Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 23 #4
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CAP 23 #4

Miró hacia atrás un instante, calculando si conseguiría alcanzar el espacio abierto al fondo de la garganta antes de que Rion la calcinara. Las posibilidades no parecían estar de su lado.

La irá le inundó por dentro ante la falsa dulzura de su compañero.

—Entonces no lo hagas.

El equilibrio se rompió en un solo instante.

Rion avanzó de golpe, más rápido de lo que había hecho hasta ahora, con el fuego subiendo por su brazo en una llamarada firme, ya sin intención de contenerse.

No apuntó al suelo esta vez.

Kimbra reaccionó por puro reflejo. El agua se compactó, igual que uno de los escudos que ya no era capaz de crear consiguiendo detener el puñetazo en llamas, intercambiaron un par de golpes más, esquivando y deteniéndolo con los antebrazos y supo que en un combate cuerpo a cuerpo no ganaría.

El agua respondió de nuevo y cegó al chico un instante, este gruñó e intentó esquivar el golpe, pero ella aprovechó la distracción para patearle en el vientre y lo lanzó hacia atrás consiguiendo la distancia que necesitaba.

La furia del chico estalló en una llamarada directa hacia ella. Pero Kimbra compactó el agua del torrencial en un núcleo pulsante que chocó contra el fuego en un duelo de titanes.

Un duelo al que se unió la tormenta.

Todo estalló a su alrededor.

El rayó que partió la realidad cayó sobre ellos impactando directamente en el puslo de agua y fuego, creando una explosión que lo cegó todo.

Una niebla pesada se extendió cargada de electricidad y un calor sofocante, cegando la ladera y abrazandolos en un dolor chispeante.

Intentó levantarse, sintió cómo la grava se deslizaba bajo su peso cuando escuchó a Rion al otro lado del muro de niebla. Apenas distinguía su silueta, pero el calor y la luz del fuego siguieron avanzando irregulares hacia ella.

—¡Kimbra, basta! —su voz sonó más cerca de lo esperado.

Una ráfaga de fuego atravesó la niebla, obligándola a rodar para evitarla. El movimiento la hizo perder apoyo cuando intentó levantarse.

Resbaló. Sintió el vacío antes incluso de mirarlo.

La explosión la había lanzado tan lejos que se encontraba ahora al límite de una gran caída. El borde del terreno apareció a su lado, más abrupto de lo que había calculado. El barranco caía en vertical hacia un cañón más profundo donde el río se precipitaba entre rocas oscuras.

Intentó alejarse, pero Rion aprovechó el instante. Avanzó con decisión, el fuego se extendió agresivo, concentrado en ráfagas cortas que la obligaron a mantenerse al filo del abismo.

Le cortó cualquier ruta de huída.

—No me obligues a hacerlo por las malas —dijo, respirando con dolor —. No quiero hacerte daño.

Ella respondió con otro ataque, esta vez más violenta, levantando el agua en un giro amplio que chocó contra el suelo frente a Rion. El impacto levantó barro y piedras en todas direcciones.

La ladera crujió.

Una pequeña porción de terreno se desprendió, cayendo al vacío con un sonido seco que tardó en apagarse más que el trueno que lo iluminó fugazmente todo.

Ambos  supieron que ya no estaban en terreno seguro.

Rion no retrocedió.

—¡Mírate! —gritó, por primera vez con rabia en la voz—. Esto es lo que pasa cuando no piensas en lo que haces.

Apenas tuvo tiempo de responder. Él dio un paso largo entre el vapor y el fuego y la agarró del antebrazo impidiendo que hiciera algún movimiento.

—Se acabó.

El terror de lo que se le venía encima hizo que recurriera desesperada a lo prohibido, por lo que buscó la corriente de su sangre. El cosquilleo le devolvió el todo, había tanto agua a su alrededor que su concentración no fue capaz de encontrar lo que buscaba.

Una gota de agua dulce en un mar embravecido.

Y Rion fue más rápido.

Sus dedos encontraron el colgante, lo arrancaron de un tirón seco, y la cadena cedió con un chasquido metálico.

Durante una fracción de segundo, sintió que algo se vaciaba dentro de ella, el vínculo con el agua desapareció, como cuando te arrancan el aliento de un golpe en el pecho.

El cielo respondió en el grito desesperado que ella no fue capaz de emitir.

Rion saltó hacia atrás, con el collar colgando ahora de su mano, buscando la distancia que necesitaba, o la que creía necesitar ella.

—Lo siento —dijo, con una mezcla extraña de determinación y pesar.

El viento del barranco golpeó a Kimbra obligándola a dar un paso hacia delante.

Su respiración luchó por mantenerse a pesar del agotamiento.

Sentía el vacío a su espalda, una presencia física, fría e imposible de ignorar. Y frente a ella, Rion sostenía el collar en alto, un premio que repudiaba… Pero que ya no le obligaba a tener el fuego encendido.

Por primera vez desde que empezó la pelea, no parecía un soldado. Solo… solo un hombre cansado.

Dio un paso más hacia atrás, dándole tregua.

