22. La balada de Grenoble y Lyon #4
—Oye, Alice. Prométeme que esto no es una despedida, ¿vale?
Solo es un hasta luego. Mi Primer Amor seguirá publicándose, trabajado a cuatro manos.
Han sido dos años maravillosos contigo y me has hecho experimentar mil cosas.
Recuerda que hay un hilo azul que nos mantendrá unidas toda la vida y que vendrás a mi boda cuando encuentre a la persona adecuada.
Me has demostrado que la leyenda es cierta, pero más importante que tener una pareja es tener a alguien como tú a mi lado.
Y para que veas que voy en serio, quiero que te lleves este sobre.
Ábrelo en casa cuando estés a solas. —Me besó en la mejilla antes de abrazarme con fuerza, como antaño—.
Papá, mamá… me voy a Suiza. Creo que en el fondo ni vosotros mismos queríais esto.
Señor y señora Fointable, cuidad mucho de Alice.
Amo a su hija con locura y no olviden comer cosas dulces y bonitas.
Se despidió de mis padres con los ojos vidriosos.
Cuando el convoy del tren llegó, las puertas se abrieron y bajaron decenas de pasajeros en tropel durante unos segundos.
Después subió Annastasie. Se apartó con las maletas para mirarnos y despedirse.
Ambas luchábamos por no llorar, pero yo no podía más.
Estaba agotada de hacerlo y no quería que esa fuera la última imagen que se llevara de mí.
—No llores, idiota. Volverá. Tienes una pulsera de la amistad, tenéis un proyecto en común. Ella es tu alma hermana… —me repetí una sarta de verdades que intentaban sostenerme.
Cuando el botón rojo intermitente del cierre de puertas lanzó la alarma, estas se cerraron.
Me quedé sin aire en los pulmones y empecé a hiperventilar.
Me costaba respirar mientras el tren arrancaba para llevársela, para arrancármela y levantar un muro de intolerancia e incomprensión entre nosotras.
La amenaza se había cumplido. Con la cara roja y empapada en lágrimas de rabia, golpeé el pecho de mi padre; no porque mi amiga se hubiera ido en contra de su voluntad a otro país, sino porque quien debía darle amor incondicional solo conocía la represión.
Volteé la cabeza hacia mi madre, que me ofreció su abrigo maternal, y me dejé acurrucar.
Entonces alcancé a escuchar algo que dijeron sus padres.
—Tal vez nos odie durante algún tiempo, pero le habría ido mejor la vida como chico. En Suiza la pondrán firme y verá que teníamos razón —afirmó el señor Baudin con una voz fría.
—Cariño, si no has sido capaz de escucharme en todos estos años y de respetar a tu hija, te diré algo que quiero que escuches bien: quiero el divorcio —le espetó su esposa.
—Volvamos a casa y hablemos de esto con calma. Solo estás conmocionada por su marcha —aclaró el hombre.
Entonces mi padre se acercó a ellos y se aclaró la voz.
—Señor Baudin, antes que nada, quisiera disculparme por entrometerme.
Sin embargo, debo decirle que usted es un padre nefasto y representa a la perfección a todos los enemigos de los valores más básicos.
Si yo he aprendido a aceptar que mi hija vista como una amazona o una arpía, usted ha tenido catorce años para amar a la suya.
Y no entraré a valorar su papel como esposo, porque ya me he excedido.
¡Alice! ¡Gallia! Nos vamos a casa —exclamó sin darle opción a réplica.
El señor Baudin pareció rabiar y me lanzó una mirada como si pudiera matarme.
Sentí un miedo profundo en el pecho. No estaba en condiciones de enzarzarme en nada.
Apreté aquel sobre acolchado de color crema y caminé con la mirada baja.
El tinte de mi pelo había perdido tanta fuerza como yo misma.
Pronto me tocaría volver al rubio durante unos meses para no dañarlo.
La vida perdía color, al menos por un tiempo.
En el coche llevaba los auriculares puestos, pero no escuchaba música, sino mensajes de voz de Kano. Necesitaba oírlo. Ahora era el único en la ciudad que parecía entenderme. Incluso me hizo reír cuando contó cómo aquella mole canina lo había derribado al saludarlo.
Cuando entramos en el piso, mi madre me escoltó hasta la habitación.
Solo quería llorar en la cama. Le había pedido a mi pareja que me dejara sola unas horas para asimilarlo.
Él parecía haber superado la muerte de su mejor amigo…
al menos en apariencia. Solo Dios sabía qué quedaba aún dentro de él.
Gallia me abrazó y me animó a ducharme, prometiéndome que al día siguiente iríamos a la peluquería y me invitaría a un corte y a una decoloración.
No me quitó el dolor, pero me calmó un poco.
Me duché con agua fría y me puse ropa cómoda, sin ropa interior.
Estaba tan agotada emocionalmente que me sentía como un trozo de carne sacado de la nevera.
Antes de cenar me senté en la cama y sentí la necesidad de abrir el sobre.
Aunque aún tenía pendiente la carta de Yuki, decidí dejarla para cuando la tormenta amainara.
Con una uña rasgué el cierre. Dentro había varios papeles ilustrados.
Al verlos, se me cortó la respiración: eran los diseños de un vestido de novia blanco, con una orla floral de rosas en el pecho.
Y la modelo era yo con dieciocho años, según estaba escrito.
Annastasie había trabajado en aquello con la idea de que tarde o temprano me casaría con Kano.
—Guardaré estos papeles como si mi vida dependiera de ello, porque serás tú quien diseñe ese vestido para mí. Era la forma más bonita de decirme que nos volveríamos a ver que podía existir. Te quiero tanto, maldita zorra… —musité entre lágrimas agridulces.
Fin de la primera parte. La historia continúa en Kintsugi: Hilo rojo