CAP 21
La capital apareció ante ellos al final del camino como si en esas dos semanas no hubiera cambiado nada.
Los edificios seguían alzándose sólidos contra el cielo soleado, las banderas ondeaban con la misma cadencia de siempre e incluso un puente levadizo descendía con su crujido habitual.
No había alarma, ni trompetas. Los guardias patrullaban con tranquilidad por las calles.
Solo la rutina de la ciudad… demasiado intacta.
Pero hubo algo… lo notó antes de poder explicarlo: las miradas.
No eran abiertamente hostiles, ni les vigilaron incansables…
pero ahí estaban. Los guardias que antes habrían saludado al príncipe con familiaridad, ahora inclinaban la cabeza con una rigidez incómoda.
Un soldado cruzó al galope delante de ellos y sus ojos los estudió intentando ser discreto, sin conseguirlo.
Nadie parecía sorprendido por su llegada.
—Sabían que llegábamos.
Amonir no respondió enseguida. Montaba recto, con la mirada fija en las puertas exteriores de los terrenos del palacio.
—No importa —dijo al fin, en voz baja—. Lo importante es que nos crean.
Tras tantos días sin apenas escucharle, su voz le sonó distante, casi desconocida.
—Diremos que actuamos por impulso —continuó—. Tras tu castigo decidí llevarte conmigo a una de mis incursiones de estudios. Necesitabas salir de palacio y yo me ofrecí.
Hizo una pausa breve.
—Querías saber más. No ha sido insubordinación, solo necesidad de conocimiento.
Conocimiento.
Le pareció una palabra muy limpia para todo lo que había sucedido al otro lado del desierto. Muy limpio para lo que aguarda al final del mundo.
—Demasiado vago. Si te preguntan detalles no sabrás qué contestar —añadió Lyren en su cabeza.
—¿Y si me preguntan a mí? Si me piden detalles…
El príncipe la miró entonces.
—Hablaré yo primero. En el caso de que quieran saber más, que vengan a mí.
Avanzaron en silencio y solo cuando casi estaban entrando en los terrenos del palacio los interceptaron.
Un destacamento de la guardia real los esperaba en formación, cerrando el paso. Delante de ellos, inmóvil, se encontraba un capitán con un pergamino sellado en la mano.
No hizo falta que dijera nada para que el aire cambiara.
El príncipe desmontó con calma, como si la escena fuese perfectamente normal.
—Capitán.
—Alteza.
El hombre inclinó la cabeza lo justo para cumplir con el protocolo, pero no más. Luego rompió el sello del pergamino con un gesto preciso.
—Su Majestad ha sido informada de su llegada —leyó sin emoción. Levantó la vista—. Solicita su presencia de forma inmediata.
Kimbra sintió cómo algo se tensaba en su pecho y Amonir, ante ella, cuadró los hombros interpretando mejor su papel.
—Nos retiraremos primero a nuestros aposentos —dijo firme—. Presentaremos informe en cuanto…
—No.
La interrupción fue suave, pero absoluta. Amonir alzó las cejas, nada acostumbrado a que alguien de rango menor le cortara o le llevara la contraria.
—La Reina os espera ahora, a los dos.
De pronto, el terreno a su alrededor se volvió demasiado estrecho bajo la fría mirada del capitán.
Amonir sostuvo su postura un instante más, calculando sus posibilidades. Aunque ella no podía verle la cara, sabía que estaba poniendo todo su cerebro a funcionar para poder evitar la reunión con su madre. Pero no debió encontrar salida y asintió una sola vez.
—Por supuesto.
El capitán se apartó, indicando el camino hacia palacio. La formación de guardias se abrió lo justo para que pasaran y reajustaron la formación para acompañarlos a una distancia prudencial.
La hicieron desmontar de su montura. Cuando miró hacia abajo esperando acomodar a Lyren este había desaparecido, miró a su alrededor y cuando ya habían dejado atrás a los grandes animales pudo verlo apoyado en las ramas de un árbol observando su marcha.
—Todo irá bien…
El rechazo del animal caló en sus pensamientos.
—La Reina no tiene fama de dulce, ve con cuidado, estaré cerca por si acaso.
Mientras caminaron hacia el palacio, el príncipe acortó la distancia con ella de forma disimulada.
—Déjame hablar primero —murmuró—. Pase lo que pase, no respondas hasta que yo lo haga.
Ella asintió.
Las grandes puertas del salón de audiencias ya estaban abiertas cuando llegaron. Desde el umbral se veía suficiente para entender que no era una audiencia privada.
Pero al menos el salón no estaba lleno del todo.
Tres consejeros ocupaban los asientos laterales, inmóviles como estatuas.
Oficiales de la guardia permanecían junto a las columnas.
Y en los espacios libres permanecían inquietos una cantidad vergonzosa de nobles que se habían reunido sólo para llenar su tiempo libre con algo entretenido. Nadie hablaba.
Ella quiso buscar a su equipo, pero no tuvo tiempo.
La Reina estaba sentada en un trono bajo labrado en metales y mármol. A su lado, de pie un paso por detrás, estaba Elyndra.
Amonir se detuvo a la distancia protocolaria e inclinó la cabeza.
—Madre.
Kimbra se inclinó de la misma forma intentando esmerarse todo lo que pudo.
La Reina no les pidió que se acercaran ni levantó la voz.
