CAP 23
El patio de la mansión olía a flores secas y polvo.
No había celebraciones. Solo el arrastre de cajas, el golpe seco de los herrajes y las voces bajas de los soldados demasiado ocupados para mirarse entre sí.
Herthanis quedaría atrás sin ceremonias.
Algunos hombres cargaban los carros con movimientos mecánicos, otros revisaban correas, ajustaban armaduras o contaban provisiones con una precisión excesiva, buscaban algo en lo que concentrarse que no fuera la incomodidad que flotaba sobre todos.
No había sido una derrota como tal. Pero tampoco una victoria que mereciera recordarse.
Kimbra observaba desde el borde del patio, apoyada contra el muro de piedra. No buscaba nada en concreto. Solo miraba.
Un grupo de soldados pasó frente a ella cargando cofres. Uno de ellos la miró un instante, pareció querer decir algo, pero apartó la vista enseguida y siguió caminando. Nadie se detenía a hablar. Nadie tenía ganas de fingir que aquello había salido como esperaban.
Era otra vez como en el campo de entrenamiento del recinto Imperial.
Bajó la mirada hacia sus manos. Durante un instante tuvo la absurda sensación de que pertenecían a otra persona. Todo lo ocurrido en el último mes parecía haberle pasado a alguien distinto y ella solo hubiese quedado allí al final, ocupando el espacio vacío que esa otra persona había dejado.
Cerca de la puerta, un oficial empezó a dictar la lista de salida. Nombres, unidades, destinos… La voz sonó plana, profesional, como si enumerara solo mercancía y no personas con sus obligaciones.
Inspiró despacio. No sentía alivio por partir.
Pero tampoco orgullo por seguir viva.
—Kimbra.
La voz la sacó de sus pensamientos. Se irguió antes de girarse.
—General.
El hombre descendía los escalones de la galería superior con paso firme, los guantes en una mano y el ceño en esa posición neutra que en él nunca significaba indiferencia. Sus ojos recorrieron el patio; los carros, los baúles, los soldados… y por último a ella.
Se detuvo a un par de pasos.
—Partiremos al anochecer —dijo—. El Gran Consejero quiere a todas las unidades listas antes de que caiga el sol.
Asintió una vez.
—Sí, señor.
Arlan la observó unos instantes más, evaluando algo que no estaba en su uniforme ni en su postura. No era la primera vez que la miraban así. Como si esperaran encontrar a otra persona en el mismo sitio.
—Has manejado bien la situación estos días —añadió al fin.
Mantuvo el escrutinio de su mirada sin responder.
El hombre inclinó la cabeza, satisfecho de algún modo con su silencio.
—Parece que por fin has comprendido tu lugar.
Sintió cómo algo se apretaba igual que su mandíbula, pero se limitó a asentir otra vez, más despacio esta vez, sin apartar la mirada.
—Cumplo con mi deber.
—Eso es lo que importa ahora.
El general se volvió sin añadir nada más y continuó hacia los carros, llamando a un suboficial. Su figura se perdió entre el movimiento del patio con la misma naturalidad con la que había aparecido.
No sabía qué le molestaba más: que creyera que había aprendido… o que parte de ella temiera que tuviera razón.
Un leve roce a su derecha le hizo girar la cabeza.
Sobre uno de los muretes bajos un gato blanco observaba el patio con una calma impropia del bullicio que lo rodeaba. El pelaje limpio contrastaba con el polvo del lugar.
—Por fin apareces… —murmuró.
La respuesta llegó suave y clara acariciando su conciencia ignorando su reproche.
—Siempre estoy en el sitio adecuado.
Ella no cambió de postura, pero notó cómo la tensión en sus hombros se aflojaba un poco. Tras la intervención del Gran Consejero en su juicio Lyren había desaparecido, intentó llamarlo, pues no le dejaron salir de su habitación de la mansión de invitados, pero este no apareció en ningún momento.
—Gracias… Me salvaste la vida.
El gato parpadeó con lentitud.
—Habría sido incómodo verte morir así.
Contuvo una sonrisa y desvió la vista hacia el patio. El murmullo del campamento llenaba el silencio que dejó la voz de Lyren en su cabeza.
—Me debes muchas explicaciones —dijo al fin.
—Tiempo al tiempo.
Kimbra apretó la mandíbula, pero evitó coger al animal y zarandearlo hasta conseguir las respuestas que quería.
—Creen que ya he aprendido cuál es mi lugar.
El gato ladeó la cabeza.
—¿Y lo has hecho?
No respondió enseguida. Buscó una respuesta clara… pero no la encontró.
—No lo sé.
Lyren se levantó despacio sobre el murete, estirándose con esa elegancia perezosa que no encajaba con el peso de sus palabras.
—Eso suele ser buena señal.
Lo miró de nuevo extrañada, pero el animal no contestó ante las dudas de sus pensamientos.
—Volvemos al barco… a comer esa basura que tanto te gusta.
El gato sostuvo su mirada y contrajo el gesto con una mueca de desagrado.
—No arruines el momento. No se...
El gañido del halcón llegó antes de que nadie lo viera.
Varias cabezas se alzaron al mismo tiempo. El ave descendió en picado sobre la galería superior de la mansión y se posó en la barandilla con un golpe de garras metálicas.
Un mensajero corrió a recibirlo.
