2. Algo más interesante que mis lecturas #6
—Te voy a demostrar lo guapa que estás sin ellas. Tienes unos ojos desaprovechados. Y por cierto, ese beso ha sido genial. Me gustaría repetirlo, pero la película empieza en veinte minutos —susurró.
Me enseñó la imagen. Tenía razón: me veía distinta, incluso más segura. Por un momento pensé que quizá vivir sin esconderme detrás de las gafas sería más sencillo. Intenté responderle, pero ya estaba con las entradas en la mano.
—Alice, vamos, que te quedas embobada —avisó desde lejos con voz animada. Me puse roja y me tapé la cara con la mano.
—Maldita Lauren… sé más discreta, por favor. Que todavía no se han enterado en París de que estamos saliendo —gruñí, siguiéndola con paso rápido.
El cine era enorme: taquillas al fondo, restaurantes a los lados, una librería y varias figuras promocionales. Me quedé clavada al ver una figura del Reductor de Cabezas, exagerada y teatral, con su palo levantado como trofeo.
Lauren se acercó, me tomó de la mano y suspiró antes de buscar algo en su bolso.
—Va… no te hagas rogar. Posa para la foto, anda —ordenó, algo chafada, mientras yo sonreía como una loca.
—Pero no vamos a tener tiempo de comprar palomitas si me fotografías. Además, me da cosita —me hice la tímida como contrapartida de lo que me había hecho pasar.
—Posa ya de una maldita vez. No me fastidies. Si no lo haces te vas a arrepentir —farfulló antes de abrazarme al muñeco cuando nadie nos miraba.
—A ver cómo he salido. Si me has sacado mal hay que repetirla —me interesé, justo cuando me sonó el teléfono.
—Acabo de mandarte la imagen. Has quedado preciosa, tan dulce como siempre —dijo ella—. Y ahora tira para la sala, que ya hemos perdido bastante tiempo.
No pude evitar desternillarme al ver la foto: su rostro perfecto de modelo quedaba ligeramente deformado por mi interrupción.
Aun así, algo en mí empezaba a encajar. Tal vez aquello era el inicio de una relación donde nuestras diferencias y nuestro humor podían equilibrarse.
Por otra parte, tampoco podía quejarme: ella me había invitado al cine y a las palomitas.
Qué menos que dejarle elegir la película.
Era su cumpleaños. Después de pasar por el baño y comprar un cubo mediano de palomitas, entramos en la sala número cuatro.
La película elegida era El Corazón de la Selva Negra, un drama contemporáneo cargado de clichés basado en uno de esos libros que yo detestaba.
En la sala contigua daban Presidente Débil, una comedia negra de terror en la que un mandatario de una república bananera hacía un pacto con demonios para sobrevivir a su propio pueblo, que terminaba convertido en caníbal.
El tráiler me había hecho reír más de lo que quería admitir.
Por un instante, me dio pena la elección de Lauren, pero también empezaba a entender qué era aquello que llamaban amor.
Caminamos por un pasillo estrecho, guiadas por la luz tenue de los focos del techo. Yo llevaba las palomitas y Lauren avanzaba delante usando el móvil como linterna.
—La próxima cita me llevas de excursión al Monte del Destino, que queda más arriba todavía —susurré a su oído.
No reaccionó; seguía concentrada, como un perro de caza.
—Es aquí arriba. Nos falta un escalón. Pasa tú primero y siéntate en la butaca quince. Yo tomaré la catorce —me indicó, apoyando las manos en mis hombros.
—Qué manos tan suaves tienes… —murmuré, notando sus uñas perfectamente cuidadas con manicura.
—Queda pendiente ir a hacerte las uñas. Verás qué glamurosas te van a quedar —respondió contenta cuando ya estábamos a la altura de los asientos.
Me senté en la butaca, dejé las palomitas en el asiento vacío de la izquierda y me quité la mochila.
Lauren se sentó a mi lado tras sacudir ligeramente la butaca con la mano; había restos de palomitas.
No del todo satisfecha, me pidió que me moviera al asiento siguiente para ocupar ella el mío.
Obedecí sin rechistar. El corazón me iba demasiado rápido como para discutir.
Lauren sacó el móvil de su bolso, lo puso en silencio y me dedicó una sonrisa elegante.
Yo hice lo mismo con el mío, aunque rara vez recibía llamadas que no fueran comerciales.
Tenía la suerte de vivir sin esa sensación de hiperconexión constante.
Se inclinó hacia mí y me dio varios besos breves y rápidos.
–¿Qué va a ser esto? ¿Qué forma de besar es esta? No tiene nada que ver con el beso cálido de antes ─pensé, algo irritada y desconcertada.
Lauren me miró, se mordió el labio inferior y soltó una risa breve al ver mi expresión.
Le tomé las manos y entrelacé mis dedos con los suyos, todavía nerviosa.
Dudé un instante, pero me incliné para besarla.
Esta vez fue distinto: Lauren me sujetó suavemente por el mentón y respondió con un beso más lento, más profundo.
Me sobresalté al principio, pero acabé dejándome llevar.
Abrí los ojos de golpe cuando noté el cambio, pero su calor me retuvo un segundo más.
