Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 2. Algo más interesante que mis lecturas #9
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2. Algo más interesante que mis lecturas #9

—Lauren… no sé qué tienes, pero me pones de los nervios. Hoy voy a fardar de novia cadáver, que en el instituto me tienes abandonada —dije, intentando mantenerme firme.

—Cuidado, que la vampiresa se ha enfadado. Esta me va a morder el cuello otra vez —bromeó, animada.

—Espera. Tu regalo de cumpleaños está por aquí.

Échale un vistazo rápido y, si te gusta, lo recoges después.

Pero date prisa, que quiero llegar a las taquillas para elegir asiento —añadí mientras buscaba en un portafolios grande, donde también guardaba la única ilustración de Sóley que había terminado.

Tras rebuscar varias veces, encontré el diseño.

Cuando lo saqué, me dio un vuelco el corazón: era una ilustración de Lauren como sirena, con un top de escamas y una cola de pez.

Su melena flotaba con un movimiento suave, como bajo el agua.

Ansiosa por el cine y aliviada por poder entregarle el regalo, se lo di.

—Es muy bonita… ¿esa soy yo? ¿De verdad me ves así? —preguntó, conmovida.

Al ver su expresión, mis nervios se disiparon. Respiré hondo tres veces y miré el reloj: aún teníamos tiempo de sobra. Me sentí algo ridícula por mi agitación, probablemente fruto del día tan intenso.

—Sí. Me gustas mucho —respondí, y tragué saliva—. Pero ahora mismo no sé si quiero ir al cine. Me siento rara… como revuelta por dentro.

Mis ojos se humedecieron al confesarlo.

—Podemos cambiar de plan —dijo, secándome las lágrimas con el dedo índice—. Te doy mimos en la cama y luego decidimos con calma. ¿Qué te parece?

Me senté en la cama, rendida. Algo dentro de mí cedió, y las ganas de salir desaparecieron.

—Has tenido un día muy duro —añadió suavemente—. Tumbémonos. Por una vez, no pasa nada si no vamos a ninguna parte.

Pondría la mano en el fuego de que se había maquillado solo para la ocasión.

Nos quedamos cara a cara, tumbadas de lado sobre el colchón, con las miradas entrelazadas.

La besé, tomándole el rostro con cuidado.

Nos devolvimos besos y caricias. Sentía algo extraño, parecido a lo de la piscina, pero distinto, más intenso y confuso.

Ella recorrió mi cuerpo con las manos, y sus labios bajaron de los míos a las mejillas y después al cuello.

Sus caricias descendieron por mi torso y mi piel se erizó.

Cuando llegaron más abajo, me invadió una mezcla de miedo e inseguridad y me aparté de golpe, con los ojos abiertos.

—Siento cosas extrañas… quiero sentir tu calor —murmuré, mordiéndome el labio.

Ella se acercó de nuevo y me besó con suavidad.

La escena sobre el colchón continuó durante cerca de media hora, hasta que sentí que cruzábamos un punto sin retorno.

Me asusté y la convencí de parar, aunque fuera para ir al salón recreativo y comer algo.

Ya habíamos perdido la sesión de cine. Me sentía confusa y culpable, sin poder identificar del todo por qué.

Lauren, en cambio, parecía tranquila, con el maquillaje algo corrido por el sudor.

Fuimos al baño: primero ella para desmaquillarse y luego yo, donde hice un descubrimiento desagradable que me heló por dentro.

Después me cambié de ropa. Cuando salimos, la tarde se nos escapó como arena entre los dedos.

Paseamos hasta una pastelería con dulces temáticos de la temporada, compramos algunos y luego subimos al teleférico hacia La Bastilla.

Desde allí contemplamos Grenoble durante una hora, hasta que nos obligaron a bajar.

Apoyé la cabeza en su pecho y escuché su corazón, que me relajó. Sus dedos jugaban con mi pelo.

—Siento haber cancelado lo del cine. Me dan mucho miedo esas películas. Son superiores a mí. Dime, Alice… ¿tú tienes miedo a algo? —preguntó, sin apartar la mirada del atardecer.

—Sí —respondí—. A que un día esto termine. No es perfecto, pero eres la primera persona que ha aceptado cómo soy.

[20 de diciembre de 2011]

Se acercaban las vacaciones de Navidad. Por primera vez en cinco años tenía ilusión por celebrarlas, pues a los siete descubrí que el hombre del saco vestido de rojo que repartía regalos no existía.

Mi error fue encontrar los regalos escondidos bajo la cama de mis padres.

Hallé una novela juvenil y una muñeca junto a una supuesta carta suya animándome a relacionarme con otros niños.

Ante la evidencia, ellos me confesaron la verdad.

Sus palabras me hicieron perder la ilusión por las fiestas.

Sin embargo, mi repulsión hacia el consumismo navideño empezó al escuchar accidentalmente a las Arpías del Averno con su tema «Mesías de los Almacenes», donde revelaban las verdades sobre el mercado de los regalos.

Como aquellas fechas parecían sacadas de La invasión de los ladrones de cuerpos, donde todo era paz y alegría impostadas, barajaba la posibilidad de confesarles a mis padres que Lauren no era mi amiga, sino mi novia.

