2. Algo más interesante que mis lecturas #5
Su cumpleaños estaba cerca y mi regalo seguía a medias.
Mis manos temblaban de tensión. En ese momento entendí que estaba enamorada de ella.
Pronto empezaría el curso escolar, y si tenía la suerte de coincidir en clase, podría tener acceso directo a su vida.
Pero también creía que quizá solo había sido un pasatiempo de verano para ella; si de verdad le importaba, me habría buscado.
El postre fue desapareciendo poco a poco hasta convertirse en líquido.
De pronto sonó mi teléfono móvil. Me levanté de la silla de un salto y corrí a mi habitación.
Sin nadie que me llamara habitualmente, el corazón me empujó a valorar que era ella.
Mis padres me regañaron por correr dentro de casa, pero los ignoré. Cerré la puerta de mi cuarto, salté sobre la cama, reboté de la emoción y busqué el móvil en el fondo de la bolsa. No miré el nombre del contacto; deslicé el dedo sobre el icono de respuesta, nerviosa.
—Sí. ¿Quién es? —pregunté con la voz tensa, casi como si estuviera enfadada, mientras escuchaba ruido de fondo.
—¿Alice? ¿Puedes oírme? Soy Lauren, tu amiga —contestó su voz, animada y algo dubitativa al otro lado de la línea.
El corazón se me detuvo. Me quedé sin aire y el rostro se me llenó de lágrimas.
—Lauren… —dije con la voz entrecortada.
—Sí, ¿cómo estás? Oye, me robaron el bolso en París. Mis tíos me invitaron a pasar unos días antes de mi cumpleaños. Pero al final he salido ganando, me han comprado el nuevo modelo que ha salido como regalo. Hace unas fotos que te vas a caer de culo.
—Lauren… estoy enamorada —solté de golpe—. Ya lo sabes. No podía seguir con esto dentro. ¿Tan difícil era llamarme? Me has tenido en un maldito sinvivir. Te arrancaría los pelos de la cabeza, maldita. ¿Qué me has hecho?
Me quedé helada al instante. Había perdido completamente el control.
—…Vale. Alice, tranquila, ¿sí? Respira. Déjame explicarlo —respondió ella, serena.
Hice caso. Respiré profundamente tres veces. Incluso me pareció escuchar mi respiración al otro lado de la línea.
—Alice —continuó—, llevo colgada de ti en secreto desde hace meses.
No me he atrevido a acercarme porque tú no tragas a mis amigos y ellos tampoco conectan contigo.
Tenemos gustos distintos… tú y yo somos muy diferentes.
Pero tu personalidad me resulta magnética y eres preciosa.
Mi corazón late muy fuerte cuando te veo.
Hizo una pausa breve.
—Yo no soy buena con esto. A mí normalmente se me declaran los tíos y los rechazo. No sé explicarlo mejor. Pero… Alice Fointable, ¿quieres ser mi novia? Te prometo que lo nuestro va a ser como un cuento de hadas.
Sus palabras salieron torpes, desordenadas, pero sinceras.
Suspiré. Me quedé en silencio unos segundos.
Una parte de mí quería salir corriendo de casa y besarla en ese mismo instante, pero otra necesitaba asegurarse de que no era un impulso pasajero.
Temía que todo se deshiciera al día siguiente y quedarme preguntándome qué habría pasado si decía que sí.
Al otro lado de la línea solo había silencio. Con miedo e ilusión, despegué los labios mientras me limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí, Lauren. Quiero ser tu novia. Pero ni se te ocurra volver a desaparecer días sin dar señales. Necesito verte en persona hoy mismo.
Del otro lado del teléfono, soltó un chillido de emoción. Mi cuerpo soltó toda la tensión de golpe y me dejé caer hacia atrás en la cama. No sabía qué decir. Sentía un cosquilleo en el estómago y, por primera vez en todo el día, las nubes oscuras se disiparon.
—Oye, Alice, ¿te gustaría ir al cine conmigo? Después te invitaré a comer algo para celebrar mi cumpleaños. Paso a buscarte en una hora, si estás de acuerdo.
Su invitación fue tan apresurada y cargada de emoción que no pude dudar de su sinceridad.
—Claro. ¿Nos encontramos en las salas de cine Monsieur dentro de una hora? —pregunté con los labios ligeramente temblorosos.
—¿Qué tal ahora mismo en la puerta de tu edificio? No podría esperar ni un segundo más sin verte.
Mi sangre se heló al instante al imaginar la reacción de mis padres al enterarse de que tenía una novia.
—De acuerdo. Ahora bajo. Dame diez minutos para arreglarme un poco —respondí, excitada por la emoción de mi primera cita formal.
Corté la llamada y me quedé pálida durante unos segundos. Sentía una mezcla de miedo ante la posible reacción de mis padres y una emoción difícil de contener. Era mi primera pareja formal, y aunque era alguien totalmente opuesta a mí, estaba dispuesta a darle una oportunidad al amor.
El cumpleaños de Lauren
[2 de septiembre de 2011]
Tenía solo unos minutos para bajar a ver a Lauren.
Mi cuerpo volvía a sudar y, por primera vez, me sentía fea e incómoda.