—Habéis tardado en regresar.
El príncipe abrió la boca, pero ella levantó una mano de forma tajante.
—No —dijo de forma definitiva—. Hablaré primero.
Este cerró la boca y desvió la vista al suelo esperando el discurso de su madre.
La Reina apoyó las manos en los brazos del asiento y los estudió un momento.
—Vuestra ausencia no fue comunicada. Vuestro destino no fue autorizado. Vuestras acciones no fueron consultadas —cada frase sonó como un tambor en la sala, contundente—. Sin embargo, aquí estáis. Como si nada.
Su mirada se posó en Kimbra.
—Embajadora extraordinaria de la Arena —anunció— habéis intervenido en un asunto que afectaba a acuerdos entre territorios soberanos.
Sus ojos brillaron un instante de forma contenida antes de hablar.
—Habéis actuado sin mandato, sin respaldo diplomático y sin consideración por las implicaciones de vuestros actos.
Sintió como el silencio y el aire a su alrededor se espesaba pegándose a las paredes de su garganta con cada acusación de la Reina.
—Traición.
Alguien al fondo se adelantó e intervino.
—No, su Majestad, ella solo…
—¡Callese general!
Kimbra no se atrevió a moverse.
La Reina continuó, sin elevar el tono.
—Vuestras decisiones han puesto en riesgo negociaciones en curso, han comprometido la seguridad de nuestros aliados y han dado a nuestros adversarios una razón para cuestionar nuestra autoridad.
Su mirada volvió a su hijo y todo a su alrededor pareció cambiar.
—Y vos —dijo con calma— no habéis sido arrastrado a esta situación.
No hubo duda en su voz.
—Habéis salido de la capital sin mi autorización. Habéis tomado decisiones que no os comete a vosotros.
El príncipe no se movió.
—Eso... Es insubordinación.
La palabra retumbó en el salón con un eco pesado que hizo que hasta los consejeros se mirasen de reojo preocupados por la gravedad que estaba cogiendo la voz de la monarca.
—Habéis actuado contra mis órdenes, contra el criterio del consejo y contra los intereses de esta corona.
Un silencio largo y deliberado envolvió a los presentes de forma incómoda, pesando sobre ellos sin remedio.
—¿Tenéis algo que decir en vuestra defensa?
El príncipe alzó la vista.
—Madre, nosotros fuimos al este, a un retiro de estudio…
La Reina se levantó.
Amonir enmudeció, se recompuso casi al momento para seguir su farsa, pero antes incluso de que reconstruyera la frase la bofetada sonó como un trueno extendiéndose por todos los pasillos del palacio.
El príncipe no retrocedió, pero el impacto quedó visible en la tensión de su mandíbula y en el desenfoque instantáneo de sus humedecidos ojos. Cuando se recobró su mirada volvió a sus pies sin atreverse a mirar a su madre.
La Reina bajó la mano despacio y el aliento de su ira contenida acarició el rostro de su hijo.
—No te atrevas a mentirme.
Fue apenas un murmullo, frío y contenido, pero atravesó toda la sala. Los metales vibraron por la fuerza de su furia.
—No sois la corona. No decidís cuándo se negocia, ni cuándo se interviene, ni cuándo se arriesga la estabilidad del reino.
Volvió a su trono y se acicaló las inexistentes arrugas de su vestido al sentarse. Cuando mentalmente se dio el aprobado de la perfección, continuó.
—Habéis olvidado vuestro lugar.
Miró entonces a ambos, la escena parecía haber terminado exactamente como esperaba.
—Y es hora de recordároslo.
Cuando le dijeron que sería encarcelada pensaba en otra mazmorra, en más cadenas, en paredes de piedra áspera que le arañaban la espalda o los brazos. Pero no en los lujosos aposentos que le habían asignado al llegar a palacio.
Eso fue más inquietante aún.
La puerta estaba cerrada por fuera. Había guardias en el pasillo. Pero dentro todo seguía igual: el escritorio, el arcón, la jarra de agua recién cambiada, la ventana abierta al patio... Solo habían instalado de forma abrupta unas rejas que impedían que pudiese escapar, otra vez.
Estaba de pie junto a las rejas de la ventana cuando llamaron.
No esperaron respuesta.
La puerta se abrió y entraron cuatro figuras: el general Arlan entró primero. Llevaba el uniforme formal del mando y el broche de la Mano de Oro brillaba en su solapa.
—General —dijo sin apartarse de la ventana.
—Kimbra.
Su tono fue firme, pero no carente de emociones. Y eso hizo que lo viese más serio que nunca.
Sierra y Drenor intercambiaron una mirada breve antes de situarse a un lado de la estancia, sabiendo que aquello no iba con ellos. Rion no se movió del todo, pero tampoco intervino. Se mantuvo firme con los brazos a la espalda junto a la puerta con su mirada siempre fija en ella.
Arlan dio un par de pasos más hacia el centro de la habitación.
—No he venido a reprenderte por desobedecer órdenes —dijo—. Eso ya lo ha hecho la Reina.
Kimbra se giró por fin.
—Entonces ¿a qué habéis venido?
Arlan la observó un instante, como si eligiera el ángulo exacto desde el que empezar.
—A que entiendas lo que has hecho.
Se cruzó de brazos buscando algo de protección.
—Sé lo que he hecho.
—No, no lo sabes.