2. Algo más interesante que mis lecturas #8
Aun así, a veces coincidíamos a solas en los baños.
Entonces me pedía que entrara en una de las cabinas y teníamos encuentros breves, hechos de besos rápidos y caricias en el pelo.
Yo salía de allí con una mezcla de alivio y ansiedad.
Ella lo justificaba como parte de su carrera: necesitaba mantener su imagen pública y su actividad en redes.
Yo no terminaba de creerlo.
—Eres como miel para las moscas, Lauren… —pensé, tragándome las lágrimas frente a la puerta del despacho de la psicóloga.
No me atrevía a decirlo en voz alta. Alguien había tendido una trampa.
Habían robado uno de mis bocetos de la mochila y lo habían difundido en clase. En el dibujo aparecían los nombres de todos mis compañeros junto a insultos. Además, habían copiado mi firma. Solo podía haber ocurrido durante educación física, cuando no vigilaba la carpeta.
Durante esas semanas había estado usando los recreos para avanzar los encargos de Sóley. Todo el mundo lo sabía. Cualquiera podía haber tenido acceso. Pero el problema no era solo el robo. Era la reacción.
Miradas, rumores, acusaciones. Negativas a escucharme. Incluso cuando pedí una verificación grafológica, nadie quiso considerar la posibilidad de que no fuera yo. El estigma pesaba más que los hechos.
Los gritos de Adrienne Briand, nuestro tutor y profesor de matemáticas, resonaban en el pasillo mientras me escoltaba hasta el despacho.
Me quedé en una silla del corredor, frente a la sala de profesores, esperando sin poder moverme.
El dibujo seguía en su mano. La puerta se abrió.
Un alumno salió con el rostro tenso, una sonrisa rota y los ojos cargados de rabia.
—Fointable, Alice Fointable. ¿Te saco un café con pastas? —dijo el profesor desde el interior—. Pasa al despacho.
Tragué saliva. Y entré.
—Estupendo, una persona comprensiva y dispuesta a escuchar —murmuré, empujando la puerta.
—Cierra y toma asiento —ordenó sin levantar la voz.
Me senté frente a ella, incómoda desde el primer segundo.
La psicóloga era una mujer de más de cincuenta años, de rostro redondo y expresión severa.
Llevaba gafas de montura metálica dorada y el cabello rubio, ya con canas visibles.
Su postura rígida llenaba el espacio más de lo que su tamaño sugería.
Me pidió la ficha y la repasó en silencio. Después levantó la vista hacia mí, y luego volvió a mirarme de arriba abajo. Ese día llevaba una camiseta de las Doncellas de Hierro y pantalones largos. Mi ropa habitual.
—Parece que tienes dificultades para integrarte —dijo finalmente—. Y este dibujo… tampoco ayuda.
Sentí cómo se me tensaba la mandíbula.
—No me extraña que tengas conflictos con tus compañeros. Tu forma de vestir tampoco facilita las cosas. ¿No has pensado en adaptarte un poco? Socialmente, quiero decir.
—¿Adaptarme? —murmuré, conteniéndome.
—Sí. No hace falta que cambies tanto, pero podrías intentar dar una imagen más accesible.
La rabia subió de golpe, rápida y caliente.
—Con todo el respeto, voy a vestir como me dé la gana —respondí, tensando las manos sobre las rodillas—. Y tampoco necesito que me juzgue por ello.
La psicóloga frunció el ceño.
—No estoy juzgando, estoy observando un patrón.
—No, está prejuzgando —la interrumpí.
El ambiente se endureció de inmediato.
—¿Perdona? —su tono cambió.
—Mi problema no es cómo visto ni cómo dibujo. El problema es que nadie me escucha —dije, ya sin poder controlar el temblor en la voz.
Ella soltó aire por la nariz, visiblemente molesta.
—Estás desviando la responsabilidad de lo ocurrido —respondió—. Tus compañeros no han reaccionado así por nada.
Aquello fue suficiente.
Sentí cómo el pecho se me cerraba. Me llevé una mano al pecho sin darme cuenta, mientras la otra apretaba el borde del dibujo.
La conversación siguió, pero empezó a sonar distante, como si estuviera detrás de un cristal. Solo captaba fragmentos: «responsabilidad», «conducta», «consecuencias».
Cuando terminó, me extendió un formulario. —Firma aquí. Confirmas que has entendido la situación.
Firmé. Sin mirar. Y salí del despacho con la sensación de no haber ganado nada en absoluto.
Estaba tan destrozada por aquellas palabras que se me escapó un pensamiento en voz baja, como si el cuerpo hablara antes que la cabeza.
—No voy a firmar. No es mi problema que mi clase sea un nido de víboras.
Y tampoco lo haré sabiendo que voy a darle la razón a alguien a quien le faltó oxígeno al nacer.
Me dais asco. Ojalá un águila os arranque los ojos, porque no hay hígado que resista tanta bilis en este centro —amenacé, con el rostro lleno de lágrimas y una sonrisa tensa, propia de quien no tiene nada que perder.
—Fointable… fuera de mi despacho ahora mismo —ladró con voz amenazante, guardando el impreso en una carpeta.
—Gracias. Que tenga un buen día —respondí con la voz entrecortada, consciente de la gravedad de lo que acababa de decir.
