3
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Hikari bajara la mirada.
—Margaret me hizo feliz —continuó él, ya más calmado—. Antes de que la fama le cambiara la forma de mirar el mundo. No soporto la gente que olvida de dónde viene.
Hikari levantó la vista.
—La humildad es la base del valor de toda persona —dijo, como si repitiera algo aprendido.
—Esa es mi guerrera samurái favorita —respondió él, sonriendo de nuevo—. ¿Y cuál es el secreto para ser la mejor repostera?
Hikari dudó apenas un segundo.
—Amar lo que haces… y no dejar de aprender.
Chocaron los puños con naturalidad.
—Vale —intervine entonces—. Parejita, nos quedamos aquí todo el día o cambiamos de conductor.
Paramos el coche cerca de la zona de acceso restringido. El aire fuera era más limpio, más lento.
Antes de salir, él se acercó a mí.
—Perdón por lo de antes —murmuró—. Me he pasado.
Le sujeté la barbilla con suavidad y lo besé sin dramatizarlo.
—Lo sé.
Ya más relajado, sonrió.
—Te veo luego, mi ángel rosado.
Nos despedimos mientras él retomaba el coche.
—Hace buen día —dije, enlazando el brazo de Hikari—. Llegaremos justo cuando abran las tiendas.
Caminamos despacio. Yo llevaba una mochila pequeña.
Ella, un bolso de ganchillo colgado del brazo.
El paseo hacia el núcleo urbano estaba lleno de jardines cuidados con una precisión casi artística.
Hikari subía fotos a su teléfono mientras yo me perdía, sin querer, en otra época: calles de Lyon, otra vida, otra persona que ya no estaba.
—Tía Alice… el semáforo —me sacudió el brazo.
—Ya voy —respondí, volviendo al presente.
Cruzamos la calle.
El centro comercial de la isla ocupaba varios edificios conectados.
En las plantas inferiores estaban las tiendas; en las superiores, servicios de estética, peluquería y cuidado personal.
Era un lugar pensado para desacelerar, no para impresionar.
Incluso los vecinos parecían adaptarse a ese ritmo: artistas, artesanos, gente que había elegido vivir un poco al margen del ruido.
No era extraño que el vecino de al lado pintara óleos, o que alguien como mi marido dedicara horas a cuidar bonsáis con una paciencia casi estética.
Cuando entramos en el vestíbulo, nos cruzamos con Rachel, que ya tenía las llaves del local en la mano.
—Buenos días, Rachel. ¿Cómo lo tienes para atendernos en la peluquería? —dije, apoyando una mano en su hombro para no sobresaltarla.
Se giró con calma, aunque su expresión seguía seria.
—Buenos días, Alice. Ya sabes cómo funciona esto: no hace falta cita si estás dispuesta a esperar. Hoy tenemos una hora libre antes de las siguientes reservas.
El sonido de las puertas automáticas anunció a Isobel, que apareció con gesto cansado.
—Ahí viene mi segunda —indicó Rachel, recuperando algo de energía.
—Espera… necesito café —murmuró Isobel, como si aquello fuera una emergencia vital.
—Venga, arriba esos ánimos —la animó Rachel.
Isobel nos vio y suspiró.
—Buenos días… qué temprano.
Me acerqué a saludarla con un abrazo breve.
—No me digas que vienes a teñirte de rubio otra vez —bromeó mientras me inspeccionaba el pelo—. Con esta melena me das trabajo para toda la mañana.
—Confianza plena —respondí, como siempre.
Rachel nos guió hacia el ascensor.
—Déjame adivinar: tú te dejas en mis manos y luego te escapas con Isobel para conspirar sobre tendencias.
—Me conoces demasiado bien —admití.
Hikari, reflejada en el espejo de la cabina, intervino:
—Se gasta una cantidad indecente cada vez que viene aquí.
—Porque es un lugar fiable —respondí, sin ofenderme.
Rachel sonrió.
—Si quieres, puedes delegar más. O seguir viniendo a la mejor.
—Soy muy celosa con mi pelo —aclaré—. Alguna manía tenía que tener.
—Eso no es lo único —murmuró Hikari—. No dejas que nadie toque tu biblioteca sin lavarse las manos.
Bajamos al local. Nos sentamos en los sillones. Rachel detrás de Hikari. Isobel detrás de mí. Las cartas de peinados aparecieron como un protocolo ya aprendido.
—Quiero algo fresco, con aire punk —dije tras mirarlas un momento—. Algo que me quite esta sensación de recién salida de la ducha.
Rachel empezó a trabajar mi pelo con las manos antes incluso de empezar del todo.
—Confía en mí —dijo—. Hoy no vas a mirar precios.
Hikari eligió su opción sin dudar.
—Yo quiero este —dijo señalando la carta.
—Perfecto —respondió Rachel.
Isobel se inclinó hacia mí con su móvil.
—Long pixie. Con mi toque.
Asentí.
