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No permitiré que mi familia pague por lo que otros decidan hacer. Menos aún cuando el daño nace del placer de humillar o de construir una vida sobre el sufrimiento ajeno. Así que sí, llego tarde a contarlo, y te pido disculpas por ello.
Aish… y una cosa más, la última, lo prometo por todos los bollos de canela del planeta.
No soy escritora. Soy mangaka, y mi bizcochito probablemente me corregirá esto después, así que perdona si en algún punto hacemos una parada extra antes de llegar al inicio real de esta historia, en retrospectiva.
Aun así, gracias por la paciencia. Si algún día nos encontramos, te firmaré un ejemplar.
Y sí, también te dejaré hacerte una foto conmigo.
No te lo tomes demasiado en serio: me gusta bromear con la gente a la que aprecio.
[29 de abril de 2028]
Esta historia comienza a las seis y media de la mañana en mi casa, cuando el despertador de mi marido estalla y él despierta empapado en sudor. Yo apenas giro la cabeza y apoyo una mano en su pecho.
—Todo está bien. Ya ha pasado mi vida —le digo con calma, mientras sus ojos todavía arrastran restos de la pesadilla.
—Te quiero, mi ángel rosado —responde antes de besarme con una ternura casi automática, como si ese gesto también formara parte del ritual de sobrevivir a los sábados.
Esa pesadilla vuelve de vez en cuando, una mala costumbre del cuerpo o de la memoria.
Incluso con la maratón de Detective Zombie que insistí en ver con él y Hikari la noche anterior, el resultado siempre es el mismo: un despertar tenso, seguido de esa normalidad frágil que intentamos reconstruir con café y voz baja.
Se levanta con energía renovada y me pregunta qué quiero desayunar, como si el mundo no acabara de recordarle algo que prefiere olvidar.
—¿Café solo y bollos de canela? —pregunta, ya sonriendo.
Mis ojos se iluminan en la penumbra. Él lo entiende sin necesidad de más palabras.
—Venga, Alice, que tengo que cocinar para dos personas más.
—¡Claro! —respondo, exagerando la alegría solo lo justo para disipar la sombra que todavía queda en la habitación.
—Me das más miedo que ese payaso del globo que tanto te gusta —añade, provocándome con una calma peligrosa.
—Entonces hoy quiero arroz con misoshiru y pescado —contraataco, fingiendo seriedad—. Haré ayuno como Takenori.
—Entendido. Cocinaré bollos de canela para mí entonces… ya me ocuparé de mi pequeña ronin.
Su tono sombrío, casi teatral, me arranca una risa breve. Takenori, el personaje de mi manga, nació de él sin que lo reconociera del todo: una figura samurái atravesada por portales dimensionales que acabó filtrándose en mi trabajo sin pedir permiso.
—No te atrevas… —respondo, más cariñosa que amenazante.
Eventualmente, come bollos de canela igual. Siempre lo hace. Incluso cuando cocina con Hikari, nunca rechaza probar lo que hacemos.
Me levanto de la cama con un gesto torpe, sintiendo un leve mareo.
Tomo mis gafas de montura circular y camino hacia la cocina mientras él ya organiza los cuencos y prepara los fogones con una precisión casi mecánica.
Cuando lo abrazo por la espalda, hundiendo el rostro en su piel aún tibia, la rutina se detiene.
—Te quiero, amor mío —susurro.
Su cuerpo se relaja como si algo invisible cediera dentro de él. Le gusta dormir con poco abrigo, dice que el frío lo mantiene cerca del mundo, aunque sé que en realidad es otra forma de sentirse más cerca de mí. Cuando se gira, sus ojos están húmedos.
—Yo también te quiero. Cada día contigo es algo por lo que doy gracias —dice, y durante unos segundos parece que todas sus máscaras desaparecen.
Nos quedamos así un tiempo, suspendidos en ese silencio que no incomoda. Él sabe que pienso demasiado en la obra que aún no he empezado a escribir del todo; yo sé que su pesadilla no es solo un sueño, sino algo que todavía no ha aprendido a soltar.
—Alice… ¿qué hacemos cuando la angustia se mete en los pensamientos? —pregunta finalmente, apagando los fogones.
Lo miro un instante, y la respuesta me sale antes de poder considerarlo.
—Bailamos.
—¿Y dejamos que nos tomen por locos? —dice, entrando en el juego.
—¿Tú conoces cuerdos felices? —respondo, ya sonriendo.
Entonces me toma la mano. Y empezamos a movernos en la cocina como si fuera el único lugar posible del mundo. Sin ritmo, sin técnica, sin orden. Dos cuerpos torpes girando entre risas, como si hubiéramos olvidado todo lo aprendido para una boda que ya pertenece a otra vida.
En ese gesto ridículo y perfecto, la casa deja de pesar. Yo soy Alicia cruzando el espejo; él, un sombrerero que nunca dejó de reírse del caos. Nos pisamos, nos corregimos mal, nos volvemos a encontrar. La cocina se convierte en escenario, y nosotros en algo que no necesita explicación.
Así es nuestra forma de sobrevivir al clima emocional: no escapando de la tormenta, sino bailando dentro de ella. Salí de la habitación sabiendo que el día ya había empezado de verdad.
