2. Algo más interesante que mis lecturas #3
Derrotada por el sueño y el agotamiento, mi cabeza chocó lateralmente contra la almohada.
Estaba llorando y tiritando de miedo por no saber si era amor o simplemente deseo frustrado.
Fuera lo que fuera, se sentía tan desagradable como madrugar los sábados para asistir a las clases de matemáticas de la señorita Bovary.
Desasosiego
[2 de septiembre de 2011]
Llevaba días sin saber nada de Lauren. Tenía ganas de llamarla e ir al cine con ella. Su cumpleaños llegaría pronto; quería hacerle un regalo, pero seguía sin atenderme al teléfono. La busqué en redes sociales, pero sus perfiles eran privados y mi solicitud todavía estaba pendiente de aceptación.
En cinco días empezarían las clases y todavía no tenía el material escolar.
Habíamos esperado a última hora, como todos los años.
Esta vez no era por las vacaciones, sino por un tema de dinero.
Mis padres habían vuelto a discutir por motivos económicos y, en consecuencia, tuve que tomar el autobús para ir a la tienda de Sóley Jónsdóttir.
Se trataba de una papelería de material de calidad a bajo precio y con una amplia sección de librería.
En años anteriores, siempre salía de allí con algún capricho costeado por mí o por mis padres.
El sol del verano no había aflojado en absoluto.
Dentro del autobús hacía un calor importante y el olor a feromonas masculinas inundaba el aire.
A pesar de llevar los auriculares puestos y estar leyendo un libro, el chico que se sentó a mi lado no paró de intentar entablar conversación conmigo.
Aquello me incomodaba profundamente, más aún cuando lo único que quería era saber de Lauren para hablar las cosas en frío.
Había esbozado un diseño singular para ella, algo que no había hecho nunca, y eso también me removía por dentro.
Yo lo ignoraba como podía, pero aquel chaval esquelético, con cadenas al cuello y piercings en las cejas, no me inspiraba confianza.
Era insistente: de reojo podía ver sus labios moverse y escuchar cómo me hablaba, pero yo confiaba en que se cansaría pronto de hostigarme.
Mantuve la calma como buenamente pude, centrada en mi lectura.
Alcé la vista buscando un asiento en el que cambiarme, pero no quedaba ninguna plaza libre.
En mi seno sentía una mezcla de asco, rabia y tristeza, tanto por la insistencia del joven como por mis desventuras en la piscina con aquel beso.
Me estaba poniendo nerviosa en exceso y empecé a sentir pequeñas convulsiones en el pecho.
Tenía leves dificultades para respirar, pero todavía me quedaban cerca de cinco minutos para llegar a mi parada de destino.
Mis deseos, sin embargo, cayeron en saco roto.
Molesto, el chico posó una mano en mi muslo y acto seguido me descolgó un auricular.
Yo, atrapada entre él y la ventana, lo miré con ojos rabiosos y el corazón empezó a bombear con fuerza.
Cerré el libro con una mano sin perderlo de vista.
—Oye, guapa, oye, ¿a ti te gusta la música de Jean-Michel Jarre o de David Guetta? —me preguntó con una voz babosa y persistente, moviendo su mano esquelética.
La tensión se apoderó de mí. No podía tolerar más aquella situación de acoso.
Llevada por un enérgico fuego en el pecho, le di un bofetón con la palma de la mano que resultó tan sonoro y violento que incluso a mí me dolió.
Me mantuve firme unos segundos. Él se había excedido y me sentía agredida.
Pero él no lo vio así. Su rostro se encendió de rabia.
Guardé el libro rápidamente en mi bolso y, sin quitarme los auriculares, asustada, me desabroché el cinturón intentando escapar.
Pero él me impidió salir de aquel espacio compartimentado poniéndose en pie.
Había puesto en jaque su autoestima, basada en la misoginia y en el sentimiento de superioridad.
Un spray de pimienta me habría resultado especialmente útil, a falta de clases de defensa personal.
—¡Puta loca! ¿De qué mierdas vas? Tú a mí no me vacilas, marimacha. Solo he intentado ser amable contigo… —se quejó enérgicamente, con el rostro rojo y desencajado por la indignación de haber sido rechazado.
Nunca había tenido que hacer frente a una situación de acoso sexual.
Hasta entonces confiaba en que mi aspecto físico y mi forma de vestir, más propia de un chico que de una chica, actuaran como un repelente natural.
Pero las palabras que había oído en charlas sobre violencia machista eran ciertas: podía ocurrirle a cualquiera.
Así pues, seguí el consejo más básico que recordaba: gritar.
—¡Me está acosando! ¡Me está molestando! —exclamé con todas mis fuerzas, intentando levantarme del asiento—. ¡Llevaos a este puto violador!
El chico reaccionó de forma brusca, bloqueando mi salida y poniéndose en pie.
La tensión en el autobús cambió de golpe.
Varias personas se desabrocharon el cinturón; se oyeron voces, movimientos rápidos, golpes contra los asientos.
Sentí su mano cerrarse sobre mi garganta.
