Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 21 #2
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CAP 21 #2

Intentó desviar la mirada pero el general se movió para que eso no pasara.

—Tus actos han tenido consecuencias, no sabes la de reuniones que hemos tenido este tiempo. El Gran Consejero ha tenido que intervenir, el Emperador está pensando en venir en persona, todo…

—He conseguido lo que queríamos. Entregamos el mensaje, Bab-Girsu ahora está al tanto y sabe que la Reina…

Arlan se acercó a ella haciendo que enmudeciera al momento.

—Le has dado a la Reina lo necesario para poder actuar. De acusar a la ciudad de trabar un complot con una traidora.

Kimbra frunció el ceño e intentó replicar, pero el general no se lo permitió.

—No puedes actuar como si el mundo fuera solo tu conciencia.

La frase cayó sobre ella, pesada. Buscó una respuesta, pero esta se trabó en su garganta, por lo que se distanció del hombre para encontrar de nuevo la soltura que necesitaba en la lengua.

—¿Entonces qué se supone que debía hacer? ¿Mirar hacia otro lado?

—Sí. A estas alturas ya deberías saber que no trabajas sola.

Arlan miró por la ventana sopesando los problemas que se avecinaban.

—Se que no había maldad en tus acciones, pero eso lo hace peor.

Le miró ofendida.

—¿Peor?

—Actúas sin pensar. Eres imprevisible. Volátil… Un reino y un imperio pueden negociar con enemigos. Pueden resistir amenazas. Pueden sobrevivir a derrotas —hizo una pausa—. Lo que no pueden sostener es a alguien cuyas decisiones nadie puede anticipar.

Sintió que algo en esa frase no era solo retórica política, sino que había algo personal, algo que le atacaba directamente a ella.

—No soy un arma.

—No —respondió el general con calma—. Y ese es el problema.

Los compañeros de Kimbra intercambiaron una mirada. Ellos sabían cuál era su papel, cosa que ella aún no había llegado a hacer.

—Un panadero hace pan, un carnicero corta y prepara la carne… Las armas obedecen. Los símbolos se controlan —la miró a los ojos con gravedad—. Tú no eres ninguna de las dos cosas. Cuando deberías ser las dos.

El reproche en su voz hizo que se ofendiera.

—Yo no he pedido ser nada de esto.

—Aceptaste las consecuencias Kimbra—añadió— haberte quedado como soldado a cuidar de delincuentes en una mazmorra

La habitación quedó quieta, aún sin contacto físico sintió el ataque del general como una bofetada, prefirió mirar por la ventana para distanciarse de la situación

Arlan se llevó las manos a la cara y se masajeó las sienes.

—El Emperador y yo tendremos una reunión cuando volvamos, no sabemos si es sensato mantenerte en la Mano de Oro…

Este calló un instante y escuchó la puerta abrirse.

—Pero tampoco podemos permitirnos que salgas de ella.

La puerta se cerró al rato y, cuando Kimbra miró con una punzada de nostalgia hacia donde se habían ido, descubrió que no se había quedado sola.

Rion seguía allí.

Durante un momento, ninguno de los dos habló.

Ella seguía donde estaba, en la ventana. Él permanecía en la puerta, como si no hubiera decidido todavía si debía marcharse o no.

Al final, fue él quien rompió el silencio.

—Siempre has tenido talento para meterte donde no te llaman.

Tomó aire con lentitud, para no perder la paciencia, y le dio la espalda.

—Si vas a repetir lo que ha dicho Arlan…

—No.

Rion negó con la cabeza.

—Arlan habla de deberes políticos… y de todo eso.

Hizo una pausa.

—Yo quería hablar de nosotros.

Eso la obligó a mirarlo de nuevo.

Su compañero no parecía enfadado, ni furioso… su rostro, y sobre todos sus ojos, mostraban cansancio, una parte de sí dolida hasta lo más profundo.

—Te elegimos —dijo—. ¿Recuerdas eso?

—No fue exactamente…

—Sí lo fue.

No levantó la voz, pero la interrumpió sin vacilar.

—Te elegimos cuando no sabías quién eras. Cuando no encajabas en ningún sitio. Cuando podíamos haber elegido a un estudiante de los nuestros sin complicarnos la vida.

Aunque su voz sonó seria, hubo un deje de reproche que manchó sus palabras.

—Y tú nos elegiste a nosotros…

Hizo una pausa breve.

—Ahora ya no sé qué eliges.

Kimbra sostuvo su mirada, no supo por qué pero quiso acortar la distancia y abrazarlo Recrodó lo cálido que era estar cerca de él, y ahora necesitaba un calor reconfortante.

—Yo nunca he elegido nada.

Rion soltó una risa corta, sin humor.

—¿Tú crees?

Dio un paso hacia el centro de la habitación, despacio, midiendo cada palabra antes de soltarla.

—Ahora hay un príncipe que te defiende, había una Reina que te idolatraba… y tú corres hacia los problemas, eligiendo tirarte de cabeza.

—No corro hacia los problemas —respondió ella dolida—. Intenté evitar que se cometiera una tragedia por mi culpa.

—Elegiste intervenir.

Rion sostuvo su mirada unos segundos más, recorrió su rostro buscando en él la chica que había conocido al principio, su ceño se crispó un instante, como si estuviera decidiendo si debía decir lo siguiente o no.

—¿Y él?

—¿Quien?

Bufó ofendido y cogió una de sus trenzas, sin cuidado, señalándola con desprecio. El gesto la  obligándo a acercarse un poco más.

—Sabes a quién me refiero.

El silencio se estiró entre los dos.

—No voy a preguntarte si confías en él —continuó—. Ni si crees que hace lo correcto.

