2. Algo más interesante que mis lecturas #4
—Tú siempre llegas a tiempo para lo importante —respondió con suavidad.
Saqué la lista de la mochila.
—Tengo esto. Y quiero un libro nuevo si es posible.
—Eso lo complica todo —bromeó—. Tu paladar literario es bastante terco.
Hice un puchero sin querer.
La situación, de algún modo, se sintió parecida a cuando una mishi callejera reconoce a quien la alimenta.
No es dependencia, pero tampoco es indiferencia.
Caminamos unos veinte minutos hasta la tienda.
Había crecido: el local contiguo se había integrado y ahora una parte entera estaba dedicada a libros, con un cartel grande en la entrada. Me quedé quieta frente al escaparate.
Había manuales de dibujo expuestos, entre ellos uno sobre cómo dibujar vampiros al estilo de Vicky English. En la portada, un hombre vestido de noble de época sostenía a una mujer más baja, con un vestido de boda negro y una rosa blanca.
—Ojalá tuviera suficiente dinero para comprar esa guía… —murmuré sin apartar la vista.
—¿Entras, Alice? —me preguntó Sóley mientras empujaba la puerta.
—Quiero ese manual… pero no creo que me alcance —admití, notando el calor en la cara.
—Entra. Hay ejemplares de sobra. Y no te preocupes, seguro que encontramos un acuerdo —insistió con tono amable.
Empujé la puerta. Un olor limpio, ligeramente a incienso suave, me relajó de inmediato.
El interior había cambiado por completo: cuatro secciones diferenciadas por colores, mobiliario nuevo y paredes pintadas con ilustraciones de personajes animados.
Incluso había contratado a personas con discapacidad para el trabajo.
—Esto va muy acorde con sus valores… —murmuré revisando mi lista.
—¿Te gusta cómo ha quedado? —preguntó Sóley desde las estanterías—. Me ayudaron jóvenes voluntarios con los murales y el mobiliario.
Asentí, algo distraída.
—Es muy bonito. Y los precios siguen siendo razonables.
No me fijaba tanto en el diseño como en el precio.
Tenía que ajustar la compra al dinero disponible.
Sóley se movía entre estanterías con una energía casi coreografiada, como si conociera cada objeto de memoria.
Había en ella una vitalidad difícil de ignorar.
Algunos la consideraban excéntrica, pero conmigo siempre había sido amable.
Una vez me dijo que había que «bailar bajo la lluvia aunque no fuera ácido» y que la gente demasiado cuerda rara vez era feliz. Yo no sabía qué responder a eso.
—Ya está todo lo del instituto —anunció al volver—. Ahora vamos a ver el manual que te gustaba.
Sonrió con picardía.
—Seguro que ya te imaginabas vestida con ese traje de boda pegada a tu novio, ¿eh, pillina?
Me tensé un segundo… y terminé riéndome por lo bajo, sin querer.
Mi imaginación se disparó. Campanas de boda, una pequeña orquesta de época, Lauren y yo vestidas de novia besándonos con calma.
Me quedé unos segundos perdida en esa imagen hasta que el peso del manual en mis manos me devolvió a la realidad.
—He acertado… tienes novio. Se te nota —insistió Sóley, tirándome de los mofletes con cariño.
—No tengo pareja —respondí rápido—. Pero hay una chica… creo que le gusto y ella a mí. Quiero hacerle un regalo para su cumpleaños. Un dibujo. No tengo dinero para algo caro. Quiero ganarme su atención con algo mío.
Las palabras salieron demasiado deprisa. Sentí el pecho apretado al terminarlas. Sóley me observó en silencio un segundo.
—Sé tú misma, Alice. No puedes vivir escondida detrás de una versión de ti para los demás. El amor llega y se va como las estaciones, pero primero tienes que aprender a estar bien contigo.
Me puso las manos sobre los hombros. Tenía los ojos algo húmedos.
—Eso de la autoestima es una chorrada —respondí sin de inmediato.
No terminé la frase. Me tocó los labios con un dedo, suave, cortando la tensión con una sonrisa tranquila.
—Eres muy joven. Y muy intensa. Las palabras pueden calentar o quemar. Ya lo entenderás. Pero no pierdas tu esencia.
Suspiró y bajó un poco la mirada.
—Y pase lo que pase, no te conformes con alguien solo por no estar sola.
Aquello me golpeó más de lo esperado.
El silencio que siguió me dejó incómoda. Bajé la vista al manual, pero ya no lo estaba mirando.
—Sóley… siento haber despreciado tu consejo —dije al fin—. ¿Tú crees que Lauren me quiere de verdad?
Ella me miró con más suavidad.
—Estás enamorada. Se te nota en los ojos.
Hizo una pausa breve.
—Pero no te precipites. No confundas cariño con necesidad. Solo eso.
Tragué saliva. Me ardían los ojos sin control.
Dejé el manual a un lado y la abracé.
—Te quiero, Sóley.
Ella me devolvió el abrazo sin dudar.
Unos minutos más tarde pagué el material escolar.
