CAP 20 #3
Finalmente, lo sacó de entre los pliegues de su túnica. El colgante brilló débil a la luz de las antorchas, húmedo como si acabara de ser extraído de las entrañas de un animal.
Lo depositó en la palma del príncipe.
—Se marcha con su poder —dijo con voz grave—. Pero no con nuestro perdón.
No respondió.
Cruzó la distancia hasta ella y cerró los dedos alrededor de su brazo tirando con fuerza para alejarse lo antes posible del lugar. Ninguno de los dos miró atrás ni una sola vez.
Detrás de ellos, los cantos comenzaron de nuevo.
Más graves… más profundos.
Las voces ascendieron en espiral, siguiendo la arquitectura del templo, mezclándose con el humo y el resplandor rojizo de las antorchas bailando sobre la superficie húmeda de las losas del templo.
El segundo canto comenzó cuando alcanzaron la mitad del ascenso
Esta vez el suelo vibró con una resonancia constante, el templo entero estaba preparado para recibir la ofrenda para restaurar lo que se había mancillado.
No hubo discurso final ni palabras ceremoniales. Solo cambió el ritmo de los cantos.
Un sonido seco y metálico.
El silencio que siguió duró apenas un latido.
Después llegó el grito.
Sarek emitió un grito desgarrador, arrancado por el dolor de su carne abierta.
Se cortó de forma abrupta y ahogada, la profundidad misma lo devoró antes de que pudiera extenderse por completo.
Todo el templo ronroneó con gusto, a través de los suelos, a través de las paredes…
En los balcones, las figuras inclinaron la cabeza, muchos relajaron sus hombros o su postura, suspiraron aliviados, por la satisfacción de saber que se estaba redimiendo la falta.
El agarre de Amonir se intensificó hasta el punto de doler, pero no se atrevió a decírselo, pues ese dolor le servía para concentrarse en él e intentar dejar de oír lo que les rodeaba.
Cada paso hacia la salida se sintió más ligero en el cuerpo y más pesado en el corazón.
Las hojas de piedra se abrieron con el mismo lamento grave que habían emitido al recibirla en su último aliento de vida, pero ahora lo hacían para expulsarla de sus dominios.
La luz del valle los envolvió.
El aire del exterior era más frío que dentro del templo. Pero eso no le alivió.
Respiró hondo una vez, después otra… esperaba que el nudo y la asfixia ancladas en su pecho se soltaran… pero no pasó. Seguía ahí, agarrado en un puño estrangulando su corazón y casi impidiéndole respirar.
Abandonaron el valle sin escolta ni público, pues descubrieron que todo el mundo si estaba en Kar-Girshem.
Ninguno de los dos habló durante el ascenso por el paso de montaña. La garganta de piedra que habían atravesado antes parecía más estrecha ahora.
Cuando alcanzaron el otro lado, el paisaje volvió a abrirse en colinas de arena suelta y cielo amplio. A las afueras, los esperaban sus monturas y Lyren.
El gato, nervioso, se lanzó a los brazos de Kimbra y esta lo abrazó desesperada pensando que no lo volvería a ver.
Los sentimientos y emociones entre ellos se intercambiaron sin palabras, en un torrente sin control en sus cabezas.
Amonir empezó a ajustar las riendas del snarxim que ya no tenía jinete al de su propia montura.
No pudo evitar mirarlo por un instante más de lo que debería. Quería darle las gracias… pero las palabras no salieron de su boca.
Él no montó. Se quedó de pie junto a su snarxim, con una mano apoyada en el lomo, con la cabeza inclinada sobre la silla. Cuando habló, su voz no se quebró. Pero tampoco estuvo intacta.
—No he podido elegir a la persona que quería salvar.
No se atrevió a responder.
El príncipe levantó la vista hacia el horizonte, necesitando amplitud para no ahogarse en sus pensamientos.
—He elegido a la persona que el mundo necesita viva.
Apretó la correa de su montura con más fuerza de la necesaria, se giró hacia ella. Se pasó una mano por el rostro y, cuando la apartó, sus ojos estaban húmedos, pero no hubo vacilación en ellos.
—Él ha sido como un padre para mí... Me enseñó a no convertirme en mi...
Su voz se quebró.
—Y aun así…
Sus ojos se detuvieron en el brillo de su escote y señaló con desprecio el collar que volvía a rodear su cuello.
—Eso lo ha sellado. Ahora tú cargas con su muerte.
Sus palabras la sentenciaron sin opción a poder defenderse de la acusación.
—Cada paso que des a partir de hoy estará pagado con su sangre.
Se acercó un poco más, lo suficiente para que sus voces no se perdieran en el aire del desierto.
—Y vas a usar esa vida que compré para derrocar a mi madre.
Una chispa arrancó su indignación.
—¿Qué compraste?
—No, no ha sido una compra —añadió en voz baja—. Es una inversión.
Un recuerdo vino a su cabeza. Estaba en otro lugar, al otro lado del Imperio… La mujer que lo dijo fue diferente, pero la sensación de rechazo fue la misma.
Amonir se giró entonces, montó de un movimiento brusco y tiró de la rienda de la montura vacía. El snarxim sin jinete avanzó tras de él.
Un recordatorio de que no dejaría de seguirlos. Nunca.
Y ahí entendió que sobrevivir al altar, no la había liberado, le había convertido en deuda.
En una deuda de sangre.