Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 22 #3
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CAP 22 #3

Elyndra miró alarmada a su madre que se encontraba completamente erguida sobre su trono, sujetando con fuerza el asiento. Sujetaba su lengua sabiendo que estaba al borde del abismo de la insurrección que ella misma quería castigar.

—El Sur no es una región sencilla —continuó el Gran Consejero—. Nunca lo ha sido. Y, según los informes preliminares, el Sur… no está tan bajo control como debería.

Algunos nobles se removieron en sus asientos mientras un murmullo empezó a nacer entre los presentes.

El hombre inclinó la cabeza hacia la Reina.

—También consta que, en su momento, la Corona declinó la ayuda ofrecida por el Emperador para estabilizar la región.

No había reproche en su tono. Pero por eso sonó peor.

—Los documentos vuelan rápido a manos del Emperador… —susurró la Reina.

—Él no toma decisiones basándose sólo en documentos.

Dejó que la frase respirara antes de continuar.

—Prefiere escuchar a quienes han estado presentes. A quienes han visto. A quienes han sido parte de los hechos… quieran o no.

Su mirada se posó en ella.

—Por eso necesita a los testigos, enteros.

Kimbra no pudo apartar la vista del Consejero.

Había algo inquietante en esa sensación de claridad tardía. La escena no estaba cambiando delante de ella, sino que siempre había sido así y solo ahora fue capaz de verla. Y Recordó.

Recordó cómo los sirvientes se apartaban apenas un segundo antes de que él pasara.

El general modulaba el tono al dirigirse a él, como se inclinó en respeto...

Los guardias le permitían moverse por lugares donde otros comerciantes habrían sido detenidos sin discusión.

Puede que la mayoría no supieran quien era, pero su presencia al menos movía los hilos sin que nadie fuera consciente de ello...

Entonces le había parecido raro. Ahora parecía evidente.

El Imperio nunca había confiado del todo en aquella misión. Nunca había dejado a su delegación sin un ojo dentro del tablero. Había enviado a su fiel consejero, para intervenir si algo se torcía.

Debía estar cerca, pero no encima.

La comprensión no la tranquilizó. Si el Imperio había previsto un desenlace fallido desde el principio, entonces su destino nunca había dependido solo de la Reina… ni de sus propios actos.

Siempre había estado dentro de un plan más grande.

—De acuerdo, la embajadora queda bajo manos del Emperador… otra vez.

La Reina se levantó del trono. Su juicio había quedado interrumpido, y no había manera de retomarlo sin desafiar al Imperio.

Con un gesto apenas perceptible de la mano, ordenó que se retiraran. Los asistentes entendieron la señal al instante y comenzaron a levantarse, con pasos torpes, murmullos sofocados y miradas rápidas y calculadas.

El salón se fue vaciando poco a poco, dejando tras de sí un eco que resonó más por lo que no se decía que por cualquier sonido.

Los nobles desaparecieron raudos, los guardias regresaron a sus obligaciones, y los Vaelrath fueron conducidos de nuevo, con movimientos lentos y majestuosos, hacia los pasillos laterales.

Kimbra permaneció en el centro, observando cada movimiento. Sentía el peso de la mirada del Gran Consejero, firme y sin prisa, recordando que nada en aquella sala había sido casual.

Sus ojos se cruzaron con los de la Reina.

Hubo un instante breve, cargado de desafío y de desprecio mal disimulado, como si ambas comprendieran que nada de lo ocurrido desaparecería con su salida del reino.

A su lado, Elyndra la acompañó resignada. Miró a Kimbra con alivio antes de desaparecer.

Luego buscó al general.

Su expresión era difícil de leer, mezcla de alivio y cálculo político, y supo que el hombre ya estaba pensando en los siguientes pasos, en cómo reportar la derrota de la Reina sin comprometer su posición.

Finalmente, volvió a mirar al Gran Consejero.

Él no dijo nada, solo asintió, una señal de que todo estaba en marcha según la voluntad del Emperador.

El salón quedó silencioso por un instante más, antes de que los últimos pasos del personal se alejaran y el eco del poder se asentara en las paredes de mármol.

A su lado el hombre hizo una indicación y la delegación abandonó también el salón.

Cuando la sala quedó vacía y el eco de los últimos pasos se desvaneció, el Gran Consejero se acercó de nuevo a Kimbra. No había guardias entre ellos, ni espectadores, solo la solemnidad silenciosa del trono y la luz que entraba por los ventanales.

—Has actuado con decisión —dijo sin reproche—. Eres nueva en esto y hay mucho que aprender todavía.

Lo miró con recelo, esperando un castigo que nunca llegó. Su voz continuó, tranquila pero firme.

—Supongo que podría haber sido peor —añadió después, con un leve gesto hacia la sala vacía.

Quiso preguntar, pero no se atrevió y el Consejero no lo aclaró. El hombre sonrió con una sombra de ironía enderezando la espalda y sus ojos la atravesaron con una intensidad profunda. Le ofreció su mano para ayudarla a levantarse.

—No puede haber más errores.

Esta aceptó el gesto y se alejó lo justo para recuperar su espacio.

—Céntrate. Porque ahora formas parte de algo. Decide en qué lado estás… antes de que lo haga nadie por ti.

Kimbra tragó saliva, sintiendo su propia respiración volverse apretada y contenida. Entendió que el Imperio no había intervenido por compasión, la necesitaban viva… y capaz.

—El Emperador no recoge piezas inútiles. Así que procura no convertirte en una.

Y se apartó de ella.

El juego se había reafirmado en algo que había olvidado.

Si quería sobrevivir, tendría que jugar con todas las reglas del Imperio… o desaparecer.