2. Algo más interesante que mis lecturas #7
Lauren podía ser coqueta, impulsiva y a veces provocadora, pero tenía una facilidad extraña para hacerme sentir bien sin esfuerzo.
Era como una chispa constante, algo que me desordenaba por dentro y, al mismo tiempo, me resultaba inspirador.
Recordé una frase que no lograba situar del todo: que los artistas no eligen a sus musas, sino que son ellas quienes los eligen.
Y yo, sin saber muy bien cómo, me sentía atrapada en esa idea.
Unos minutos después estábamos sentadas en una mesa apartada del restaurante, al fondo, a petición mía.
Quería intimidad. Lauren hojeaba la carta con expresión indecisa mientras yo revisaba los precios, que me parecieron más altos que los del fast food.
En una esquina del menú aparecía un conejo anunciando platos sin proteína animal.
Elegí rápido: hamburguesa de lentejas con arroz y patatas fritas.
Tenía hambre. Lauren, tras dudar un poco más, se decidió por una ensalada de quinoa. El camarero tomó nota y pedimos agua.
Yo, en el fondo, habría preferido otra cosa: vino, velas, música suave… incluso la fantasía absurda de tener el restaurante entero para nosotras. Pero me obligué a volver a la realidad. Lauren tomó mis manos sobre la mesa.
—Es el mejor cumpleaños de mi vida —dijo, emocionada—. No quiero que este día termine. Eres tan cálida… no sé cómo he tardado tanto en acercarme a ti.
Me sonrojé.
—Me hace sentir bien escucharte. La película no era lo mío, pero he disfrutado mucho contigo —admití.
—La peli daba igual. Lo importante eres tú —respondió—. En la próxima cita eliges tú el plan y yo me quejaré solo para fastidiarte.
Sonreí sin poder evitarlo. Le di un pequeño toque en la nariz. Ella respondió igual, y acabamos riéndonos. La tensión desapareció justo cuando llegaron los platos. El camarero dejó la comida y se marchó. Lauren, en cuanto se fue, sacó el móvil y empezó a hacer fotos de su plato.
—Quietas ahí, Alice. Sonríe —me dijo.
—¿Vas a hacer un álbum conmigo o qué? —bromeé.
—Quién sabe —respondió, juguetona—. Igual te hago una sesión si te maquillo un poco. Sin gafas, estarías aún más impresionante.
—Creo que no necesito ninguna clase de químico para ser una mujer hermosa —contesté con una seguridad que pareció sorprender a Lauren.
—Era solo una sugerencia. Vamos a comer, ¿me dejas probar tu hamburguesa? —preguntó con voz suave, casi fingiendo timidez.
Sonreí y corté un trozo generoso de mi comida.
Acerqué el tenedor a su boca, pero Lauren intentó cogerlo con la mano.
Le indiqué con un gesto que abriera la boca.
Dudó un segundo, teatral, hasta que aceptó.
Cerró los ojos cuando probó el bocado. Aproveché ese instante para retirar el tenedor y besarla.
Se sobresaltó, abrió los ojos de golpe y puso cara de protesta.
Yo no pude evitar reírme mientras intentaba no atragantarme con mi propia risa.
—Puñetera Alice. Deberías guardar un poco más las formas, estamos en un sitio caro —me regañó mirando a su alrededor, como si temiera ser descubierta.
—Al cuerno con los formalismos. ¿Qué será lo próximo? ¿Que alguien me diga cómo vestir o cómo pensar? —respondí con un tono más seco del que pretendía.
Lauren bajó la mirada y jugueteó con la ensalada.
—Creo que eso es normal… algunas de mis amigas tienen parejas que les controlan el móvil, se enfadan si hablan con otros chicos —dijo con calma—. Pero a nosotras no nos va a pasar, porque somos mujeres.
No respondí de inmediato. Seguí comiendo en silencio, más por impulso que por hambre. El ambiente se volvió denso sin que ninguna de las dos lo forzara. Al cabo de un rato, Lauren dejó los cubiertos. Tenía los ojos húmedos.
—Oye, Alice… ¿tú me quieres? No me ha gustado lo que has dicho antes. Me ha parecido cruel —dijo, con la voz quebrada.
Me quedé quieta un segundo, sorprendida por el cambio.
—Claro que te quiero —respondí, más suave—. Pero ese tema es delicado. Los celos y el control empiezan como cosas pequeñas y pueden acabar muy mal.
Me levanté un poco para acercarme a ella. Lauren se secó una lágrima con la manga.
—Pero si me dices que no me deje llevar por libros o películas… tú también lees todo el tiempo —replicó, buscando coherencia más que pelea.
Suspiré.
—Los libros no son todos iguales, Lauren. Algunos te hacen soñar, otros te confunden, y otros te enseñan a mirar el mundo de otra forma. No hay que tragárselos sin pensar.
Intenté suavizar el tono y sonreí.
—Si quieres, te dejo algunos. Jane Eyre, por ejemplo. Es más interesante de lo que parece.
Lauren parpadeó, aturdida.
—Creo que te he perdido en «soñar» —dijo, medio confundida—. ¿Eso era un libro o un hechizo?