—Confío en ti.
El lavado fue el primer paso. El agua tibia y el olor a fresa llenaron el ambiente. La luz del local hacía el espacio más pequeño de lo que era desde fuera, como si el mundo quedara en pausa durante un rato.
Miré de reojo a Hikari. Estaba sonriendo de verdad. Esa imagen bastó para relajar algo en mí.
—El agua está perfecta —dije cuando me lo preguntaron.
—Va a quedar muy bien —añadió Hikari.
Después, simplemente me dejé llevar. El tiempo perdió forma entre tijeras, conversación y movimiento.
Hikari quedó absorbida en charlas con Rachel sobre moda y accesorios, como si ese fuera su territorio natural.
Yo observaba sin intervenir demasiado. Cuando Isobel terminó, me mostró el resultado con un espejo.
Había perdido volumen y longitud, pero sin perder identidad.
Un long pixie limpio, cómodo, con carácter propio.
Me levanté de la silla sin rumiarlo demasiado.
—Isobel… eres la mejor.
La abracé con entusiasmo.
Hikari seguía en su mundo mientras le terminaban el peinado.
—Te voy a hacer un recogido para resaltar la cara —le decía Rachel.
Aproveché para sacar una foto a las dos.
—Y ahora una tú y yo —dije a Isobel.
Esta vez protestó un poco menos.
—Mejor tú sola… me da un poco de corte —dijo, incómoda.
—Hazla. Te vendrá bien para la tienda —insistió Rachel.
—Vale… solo una —cedió, sonrojándose.
La foto fue rápida. Demasiado.
Saqué la lengua entre los dientes a propósito. Hikari reaccionó con esa mezcla habitual de sorpresa y desconcierto, como si aún no terminara de decidir si debía acostumbrarse a mí del todo.
—Me da miedo… —murmuró.
—Pero si te va a comprar todo lo que quieras —susurró Rachel a su lado.
—Os escucho —dije sin levantar la voz.
—Lo sabemos —respondió Rachel, sin inmutarse.
Terminamos entre risas contenidas y movimientos rápidos. Antes de salir, dejé el pago listo.
—Dejo esto abonado. Nos esperan las citas siguientes.
Rachel asintió con una sonrisa breve.
—Otro cliente satisfecho al bote.
Salimos a la calle con el nuevo corte ya asentado.
—Qué fresco —murmuré, ajustándome la chaqueta.
Hikari no dejaba de mirarse en el reflejo de su teléfono.
—Te voy a acabar comprando uno decente —le dije—. Uno que no te hable de vuelta.
—Tú te miras en el espejo del baño cada mañana —respondió sin mirarme.
—Eso es distinto.
—No lo es tanto.
No insistí. Era cierto.
Seguimos caminando hacia la zona de tiendas juveniles. Hikari parecía más animada, moviéndose con esa mezcla de entusiasmo y curiosidad que le salía cuando el día le pertenecía. Yo la seguía, dejándole espacio, aunque me costaba mantener su ritmo entre escaparates.
—Se nos está haciendo tarde para Neko’s Mishi Mishi —dije al fin—. Ve tú a la última tienda. Yo voy a la librería un momento.
Le señalé el local. Hikari se detuvo y me agarró del brazo.
—Has pasado la mañana haciendo cosas que a mí me gustan —dijo—. No quiero quedarme sin ir contigo.
Esa frase me desarmó más de lo que debería. No respondí de inmediato.
—Entonces ven —dije al fin.
Nos acercamos juntos a la librería.
—No mires los más vendidos del escaparate —murmuró ella.
—Eso suena a amenaza.
—Es prevención.
Entramos.
El local era más amplio que los anteriores, con estanterías organizadas por géneros y autores.
La sección de manga destacaba con claridad.
No me sorprendió eso. Lo que sí me sorprendió fue la atención inmediata al cruzar la puerta.
Un chico joven, de éxito temprano y nervios mal disimulados, se acercó con un volumen de Hoja Solitaria en las manos.
—Perdone… ¿es usted Alice Fointable? ¿Podría firmarme esto?
Hikari se quedó inmóvil.
—Claro —respondí.
Le pedí un bolígrafo. Firmé con calma, añadí unas líneas breves y, casi sin rumiar, dibujé un pequeño detalle en tinta azul.
El chico tardó unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, se puso rojo y volvió a la caja con demasiada rapidez.
—Creo que le has gustado —dijo Hikari en voz baja.
—A veces pasa —respondí, guardando el bolígrafo.
Y seguimos.
—Quiero un helado de fresa… o me chivo de lo del corazón —me provocó Hikari.
—Chívatelo si quieres —respondí sin inmutarme—. Mira esto.
Le enseñé una novela que tenía entre las manos.
—Está inspirada en la serie del cazador de vampiros.
Hikari ni la miró. Levantó otro libro frente a mí.
—Compra lo que quieras. Esto es para ti.
Cuentos de los Hermanos Grimm.
