Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1) Un encargo inesperado
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Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1)

Kintsugi: Hilo Azul (Kintsugi: Las memorias de Alice nº 1)

Por Albert Gamundi Sr.

© inepub.com

Un encargo inesperado

[6 de mayo de 2028]

Me llamo Alice Fointable. En Japón me conocen como una de las dibujantes de manga más reconocidas de mi generación, aunque yo siempre he sentido que esa etiqueta se queda corta para algo mucho más simple: he pasado mi vida dibujando, y eso ha sido suficiente.

Vivo en una casa discreta en una isla del Pacífico, lejos de cualquier centro que alguien podría llamar importante.

No es una huida ni una pose, sino una forma de silencio elegido, de distancia controlada.

Escribo ahora porque Sakura’s Books me lo ha pedido, dentro de una colección sobre artistas extranjeras que han sobrevivido en el mundo del cómic.

Nunca he sido escritora, y probablemente nunca lo seré, pero aquí estoy, con la mano temblando no solo por nervios, sino por la extraña conciencia de estar abriendo una parte de mí que llevaba años cerrada.

No me interesan la fama ni el dinero. Si he aceptado este encargo es por Hikari.

Vi algo en él, en su forma de observar y de callar, que me obligó a decir que sí sin demasiadas preguntas.

Todavía no ha entrado del todo en esta historia, pero ya la sostiene desde dentro.

Trabaja conmigo en la edición y en la censura de ciertas escenas, en un país donde incluso la emoción tiene manual de instrucciones.

Dice que mi voz es demasiado tranquila para ser real, casi engañosa.

La primera vez que me escuchó hablar en serio dijo que le recordaba a un payaso asesino.

No supe si era un cumplido o una advertencia, así que me reí.

En esta casa vivimos varias personas bajo el mismo techo: mi marido, mi sobrina política y alguien más que ahora duerme en la habitación contigua.

No es una convivencia casual, sino una estructura extraña que se ha ido formando con el tiempo, como si la vida hubiese ido anudando hilos distintos hasta convertirlos en algo funcional.

Dos de esos hilos tienen nombre en mi cabeza: uno rojo, otro azul.

El rojo pertenece a la vieja leyenda del destino, el hilo invisible que une a dos personas destinadas a encontrarse.

El azul es el nuestro, más silencioso, menos romántico, pero igual de firme: no habla de destino, sino de elección repetida, de amistad sostenida incluso cuando el resto se vuelve incierto.

Son las tres de la madrugada. El mundo está en silencio y yo escribo con una luz mínima, con alguien que amo dormido a mi lado.

Escribo porque, si no lo hiciera, probablemente lloraría, y no quiero hacerlo en voz alta ni en público todavía.

He pasado demasiado tiempo enterrando cosas que algún día tendrán que salir a la superficie, y me gusta pensar que debajo de todo eso puede crecer algo distinto, quizá un cerezo en flor en mitad de un hanami imposible.

Sé que suena excesivo, pero el arte siempre lo es un poco, o al menos debería permitírselo.

La historia la escriben los vencedores, dicen, aunque yo nunca he tenido claro qué significa exactamente ganar.

Tal vez solo sea la capacidad de seguir en pie el tiempo suficiente como para contar lo que ocurrió.

De niña aprendí a defenderme antes de entender el mundo, como una gata callejera que primero enseña las uñas y solo después decide si puede confiar.

Esa parte no desaparece nunca del todo; solo aprende a convivir con otras versiones de una misma persona.

Frankenstein es una de mis referencias más constantes, no tanto por la criatura como por lo que simboliza: el intento de ser comprendido y el fracaso inevitable de ese intento, la aceptación de una forma propia cuando el exterior no responde como uno espera.

Durante años creí que el problema era no encajar, pero con el tiempo entendí que la pregunta no era esa, sino quién merece realmente estar dentro de tu vida.

La respuesta, al final, es más pequeña de lo que uno imagina cuando es joven: no es el mundo entero, no son todos, sino unos pocos.

Un libro compartido, una conversación que dura más de lo previsto, una partida absurda en un recreativo, un refresco en un bar que alguien prefiere olvidar. Eso, sorprendentemente, basta.

Y aun así sigo siendo la misma. La gata no desaparece, solo deja de atacar primero.

Pero no olvida. Tengo cicatrices que no necesito explicar, ni pienso hacerlo con cualquiera.

Por eso esta historia empieza tarde: porque antes de contarla tuve que decidir qué parte de mí seguía viva y cuál estaba lista para ser narrada sin destruir lo que quedaba alrededor.

Él intentó inspirar amor y terminó aceptando que solo despertaba miedo.

Al final no tuvo otra opción que asumir su propia oscuridad frente a la incomprensión ajena.

No encajaba en su propia historia, del mismo modo que yo nunca he encajado del todo en las vidas de otras personas.

Durante mucho tiempo me pregunté si el problema era ese, si no sería más justo que fuera yo quien aprendiera a aceptarlos a ellos dentro de mi vida, en lugar de esperar lo contrario.

Pero mi felicidad siempre fue más simple de lo que esa pregunta sugería: un libro abierto en el momento adecuado, una sonrisa de esa persona concreta, una partida en el recreativo disparando a muertos vivientes que no significaban nada, un refresco compartido en un bar que él prefiere no recordar.

Pequeñas cosas, casi insignificantes vistas desde fuera, pero suficientes para sostenerlo todo.

En algún punto de ese equilibrio aprendí también a proteger a esa versión más joven de mí, aunque entonces no lo entendía del todo.

Supongo que estaba siguiendo, sin saberlo, el consejo de ese enano de moda que no escuché en su momento, hasta que Hikari quiso ver la serie conmigo para asegurarse de que la disfrutaba de verdad.

Él decía algo muy simple: no olvides quién eres, porque el mundo se encargará de recordártelo cada día.

Y si eso es así, entonces solo queda una opción: convertirlo en una coraza.

En mi caso, esa coraza tenía forma de gata callejera.

Si alguien se acercaba demasiado, enseñaba las uñas.

Era una forma torpe de defenderme en un mundo en el que no sabía en quién confiar.

Y voy a confesar algo que no suelo decir en voz alta: sigo siendo esa misma gata.

No ha desaparecido. Solo ha aprendido a convivir con el resto de lo que soy.

Tengo la piel llena de cicatrices, y también de marcas que ya no sé si son heridas o simplemente parte de mi historia.