Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 23 #3
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CAP 23 #3

—¡He dicho que no!

Su voz subió de tono, lo suficiente para que el sonido se escapara más lejos de lo que pretendía.

En el campamento, el movimiento se detuvo.

Kimbra lo vio al mismo tiempo que Rion. Demasiado tarde.

Un niño thorg se había vuelto hacia la ladera. No debía de tener más de diez o doce años. Permaneció quieto un instante, como si no estuviera seguro de lo que veía entre la lluvia.

Luego gritó algo hacia el campamento.

Varias cabezas se alzaron y el campamento entero se encendió por la urgencia.

—Nos han visto —murmuró Rion.

Pero el niño no huyó.

En vez de eso, avanzó unos pasos torpes hacia la pendiente, buscando una piedra del suelo y sujetándola con ambas manos pensando que era un arma real.

Sus hombros temblaban, tal vez por el frío de la lluvia o por el miedo, pero algo en ese temblor…. Kimbra sintió cómo el aire se le atascaba en el pecho.

El niño estaba aterrorizado.

Miró atrás un momento, pero siguió ahí, defendiendo algo que sabía que no podía proteger.

Y entonces vio sus manos sucias.

Manchadas de algo, parecía savia o hierba aplastada.

El mundo se estrechó de golpe.

Una celda húmeda.

Un olor agrio.

Un niño apoyado contra las rejas, intentando no llorar mientras extendía la mano hacia ella.

Recordó su mirada cuando empezó a caer. Recordó saber que no llegaría a tiempo. Recordó… que no conoció su nombre.

El peso de aquella certeza volvió ahora con la misma fuerza que entonces.

Culpa… Impotencia…

—Kimbra —dijo Rion, más bajo—. Apártate.

La voz llegó desde muy lejos.

El niño thorg ya estaba a pocos metros de la base del barranco. Levantó la piedra con ambas manos, demasiado pesada para él, pero no la soltó.

No gritó, sólo dijo algo en su lengua, corto y tembloroso, que no llegó hasta ellos por el torrencial.

No necesitó oírlo ni entenderlo para saber lo que había dicho.

Dejadnos en paz

Sintió que algo dentro de ella encajaba con un clic sordo, una pieza que llevaba demasiado tiempo fuera de sitio.

Si daba un paso atrás ahora, volvería a llevar esa mirada consigo el resto de su vida.

Y esta vez no estaba dispuesta.

Notó la conciencia de Lyren junto a la suya. Sin palabras supo que él apoyaría su decisión, fuese cual fuese. Dándole el empujón que necesitaba.

—Rion… no.

No fue una súplica, fue la línea que no estaba dispuesta a sobrepasar. Esta vez no.

Su mano voló hasta la muñeca de compañero impidiendo que este saltara al ataque.

Rion se zafó del agarre con brusquedad y encaró a su compañera ya sin paciencia.

—Apártate. Ya.

Pero ella no se movió.

El agua del río latió cerca.

Presente. Esperando.

—No voy a dejar que hagas esto.

—No hay nada que puedas hacer para impedirlo.

No necesitó otras palabras. Giró el cuerpo, fingiendo retroceder… y en el mismo movimiento dejó que el agua respondiera.

El río se alzó suave como la seda, danzando en un movimiento repentino de la corriente misma. El agua golpeó la parte contraria de la ladera y se extendió en una lengua de barro.

Rion apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de perder el equilibrio y ser arrastrado.

—¡Kimbra!

La palabra se cortó cuando la corriente lo lanzó contra la roca más cercana. No fue un golpe brutal, pero sí suficiente para dejarlo sin aire durante un instante.

Ella no esperó.

Descendió la pendiente, resbalando, clavando una mano en la roca para no caer. El niño retrocedió un paso, paralizado, con la piedra aún en alto.

—¡Corre! —gritó ella, agarrándolo del brazo.

El niño no reaccionó, el miedo lo clavó en el suelo pero ella tiró con más fuerza consiguiendo sacarlo de su estupor y haciendo que se le cayera la piedra de las manos.

—¡Corre!

El campamento estalló en confusión y el pánico se propagó de inmediato ante su llegada.

Los ancianos se levantaron a trompicones, los niños gritaron y lloraron agarrándose entre ellos. Alguien tiró de una camilla improvisada sacando un gemido de dolor de su ocupante.

Varios bebés lloraron.

Cuando llegaron a la linde del campamento alzó una mano y el agua respondió, pero no como antes.

La corriente se abrió paso en un torrente, desde la altura de la colina pudo ver que los barrancos y los montículos se abrían al fondo, derribó una ladera con la fuerza del río en crecimiento por la tormenta, mostrando un barranco tras ella.

Una vía de escape.

—¡Por ahí! —gritó señalando el cauce—. ¡Seguid el agua!

No todos lo entendieron.

Algunos dudaron, otros empezaron a moverse en la dirección del cauce, lentos.

Sabía que necesitaban un empuje, por lo que redirigió varias corrientes arrastrando a algunos individuos a la corriente principal haciendo que desaparecieran a salvo por el canal que acababa de abrir.

El esfuerzo le sacudió los brazos y el alma.

Todos lo entendieron y avanzaron algo más rápido hacia la salida.

El niño thorg seguía ahí, mirándola, paralizado por la sorpresa y el miedo. El agarre que había empezado como algo violento para alejarle de su compañero se había convertido en algo… dulce. El niño sujetaba su mano y la miraba con los ojos completamente abiertos.