Me quedé quieta un segundo.
El aire se me hizo más denso de lo normal.
No supe en qué momento me temblaron los ojos, pero cuando lo noté ya estaba apartando la mirada.
—La madre que te… No terminé la frase.
Hikari ya estaba en la caja, pagando con naturalidad, como si no acabara de mover algo dentro de mí sin saberlo. Tiene el mismo impulso que ella. Y ese pensamiento fue suficiente. Respiré hondo. No había tiempo para quedarme ahí.
—Me llevo estos cuatro —dije después.
Dos novelas negras, una de romance y una recopilación de cartas de Lord Byron. Cuando salí, Hikari me esperaba fuera, garabateando algo en su libro recién comprado. La dependienta nos observaba desde el mostrador con una discreción mal disimulada.
—¿Pasa algo? —pregunté, forzando una sonrisa—. Espero que mi sobrina no haya causado problemas.
—Es un honor recibirla aquí —respondió ella, con una formalidad que casi parecía ensayo.
La conversación derivó en elogios, firmas, tarjetas de visita, correos y posibles charlas. Acepté todo con educación automática, aunque el tiempo ya nos empujaba fuera.
—Nos tenemos que ir —dije al final, recuperando el control de la situación.
Cogimos un taxi. El trayecto fue breve en distancia, pero largo en sensación. El centro comercial quedaba atrás; delante, el café de gatos.
—Neko’s Mishi Mishi —anuncié al bajar.
El local estaba tranquilo. Demasiado tranquilo.
Cristaleras amplias, luz suave, dos clientes en una esquina. Los gatos dormían como si el mundo no les afectara.
Hikari se quedó inmóvil en la entrada.
—Vamos al fondo —le dije—. Todo está bien. Estoy contigo.
No insistí más. La puerta se abrió.
El interior olía a café suave y madera.
Un camarero nos condujo a una mesa baja, junto a la pared.
—¿Qué van a tomar?
—Nestea con hielo y limón —pedí—. Y nada más.
Hikari tardó un segundo.
—Refresco de cola —murmuró.
Su voz estaba contenida, pero no bloqueada. Eso era importante. Uno de los gatos se acercó entonces. Pirata. Le faltaba un ojo. Caminaba con calma, como si no tuviera nada que demostrar. Hikari se tensó al instante.
—Estás haciéndolo bien —le dije en voz baja—. Solo déjale esto.
Le di un pequeño ovillo verde.
—Déjalo caer. No pasa nada.
El ovillo rodó. Pirata lo observó, apoyó una pata encima y maulló una sola vez. Luego se dio la vuelta y volvió a su caseta. El silencio que siguió fue distinto. Más ligero.
—Ya está —dije, secándole las lágrimas con una servilleta—. Lo has hecho muy bien.
El camarero llegó con las bebidas.
—Aquí tienen, señoritas. Si necesitan algo más, solo avisen.
Hikari respiró por fin sin tensión en los hombros.
—Bueno… dime por qué te dan tanto miedo los mishis —pregunté, tras dar un sorbo largo al refresco.
Hikari dudó un segundo.
—De pequeña intenté tocar uno y me arañó. Salió corriendo después. Creo que ya me daban miedo antes de eso, pero… quise superarlo.
Miró hacia la zona donde los gatos descansaban.
—Supongo que te parecerá una tontería.
—No es una tontería —respondí con calma—. Es una experiencia.
Hice una pausa breve.
—Los mishis no son peligrosos. Son territoriales. Si respetas su espacio, no hay conflicto. Igual que las personas. Solo que ellos lo dicen más claro.
Hikari me observó, todavía algo tensa.
—Estoy contenta de que hayas venido —añadí—. No van a acercarse si no quieren. Este sitio funciona así.
—¿Seguro que no vendrán a por mí? —preguntó de nuevo, aunque su respiración ya era más estable.
—Como mucho —dije, señalando con la barbilla—, Garfield intentará dormir encima de mí.
En un rincón, el gato seguía inmóvil, profundamente dormido. Hikari soltó una exhalación lenta.
—Vale… confío en ti.
Su cuerpo se relajó por fin. Sacó una libreta y un bolígrafo de mi bolso con cuidado.
—Ahora sí —dijo, con una calma nueva—. Vamos a lo importante.
Me quedé mirándola. Había cambiado algo en su expresión. Ya no era solo curiosidad: era decisión.
—Tía Alice —añadió—. Empieza cuando quieras. No hay prisa.
El aire del local parecía más silencioso de lo habitual. Abrí la boca para empezar, pero no salió nada de inmediato. Demasiadas cosas queriendo salir a la vez. Apoyé las manos sobre las rodillas. El pasado no espera a ser ordenado. Solo aparece.
—Todo irá bien —dijo ella, más suave ahora, sujetando mis manos—. Estoy contigo.
Y en ese momento entendí que el verdadero peso no era recordar. Era empezar a hacerlo en voz alta.