Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) 2. Algo más interesante que mis lecturas
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2. Algo más interesante que mis lecturas

Algo más interesante que mis lecturas

El sol de agosto caía con fuerza sobre Grenoble, la capital de los Alpes franceses, dominada por la silueta de La Bastilla.

La ciudad, atravesada por los ríos Drac e Isère, solía estar llena de estudiantes, investigadores y trabajadores de paso, pero aquel verano parecía haberse vaciado en favor de piscinas públicas y locales con aire acondicionado.

Mi padre, Aubin Fointable, era mecánico y sindicalista.

Tenía la costumbre de hablar del sistema como si siempre estuviera en deuda con alguien.

Mi madre, Gallia Girard, encadenaba trabajos de limpieza y encontraba refugio en revistas de decoración y novelas que yo no leía.

En casa había libros, sí, pero no eran los que yo buscaba.

Por eso iba a la biblioteca de Grenoble siempre que podía, incapaz de permitirme comprar los míos.

Tenía una pequeña colección en mi habitación: libros rescatados en intercambios, regalos de cumpleaños o compras ocasionales.

Dibujar era mi forma de escapar, aunque mi intento de vender ilustraciones todavía no funcionaba.

No llegaba a suficiente gente como para poder vivir de ello.

Aquel verano pasaba más tiempo dibujando que leyendo, intentando definir un estilo propio mientras el calor me obligaba a evitar incluso tocar el papel demasiado tiempo.

Una tarde, sin embargo, algo interrumpió esa rutina.

Picaron al telefonillo. Y ese fue el inicio de mi fin de ciclo. Dejaría de ser una niña.

—Alice, ha venido tu amiga Lauren a verte —me llamó mi madre desde el pasillo.

—Que pase si se atreve. Esto es un maldito horno —respondí, sin apartar la vista del dibujo.

—Sube, guapa. Alice te espera en su cuarto —añadió ella, abriendo la puerta.

Suspiré. Mi habitación era un caos controlado: bocetos descartados por el suelo, ropa mezclada con papeles, la sábana protectora a punto de invadir mi estantería. Todo en equilibrio precario. Un equilibrio que solo entendía yo. La puerta se abrió.

El olor a flores de la colonia de Lauren llenó el espacio antes que ella.

—¿Alice? ¿Puedo pasar? —preguntó.

—Claro —respondí, apartando el caos lo justo para no fingir orden. Entró con calma.

—Espero no haberte pillado durmiendo. ¿Cómo estás?

—Sobreviviendo al calor —dije, con una sonrisa breve—. Perdona el desastre.

Lauren me observó un segundo antes de saludarme con dos besos.

Yo llevaba una camiseta sin mangas y pantalones cortos. Cómodo, práctico, inevitable en aquel verano. Siempre había discutido con mi padre sobre ese tipo de ropa, sobre la idea de «deber» frente a «estar en casa». Yo solo lo veía como lo que era: sobrevivir al calor.

Pero con Lauren… era distinto. No incómodo. Solo más consciente.

—¿Qué estabas dibujando? —preguntó, fijándose en el papel. Le tendí la ilustración.

—Un diseño propio. Se llama Vampiresa.

Lauren ladeó la cabeza.

—¿Es una mujer… lamiendo una daga?

Parpadeé.

—Es una figura aristocrática. Estética vampírica.

Se quedó mirándolo unos segundos más, todavía un poco descolocada, pero sonriendo.

—Si te gustan los vampiros, seguro que te gustará la saga Ocaso. Sale un vampiro que se enamora de una chica humana —comentó Lauren mientras se acercaba a mi librería.

Lo dudé un segundo.

—No me convenció el primer volumen —respondí al final—. Leo más bien Detective Zombi. Resuelve casos como si fuera Sherlock Holmes.

—Vaya, tienes muchos libros antiguos —dijo, sin malicia, mirando los lomos.

Se giró entonces, como si recordara algo.

—Ah, por cierto, ¿recuerdas que hoy íbamos a la piscina de mi comunidad?

Se me cayó el gesto.

—Es verdad —dije demasiado rápido—. Un momento, cojo la toalla y me cambio.

—Allí hay vestuarios —apuntó ella.

—Ya, pero prefiero ir preparada desde casa —respondí, desapareciendo hacia el baño.

Unos minutos después estaba lista. El conjunto azul oscuro era sencillo, funcional. Me miré al espejo sin demasiada indulgencia. Estaba bien. Sana. Correcta. No especialmente destacable. Lauren, en cambio, siempre tenía esa presencia que parecía más fácil de encajar en cualquier sitio.

No era una comparación consciente. Era automática.

Cuando salí, ella seguía hojeando mi biblioteca.

—Ya estoy —anuncié desde la puerta, con la toalla en el brazo—. ¿Has traído la tuya?

—Sí, mira —levantó una bolsa de playa—. Está todo aquí.

Asentí. Salimos de casa tras despedirnos de mis padres. Bajamos los tres pisos con paso rápido.

Solo nos habíamos visto unas pocas veces, pero había empezado a confiar en ella lo suficiente como para dejarla entrar en mi rutina.

Aun así, algo en la idea de una piscina privada me generaba una incomodidad difícil de justificar.