—¿Preferías esto? Veo que lo has disfrutado, zorrita —susurró, provocándome un rubor inmediato.
Me encogí de hombros, completamente roja.
—Lauren… no me ha desagradado este último beso. Yo quisiera… —No terminé la frase. Puso un dedo sobre mis labios y negó con la cabeza, mientras la sala comenzaba a oscurecerse.
—Vamos a ver la película. Me hacía mucha ilusión que vinieras conmigo. Seguro que te gustará.
La pantalla se iluminó y comenzaron los anuncios previos a la proyección.
¿Qué diablos me pasa? ¿Por qué sus besos me dejan así, aturdida?
Se ha puesto preciosa para verme. Preferiría estar leyéndole o dando un paseo por el parque.
Relájate, Alice. Esto no es propio de ti.
Intenta disfrutarlo, hazlo por ella. El amor, en teoría, es encontrar un punto medio donde ambas partes ceden, pensé para mis adentros, sin darme cuenta de que Lauren ya había apoyado la cabeza en mi hombro.
Durante la película apenas presté atención a la historia.
Era un desfile de clichés tan evidente que dejé de contarlos.
Lauren, en cambio, estaba completamente entregada: comía palomitas emocionada, lloraba en los momentos clave y, de vez en cuando, giraba la cabeza para darme besos breves antes de volver a la pantalla.
Yo le acariciaba el pelo. Olía a jabón herbal, y eso me embelesaba de una forma casi absurda, como el canto de las sirenas al navegante.
Era tan perfecta que solo le faltaba una cola de pez para que pudiera inventarme una versión propia del canto de las sirenas.
Media hora después, ella lloraba abiertamente con el desenlace.
Yo, en cambio, sentía alivio: la sesión por fin terminaba.
Cuando salimos del cine eran cerca de las siete de la tarde.
Lauren caminaba dando pequeños saltos, todavía emocionada.
Yo, más tranquila, me conformaba con que por fin me prestara atención.
No era el plan ideal llevarla a un salón recreativo o algo similar, y ni siquiera sabía si habría aceptado una cena sencilla por separado, pero era su cumpleaños y le tocaba ser la protagonista.
—Oye, Lauren, ¿dónde vamos a cenar? No llevo mucho dinero encima… solo para una hamburguesa y patatas —admití con cierta vergüenza.
—Si te incomoda que te invite a un sitio caro, vamos a la hamburguesería. Te invito yo, no seas agorera —dijo, subiendo a mi espalda con un giro ligero, casi de bailarina.
—Eso ha sonado bastante mal —respondí, seca, percibiendo un tono clasista que no me gustó.
—Ay, lo siento, darling —se disculpó enseguida, antes de sellarme los labios con otro de esos besos que me desarmaban—. Entonces vamos a la hamburguesería.
—Elige tú el sitio. No voy a quejarme. Es tu día —dije, suavizando el tono.
Lauren me miró con ternura, como si el conflicto se hubiera disuelto solo.
Le tomé la mano y le di un beso en la mejilla, susurrándole que la quería.
Ella respondió que iríamos a una hamburguesería decente y que pagaría ella.
Propuso un local vegano recién abierto. Asentí.
No era exactamente lo que habría elegido, pero tampoco me parecía mal.
Me acoplé a su brazo, apoyando la mejilla contra ella.
Lauren sonrió. Y yo, inevitablemente, me sonrojé.
Unos minutos más tarde llegamos a la esquina del local que había propuesto Lauren. Tragué saliva, angustiada por el tema del dinero. Ella lo notó de inmediato: me dio un par de picos rápidos y trató de relajarme, pero yo seguía tensa, avergonzada por no haber traído ningún regalo.
Lauren arqueó una ceja y me apoyó contra la pared, dejando mi espalda ligeramente curvada. Me sostuvo por los hombros.
—¿Qué es lo que te impide ser feliz? Si es el dinero, tranquila, yo te invito. Deja de comerte la cabeza y disfruta: la vida son dos días —dijo, tomándome de la cintura y acercándome a ella.
—Es que hoy es tu cumpleaños y no te he traído ningún regalo. Sé que valoras los detalles… me siento mal. Lo estás pagando todo tú —admití.
—El regalo que me vas a hacer ya lo traigo yo en el bolso —respondió con voz sugerente—. Te lo daré durante el postre. Y te aseguro que ambas lo vamos a disfrutar.
Me quedé en blanco.
—Un momento… apenas hemos empezado a salir hace unas horas. ¿No te referirás a eso? Y encima en un lugar público. ¿Estás loca? —me escandalicé, roja como un tomate.
Lauren se echó a reír con fuerza, doblándose ligeramente hacia delante.
—Qué curioso… pensaba que no tenías reparos en sentarte bajo un árbol a leer como en el recreo. Iba a pedirte que me leyeras algo. ¿En qué estabas pensando? ¿Te van las novelas eróticas y no lo dices? —me dio un golpecito en la nariz, burlona.
—Me has pegado un susto de muerte. Ni me lo planteo, por favor —repliqué, fingiendo enfado—. Ahora, por lista, me vas a pagar dos hamburguesas. Me ha entrado hambre del disgusto.
—Oye, no tengas morro, guapa. Ven aquí, que te quito el enfado a besitos —me persiguió, divertida.