2. Algo más interesante que mis lecturas #2
Me quedé mirándola un segundo más de lo normal.
Supongo que no era quien para juzgarla. Solo…
me resultaba difícil entender ese tipo de mundo.
Fui directa a la ducha. El agua fría me golpeó de lleno y solté un pequeño quejido involuntario.
Me encogí bajo el chorro, lavándome con rapidez para acostumbrarme.
La risa de Lauren se escuchó a lo lejos.
La miré de reojo, empapada todavía, y salí un segundo del agua.
Me acerqué sin pensarlo demasiado y le sujeté la cintura.
—Cacho zorra —murmuré—. Qué frío…
Lauren apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la empujara bajo el chorro. El agua helada cayó sobre ella. Soltó un chillido breve, perdiendo por completo la compostura elegante que había tenido hasta entonces.
—Mira la princesita valiente —añadí—. Ya no te ríes tanto.
—Supongo que me la debías… —respondió, encogida y tiritando.
Salimos hacia la piscina principal. El socorrista seguía a lo suyo, con la revista abierta y los auriculares puestos. Lauren murmuró algo de desaprobación, más por costumbre que por verdadera importancia.
No pregunté. Y entonces saltamos. El impacto del agua me cerró el pecho un instante.
La presión nos arrastró hacia abajo, hacia la zona profunda.
De pequeña siempre había imaginado que allí vivía algo esperando.
Un vacío con intención. Sin gafas, la silueta de Lauren se deformó bajo el agua.
Por un segundo, sus piernas me parecieron una cola.
Como si no perteneciera del todo a este lugar.
—Me he adelantado al chiringuito. Solo quedaban polos de fresa. Espero que te gusten —dijo Lauren desde detrás de mí.
—Podrías haberme esperado. Tengo miopía, necesito las gafas —me quejé—. Acompáñame a la hamaca.
—Entonces, si no puedes ver… quizá puedes sentir mejor —susurró.
Su rostro se acercó al mío demasiado rápido.
—Lauren, llévame a la toalla… por favor —empecé a decir, pero no terminé la frase.
Sus labios rozaron los míos. Dulce. Breve. Directo.
Me quedé rígida un segundo y luego di un pequeño salto hacia atrás. Sentí el corazón acelerarse de golpe.
—Ahora estamos en paz —dijo ella, como si fuera algo obvio—. Vamos a sentarnos.
Me cogió de la mano. Me detuve.
—Me has besado sin mi consentimiento —dije, tensa—. ¿Has pensado en si yo quería eso?
—Lo siento… creía que entre amigas… —intentó justificarse, soltándome.
—No. No tengo amigas. Y eso no funciona así —la corté—. Y aun así…
Tragué saliva.
—…me ha gustado. Pero me lo has robado.
Me temblaban los dedos. No era enfado limpio. Era otra cosa peor, más difícil de ordenar.
—Lo siento, Alice —dijo ella más bajo—. Después de estos días… sentí algo raro. Y no pude evitarlo.
—Llévame a la toalla —pedí al final, con la voz más baja—. Quiero ponerme las gafas. Y los helados se están derritiendo.
Lauren bajó la mirada y me tomó de la mano otra vez, esta vez más despacio. No la aparté. Cuando llegamos a las hamacas me dio mis gafas. Me las puse. El mundo volvió a encajar. Acepté la paleta que me ofrecía sin mirarla demasiado.
—¿Quieres hablar de lo que ha pasado? —preguntó ella.
Suspiré. —Ha sido violento. Y desordenado —dije—. No soy alguien a quien puedas provocar así. Pero… me ha gustado. Lo admito.
La miré fijo.
—Así que volvemos a antes del beso. Y lo dejamos claro desde ahí.
Su expresión se apagó. Durante un segundo creí que había sido demasiado dura. Después la abracé con cuidado. No era una solución. Pero era una forma de no romperlo todo en ese instante.
—Gracias por el helado —le dije antes de darle un beso cálido en la mejilla, que estaba fría.
Lauren parecía derrotada, aunque algo en mí me empujaba a no desbordarme.
Abrí el envoltorio del helado y comprobé que estaba ligeramente derretido.
Me tumbé boca arriba y empecé a morder la paleta helada.
Dulce, intenso. Lauren no había tocado la suya.
Sentí un nudo en el pecho al verla cabizbaja, con los brazos apoyados en las rodillas.
—Lauren, ¿estás llorando? —pregunté mientras envolvía su helado.
—Estoy bien. Solo estoy avergonzada por lo que he hecho —musitó, limpiándose los ojos con la mano.
—No llores. Podemos ser amigas. Pero yo también estoy tan confundida como tú.
Quiero volver a verte; sé que tú también.
Voy a hacer una locura: te dejo este ejemplar de bolsillo de El conde de Montecristo para que lo leas y lo disfrutes.
Y… me gustaría que me leyeras un poco, con esa voz tan dulce que tienes.
En ese momento, mi sentimentalismo se fue al traste cuando sonó su teléfono móvil.
—Lo siento, tengo que contestar —dijo apresurada, como alma llevada por el diablo.
Asentí. Miré el reloj del móvil: eran cerca de las siete y media. Eso me hizo pensar que la estarían llamando para cenar.