Como si el día pudiera torcerse por detalles pequeños.

Metí una versión de bolsillo de El Conde de Montecristo en el bolso sin pensarlo demasiado.

Había aprendido pronto que no todo el mundo es inofensivo, incluso cuando parece amable.

Y que la prudencia, a veces, es solo otra forma de mantenerse a salvo.

Mi aspecto físico tampoco inspiraba confianza a muchas personas. Llevaba la mitad de la cabeza rapada y una cresta lateral con mi rubio natural. No era una elección estética casual: era una declaración. No intentaba encajar. Y eso, para algunos, era suficiente motivo de rechazo.

Lauren era exactamente lo contrario. Su mundo parecía hecho de rutinas más suaves: maquillaje, ropa, conversaciones ligeras sobre series que se olvidaban con facilidad.

No lo decía con desprecio; simplemente lo registraba así.

Aun así, había algo en ella que me mantenía atenta.

Su forma de andar, su olor, su manera de ocupar el espacio.

Notaba un leve desajuste en el estómago que no sabía interpretar del todo. Lo atribuí al calor.

Un escalofrío me recorrió cuando cruzamos la calle y entramos en la urbanización Jeanne d’Arc II.

—Es preciosa… —murmuré al ver la entrada cerrada con la valla.

Las casas estaban escalonadas en la ladera, conectadas por una carretera que serpenteaba hacia el interior.

Desde la recepción, el complejo se abría como un espacio reservado: chiringuito, piscina principal, una piscina infantil y una zona de hamacas rodeada de jardines.

Al fondo, cabinas de cambio y duchas alineadas junto al agua.

—Parece que estaremos tranquilas —comenté, sin dejar de mirar el lugar.

—Otro día vienes a mi casa y te pruebas ropa —dijo Lauren de pronto—. O vemos una película, lo que prefieras.

Sentí su mano golpearme suavemente el trasero. El gesto me tensó un segundo, más por sorpresa que por otra cosa.

─Maldito calor ─maldije secamente

En la entrada había un vigilante de seguridad. Sudaba incluso bajo la sombra.

Lauren se identificó como residente y explicó que yo era su acompañante. Asentí cuando me miró.

—Buenas tardes —dije.

El hombre respondió con una incomodidad apenas disimulada.

—No le gustas mucho —murmuró Lauren cuando pasamos—. A mí tampoco me cae bien. Me ha mirado raro más de una vez.

Luego señaló el chiringuito.

—Si quieres, luego te invito a un helado. Lo cargan a mi casa.

Negué con suavidad.

—Eres muy amable, pero no quiero abusar.

—Somos amigas, ¿qué menos? Oye, ¿podrías dejarme alguno de tus libros?

Me quedé helada.

No por la pregunta en sí, sino por la idea de desprenderme de uno de ellos. Sentí el gesto en el pecho antes de poder racionalizarlo.

—Tierra llamando a Alice —bromeó, empujándome suavemente la frente con un dedo.

Parpadeé.

—Sí… pero con condiciones —dije al fin—. No los dobles, no los manches. Es importante para mí.

—De acuerdo. Usaré marcapáginas y me lavaré las manos —respondió, divertida—. ¿Algo más?

Dudé un segundo.

—Que me lo devuelvas.

La frase salió más seca de lo que quería.

—Prometido —dijo ella, sin perder el tono—. Hagamos una promesa de meñiques.

Entrelazamos los dedos. El gesto fue pequeño, casi infantil, pero me dejó una sensación extraña en el estómago.

Las cabinas de cambio estaban casi vacías.

Entramos cada una en una. La mía era azul claro.

Me quité las gafas, luego la camiseta, después los pantalones.

Doblé la ropa con cuidado, casi por inercia, y abrí la bolsa.

Dentro coloqué mi ejemplar de El Conde de Montecristo, el protector solar y el bloc de dibujo.

La toalla encima, todo en orden casi ritual.

Me cambié con rapidez y salí hacia la piscina.

Lauren ya estaba acomodando su toalla bajo una sombrilla.

—Te has tomado tu tiempo —dijo—. Hay que ducharse antes de entrar. El socorrista es bastante pesado con eso… aunque míralo, leyendo mientras la gente nada.

—Tiene sentido —respondí, sin levantar demasiado la vista—. Me vendrá bien el agua fría.

—Oye, ¿te importaría hacerme un par de fotos? Es para una campaña de Siren’s Swimwear —dijo Lauren, ya buscando su móvil en la bolsa.

Suspiré. Le hice las fotos. El bikini rojo le quedaba demasiado bien.

—Han quedado bien —dije al devolverle el móvil—. Voy a la ducha. Quiero quitarme este calor de encima.

Lauren me tiró de la muñeca antes de que me fuera.

—Venga, una foto tú y yo juntas. No seas tímida, Alice.

Me colocó a su lado con una facilidad irritante, sujetándome por la cintura para encuadrarnos.

—Me das miedo… qué práctica tienes haciendo estas cosas —murmuré, forzando una sonrisa hacia la cámara. —Listo —dijo ella, guardando el móvil—. Son cosas de mi vocación. Hay que empezar desde abajo.