—Ya está —dijo, con la voz más baja de lo que había hablado hasta ahora—. No hace falta seguir.

Ella no respondió.

Rion la observó un instante, buscando las palabras correctas entre los restos de la pelea.

—Escúchame —añadió—. Todavía hay salida para esto.

Se guardó el colgante en el bolsillo, haciendo lo mismo con la situación.

—No tienen por qué ejecutarte.

Kimbra parpadeó, pero no habló. Se relamió los labios agrietados bebiendo de la lluvia que no daba tregua.

—Puedo negociar —continuó—. Diré que perdiste el control, que intentaste cumplir la orden, que te superó la situación… Lo entenderán.

Hizo una pausa breve, sopesando su reacción. Pero ella ya no era capaz de reaccionar, bloqueada por el torrente en su cabeza.

—Serán años duros, sí. No voy a mentirte. Veinte… quizá cincuenta. Pero eso no es una condena a muerte.

El viento sopló con fuerza entre ellos, una corriente que los distanció e hizo que ella se balanceara agotada.

Dio un paso hacia ella, lento y apaciguador, como si se acercara a un animal herido.

—Después saldrás. Libertad supervisada, nada más. No te pedirán que vuelvas al ejército ni a misiones ni nada. Podremos irnos a las tierras de mis padres. Allí nadie te mirará como aquí. Nadie te pedirá nada.

Su voz bajó aún más.

—Una vida tranquila, Kimbra. Sin guerras. Sin órdenes. Sin tener que demostrar nada a nadie.

Sus ojos no tenían no tenían rabia ya. Solo el reflejo de un sueño que tenía la certeza de que iba a ocurrir.

—Puedo conseguirlo —dijo—. Te lo juro.

La miró como si acabara de tenderle una cuerda desde el borde del abismo.

—Solo tienes que dejar de pelear —añadió con suavidad—. Ven conmigo.

Ella se mantuvo en silencio. Quiso apartar la mirada, buscar a Lyren y salir huyendo de allí.

Pero no pudo. Durante un instante, no vio al soldado.

No vio al protector de la Embajadora. Vio al muchacho que había luchado a su lado, al que la habría protegido de cualquier cosa, al que creía sinceramente que le estaba ofreciendo una vida mejor.

Y eso fue lo que la rompió por dentro.

Él no mentía, de verdad pensaba que aquello era salvarla.

Tragó saliva antes de hablar. Su voz, cuando al fin salió, no tuvo ni un ápice de reproche.

—Crees que eso es libertad.

Rion frunció el ceño confundido.

—Es una vida —respondió—. Es mucho más de lo que otros reciben.

Ella negó con suavidad, la humedad en sus ojos ya no era solo por la lluvia.

—Sí, en la cárcel. Una vida prestada. Una vida que depende de que el Imperio decida seguir dejándome vivir.

El frío se coló entre ellos, calando la ropa mojada y los sentimientos a flor de piel de ambos.

—No me estás ofreciendo vivir —continuó—. Me estás ofreciendo seguir siendo tuya… en una celda con futuro.

Rion tensó la mandíbula.

—No es así.

—Sí lo es.

La lluvia empezó a relajar su ataque, un trueno sonó lejano, tímido y suave en la distancia.

—Me quieres viva —dijo al fin—, pero no libre.

La frase quedó suspendida entre los dos dando la sensación que el aire y el tiempo se hubiesen detenido.

Rion apartó la vista un segundo, buscando una solución a su alrededor. Cuando habló, su voz ya no tenía la seguridad de antes.

—No puedo salvarte si te enfrentas al Imperio, Kimbra.

Respiró hondo, y lo que dijo después salió más honesto de lo que quizá pretendía.

—No sé salvarte sin él.

Ahí se quebró algo invisible entre ellos.

Sintió que la última duda que le quedaba se deshacía dentro de ella. Rion no era cruel. No la estaba traicionando. Y posiblemente tampoco tenía falta de amor.

Era que él nunca iba a elegir otra cosa.

Nunca.

Su expresión se suavizó, casi con tristeza, cuando habló.

—Entonces no puedes salvarme.

Dio un paso hacia ella, alarmado.

—Kimbra…

Ella negó, y alzó una mano deteniéndolo sin tocarlo.

—Tengo que salvarme yo.

El viento levantó los últimos retazos de niebla que había a su alrededor.

Los ojos de Rion brillaron aún creyendo que podía alcanzarla con palabras.

—No hagas esto.

Lo miró por última vez.

Había afecto en su expresión. Dolor que no consiguió disimular. Y una serenidad que no había sentido en mucho tiempo.

—Para un amor como el tuyo —dijo suavemente—, prefiero estar muerta.

Y no esperó respuesta.

Se dejó caer hacia atrás, cerrando los ojos aceptando su destino.

El vacío la recibió sin resistencia y desapareció por el borde del barranco.

Rion se abalanzó sin llegar a tiempo. Vio su rostro al borde del barranco mientras caía. Durante un instante no hubo nada más. Después, un destello blanco cruzó el borde de la roca.

No la seguía, pues siempre había estado con ella.