Caminé unos pasos por el pasillo con el rostro rojo y desencajado.
De pronto, comencé a ver borroso y me desplomé.
Una profesora acudió rápidamente y pidió agua a gritos.
Me incorporé como pude. Seguía llorando, con la voz rota, y pedí irme a casa.
Al comprobar que no tenía fiebre, la conserje se negó a llamar a mis padres.
Subí las escaleras de vuelta a clase. Me crucé con alumnos mayores que murmuraban burlas que no quise entender.
Era un lenguaje que ya conocía. Entré en la clase de inglés de Ian Anderson cuando estaban repartiendo los exámenes.
El profesor me recriminó la tardanza y, bajo miradas hostiles, me senté en la última fila.
Mi cuerpo reaccionaba como un animal acorralado.
Cuando llegué a casa, sobre las tres de la tarde, mis padres me pidieron explicaciones.
Se mostraron en general amables, pero mi padre acabó perdiendo la paciencia y derivó en uno de sus discursos habituales cuando bebía.
Mi madre, en cambio, fue más comprensiva. Me secó las lágrimas y me besó en la frente. Incluso me dio dinero para una doble sesión de cine de terror. No estaba de acuerdo con mis gustos, pero aceptaba el acuerdo de respetar mi forma de vestir mientras mantuviera buenas notas.
Nunca había tenido problemas para aprender, pero en matemáticas era distinto. Temía que todo aquello tensara aún más el ambiente en casa. Miré el reloj: las cuatro. En media hora Lauren vendría a por mí para ir al cine. Al día siguiente iríamos a la casa del terror del ayuntamiento.
Pensar en ella me calmó. Fuera del instituto todo parecía distinto. Me aferré a la idea de que Lauren entendería mis sentimientos y de que, por unas horas, todo volvería a ser más simple.
Tomé aire pesadamente, me dirigí al baño y me lavé la cara con agua abundante. Después me miré al espejo.
—Rayos, parezco una bruja. No tendré la suerte de pegarles una maldición en la que se les caiga la cara de vergüenza, literalmente —me reí de mi propio aspecto mientras buscaba la toalla para secarme.
Salí del baño algo más animada, aunque el malestar en el pecho seguía ahí.
Cuando regresé a mi cuarto, vi una notificación de Lauren en el teléfono.
Me decía que estaba de camino a casa y que traía algo para animarme.
También explicaba que no había salido en mi defensa por miedo a represalias, pero que estaba convencida de que yo no habría cometido un acto tan deleznable.
Me pedía que le abriera la puerta. Me tiré en la cama y me puse los auriculares para escuchar a mis queridas Arpías.
Cerré los ojos y me dejé llevar por la música.
Canción tras canción, fui relajándome hasta sentir un cosquilleo agradable.
De pronto, algo cálido y escurridizo entró en mi boca. Mi corazón se detuvo y abrí los ojos de golpe. Vi unos labios negros sobre un rostro blanco. El rostro se apartó rápido: era Lauren, que me había besado a traición y me acababa de hacer una foto con el móvil.
—¿Le ha gustado a la Bella Durmiente ser besada por una zombi? —comentó con naturalidad antes de meterme algo en la boca que sacó de una bolsa de papel.
Mastiqué el dulce sin pensar. Tenía sabor a tarta de manzana y caramelo. Su dulzor me calmó de inmediato, con la misma suavidad con la que una melodía antigua parece apaciguar el ánimo.
—A juzgar por tu cara, esto tiene que estar buenísimo. Voy a probar —añadió mientras sacaba otro dulce con forma rudimentaria de araña.
Lauren lo probó con los ojos cerrados, disfrutando del sabor.
Yo me incorporé lentamente en la cama. Su maquillaje era más cercano a una estética de calavera festiva que a un muerto viviente, pero el detalle me arrancó una sonrisa.
Me abalancé sobre su cuello cuando levantó el rostro.
Abrí la boca y fingí morderla como una vampira.
Ella se sobresaltó y tosió, llevándose una mano al pecho mientras yo mantenía la escena.
Cuando se recuperó, me miró fijamente y me amenazó con cariño antes de abrazarme con fuerza.
—¿Tienes muchas ganas de ir al cine o prefieres quedarte dándonos besos en tu cama? —preguntó, acariciándome la cara.
—Quiero fardar de novia cadáver. Vamos al cine, pero luego a la casa del terror contigo. He esperado mucho para esto —solté, algo acelerada.
—Alice… me das miedo. Relájate, tía, ni que nos fuéramos a casar. Venga, que nos vamos ya —dijo, tomando mis manos mientras recogía mi mochila.
—¿Palomitas o golosinas? ¿Cola o Nestea? ¿Filas superiores o centrales? ¿Vamos bien de tiempo? ¿He cogido la cartera? ¿Me maquillo un poco? —murmuré, cada vez más nerviosa ante la cita.
Lauren se levantó de la cama, dio un par de pasos y me rodeó la cintura desde detrás con ambos brazos. Acercó lentamente los labios a mi oído derecho y mi corazón empezó a latir con fuerza.
—Tranquila, Darling. Saborea la cita igual que los dulces de otoño se funden en nuestros paladares. Me encanta verte feliz… te comía a besos —susurró, y yo me puse roja como un rubí por la vergüenza.