Contaba con el antecedente de que mi madre nos había tomado una fotografía juntas y había bromeado diciendo que parecíamos pareja, puesto que yo vestía como un chico mientras ella lo hacía de una forma más femenina.

Valoré la posibilidad de decirlo mientras estuvieran masticando el tradicional pato con salsa agridulce de bayas y miel.

Tal vez podría aprovechar un eventual atragantamiento para añadir que la cosa iba en serio, teniendo en cuenta que en las tres ocasiones en que nos habíamos quedado a solas en una habitación, tanto a ella como a mí nos había sobrado algo de ropa para besarnos.

Tenía muchas preguntas que me gustaría hacerle, pero estaba convencida de que, sabiendo la opinión de mis padres sobre la homosexualidad, lo mejor era callar y mantener el secreto.

Aquella tarde del veinte de diciembre esperaba angustiada la llegada de Lauren, que se iría a pasar las fiestas a Poitiers con unos familiares.

Con motivo de la Navidad le había comprado una diadema con decoraciones de bisutería gracias a un cheque regalo que recibí como primer premio en el concurso navideño de dibujo del instituto.

Habíamos quedado en una cafetería cercana a la tienda de Sóley, pues quería aprovechar para felicitarle las fiestas y entregarle los diseños acordados, sabiendo que mi pareja llegaría unos minutos tarde, como era habitual en ella.

Nuestra relación se había consolidado, aunque únicamente ella y yo sabíamos que éramos pareja, ya que en redes sociales siempre se refería a mí como una amiga.

En cierto modo, aquello me resultaba hiriente, aunque tampoco entendía cómo perdería seguidores por admitir que tenía pareja.

Por otra parte, me sentía aliviada al pensar que mis padres no descubrirían fácilmente lo que ocurría.

Al ver que Lauren seguía sin llegar, miré la hora en mi teléfono.

—Diez minutos tarde. Me está poniendo de los nervios. Voy a llamarla —me decidí mientras desbloqueaba la pantalla y me topaba con mi fotografía junto al Reductor de Cabezas.

—¡Alice! ¡Alice! ¡Ya llego! —gritó Cenicienta desde el final de la calle, cargando una bolsa gris de una tienda de ropa que parecía pesarle.

—Lauren, Darling. No me hagas sufrir, tía. Estos zapatos me van a matar —la imité con sarcasmo para hacerle saber mi incomodidad. Ella sonrió avergonzada.

Cuando estuvo a medio metro de mí, extendió la mano libre, me pellizcó ambas mejillas y me dejó cara de pato. Acto seguido me plantó tres enervantes picotazos, momento en el que reparé en que sus uñas, perfectamente cuidadas, estaban decoradas con motivos florales.

—Sabes que eso me pone nerviosa. Te voy a arrancar los pelos… —gruñí poco antes de que me dibujara una sonrisa en los labios con los dedos.

—Y por eso es divertido darte picos. Venga, entremos, que Mamá Noel trae un regalito para ti —Lauren puso una mano sobre el tirador de la puerta.

—Me quedo mejor con tu versión de compradora compulsiva que arrasa las tiendas de ropa… —Nuevamente cortó mi discurso con uno de aquellos besos fugaces.

—Venga ya, que te enrollas más que una persiana. Vas a flipar con lo que te he comprado. Me habría gustado que tus padres te hubieran dejado venir a Poitiers; podríamos haber celebrado las fiestas juntas. Qué pena.

Sus palabras no me dejaron dudas sobre lo que quería.

Si bien era cierto que me sentía más cerca de ella cuando los besos eran juguetones y desenfadados, Lauren siempre parecía querer ir un paso más allá.

Yo, en cambio, solo deseaba dejar que todo fluyera.

La quería y estaba rendida a sus encantos, pero gracias a ella empezaba a comprender qué era el amor y qué no lo era.

A veces, la forma en que me trataba me hacía sentir como una princesa de cuento, y yo deseaba que siguiera siendo así.

—He pedido tu Nestea con limón y mi cola. Por fin han terminado las clases; parece que este año se han relajado con los deberes —me informó Lauren mientras tomaba asiento frente a mí.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos, mirándonos la una a la otra.

No sabía qué decirle. Ella me hacía señas con las cejas y los labios; yo sonreía y le empujaba la nariz con el dedo índice.

Aquel juego cariñoso duró poco, pues enseguida nos trajeron las bebidas.

Mi pareja comenzó a fotografiarlas con la naturalidad de quien bendice la mesa antes de comer.

Mientras tanto, yo apoyaba el mentón sobre la palma de la mano y me dejaba arrastrar por la viveza de sus ojos.

Sentía el corazón cálido mientras esperaba el momento de entregarle la diadema.

Cuando terminó de subir las fotos a redes sociales, sonreí ampliamente y le tendí la bolsa de papel con mi detalle navideño.

—No hacía falta que me regalaras nada. Con tu amor es suficiente —comentó mientras abría el estuche con cuidado.

—Es una tontería. No puedo permitirme tus marcas favoritas, espero que lo entiendas —confesé, temerosa de que no le gustara el regalo.