CAP 22
Los escoltas la acompañaron sin tocarla, pero no le dieron espacio para desviarse. Caminaron a su alrededor como muros móviles, marcando el ritmo de cada paso, mientras atravesaban la nave central de la sala del trono.
El murmullo era bajo, nadie quería asumir la responsabilidad de romper el silencio expectante del juicio antes de tiempo.
Kimbra alzó la vista solo lo justo para orientarse. Se arrepintió, al ver que la sala estaba llena.
Las primeras filas pertenecían a la nobleza local, rígidos en sus asientos con rostros vivos, algunos de curiosidad, otros abiertamente hostiles. Más atrás distinguió los rostros conocidos de la delegación imperial; ninguno se movió.
Aquello no era un simple encuentro diplomático.
El trono dominaba el fondo de la sala, elevado lo suficiente para obligar a cualquiera a hablar hacia arriba.
La Reina estaba ya sentada, perfecta, como si hubiese estado allí desde antes de que la convocaran, aguardando a que la pieza principal del acto ocupase su lugar.
Tras ella palidecían dos asientos comedidos, solo uno de ellos estaba ocupado.
Cuando fue detenida en el centro del salón, el eco del último paso pareció prolongarse más de lo normal. Recibió un golpe tras las piernas obligándola a arrodillarse, quiso enfrentarse al guardia que lo hizo, pero sabía que era mejor no hacerlo,
La Reina comenzó a hablar sin mirarla.
—Kimbra, Embajadora extraordinaria de la Arena… Se te acusa de haber interferido en asuntos reservados a esta corte, excediendo la autoridad que te fue concedida como visitante… y de haberlo hecho a sabiendas de que contravenías decisiones expresas de la Corona.
Su mirada recorrió a los nobles solo para recargar su autoridad ante la mirada de devoción de estos.
—Se te acusa, además, de haber alterado el orden de este reino mediante tus actos, tus alianzas… y tu influencia sobre voluntades que no te pertenecían.
Elyndra buscó la comodidad, que no había encontrado hasta entonces, en su asiento sin conseguirlo. Su mirada estuvo fija en su madre en todo momento.
—Se te acusa de haber retenido información relevante para nuestra estabilidad, robando el derecho de decidir qué debía saber esta corte… y qué no.
Kimbra frunció el ceño sin levantar la vista.
—Y, por encima de todo… —la pausa fue mínima— se te acusa de haber actuado, no como emisaria, sino agente de tus propios intereses.
La Reina dejó que los presentes murmurasen entre ellos un largo instante.
—En esta corte, tales conductas no se consideran simples errores. Son graves amenazas al orden y la paz.
Guardó silencio, esperando que sus palabras calaran en los presentes. Solo entonces, por primera vez desde que había entrado en la sala, dirigió la vista hacia ella. Y esta no pudo más que sostenerle la mirada, atrapada igual que una presa ante la atención de su depredador.
Paralizada.
El cambio fue casi físico, hasta los metales de la sala se estremecieron ante el rechazo de la Reina.
Hasta ese momento, Kimbra había sido un nombre pronunciado en voz alta, un problema descrito ante otros. Ahora era un cuerpo en el centro del salón, expuesto a la voluntad y castigo de quien ocupaba el trono.
Seraneth la observó durante unos instantes sin hablar. No hubo rabia en su rostro; pero lo que lo definía era algo más frío, más calculado.
—Dime, embajadora… —dijo al fin, con una suavidad que obligó a los presentes a afinar el oído—. ¿Creías que esta corte no vería lo que estabas haciendo?
No esperó respuesta.
—Has actuado igual que alguien que piensa que puede moverse entre coronas sin inclinar la cabeza ante ninguna. Aprovechándose incluso de la buena voluntad de mi hijo.
Un murmullo leve recorrió la sala, rápidamente sofocado. Muchos se preguntaron donde estaba el príncipe y pudo ver como las dudas incomodaron más a la princesa que a la Reina, que ignorando el murmullo, se inclinó hacia delante en el trono.
—Has confundido hospitalidad con debilidad. Y eso… —su voz descendió un grado, volviéndose dura y afilada— Es una falta de respeto.
Sintió entonces que algo cambiaba en la conversación. Las palabras y el discurso ya no estaban dirigidas al conjunto del juicio, estaban dirigidas a ella. Personalmente.
—Esta corte puede tolerar errores —continuó—. Puede tolerar incluso imprudencias. Lo que no tolera… es que alguien pretenda actuar como si estuviera por encima de mi.
Intentó desviar la mirada de la Reina, pero no pudo. El escalofrío que le recorrió la columna le paralizó los músculos del cuello evitando que mirara a otro lado.
—Y cuando alguien olvida cuál es su lugar… hay que recordárselo.
En ese instante entendió que aquello no era sólo un juicio. Había que impartir ejemplo.
La Reina no continuó de inmediato. Dejó que la ofensa se asentara y cayera sobre los presentes como un manto frío sobre sus hombros, haciendo que la incomodidad les impidiera estar tranquilos en sus asientos.
Cuando habló, lo hizo sin elevar la voz.
—Esta corte castiga las tradiciones.
Un leve gesto de su mano bastó.
