Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 21 #3
89%

CAP 21 #3

—No puedes separar unas cosas de otras.

—Bueno… —respondió Senya—. A veces no son lo mismo.

Ella negó con la cabeza, frustrada.

—Eso no cambia nada.

—No cambia lo que ha pasado —concedió—. Pero sí cambia lo que significa.

Kimbra soltó una risa corta, sin humor.

—¿Significado? No necesito significados. Necesito no haberlo hecho.

Ahí fue donde su voz se rompió del todo.

Intentó recomponerse, pero no pudo.

—Si hubiera mirado hacia otro lado… —empezó, pero la frase se deshizo por la mitad—. Si no hubiera ido…

No pudo terminar.

Senya respiró con profundidad y se tomó su tiempo antes de contestar.

—Intentaste proteger a los dragones —dijo con suavidad—. Eso es lo que importa.

—He puesto al reino en una situación complicada.

—Eso no lo sé —respondió—. Pero sí sé reconocer cuándo alguien actúa con honor.

Se acercó un poco más, observando las trenzas de su cabeza con atención.

—Te hiciste esto para encajar…

Bajó la mirada sin atreverse a mirarla.

—No quería faltar al respeto.

—No lo hiciste —la respuesta fue inmediata—. Pero tampoco eras tú.

Ahí fue donde algo dentro de ella cedió.

Fue un quiebre silencioso, como si algo que llevaba demasiado tiempo tenso se hubiera soltado de golpe. Intentó hablar, pero la voz no le salió. Se llevó una mano al rostro, avergonzada por las lágrimas que no consiguió contener.

Senya no dijo nada. Dio un paso adelante y la rodeó con los brazos, no necesitaba explicaciones.

Kimbra correspondió al abrazo sin darse cuenta.

No supo cuánto tiempo estuvo llorando en los brazos de la mujer, pero cuando se serenó se apartó avergonzada.

Esta alzó la mano, pidiendo permiso.

Dudó un segundo… y luego asintió sentándose en el borde de la cama para que la mujer pudiera examinarla mejor.

Los dedos de Senya comenzaron a deshacer las trenzas con cuidado, sin prisa.

Lareth interrumpió a su madre.

—Deberíamos darnos prisa —murmuró, mirando hacia la puerta—. Los guardias no estarán distraídos para siempre.

Senya no se volvió.

—Debemos quitar estas trenzas.

—Madre…

—Debe aprender Lareth —repitió con suavidad—. Por ella merece la pena arriesgarse.

Quiso intervenir, pero la mujer la interrumpió.

—No tienes que parecerte a nadie para que lo que hiciste tenga valor —dijo, mientras trabajaba—. Ni siquiera a nosotras.

Lareth trajo el aceite en silencio.

—A veces cuidarse —continuó Senya— no encaja en ningún sitio, en ningún momento. Incluso cuando es necesario.

No añadió nada más.

Kimbra cerró los ojos un instante, dejando que sus manos se quedaran quietas sobre su regazo. No se sentía mejor, pero su respiración volvió al ritmo y la cadencia constante y tranquila.

Senya le habló, le explicó que debía hacer para cuidarse, para protegerse… y ella entendió que no se refería solo al cuidado de su pelo.

Cuando terminaron, Senya apoyó un momento la frente contra la de Kimbra.

—No estás sola —susurró.

Sus palabras fueron una ligera brisa fresca en una noche ardiente de verano. Reconfortante y reparadora. Justo lo que necesitaba.

Fuera, los pasos en el pasillo se acercaron.

Lareth se tensó.

—Tenemos que irnos.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Kimbra se quedó  inmóvil observando al tapiz volver a su quietud contra la pared, con el bote de aceite en las manos.

No se sentía aliviada exactamente, pero esta vez la presión de las trenzas hizo que algunos pensamientos, y sentimientos, se sintieran enraizados en su ser… dándole una seguridad que pensaba que había olvidado.

Y un calor en el corazón que pensaba haber perdido.

Ya era noche cerrada cuando volvió a tener una visita.

Los pasos que sonaron fuera no eran los relajados del servicio, ni los aburridos y orquestados de los guardias.

Una voz baja murmuró algo fuera. Luego otra. La puerta se abrió apenas lo justo para que entrara una figura… y detrás de él, dos más. No los conocía a todos, pero nada más verlos, con los guantes negros, supo quienes eran.

Amonir cerró la puerta tras de sí y los hombres se quedaron junto a las paredes, vigilantes, sin invadir la habitación pero dejando claro que aquello no era una conversación corriente.

Lo observó en silencio.

—No deberías estar aquí —dijo al fin.

—Lo sé.

Sus respiraciones fueron las únicas en llenar la noche entre ellos.

