Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 23 #2
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CAP 23 #2

El fuego crujió entre ambos. Durante un rato solo se oyó eso y el viento bailando sobre las dunas.

—Con lo que viste en la Arena… —añadió— pensé que lo entenderías.

Levantó la mirada hacia él, extrañada.

—¿El qué?

—Que hay cosas más grandes que uno mismo.

La frase quedó flotando entre ellos. Sostuvo su mirada unos segundos, pero la apartó hacia la oscuridad sabiendo que era una pérdida de tiempo intentar debatir con él.

—No sé si eso  lo justifica todo.

Rion no sonrió, pero algo en su expresión se suavizó, interpretando esa respuesta como un paso en la dirección correcta.

—Entonces aún no lo has entendido.

En sus palabras no hubo reproche, pero sintió que había cierta pena en ellas… Bajó la mirada de nuevo hacia el fuego evitando mirarlo.

—Puede.

Ninguno habló durante un rato.

Rion solo parecía tener en cuenta aquello que respaldaba su postura. Todo lo demás lo esquivaba o lo ignoraba deliberadamente, haciendo imposible encontrar un punto desde el que rebatirle.

—Aun así —añadió Rion, más bajo—, creo que acabarás haciéndolo.

Kimbra no respondió.

A media mañana del tercer día el paisaje empezó a cambiar, y con ello el cielo.

La arena dio paso a suelo más firme, cortado por grietas y lomas de piedra rojiza, y el aire adquirió un matiz húmedo, que el viento traía desde el oeste. Una potente tormenta iba hacia ellos.

Rion señaló una elevación lejana.

—Si mantienen este ritmo, estarán cerca de la costa pasado mañana al anochecer.

—Aún no sabemos si han venido hacia aquí.

No estaba segura pero el tiempo se les echaba encima.

Al poco el sonido del agua llegó hasta ellos.

Un río serpenteaba entre los barrancos, ocultándose por momentos bajo salientes de roca y reapareciendo más adelante en pequeñas pozas oscuras.

La vegetación seguía siendo escasa, pero allí donde el agua rozaba la tierra crecían matas frondosas y algunos arbustos retorcidos.

Rion levantó una mano, deteniendo el avance.

—Ahí.

Siguió la dirección que indicaba. Desde la elevación en la que estaban, el terreno descendía hacia una hondonada protegida por paredes de roca natural, un descanso elevado entre los barrancos.

Buen sitio para esconderse… o para descansar sin ser detectados. y entre las rocas, casi confundido con el color del suelo, se distinguía un campamento.

Los habían encontrado.

No había estandartes, ni empalizadas. No había torres improvisadas ni puestos de guardia visibles. Solo unas pocas tiendas bajas, algunas telas extendidas y un humo fino que se elevaba desde una hoguera casi apagada.

Kimbra frunció el ceño.

—Parece… frágil. ¿Seguro que son ellos?

Rion no respondió enseguida. Observó con atención, recorriendo el perímetro con la mirada, trazando rutas de ataque invisibles. Buscando aquello que le confirmara sus sospechas.

—Sí, son ellos—dijo al fin.

El silencio del lugar resultaba extraño, incluso desde la distancia. Puede que fuese el fuerte viento de la tormenta que se cernía sobre ellos, pero la inquietud no dejó que la chica dejara de buscar apoyo en Lyren que se mantenía oculto en la distancia.

—No estoy del todo seguro.

No se oían gritos, ni el choque metálico de armas, ni el bullicio típico de un grupo armado y peligroso. Solo el sonido del agua bajando por la hondonada y el viento embistiendo las paredes del barranco.

Kimbra se inclinó un poco hacia delante, apoyando una mano en la roca.

—¿Ves guardias?

Rion negó.

—No.

—¿Algún centinela?

—Tampoco.

El humo que salía del campamento tenía la densidad de una cocina, que parecía que intentaba no ahogarse por el temporal.

—Rion… no…

Dejó que su mirada se moviera despacio por la escena.

No vio caballos preparados para una salida rápida, o armas apiladas, tampoco vio señales de vigilancia… no descubrió nada que los delatara como delincuentes que no querían ser descubiertos.

Solo figuras moviéndose despacio.

—Si intentan alcanzar Reddos… —murmuró— deberían estar preparados para moverse rápido.

—Lo estarán —respondió Rion—. Puede que oculten efectivos.

Pero incluso él sonó menos seguro de lo habitual.

Un momento después, una figura pequeña cruzó el claro del campamento. Demasiado pequeña.

Kimbra entrecerró los ojos.

—¿Lo has visto?

Él asintió, sin apartar la mirada.

—Sí.

Hubo un silencio más largo esta vez.

El viento cambió de dirección y trajo hasta ellos un sonido débil, casi irreconocible desde esa distancia. Parecía… una voz dulce, una risa.

Sintió un nudo leve en el estómago.

—No pueden ser ellos.

Rion no respondió. Siguió observando el campamento, inmóvil, esperando que algo más revelara su verdadera naturaleza. Se frotó la mejilla por un goterón.

Lyren, tras ellos escondido entre la maleza, observó en silencio.

—No creo que sean los rebeldes que buscáis.

—Yo tampoco…

—¿Por qué se empeña?

Su postura, su ánimo… su todo. Kimbra sabía por qué lo hacía.

—Lo hace por mí.

El gato no lo entendió, e instó mentalmente a la chica a que continuara.

—¿No lo entiendes? Es mi última opción para arreglar lo que he hecho, si los eliminamos habré demostrado que soy digna de todo esto…

—Kimbra… ¿Vas a matar a una aldea entera por redimirte?