Las puertas laterales del salón se abrieron con un crujido profundo, y el murmullo contenido del público cambió. Fue expectante, oscuro, el anhelo de aquellos que sabían lo que venía ahora.
El sonido que reptó hasta ellos fue de cadenas tensadas por algo pesado desplazándose sobre el granito pulido con elegancia y fuerza.
Los guardias que los guiaban eran pura decoración, pues los animales conocían el camino.
Los felinos de la Reina avanzaron con una lentitud majestuosa, tolerando la presencia de los que llevaban sus cadenas. Su pelaje blanco parecía demasiado perfecto para una criatura nacida para matar.
Eran estilizados… elegantes, pero en sus movimientos había una precisión que hablaba de algo peor que la ferocidad.
Los arneses que llevaban no ocultaban su naturaleza. Eran piezas de lujo, adornadas con oro y piedras pulidas. Más símbolos de propiedad que de sujeción.
Un susurro recorrió la sala.
Elyndra tensó las manos sobre los reposabrazos de su asiento.
No todos los presentes habían visto a los felinos de la Reina de cerca, pero los que sí los conocían, sonrieron de medio lado.
Seraneth los observó con una calma casi afectuosa antes de volver la vista hacia Kimbra.
—Los Kraethar dominan el desierto —dijo—. Los Vaelrath… dominan a quienes creen poder escapar de él.
Los animales la ignoraron pasando cerca suyo, demasiado cerca, y avanzaron hasta el trono donde su dueña les esperaba.
Los guardias los soltaron a unos pasos de la escalinata y retrocedieron con prudencia. Los felinos permanecieron quietos, sentados a los pies de su reina, observando la sala con esa calma inquietante de los depredadores que no necesitan demostrar nada.
Uno de ellos agitó la cola una sola vez.
—La naturaleza es imperfecta cuando está sola. Cruel, impredecible, salvaje…
La mirada de la Seraneth descendió hasta los animales.
—Pero incluso la naturaleza puede alcanzar la perfección… cuando aprende a obedecer.
Con un leve gesto con la mano señaló a los animales.
—La Corona no impone su voluntad.
La frase quedó suspendida unos instantes antes de que añadiera, con serenidad absoluta:
—Por eso, no seré yo quien decida tu destino, embajadora. Dejaré que lo haga aquello que no miente. La naturaleza.
El instante que los siguió fue más pesado y agobiante que cualquiera anterior. Elyndra abrió los ojos de golpe ya sin poder contener su desconcierto.
—Madre…
Pero la Reina la silenció con un gesto de su mano.
Kimbra entonces notó el sonido de la respiración de los animales.
Profunda. Lenta…
Le llegó el olor a cuero, a polvo seco atrapado en sus pelajes, a algo cálido y orgánico que le resultó demasiado familiar. Cuando uno de los Vaelrath ladeó la cabeza, la luz se reflejó en sus ojos con el mismo brillo que había visto antes en otro lugar.
En la Arena.
El recuerdo no llegó en pensamiento, sino en sensaciones: la arena pegada a la piel, el ruido del público, la certeza brutal de que allí abajo la vida dependía de segundos y decisiones instintivas.
Su pulso se aceleró sin que pudiera evitarlo.
Volvía a ser la presa de una bestia salvaje, de un depredador listo para cazar.
Uno de los felinos se puso en pie.
El movimiento fue silencioso, pero bastó para tensar toda la sala. Su compañero lo imitó un instante después, estirando las patas delanteras con lentitud, desperezando su largo y majestuoso cuerpo.
El público contuvo la respiración con miedo de que cualquier sonido pudiera precipitar lo inevitable.
El primer felino descendió un escalón. Luego otro.
Sus ojos se fijaron en ella tras haber recibido la orden.
Sintió cómo su cuerpo reaccionaba antes que su cabeza: los hombros tensos, el peso desplazándose ligeramente hacia atrás, la respiración volviéndose más corta. No había guardias entre ella y los animales.
No había distancia suficiente para huir. Solo el espacio abierto del salón y el sonido suave de las garras acariciando el suelo.
Empezó a buscar. El cosquilleo a su alrededor fue leve, distante, pero ahí estaba. Si necesitaba recurrir al agua, lo haría, lo intentaría antes de morir.
Uno de los animales soltó un resoplido bajo, casi un gruñido contenido. El otro ladeó la cabeza, midiendo la distancia exacta hasta ella… Entendió entonces que no habría espectáculo. No habría advertencia ni un tanteo de su oponente.
Aquello iba a ser rápido.
El felino movió el peso hacia las patas traseras, preparado para saltar.
Y la sala entera pareció inclinarse con él.
Durante una fracción de segundo, el mundo pareció reducirse al espacio entre sus garras y el pecho su pecho. En la distancia entre ella y el agua que necesitaba para defenderse.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Un sonido leve, casi imperceptible, llegó desde algún punto entre la multitud.
Un ronroneo.
El felino más adelantado se detuvo.
Fue una interrupción limpia, algo había entrado en su campo de visión con más peso que la presa que tenía delante. Y más importante que las órdenes de la Reina. El segundo animal también levantó la cabeza.
Sus orejas giraron al unísono hacia la zona lateral de la sala.