Entonces firmé un improvisado contrato escrito en papel: me llevaba el libro de forma gratuita a cambio de realizar cinco ilustraciones para la tienda.
Me llevaría un porrón de tiempo, pero me sentía mal por lo que le había dicho.
Comprendí que el dinero no podía comprar el corazón de algunas personas, menos el suyo.
Además, hacía un esfuerzo económico importante con aquel descuento y no podía defraudarla.
Era mi primera clienta como dibujante en meses, y había cobrado por adelantado.
Me despedí de ella con un efusivo abrazo y acordamos que le entregaría en persona los originales que me había encargado.
Serían enmarcados y expuestos en la sección de librería.
Cuando salí de la tienda me sentía emocionalmente agotada.
Necesitaba un chocolate caliente para reconfortarme, pero el calor del mediodía lo hacía una mala idea.
Me acerqué a una cafetería casi vacía. Miré la hora en el móvil: no llegaba al siguiente autobús.
Así que entré sin prisa, con la sensación de poder quedarme a solas con mis pensamientos.
Pedí un Nestea con hielo y limón en la barra.
Me atendió un hombre educado con un elegante bigote.
Me senté en una mesa y dejé la compra en una silla: una bolsa de tela con un osito leyendo, llena de libretas, bolígrafos, una calculadora científica y otros útiles escolares.
Dentro, bien acomodado, estaba también el manual de dibujo.
Me sirvieron la bebida. Pasé el rato dando pequeños sorbos, sin dejar de pensar en Lauren y en las palabras de Sóley.
Cuando me fijé de nuevo en el reloj, solo quedaban veinte minutos para el siguiente autobús.
Recogí mis cosas, pagué la cuenta con el dinero exacto y me marché hacia la estación.
Una hora y media después llegué a casa con el cuerpo tenso por el viaje.
Había esperado a subir la última para sentarme junto a una chica, y aún me temblaba la muñeca por lo ocurrido durante el día.
Solté un pesado bufido al cruzar la puerta. Desde la cocina llegaba el olor del buey a la borgoñona que hacía mi madre los sábados. Ajo, cebolla, zanahoria, carne, setas, panceta y cebollino. La receta de mi abuela seguía siendo imposible de igualar, aunque mi madre lo intentaba con insistencia.
—¿Cómo está mi amazona? ¿Han ido bien las compras? ¿Te ha llegado el dinero? —preguntó mi padre con una amabilidad inusual al verme la cara.
—He tenido una pelea en el autobús con un acosador. Las compras han ido bien. Tengo todo, me han sobrado algunos euros y me he comprado un manual de dibujo con mi dinero. Aquí tienes el recibo.
Le extendí desganada el ticket.
—Ay, mi niña… ¿Qué te han hecho? ¿Quién ha sido? ¿Le has denunciado? ¿Te ha hecho daño? —intervino mi madre, dejando caer uno de los platos que estaba secando.
—No quiero hablar de ello. Lo he pasado fatal, no podía huir, fue dentro del autobús. Me he defendido como he podido. No me exijáis que sea una heroína como a las víctimas de violencia sexual —volví a hiperventilar al recordarlo.
Mi madre corrió a abrazarme con fuerza. Noté cómo lanzaba una mirada desafiante a mi padre.
Intuí de inmediato que él tendría la cara desencajada, porque cuando bebía en exceso durante las sobremesas de las cenas, aquel sindicalista aguerrido podía convertirse en un casposo hombre capaz de soltar que no temía que su hija se quedase embarazada de un pardillo, apoyándose en mi carácter y en mi peinado.
No quise echar leña al fuego. Retuve las lágrimas, me separé lentamente de mi madre y dejé la bolsa de la papelería en un rincón de la sala.
Luego tomé ropa fresca para estar en casa y me dirigí al baño.
Me duché con agua fría, frotando el cuerpo con la esponja exfoliante.
Minutos después me sequé y me vestí para sentarme a comer.
El frío agradable me acompañó durante unos quince minutos.
En cuanto tomé los cubiertos, la sensación desapareció y el cuerpo volvió a templarse.
Nadie dijo una sola palabra durante la comida.
Comí despacio, saboreando cada bocado, mientras la televisión sonaba de fondo.
Las sensaciones del paladar me fueron nublando la mente, y por un momento me olvidé de todo, incluso del compromiso que tenía pendiente.
Después de mojar un trozo de baguette en la salsa del plato, mi madre me sirvió una crepe recién hecha con una bola de helado de nata y sirope de chocolate.
Me besó la cabeza y me dejó sola en la mesa.
Seguro que ella le tomaría una fotografía antes de comerlo.
Pero yo no soy ella, consideré mientras rompía la bola de helado con la cuchara.
Corté la crepe en trozos pequeños y fui saboreando el postre.
Era como un pequeño oasis en medio de un día propio de La Odisea.
Había monstruos de por medio, un viaje tormentoso por el calor, y podría decir que Sóley había sido mi particular Circe.
Suspiraba por Lauren de nuevo. En casa podía permitirme pensar en ello; nadie podía dañarme allí.