La adolescencia es una etapa cruel. Una especie de examen final de la infancia y, al mismo tiempo, la puerta de entrada a la persona que uno va a ser.
Yo no soy maestra, como mi marido, pero aun así desearía que Hikari sufriera menos de lo que sufrí yo.
El problema es que eso no depende de mí.
Justo entonces la puerta se abrió sin aviso.
—Tía Alice, se va a enfriar la sopa de pescado —dijo Hikari entrando sin llamar.
Suspiré, más por el corte que por la situación.
—Se llama a la puerta antes de entrar, querida. Podrías haberme pillado desnuda.
—Perdón. No volverá a ocurrir —respondió con total calma—. Pero si nos hemos bañado juntas muchas veces… siempre dices que no debo sentir pudor.
—Ese es otro contexto —repliqué.
Se quedó pensativa unos segundos, sin intención real de discutirlo. Luego asintió.
—De acuerdo. Llamaré la próxima vez.
La abracé con suavidad. Era impulso, no corrección.
Hikari estaba en esa fase en la que el mundo todavía se aprende a base de errores pequeños.
Yo podía guiarla, pero no evitarle el aprendizaje.
Llevaba un vestido de motivos primaverales que resaltaba sus ojos verdes.
Lo había comprado tras ahorrar durante semanas, incluso ayudando en pequeñas tareas de entintado de mis ilustraciones.
Quería independencia, y eso era algo que no iba a quitarle.
Tenía una presencia distinta a la mía: más luminosa, más directa. Coqueta sin esfuerzo, sincera sin cálculo. Rechazaba el kimono en los fines de semana por pura convicción estética occidental, algo que defendía con la misma seriedad con la que defendía sus amistades.
Pero también era vulnerable. Su familia estaba rota, dispersa, y el resto del mundo no había sido especialmente amable con ella.
Cuando nos sentamos a la mesa, la comida aún humeaba. Mi marido fingía leer el periódico, aunque la risa ya le delataba.
—Maldito… has hecho sentir mal a Hikari —gruñí.
—Me va a faltar isla para correr… —murmuró él, con teatralidad.
No llegó a terminar la frase. Ya lo tenía agarrado por el cuello, sin fuerza real, más gesto que amenaza. Hikari se echó a reír sin contenerse.
—Sufre —dije, fingiendo severidad.
—Esto es violencia doméstica organizada —respondió él, intentando mantener la compostura.
Nos quedamos así unos segundos, entre risas, hasta que finalmente lo solté. Hikari aprovechó para sacarnos una foto.
—Aquí hay alguien que también quiere su dosis de caos familiar —dijo él señalándola.
—Ni se te ocurra —respondí.
—Demasiado tarde —contestó Hikari, levantando el móvil.
La risa llenó la cocina. Nuestra vida tenía esa forma extraña: una casa sin lujos excesivos, un estanque de carpas, dos habitaciones de invitados que nunca estaban vacías del todo, y la certeza de que el hogar no dependía del lugar, sino de quién estaba dentro.
Desayunamos tarde, como siempre que el tiempo se disuelve entre conversaciones.
Él tenía que salir pronto hacia el aeropuerto.
—Si queréis que os acerque, vais a tener que daros prisa —avisó.
Hikari se apresuró demasiado y se quemó la lengua con la sopa.
—Tranquila —dije, dándole agua.
Él se levantó después de terminar.
—Voy a cambiarme. No tardéis.
Nos dejó solos unos minutos.
—¿Papel o portátil? —preguntó Hikari.
—Papel. Demasiadas pantallas —respondí.
Un rato después íbamos en el Lexus de segunda mano hacia la ciudad. Yo conducía. Hikari iba de copiloto. Él detrás.
La radio local hablaba en inglés. Hikari no tardó en intervenir.
—¿Puedo poner música?
No tuve que responder. La respuesta llegó desde atrás.
—Ni se os ocurra.
Insertamos el USB de todos modos.
Sonó una canción de Las Arpías del Averno. Él suspiró desde el asiento trasero, resignado.
—Esto es una agresión cultural.
—Es educación emocional —respondí.
Cambié después a una balada en la pista veinte. El ambiente cambió de inmediato.
Lo miré por el retrovisor.
—Puedo sacarte de tus casillas cuando quiera —dije—. Pero una relación perfecta me daría diabetes.
La risa volvió al coche, como si nada más existiera fuera de esa carretera.
—Y ni se te ocurra cambiar por nada del mundo. Sigues siendo la chica de la que me enamoré —respondió él, satisfecho, mientras dejaba ver un guardapelo dorado, desgastado por el uso, que aún colgaba de su cuello.
Hikari nos miró en silencio. Lo noté en su expresión antes incluso de que dijera nada: una leve sombra, una sonrisa más contenida.
—Tranquila —dije, inclinándome hacia ella—. Algún día encontrarás a alguien con quien discutir hasta por el mando de la televisión.
Le apoyé una mano en la pierna con suavidad.
—No te desanimes, pequeña ronin —añadió él, esta vez más sereno—. Te voy a decir algo que leí una vez: la mejor compañía también es aprender a estar solo. Cuando eso ocurre, el dolor pierde fuerza.
—Con lo intensa que eras antes, cualquiera consideraría que estar sola era imposible —añadí, en tono ligero, intentando romper su tensión.
—¡Alice! —me reprendió él de inmediato.