Kimbra, jadeando por el esfuerzo, le acarició la frente.

—Ve.

El niño dudó un segundo. Luego echó a correr y saltó al agua.

Uno tras otro, los demás lo siguieron, torpes, desorganizados, pero moviéndose al fin. El campamento se disolvió entre pasos, voces alteradas y llantos que se alejaron en el cauce.

Kimbra mantuvo el agua en movimiento hasta que el último cuerpo desapareció tras las rocas del barranco.

Entonces la soltó.

El río volvió a su curso normal de forma violenta, derribándola a su paso.

Consiguió salir de la corriente antes de que esta la llevara demasiado lejos, tirada en el suelo dejó que la lluvia pinchara su piel mientras intentaba recuperar el aliento y sus músculos decidían si agarrotarse del todo o no.

Trás de ella, el sonido de una bota contra la grava hizo que se le erizara el pelo de la nuca, se incorporó como pudo y vio la figura de su compañero. Rion estaba ahí, ante ella.

No parecía furioso, ni sorprendido.

Estaba apático empapado en barro y desgana. El agua goteaba abundante y sucia de su armadura de cuero.

—¿Qué has hecho?

Sostuvo su mirada y tragó saliva intentando deshacerse de la lija en la que se había convertido su garganta.

—Rion, yo… no podía…

Él respiró hondo una vez, conteniendo algo que aún no estaba listo para salir y alzó una mano silenciando las excusas que no quería oír. Aunque lo que de verdad acalló a Kimbra fue el trueno que abrió el cielo en dos.

—Sabes lo que significa esto.

Avanzó hacia ella un paso, lento, sin confiar en que bastara con acercarse para que todo volviera a su sitio.

—No tenía que acabar así —dijo.

Ella no retrocedió, pero sus hombros se tensaron al terminar de ajustarse en su postura, sintiendo que sus músculos temblaban por el esfuerzo y el frío.

—Sabes que no han llegado lejos. Aún puedes dejarlos marchar.

Negó con suavidad, casi con cansancio.

—No estoy hablando de ellos.

Otro paso.

—Lo que acabas de cometer es traición…

El aire entre ambos se cargó de algo invisible, de una electricidad que no venía de la tormenta. El río seguía rugiendo a un lado, constante, demasiado cercano para ignorarlo del todo.

—Ven conmigo —añadió él—. No compliques más esto.

Kimbra mantuvo las manos a los lados, abiertas. Por primera vez, empezó a pensar en las consecuencias.

—¿Qué significa volver?

—No lo sé, tengo que pensar.

—¿Pensar… el qué?

Rion dio un paso más.

El agua respondió a su tensión, su pulso marcó también el del río, y una lengua de agua impactó entre ellos deteniendo el avance del chico.

—Rion… no hagas esto.

—No voy a hacerte daño.

Posiblemente la intención de él fue que no sonara como una amenaza. Pero ella lo sintió como promesa vacía. Que era peor.

Y en el mismo instante, se movió.

El fuego apareció en un destello chisporroteante que recorrió su brazo cuando chasqueó las piedras de sus muñecas y estalló contra el suelo junto a ella.

El calor subió en un golpe seco raspándole la piel.

Reaccionó por instinto. El agua de su alrededor se alzó en una corriente que absorbió el calor antes de que la impactara. El vapor los rodeó, espesando el ambiente, siendo taladrado por las pesadas gotas de lluvia que dolían por la fuerza de la tormenta.

—No me obligues —dijo avanzando a través de la neblina con las llamas latiendo en sus manos—. No quiero pelear contigo.

Ella retrocedió, necesitaba espacio y distancia para pensar lo que necesitaba hacer en ese momento.

—Entonces no lo hagas.

Rion extendió la mano.

—No puedo dejar que te vayas.

El fuego reapareció, esta vez con más fuerza, extendiéndose por el suelo en una lengua de llamas que la obligó a retroceder hacia una garganta, cerrándole las pocas vías de escape que le quedaban.

Supo que no la atacaba directamente. La empujaba.

Cerraba su espacio.

Respondió imprudente, desviando las lenguas de calor, tirando de la lluvia para empeorar la visibilidad, afectándola a ella también sin querer.

—No quiero hacerte daño —repitió Rion.

—Yo tampoco.

El vapor a su alrededor casi se podía beber, envolviendo las rocas en una neblina caliente que dificultó más la visión, y con ello, medir las distancias.

El sonido del río se volvió más fuerte, como si estuviera creciendo con sus latidos, los truenos fueron más insistentes y las gotas de lluvia casi abrían la piel.

Rion intentó acercarse de nuevo, más rápido esta vez.

Ella le barrió los pies lo justo para frenarlo, obligándolo a apoyarse en una rodilla.

—Basta —dijo él molesto, levantándose—. No puedes huir de tus acciones.

—No huyo de mis acciones.

—Si lo haces. ¡Como siempre!

El fuego rugió con él. Ya no solo intentó controlar la situación, quería tenerla en las manos.

El calor se acumuló, obligando a Kimbra a retroceder otro paso hacia la zona más estrecha de la garganta, ya completamente atrapada en un pasillo de piedra.

El sudor por el esfuerzo y el calor de la piedra calentándose empapó algo que ya estaba saturado por la lluvia.

Rion la miró como a alguien que aún esperaba recuperar.

—No quiero tener que derribarte.