Ella quiso contestar que no, rápido y sin dudas… pero dudó.

—Vamos a acercarnos —dijo finalmente su compañero.

Kimbra miró al gato antes de seguir a Rion ladera abajo. El sonido del agua y la tormenta cubrió el roce de sus pasos.

Cuando alcanzaron una cornisa a media altura, el campamento quedó lo bastante cerca como para distinguir los pocos rostros que pudieron ver.

Una anciana intentaba avivar una hoguera con ramas demasiado húmedas. Un muchacho thorg cargaba un cubo de agua casi más grande que él. Dos niños se disputaban un trozo de tela mientras otro, más pequeño, permanecía sentado en el suelo con la cabeza a medio vendar.

No dijo nada pues el aire se espesó en sus pulmones al ver las condiciones en las que estaban.

—No… —murmuró, casi sin voz.

Rion no respondió. Observó el campamento con la misma atención de antes, pero algo en su postura se volvió más rígido.

—Esto no es un grupo armado.

—Es un grupo rebelde.

La respuesta fue inmediata. No elevó la voz, ni hubo rastro alguno de dudas en sus palabras.

—Rion… —empezó ella.

—El informe no mentía —continuó él—. Se dirigen a la costa.

Ella negó con la cabeza, incapaz de apartar la vista del campamento. Las dudas que había tenido ya se habían disipado.

—No puede ser nuestro grupo rebelde —replicó señalando hacia abajo—. Apenas pueden moverse.

Rion entrecerró los ojos, evaluando el terreno.

—Si no fueran rebeldes no estarían escondiéndose. Alguien vendrá a por ellos.

Kimbra frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para reagruparse.

Ella negó frustrada por la cabezonería del chico.

Sus manos buscaron cubrir sus ojos por la llovizna.

—No ves lo que hay ahí abajo.

—Lo estoy viendo.

La paciencia del chico empezó a escasear en sus palabras, y la de ella también. Inspiró hondo, obligándose a mantener la calma y no empujarlo para que se cayese al río.

—Entonces míralos —insistió ella—. No son soldados.

Rion no apartó la vista del campamento.

—No necesitan serlo.

Un trueno rompió el cielo. Kimbra brincó en su sitio, sintió el impulso de acercarse a Rion, pero consiguió reprimirlo, a duras penas.

—No son una amenaza, no son lo que buscábamos. Vámonos.

Giró la cabeza hacia ella por fin.

—Eso no lo decides tú.

La frase salió con más dureza de lo que pretendía.

—Podemos esperar.

—No.

—Si vienen refuerzos, veremos si son rebeldes.

—Son rebeldes Kimbra. Si no intervenimos llegarán a Reddos.

—En ese estado no llegarán a ningún lado —escupió ella.

—No lo sabes.

Apretó la mandíbula y los puños reprimiendo el impulso de golpearlo.

—Lo estoy viendo.

Rion negó una vez.

—Estás viendo lo que quieres ver.

Rebufó, ofendida.

—¿Y tú qué estás viendo?

—Un problema que hay que resolver antes de que crezca.

El aire entre ambos se volvió denso, quiso cogerle del brazo, forzarle a retroceder. Pero sabía que Rion no lo permitiría, iban a discutir y posiblemente intercambiar algún golpe. Por lo que tomó aire y bajó la voz.

—Esto no resuelve nada.

—Evitará que empeore.

—Matarlos no evitará nada.

Rion dio medio paso hacia ella, su mirada estaba cargada por todos sus pensamientos, sus sentimientos. Los cuales no se atrevía a expresar en alto.

—Evitaremos que escapen, que puedan volver.

Kimbra no retrocedió. Buscó en sus ojos una respuesta, una señal que le permitiera abrir aquella conversación. Pero no encontró ninguna. Solo vio hasta dónde estaba dispuesto a llegar para conseguir el perdón para ella.

—Hay niños.

—Son parte de quienes ya han matado a los nuestros.

—Eso no los convierte en culpables.

—Los convierte en cómplices.

—No.

Rion frunció el ceño y la miró de arriba abajo.

—¿No? ¿No qué?

—No vamos a hacerlo.

Al principio el chico no encajó la frase, no estaba acostumbrado a ello, después, al ver la firmeza de la chica se cruzó de brazos. La encaró con una mirada significativa, quería una rectificación… Rectificación que no llegó.

—No es tu decisión Kimbra.

Esta no apartó la mirada de él, firme en su decisión.

—Aquí sí lo es.

El viento cambió de nuevo, fue tan brusco que ambos tuvieron que ajustar su postura para no perder el equilibrio.

Abajo, el campamento seguía moviéndose ajeno a todo.

Rion exhaló despacio.

—No tenemos autoridad para decidir quién merece salvarse.

—Siempre la tenemos.

Rion dio otro paso hacia ella.

—Eso no es lo que te hemos enseñado.

Kimbra sostuvo su mirada sin dudar.

—He aprendido solita.

—Ya veo…

Él bajó su tono frustrado. Su voz seguía siendo controlada, pero ahora había una tensión evidente bajo ella ya cansado por la actitud de la chica.

—Si los dejamos ir, alimentaremos la rebelión. Si los capturamos, si retrasamos la marcha, comprometemos la misión. Si los soltamos, regresarán con otros y será peor.

Se inclinó hacia ella.

—Solo hay una opción que garantice que no vuelvan a ser una amenaza.

No hizo falta decirla.

Pero ella no cedió. Su rostro se mantuvo firme y encaró al chico sin titubeos interponiéndose en su camino.

—No —repitió, más firme.

Rion la observó, ya sin paciencia.

—Kimbra…