CAP 22 #2
El silencio se volvió diferente, cargado ahora de desconcierto.
Giró la cabeza para ver que había llamado su atención. Entre los pliegues de los trajes, entre las piernas de los asistentes, una figura blanca avanzó, sin prisa, manteniéndose escondida del trono.
Nadie le prestó atención.
Lyren.
El gato avanzó unos pasos hacia el borde del espacio abierto, con la cola erguida y el porte tranquilo. No miraba a Kimbra.
Miraba a los Vaelrath.
Los felinos no retrocedieron de inmediato, primero dudaron. Uno bajó la cabeza apenas perceptible. El otro soltó un resoplido corto, distinto al anterior, menos agresivo… más incierto. Y casi al mismo tiempo, ambos dieron un paso atrás.
Un murmullo cruzó la sala como una ola.
Los guardias se miraron sin saber qué hacer. Algunos nobles se inclinaron hacia delante, intentando comprender qué estaban viendo.
Aquello no formaba parte del ritual. Pues nadie había sido perdonado por las bestias.
Kimbra no apartó la vista del gato blanco.
El corazón seguía golpeándole el pecho, pero ahora por un motivo distinto.
—¿Qué estás haciendo?
Pero este no contestó.
No era la primera vez que el gato aparecía donde no debía. No era la primera vez que parecía entender cosas que un simple gato no debería entender. Pero nunca… nunca lo había visto imponerse a una criatura como aquellas sin moverse siquiera.
¿Cuánto de verdad conocía a Lyren?
Sintió un escalofrío lento recorrerle la espalda.
El felino más cercano bajó la mirada un instante antes de retroceder otro paso y volver a la base de las escaleras del trono, aburrido ahora sin ninguna presa que cazar.
El retroceso de los animales no duró más que unos segundos. Pero fueron suficientes.
Seraneth se incorporó en el trono con un movimiento seco, el gesto le había sido arrancado del cuerpo. Sus dedos se tensaron mientras observó a los animales, luego a Kimbra, y de nuevo a los animales.
Algo no encajaba.
—¿Qué significa esto?
Los guardias dudaron, sin saber si volver a enganchar las cadenas o mantenerse inmóviles. El murmullo creció, nervioso, contenido a medias por la etiqueta de la sala.
La Reina descendió los escalones del trono.
—Estas criaturas no dudan —dijo, con una frialdad que ahora ya no era ceremonial ni calculada—. No se detienen. No fallan.
Sus ojos se clavaron en ella.
—A menos que algo o alguien interfiera.
El silencio volvió a cerrarse sobre la sala, más incómodo y opresivo que antes.
—Te advertí de lo que esta corte no tolera —continuó—. Y, sin embargo, decides añadir a tus faltas la manipulación del juicio.
Un noble en las primeras filas bajó la mirada. Otro se inclinó hacia su vecino, susurrando algo que se perdió en el eco del salón. El general Arlan detuvo a Rion en su asiento.
Kimbra intentó replicar pero la Reina la silenció con un bofetón.
—La telepatía animal es sumamente rara —agarró sin delicadeza la cara de la chica, levantándola ligeramente del suelo y la enfrentó buscando la verdad en sus ojos—. Pero no permitiré que conviertas esta corte en escenario de tus artificios.
La reina la soltó y esta volvió a caer al suelo haciéndose daño en las rodillas. Sintió cómo el peso de todas las miradas volvía a caer sobre ella, más duras ahora, más predispuestas a creer cualquier acusación que explicara lo que acababan de ver.
Por muy mentira que fuera.
—Si pensabas que podrías torcer la voluntad de mis mascotas… te equivocabas.
La Reina volvió al trono. Pero no se sentó, se mantuvo firme ante él queriendo que toda su presencia y voz llenara el espacio.
—Este juicio ha terminado, preparad la guillotina.
La contención por el protocolo estalló entonces. No era la reacción por el castigo en sí, todos conocían aquel instrumento, sino a la rapidez con que había sido invocado.
Kimbra buscó desesperada con la mirada a su equipo. Arlan esta vez no detuvo a Rion y también se levantó a protestar junto al resto. No llegaron hasta ella interceptados por unos guardias.
—Serás castigada, aquí y ahora.
La orden dejó claro que no habría traslado ni espera.
Los guardias se movieron de inmediato. Dos de ellos avanzaron hacia Kimbra, esta vez sin la cautela ceremonial anterior. Otro salió por la puerta lateral apresurado para transmitir la orden.
El sonido del movimiento metálico de armaduras y de pasos pesados sobre el granito rompió la atmósfera solemne que había dominado la sala hasta entonces.
La Reina volvió a fijar los ojos en Kimbra.
—Has tenido la oportunidad de enfrentarte al juicio de la naturaleza… y lo has corrompido.
Su expresión fría se había roto.
—Te enfrentarás ahora al juicio de la Corona.
Sintió cómo el espacio a su alrededor se estrechaba de nuevo, esta vez no por la presencia de los animales, sino por el avance decidido de los hombres y la guillotina.
La furia apretó en sus sienes y llamó al agua que había encontrado. Esta respondió, avanzó en una fina marea furiosa que entró con fuerza por el suelo, desequilibrando a algunos presentes.