El murmullo del patio cambió. Las cargas se ralentizaron. Las conversaciones se apagaron, lo justo, para escuchar mejor sin parecer que lo hacían.
Las noticias que llegaban por halcón rara vez significaban un descanso.
No pasó ni un minuto antes de que Drenor fuera a buscarla.
—Kimbra, vamos.
Varias figuras se enderezaron, intercambiando miradas breves antes de mirarla con atención. Le siguió sin apresurarse dejando a Lyren atrás, sintiendo ya en el estómago esa presión conocida que precedía a cualquier decisión importante.
La sala en la que entraron olía a pergamino húmedo y cera caliente recién prensada. Mapas extendidos cubrían la mesa central, sujetos con pesas de hierro.
Cuando Kimbra entró, el Gran Consejero ya estaba allí.
Aún no se acostumbraba a verlo así, con ese aspecto: alto, fornido... con un atractivo atrapando la mirada de cualquiera, siendo la delicia de cualquier jovencita.
—Tenemos movimiento—dijo, apoyando dos dedos sobre el mapa sin mirar a nadie en concreto—. Un grupo rebelde, se les perdió la pista hace dos días.
Su dedo trazó una línea hacia la costa.
—Tenemos sospechas de que pueden dirigirse a Von-Rath o a Reddos.
Un murmullo recorrió la estancia. Reddos no era solo una ciudad portuaria: era la última puerta antes del continente salvaje y Von-Rath era el enlace perfecto para Khotai. Dos puntos opuestos en el mapa, perfectos para perderse entre bosques y montañas.
El Consejero alzó la vista por fin, y el silencio regresó de inmediato.
—Creemos que intentarán embarcar en una de las dos ciudades.
Con un manotazo quitó los pesos del mapa y lo giró, orientándolo hacia los presentes.
—Es un grupo reducido. Sabemos que no se mueven muy rápido…
Hizo una breve pausa, observó al general para comprobar que entendía la gravedad de la situación.
—Eso nos da margen. Si actuamos bien.
Kimbra sintió el peso de la sala concentrándose sobre la mesa.
—Rion y Kimbra, partireis para Reddos; General, Sierra y Drenor, partireis para Von-Rath.
Todos asintieron.
—Partiréis en una hora.
El Consejero apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Quien los encuentre, interceptad al grupo antes de que alcance la costa. Evaluaréis la situación y actuaréis en consecuencia.
Entendió el mensaje oculto con la misma claridad que si lo hubiera pronunciado en voz alta.
—No podemos permitir que los rebeldes alcancen el mar —añadió el Consejero—. Sabéis lo que eso implicaría.
Rion asintió con firmeza.
—Sí, señor.
Kimbra inclinó la cabeza sin hablar, aún así el Consejero le miró directamente.
—Confío en que esta vez no habrá errores.
Esta asintió con brusquedad.
La reunión se disolvió en órdenes breves. Kimbra dio un paso atrás, sintiendo que el aire de la sala se había vuelto más denso dificultando respirar al notar el peso real de la misión. Necesitaba que todo saliera bien, que fuese su redención.
El desierto los recibió con el mismo silencio con el que siempre despedía a quienes lo cruzaban.
Arlan se despidió con palabras breves y escuetas. A lo lejos les observaron Sierra y Drenor desde sus monturas, impacientes por emprender la misión.
Avanzaron durante horas sin hablar, bajo un sol inmóvil que parecía no querer avanzar con ellos. El viento levantaba arena fina que se colaba entre las telas y raspaba la piel expuesta.
Rion cabalgaba adelantado. No miraba atrás para comprobar si Kimbra lo seguía. Sabía que lo haría. Aún así agradeció ese silencio más de lo que habría admitido, la compañía de Lyren y el poder acariciar su suave pelaje hizo el silencio mucho más llevadero.
Al caer la tarde levantaron un campamento escueto junto a una formación rocosa. Rion encendió el fuego con eficiencia. Kimbra revisó las monturas sin que nadie se lo pidiera.
No fue hasta que el sol se hundió en el horizonte cuando él habló.
—¿La Arena cambia a la gente?
Ella no alzó la vista de la cincha que estaba ajustando.
—A algunos.
Rion observó las llamas unos segundos antes de continuar.
—A los que sobreviven… debería enseñarles algo.
Torció el gesto concentrado en el sinuoso movimiento del fuego y lanzó a las llamas distraídame algunos guijarros sueltos.
—¿El qué?
—Disciplina. Perspectiva. Lo que pasa cuando el orden desaparece.
—Todos sabemos que pasa cuando no hay orden, Rion.
Este negó con la cabeza.
—No. Hemos oído historias… No es lo mismo.
El fuego crepitó recibiendo otra piedra en sus entrañas..
—He visto territorios sin control. Ciudades que se devoran a sí mismas. Gente que habría aceptado cualquier ley… con tal de que alguien la impusiera.
Las llamas chisporrotearon ante los recuerdos de su compañero.
—El Imperio no es perfecto —continuó—, pero es lo único que evita eso.
Kimbra se sentó en frente y apoyó los antebrazos sobre las rodillas, mirando el fuego sin intervenir.
—Orden. Rutas seguras. Gente que puede vivir sin mirar por encima del hombro cada noche.
Sintió que Rion solo se centraba en lo que quería.
—Y gente que no puede elegir.
Él la miró por primera vez.
—La capacidad de elegir no sirve de nada si no tienes nada que poder elegir.