El aire se cortó. Mis manos fueron instintivas, intentando apartarlo, buscando algo que me devolviera el espacio.
El libro cayó al suelo. El ruido del motor del autobús parecía lejano, amortiguado.
—¡Basta ya! —gritó alguien desde el pasillo.
Hubo un forcejeo. Golpes secos. El cuerpo del agresor se inclinó hacia un lado, y en ese instante la presión en mi cuello cedió lo suficiente como para poder aspirar aire con violencia.
El vehículo frenó. Mi cabeza golpeó el respaldo delantero.
Las gafas cayeron al suelo. Durante unos segundos solo escuché voces superpuestas, sin forma clara. La puerta se abrió.
—Fuera. Ahora —ordenó el conductor.
El chico fue arrastrado hacia la salida entre protestas y ruido confuso. El autobús volvió a quedar en silencio poco a poco. Una mujer se inclinó hacia mí y recogió mis gafas. Traje formal, voz controlada.
—¿Estás bien? —preguntó simplemente, mientras me las devolvía.
Me temblaban las manos al ponérmelas. El mundo volvió a enfocarse. Tragué saliva.
—Gracias… —logré decir, aunque la voz no me salía del todo estable.
Ella me observó un segundo más, sin dramatizar.
—Respira. Ya pasó.
El autobús arrancó de nuevo. Yo seguí sentada, rígida, con las piernas todavía sin responder del todo.
—Entiendo que estés nerviosa. Confía en mí, seré breve.
Han atacado tu integridad física. Lo que ha ocurrido puede denunciarse.
Soy abogada especializada en violencia de género.
Te recomiendo que acudas a la gendarmería.
No voy a obligarte a nada, es tu decisión.
Te dejo mi tarjeta. Si necesitas ayuda legal, llámame.
Si el caso avanza, puedo representarte. No cobro a víctimas en estos casos.
Piénsalo con calma. Has sido valiente al reaccionar.
Cuando terminó de hablar, la tarjeta ya estaba en mi mano.
—Gracias —respondí, todavía aturdida.
La mujer era alta, delgada, con el pelo corto de un rojo intenso.
Su forma de moverse transmitía una calma extraña, casi profesional, como si nada pudiera alterarla.
Me quedé mirando la tarjeta. Blanca, tipografía limpia, sin adornos.
La observé hasta que el autobús frenó. Ella contestó una llamada y bajó antes que yo pudiera decir nada más.
Cuando el pasillo quedó libre, guardé la tarjeta en la mochila.
Bajé las escaleras del autobús con torpeza. Seguía temblando.
Afuera, el calor del verano golpeó de golpe, denso, seco.
La estación era grande. El aire olía a encierro y sudor acumulado.
Caminé sin rumbo claro, intentando no sobrepensar demasiado en lo ocurrido.
La sensación de suciedad no desaparecía.
Cruzar las puertas automáticas fue como entrar en otra capa de calor.
En la explanada había una feria de verano.
Puestos, golosinas, muñecos, artistas inmóviles cubiertos de pintura.
Gente pasando sin mirar demasiado. Yo avancé igual.
Once de la mañana. He perdido tiempo. No voy a llegar tranquila a la estación de la una.
Empecé a caminar más rápido. Después, a correr.
El ruido del entorno se mezclaba con pensamientos que no quería sostener.
Lauren. El chico del autobús. La tarjeta en el bolsillo.
Todo mezclado. La ciudad seguía, indiferente.
Y eso, en cierto modo, me resultó más insoportable que lo demás.
Mujeres desnudas en actitud erótica para anunciar cualquier cosa. Un anuncio de perfumería me dio la razón, pero su imagen me devolvió al recuerdo del autobús. Me tapé la boca y corrí hasta la papelera más cercana. Me sentí como un trozo de carne.
A pesar de lucir como un chico afeminado, según dijo un compañero de clase que terminó con la nariz rota meses atrás.
Aquel día en educación física se me escapó un balón de baloncesto que le impactó en la cara.
Le rompí la nariz. No me arrepentí. La pelota se me fue de las manos cuando intentaba pasarla.
En la calle recuperé el aliento y me limpié la boca con un pañuelo. Entonces una voz me detuvo.
—Perdona, ¿eres Alice Fointable?
Me golpeé la barbilla contra la papelera al levantar la cabeza. —Sí, soy yo… ¿No me jodas que eres Sóley?
—Ven aquí, mi pequeña Alice. Dame un abrazo, hace meses que no te veo.
Me lancé hacia ella de cabeza. Nos abrazamos con fuerza. Su presencia era cálida, estable. Sentí su respiración, su corazón acelerado. Me calmó de inmediato. Era de esas personas que ocupaban espacio sin invadirlo.
—Mi querida Sóley… cuánto tiempo.
Me separé de golpe al darme cuenta.
—Espera… estás en horario comercial. No me digas que has cerrado la tienda.
Ella se echó a reír.
—Tranquila, cariño. He ampliado el local y estoy contratando gente. Justo iba hacia allí. Ven conmigo.
Me secó una lágrima con el pulgar.
—Menos mal… pensé que había llegado tarde.