—Alice, me llaman para casa ya. Tengo visita familiar. Acepto tu libro y lo leeré con gusto. Piensa en ese beso, ¿vale? —dijo antes de darme un beso cálido en la mejilla.
—¿Tienes prisa para irte o qué? —la pinché, intentando animarla.
—Los dulces en pequeñas porciones y eventualmente. Y tú eres uno de ellos.
Esta vez me besó la mejilla, y fui yo quien sintió la tentación de besar sus labios, aunque me detuve a tiempo. Lauren me miró, extrañada por mi expresión dudosa. Se puso la ropa con rapidez sobre el bañador ya seco al sol, guardó la novela en su bolso y se giró.
—Después hablamos por teléfono si quieres, preciosa —me volvió a besar la mejilla antes de irse.
—Vale, luego te digo algo —respondí.
Entonces fui yo quien se sintió fría, derrotada y usada por motivos desconocidos.
Ella se fue con paso ligero y apresurado del recinto.
Yo me acerqué a las cabinas, entré en una de ellas y terminé de secarme el cuerpo con la toalla.
Me sentía destemplada por aquella mezcla de sentimientos; tenía ganas de llorar por la confusión.
Tenía enfrentadas la mente y el corazón.
Sentía ganas de estrangular a Lauren por su exceso, pero también de echarme encima suya para besar su rostro.
No obstante, tenía un compromiso verbal con ella: le había dejado un pedazo de mí, un libro, y sería el tiempo quien me dijera qué clase de persona era.
Media hora más tarde, regresé a casa justo para la cena. Eran las ocho de la tarde. La temperatura se había relajado ligeramente, pero todo apuntaba a que sería una noche tropical. Cuando llegué, mi madre estaba terminando de hacer la cena mientras mi padre veía la televisión.
—Mira quién ha vuelto. ¿Cómo ha ido la tarde con Lauren, cariño? —me preguntó con un tono de voz neutro.
—Ehm, bien. Ha ido bien. Me ha invitado incluso a tomar un helado. Es una chica muy simpática y amable —contesté, obviando los sucesos que me tenían realmente desconcertada.
—Pues deberías tener más amigas como ella.
Y dejar un poco esa música tan bruta que escuchas.
Es posible que así encuentres a un buen chico, esperemos que proceda de familia acomodada, con quien te acabarás casando —no desaprovechó la oportunidad de proyectar en mí sus frustrados deseos de cara al matrimonio.
—Esa es una visión muy misógina, mamá. No creo que la máxima meta de una mujer sea ponerse un anillo de compromiso en el dedo y tener criaturas que perpetúen este sistema económico y caduco —respondí con una frase que llevaba mucho tiempo ensayando mentalmente.
El bofetón le salió desde dentro, más que del gesto.
Yo estaba harta de agachar la cabeza y fingir que aceptaba sus ideas del mundo, más aún en un tema así.
A juzgar por sus ojos encendidos y tristes, deduje que había vuelto a discutir con mi padre por dinero.
Aquella tarde no estaba dispuesta a llorar más, después de la brusca despedida de Lauren y aquel torpe beso.
Sin mediar palabra, entré en el cuarto de baño y me duché.
El agua fría me vino bien para relajarme.
No podía dejar de formular hipótesis sobre las verdaderas intenciones de mi amiga; esa maldita alarma no se apagaba. Pero sus besos habían sido tan cálidos y dulces que algo en mí se resistía a ponerlos en duda. Me miré en el espejo. Tenía el rostro cansado y angustiado.
¿Acaso me importa más haberme relacionado con alguien que mis lecturas?, le pregunté a la chica del espejo.
Ojalá tuviera un espejo parlante que me diera las respuestas que necesito.
Todo sería mucho más sencillo si supiera de antemano lo que va a pasar.
Las incertidumbres eran superiores a mí.
Eso me llevaba a engullir libros, a veces hasta quedarme dormida.
Pero Lauren era algo más interesante que mis lecturas: podía sentirme como la protagonista de una novela que no escribía yo.
Era habitual que nunca tuviera el control de nada, pero lo que me inquietaba era esa sensación de que todo estuviera orquestado.
Después de la ducha, cené únicamente una pieza de fruta. Tenía el estómago cerrado por una angustia que no me dejaba rumiar con claridad.
Me tumbé en la cama y apagué las luces. Encendí la televisión: ponían una maratón de películas de terror hasta la madrugada.
Deliberé que aquello me ayudaría a sacar de la cabeza el beso inesperado.
La noche prometía. Sintonicé justo cuando empezaba El maestro del sueño.
Durante unos minutos conseguí olvidarme de Lauren y de sus labios.
Pero, de forma intermitente, apartaba la mirada de la pantalla.
Me sentía tentada a coger el teléfono y llamarla.
No me había contestado al mensaje; revisé varias veces si se había conectado, pero no lo había hecho.
No estaba prestando atención a la película.
Aun así, decidí seguir viéndola hasta la segunda entrega de la saga de terror.
A mitad de la tercera película, mi cabeza era una olla de grillos y sentía un importante malestar en mi interior.
Ese beso me resultaba una tortura; tenía ganas de taparme los oídos y gritar que ya bastaba.