—Tal vez deberías haber podido dar tu versión —añadió el príncipe tras un rato.

—No habría cambiado nada.

Amonir dio un paso más hacia el interior de la estancia.

—No he venido a discutir eso.

Ella se cruzó de brazos, apoyándose contra la mesa del tocador, necesitando algo sólido detrás.

—¿Has venido a ver si sigo siendo útil?

El príncipe frunció el ceño.

—No hables como si fueras una herramienta.

—Has invertido en mí ¿no? —continuó ella, sin apartar la mirada—. No hablaste de confianza. Ni de respeto. Hablaste de inversión.

El príncipe no respondió de inmediato. La luz del exterior dibujó un amago de inseguridad en su rostro.

—Puede que escogiera las palabras incorrectas. Creí que sabías a qué me refería.

—Sí. —Su voz fue más seca de lo que pretendía—. A lo que puedo hacer por el Sur. A lo que represento. A lo que te conviene.

Cada frase le raspó la garganta por la ira que intentó contener, pero eso no la detuvo, continuó sin esperar respuesta.

—No te culpo. Eres un príncipe. Todo funciona así.

Amonir le sostuvo la mirada sin responder.

—Pero yo no pedí convertirme en tu proyecto personal.

Sus palabras tardaron más de lo necesario, pero cuando habló, no la convencieron.

—¿Proyecto? No te estoy utilizando.

Ella negó con la cabeza.

—¿No? Me estás cargando con una causa que no he elegido.

El príncipe dio otro paso, más despacio esta vez.

—No elegiste nacer donde naciste. Ni lo que has visto o vivido, no elegiste lo que sabes —su voz fue cogiendo firmeza a medida que habló—. Pero sí eliges qué haces con todo eso.

Kimbra negó con la cabeza.

—No. Tú eliges. Tú decides qué significa cada cosa que hago. Tú decides qué represento —lo miró fijamente—. Y decidiste que soy parte de tu revolución.

El príncipe no apartó la mirada.

—No es mi revolución.

—Claro que lo es —Resopló exhausta—. En el fondo da igual. Cuando todo esto termine, no volveré. Me iré al Imperio. A lo que sea que me espere allí… No quiero saber nada más del Sur.

El príncipe asintió despacio ante la puñalada de la chica.

Bajó la mirada un instante, ordenando sus propias palabras antes de hablar. Cuando volvió a mirarla, su voz fue tranquila.

—Puedes hacerlo.

La respuesta la descolocó y lo miró con firmeza.

—¿Así de fácil?

—Irse siempre es fácil.

Prefirió no responder, pero encaró al príncipe sabiendo que había algo más.

—Crees que irte lo dejará todo atrás. Pero no.

Ella apretó los dedos contra el borde de la mesa.

—No soy responsable de todo esto.

Amonir paseó uno de los dedos por la madera de la cama acariciando la suavidad de la que carecía Kimbra en ese momento.

—Ah... ¿No?

La punzada en su pecho pellizcó su corazón, y su tranquilidad, en un instante. Apartó la mirada a través de las rejas de la ventana.

—No puedes deshacerlo —continuó él—. Ni lo que hiciste… ni lo que ocurrió por ello.

Nadie en la habitación se movió. Ni siquiera se escuchó sus respiraciones.

—Puedes irte al Imperio —añadió—. Vivir allí. Intentar que todo esto no importe… Pero no vas a volver a ser quien eras allí.

Eso sí hizo que volverá a fijar la vista en él. En sus ojos y en su gesto que intentó disimular la acusación que en el fondo la atormentaba.

Amonir no elevó la voz.

—Ni ellos volverán a verte como antes.

No supo qué contestar; se mordió la cara interna de la mejilla, buscando algo que la distrajera, que impidiera que alzase la mano y abofeteara a ese príncipe pretencioso.

—No te estoy pidiendo que te quedes —dijo él más bajo—. Ni que formes parte de nada.

Eso era nuevo.

—Pero no te engañes.

Sostuvo su mirada un instante más… y luego la apartó de nuevo en la noche buscando la distancia que la habitación no le daba.

—No tengo nada que decir —murmuró.

Sus manos acariciaron los barrotes de la ventana esperando que desaparecieran.

—Deberías irte —añadió con suavidad—. Si alguien descubre que has venido, no hará las cosas más fáciles para ninguno de los dos.

El príncipe la observó un momento más.

—No importa lo que decidas —dijo al final—. Pero asegúrate de que es una decisión consciente… y no una huida por cobarde.

No añadió nada más.

Se volvió hacia la puerta y los telequinéticos la abrieron en silencio.

Antes de salir, se detuvo un segundo, queriendo decir algo más… pero al final no lo hizo.