Una simple llamada de teléfono había sido suficiente para activar inseguridades estéticas y emocionales que no había tenido antes.
Revolví el armario de arriba abajo buscando algo que ponerme.
Quería causarle una buena impresión, pero ¿por qué tenía que cambiar por ella?
Las palabras de Sóley me vinieron a la cabeza mientras sostenía una camiseta sin mangas con un corazón roto cosido con alambre de espino sobre fondo blanco.
—Supongo que esto debe ser lo de quererse a una misma…
Si pretende que me pase media hora rebuscando en el armario como una maldita influencer, se ha equivocado de persona.
Pero una ducha rápida no estaría de más, y los pantalones ya los llevo puestos desde esta mañana.
Nah, para lavar estarán sudados y llenos de gérmenes de este malnacido.
En fin, agua rápida, cambio de ropa interior y en marcha —murmuré en voz baja mientras volvía a ordenar el armario.
Cinco minutos más tarde me había duchado lo más rápido posible con agua helada.
Mis padres protestaron por el ruido. Yo detestaba algunas de sus actitudes, y ellos detestaban que yo hiciera ruido.
Volví a sentir el frío en el cuerpo, pero mi corazón latía tan rápido y cálido que apenas servía de algo.
Me peiné una última vez y miré el reloj: iba dos minutos tarde, pero no podía correr por casa sin recibir una regañina.
Me puse los zapatos, cogí la mochila y lamenté no tener un regalo; no me había dicho nunca su fecha exacta de cumpleaños.
Avisé a mis padres de que no cenaría en casa y salí.
Bajé las escaleras peldaño a peldaño hasta el portal y, en cuanto salí a la calle, eché a correr.
Desde el cristal del edificio ya podía verla.
Estaba tecleando en su teléfono. Lauren estaba preciosa: el pelo castaño con mechas rubias, una boina roja que contrastaba con sus labios maquillados y una mirada marcada con lápiz de ojos.
Su ropa —una falda corta y un conjunto cuidado— parecía demasiado elegante para el calor del verano.
Abrí la puerta de la calle torpemente, con prisa.
El aire caliente me golpeó de lleno. Su mirada se apartó del móvil en cuanto me vio.
—Hola, mi vida. Qué ganas tenía de verte. Vamos pasando —dijo con voz amable.
Aquello bajó de golpe mis expectativas sobre lo que yo estaba proyectando internamente.
—Sí, vámonos ya al cine, Lauren. Me vendrá bien el aire acondicionado —respondí, nerviosa, percibiendo su perfume suave y elegante mientras yo ya estaba sudando otra vez.
Caminamos en silencio. Ella llevaba zapatos planos y yo unos que no tardarían en estropearse. Sin darnos cuenta, entrelazamos los dedos. Me dio vergüenza, pero no solté la mano. Éramos una estampa que podría haber sido una fotografía de amor.
Tardamos unos veinte minutos en llegar a los cines bajo el sol del verano. Frente a la cartelera, Lauren se detuvo. Sus manos apretaron las mías y me miró de una forma franca, con un matiz leve de duda o de prudencia.
—Lo estás deseando. No te cortes, tus padres no te van a juzgar.
Puedo verlo en tus ojos. Pero antes de hacerlo, perdóname por haberte hecho esperar tanto.
He querido jugar a hacerme la interesante y creo que te hice daño.
No me robaron el móvil, pero sí me han comprado uno nuevo.
Te aceptaré en mis perfiles de redes sociales para que no pierdas el contacto.
Así pues, si quieres dejarme, ahora es el momento —confesó arrepentida y visiblemente nerviosa.
—Cállate, imbécil —le dije directamente, mirándola a los ojos.
Mis labios se acercaron a los suyos y mis brazos rodearon su cuello.
Me lancé impulsivamente; mis gafas chocaron contra ella, las aparté con rapidez y volví a intentarlo.
Nuestros ojos se cerraron para sentirnos de forma más intensa.
Durante unos segundos mi mente se llenó de una descarga de sensaciones que me mareó ligeramente, y abrí los ojos antes de tiempo.
Me quedé sin aire, con el corazón latiendo a toda velocidad.
—Perdón por el cabezazo. Nuestro primer beso ha sido un poco desastroso —me disculpé torpemente, intentando recolocarme las gafas, pero Lauren me las quitó de las manos.
—Tsss, espera un momento, mi vida. Quiero enseñarte algo que te va a interesar —dijo mientras rebuscaba en su bolso. Sacó un producto cosmético con espejo incorporado.
—¿Polvos de la marca Dream Maker? No soy partidaria de usar cosméticos —cerré el envase con cuidado.
—No. ¿Has visto lo guapa que estás sin esas gafas de empollona?
No te sacas partido. Unas lentillas, el pelo un poco más largo y algo de maquillaje…
podrías ser una reina de la belleza. Piénsalo, tú y yo triunfando como modelos, viajando por el mundo, en eventos.
¿Por qué no pruebas? Quizá verías el mundo de otra forma —dijo con naturalidad.
—El oftalmólogo me dijo que podía usar lentillas, pero me dan grima.
Antes de terminar, me hizo una foto a traición. Me quedé paralizada por su rapidez.