la una contra la otra con toda la pista para nosotras.
Por último, cuando ya solo me quedaban dos monedas, probamos suerte en una máquina de peluches.
Ella consiguió para mí un koala que sujetaba una rosa y yo saqué un oso con un corazón rojo entre las patas.
Hora y media más tarde, cuando la cita había terminado, yo estaba tumbada en la cama abrazando el koala contra el pecho y pensando en la dulzura de sus besos.
Saber que no la vería en casi dos semanas me oprimía el pecho, aunque hubiera prometido llamarme todos los días.
Suspiré pesadamente y eché un vistazo al manual de dibujo que me había comprado a finales de verano.
—Supongo que me vendrá bien algo de tiempo para reencontrarme conmigo misma.
He perdido el norte demasiado tiempo por sus encantos.
Me he llenado la boca intentando hacerle entender mis ideas, pero en el proceso me olvidé de algo importante para mí.
Tal vez tomar un poco de distancia me haga bien, aunque eso no significa que quiera que lo nuestro termine nunca.
Igual que esos dulces de otoño que trajo…
su sabor ha conseguido que jamás olvide este otoño —concluí mientras hojeaba diseños de personajes femeninos que parecían enamorados de alguien y, aun así, aparecían solos en las ilustraciones.