Antes incluso de que llegara a ella, su concentración se rompió perdiendo el control del agua por el grito:
—¡Basta!
La voz tronó en la sala rompiendo la escena en un momento. No vino del trono. Ni de los guardias, ni de ningún noble con derecho a intervenir.
Por eso tardaron un instante de más en reaccionar, y localizarle.
El movimiento en torno a ella se detuvo por el desconcierto. Algunas cabezas se volvieron hacia la entrada del salón, buscando el origen del grito con irritación primero… y con algo más cercano a la inquietud después.
El mercader de sedas acababa de entrar.
La banda roja cubría sus ojos como siempre, sin ocultar del todo la gravedad de su gesto. Su postura no era la de un comerciante que teme interrumpir un acto solemne, pues el bastón en su mano estaba preparado para golpear a aquel que se atreviera a acercarse demasiado.
Un guardia frunció el ceño.
—Siéntese —ordenó con sequedad—. Esto no le concierne.
El mercader no se movió.
—Yo que usted mantendría la boca cerrada, soldado.
No alzó la voz esta vez. No lo necesitó.
—Solicito ser escuchado antes de que esta corte cometa un error… difícil de deshacer.
Algunos nobles intercambiaron miradas, incrédulos por la osadía de la intervención.
Si alguien hubiese mirado a la Reina en cuanto reconoció al hombre, habría visto que su profunda piel había perdido un matiz de color.
—Ya ha habido… —dijo—. Esta es una cuestión de la Corona.
El mercader inclinó la cabeza.
—No.
Todo el mundo contuvo la respiración. Para la mayoría de los presentes, aquel hombre no era más que un plebeyo con buenos contratos comerciales. Un plebeyo que contradecía abiertamente a la Reina.
Durante un instante las miradas volaron entre ambos.
Luego, con un movimiento lento y deliberado, el comerciante de sedas se llevó las manos al rostro y desató la banda de seda roja que cubría sus ojos.
La tela cayó al suelo y con ella, su aspecto.
Su cuerpo se estiró como si la piel hubiese sido siempre una forma prestada.
Los hombros se ensancharon, la espalda se enderezó, el cuello ganó altura y grosor.
La figura blanda del comerciante se deshizo sin ruido, sustituida por una presencia erguida, firme, hecha para ocupar espacio incluso antes de pronunciar una palabra.
El hombre regordete que Kimbra había conocido en la Arena, y recordaba, había desaparecido.
En su lugar se alzaba el nuevo Gran Consejero.
No la figura dócil y conciliadora que ella había visto en los pasillos del palacio, sino una versión más severa, más imponente, y letal. Un representante del Imperio, que sin concesiones, había decidido presentarse ante la corte sin diplomacia ni cortesía.
Nadie se movió.
Un cambiaformas no era algo habitual de presenciar, ni en el Imperio ni en ninguna otra tierra. Pero quienes le reconocieron no se paralizaron por la transformación. Lo hicieron por comprender ante quién estaban.
Y porque, en ese instante, el juicio dejó de ser un espectáculo de la Corona.
Se había convertido en un asunto del Imperio.
El Gran Consejero avanzó con calma, casi con parsimonia, disfrutando del desconcierto y el asombró que ahogó a todos. Su bastón fue golpeando el suelo con un ritmo suave y constante, marcando un ritmo que ya dejaba claro que el objeto no era de uso por necesidad, sino por ostentación.
No alzó la voz cuando habló, pero cada palabra llegó hasta el último rincón del salón.
—La embajadora no será ejecutada hoy.
Nadie se atrevió a interrumpirle, pues la mayoría no se había repuesto de la sorpresa. Solo el general Arlan parecía más pendiente y preocupado por la Reina...
Él si conocía su identidad desde el principio.
—El Emperador viajará al Sur.
Un murmullo contenido recorrió la sala. Un viaje imperial no se organizaba sin motivo, y mucho menos hacia el Sur.
—Y exigirá escuchar personalmente a quienes han estado aquí —continuó, implacable— . Por ese motivo, nuestra delegación regresará en breve.
Sus ojos recorrieron la sala sin prisa, deteniéndose apenas un instante en la Reina antes de seguir adelante. El bastón se situó a pocos centímetros de Kimbra.
—Con ella.
El silencio en la sala se volvió más denso y pesado.
—Necesitará su cabeza unida a su cuerpo para poder dar su testimonio intacto.
Sus ojos recorrieron la sala fugazmente, pues su atención e interés estaba en la monarca, que por alguna razón se mantenía callada.
—Nadie decidirá por el Emperador si merece conservarla.
El hombre le dedicó una cálida sonrisa a la chica antes de volver a mirar a la Reina de manera implacable.
El peso de aquellas palabras cayó sobre la corte como una losa. Kimbra era reclamada por el propio Emperador, haciendo que la Reina perdiese cualquier poder sobre ella. Ya no se trataba de una prisionera incómoda ni de un espectáculo fallido.
El Consejero no se movió de su sitio. No parecía tener prisa por terminar.
—Y no es la única cuestión que preocupa al Emperador.