Dio un paso más hacia ella.

—Quiero saber por qué recurriste a él cuando todo se complicó.

Apartó la mirada un instante, la cercanía con él ya no era reconfortante ni cálida en lo bueno. Era calurosa, agobiante y desagradable.

—¿Importa?

—Sí.

Su respuesta fue tajante.

—Apenas le conoces. No le necesitas, ni él a ti. Hay soldados, consejeros, gente dispuesta a arriesgarse por su causa. Tiene gente que se preocupa por él, su asistente sin ir más lejos…

Sintió una punzada en el corazón, pero no se atrevió a contestar.

—Tú nos tenías a nosotros, y le elegiste a él.

Respiró hondo y le enfrentó.

—Sabes por que recurrí a él.

Rion inclinó la cabeza, observándola con detenimiento.

—Ah… ¿Sí?

Entonces fue cuando de verdad lo notó. La acusación, la ironía y la burla no estaba solo en sus palabras… brillaba en sus ojos. Acusándola.

—¿En qué estás pensando Rion?

Este no contestó enseguida. La miró, con una mezcla de cansancio e indignación que se crispó al fijarse en su pelo.

—No sé si te estás enamorando de él —dijo finalmente—. O de la vida que crees que puedes tener a su lado.

La habitación quedó quieta, su respiración perdió el compás por la repentina acusación.

—¿Amor? —Se quedó helada— ¿De qué estás hablando?

—Solo sé que cada vez que eliges esa ilusión… te alejas un poco más de nosotros.

Quiso decir algo. Explicarse. Negarlo. Pero desde que salió de Bab-Girsu la voz de su interior, que se revelaba para discutir, se había callado, no era capaz de salir, no era capaz de enfrentarse a nadie.

—Te quedará bien ser princesa.

Apenas asintió cuando le dio la espalda, como si esa falta de respuesta ya fuera una respuesta suficiente.

—Descansa.

Esta vez, cuando la puerta se cerró, Kimbra sí se encontró completamente sola.

No se movió durante un tiempo. Todo parecía demasiado quieto, incluso el aire decidió no molestarla evitando refrescar la habitación.

Desde el pasillo llegaba el murmullo lejano de los guardias, una conversación apagada que no alcanzaba a distinguir, y que tampoco le importó.

¿Donde estaba Lyren?

Cuando empezó a oscurecer fue cuando escuchó el ruido. Al principio pensaba que venía de la puerta, pero no. Fue un roce en el lugar opuesto, al fondo de la habitación.

Un leve crujido detrás de un inmenso tapiz al lado de la cama.

El tapiz se movió con sutileza, y una figura se deslizó desde la sombra del pasadizo oculto tras la pared. Después otra.

—No grites —susurró Lareth, levantando las manos en gesto pacificador.

Ella parpadeó, sorprendida, intentando entender qué era lo que estaba llegando entre las sombras del atardecer.

—¿Qué…?

Senya apareció tras ella, cerrando el panel con cuidado. Sus ojos recorrieron la habitación de un vistazo rápido, asegurándose de que estaban solas.

—No tenemos mucho tiempo —dijo la joven en voz baja—. El servicio mantendrá ocupados a los guardias.

Kimbra miró a madre e hija con el ceño fruncido.

—¿Qué hacéis..? ¿Cómo…? —Negó con la cabeza y organizó sus palabras—. No deberíais haber venido.

—Puede que no —admitió Senya con calma, las piedras de sus orejas lo tradujeron limpiamente—. Pero a veces lo correcto no coincide con lo prudente.

Eso la irritó más de lo que esperaba.

—No. No deberíais. —Su voz salió más tensa—. Todo el palacio sabe lo que ha pasado.

Lareth intercambió una mirada breve con su madre, pero no dijo nada.

Senya avanzó un paso.

—Sí. Lo sabemos.

Kimbra apartó la mirada.

—Entonces sabéis que no fue buena idea.

No hubo respuesta, lo qué la obligó a alzar la vista intentando buscar confirmación en sus miradas.

—He empeorado todo —continuó, más rápido ahora, necesitando adelantarse a cualquier intento de suavizarlo—. He dado motivos para una guerra que aún no estaba en marcha. He… he sido imprudente.

Senya no la contradijo.

—Puede ser —dijo al cabo de un momento.

Kimbra apretó el gesto.

—¿Puede ser?

—Puede que hayas cometido un error.

—Entonces no entiendo qué hacéis aquí.

Lareth dio un paso, intentando hablar, pero su madre la detuvo levantando la mano.

—Tampoco entendemos todo lo que ha pasado —continuó—. Pero sí sabemos lo importante.

Esperó, tensa, con la mirada fija en la de la mujer. Puede que esta no tardara mucho, pero se le hizo eterna la espera.

—Sabemos por qué fuiste.

Apartó la mirada decepcionada por la respuesta.

—Eso no importa.

—Para muchos sí.

—No —replicó ella, más bajo—. No importa. Porque da igual lo que intentara hacer si el resultado ha sido este.

Su voz empezó a quebrarse, pero no se detuvo.

—Da igual si quería protegerlos. Da igual si creía que era lo correcto. —Tragó saliva—. Todo lo que he hecho ha sido empeorar las cosas.

Madre he hija se mantuvieron calladas, viendo como la chica, incómoda, no podía mantenerse quieta en su sitio.

—La Reina tiene razón —añadió, casi en un susurro.

Senya dio un paso más, acortando la distancia, pero sin llegar a invadirla.

—Puede que tenga razón en parte.

Alzó la cabeza de golpe al recibir una confirmación que no esperaba, pero no dijo nada.

—Pero no en todo.