—Puede ser las dos cosas —respondí, soltando una pequeña risa.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Ella reaccionó abrazándome con fuerza, demasiado incluso, hasta dejarme sin aire un segundo.
—Te quiero, Alice —susurró.
—Yo también te quiero, Lauren —contesté, más bajo—. No te vayas nunca.
Y me sorprendió lo fácil que me salió decirlo.
Terminamos de cenar con tranquilidad y nos dimos cuenta de que no tendríamos tiempo de ir al parque a leer.
Pedimos entonces un postre de galletas de nueces, avena y plátano, que pagué yo.
Nos sentamos una al lado de la otra, acomodando el espacio para que mi ejemplar de El conde de Montecristo no se manchara.
Leí las últimas páginas en voz alta para ella.
Mientras hablaba, sentí un calambrazo en la mano izquierda.
El meñique se movió de forma intermitente, como si respondiera a un estímulo ajeno.
Durante un segundo tuve la extraña sensación de que mi cuerpo no terminaba de pertenecerme.
Lauren, en cambio, se mostró juguetona cuando terminé la lectura. Cerré el libro y ella se acercó demasiado, acariciándome con naturalidad y besándome el cuello. El gesto me provocó un escalofrío que me devolvió de golpe a la situación.
—Te has quedado atontada. ¿Te ha afectado el final o qué? —bromeó, demasiado cerca.
—Lauren, para —dije, recuperando el control—. ¿Te importa si damos un paseo antes de que me acompañes a casa?
Ella asintió sin discutir.
Fuera del restaurante, volvimos a caminar juntas.
Yo, por impulso, empecé a hacer fotos con ella.
No sabía muy bien por qué, pero quería guardar el momento.
El aire era más fresco; la ciudad empezaba a vaciarse y la tarde perdía intensidad.
Me sentía bien. Extrañamente en paz. Aun así, había algo en ella que me resultaba difícil de definir, una energía más impulsiva de lo que yo podía gestionar.
No me disgustaba, pero me mantenía alerta.
Caminamos en silencio hasta la esquina de mi calle.
Lauren me miró con intensidad y me besó de nuevo, esta vez sin prudencia. No me aparté. Al separarse, sonrió.
—Lo he pasado muy bien, Darling. La próxima cita la eliges tú.
Su tono bajó un poco.
—Es una pena lo de tus padres… que no entiendan esto. No deja de ser amor.
Aquellas palabras me relajaron más de lo que esperaba.
—No desaparezcas, ¿vale? —le pedí, de repente seria—. Tengo tu regalo de cumpleaños en camino. Quiero dártelo en persona.
Tomé sus manos.
—No voy a desaparecer —respondió—. Soy tu novia.
Me besó la mejilla y nos despedimos frente a mi portal.
Cuando entré en casa, estaba vacía. Mis padres habían salido a cenar. Una nota en la puerta de mi cuarto lo confirmaba.
—Perfecto… puedo escuchar música mientras dibujo —murmuré.
Unos minutos después estaba en mi cama, con la música sonando de fondo.
Dibujaba a Lauren como una sirena. La idea era clara, pero el resultado no me convencía.
Me parecía demasiado infantil, demasiado literal.
Apoyé la mano sobre el papel. Pensé en romperlo.
Pero ya le había prometido el regalo. Me quedé quieta un momento.
La sensación de obligación pesó más que la inspiración.
Finalmente guardé el material de dibujo, me cambié de ropa y me dejé caer sobre la cama en silencio.
Faltaban tres días para volver al Cóllege d'Stendhal después de las vacaciones de verano. No tenía ganas de regresar.
Me gustaba imaginar otra vida posible: trabajar dibujando ilustraciones para cuentos y pasar el tiempo con Lauren.
Sin embargo, esa idea chocaba rápido con la realidad.
Ella quería ser modelo, tenía su propio entorno, sus amigos, su mundo.
Yo no estaba segura de encajar en él. Esa idea me dejó una punzada incómoda en el pecho.
Sin pensarlo demasiado, le envié un mensaje diciéndole que la quería.
El gesto me tranquilizó, aunque no tanto como su respuesta: estuvimos hablando durante dos horas más.
Me enseñó fotos de sesiones, me contó anécdotas, llenó el silencio con su energía habitual.
Cuando el reloj de mi habitación marcó las once, hacía ya un rato que se había despedido.
Me quedé esperando la inspiración un tiempo más, con el dibujo abandonado sobre la mesa.
No llegó. Apagué la música del móvil, dejé el dispositivo a un lado y me recosté en la cama.
Cerré los ojos con la intención de dormir y, si era posible, soñar con ella.
Dulces de otoño
[31 de octubre de 2011]
Mis peores temores sobre la carrera de modelo de Lauren y el lugar que ocupaba en mi vida dentro del instituto terminaron por cumplirse.
Desde principios de mes me evitaba durante los recreos. En clase aún coincidíamos, pero era el único momento en el que podía verla de cerca. Habíamos hablado del tema semanas atrás, pero su creciente popularidad hacía que siempre estuviera rodeada de gente. Era casi imposible acercarse a ella.