Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 20 #2
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CAP 20 #2

El murmullo que recorrió los niveles cuando los desconocidos se plantaron ante el sacerdote no fue de bienvenida, pero tampoco de desafío.

Cuando la figura llegó hasta ellos alzó la cabeza, lo justo para que ambos se sorprendieran por la identidad de la persona que osaba interrumpir.

El sacerdote no inclinó la cabeza.

—Príncipe Amonir…

El príncipe avanzó unos pasos interponiéndose entre ella y el sacerdote.

—Detened esto.

Sus palabras se impusieron sin alzar la voz, sin opción a réplica.

El sacerdote lo observó largo rato antes de responder.

—El rito ha comenzado.

—Entonces llego a tiempo —replicó.

Un murmullo recorrió los balcones.

El sacerdote miró de reojo los balcones más cercanos, reservado para otros sacerdotes que mantenían su rostro al descubierto y entrelazó las manos dentro de las mangas de su túnica.

—No comparece ante el Imperio —repitió el sacerdote atravesándolo con la mirada—. No comparece ante ningún trono.

—Y aun así lo hace —respondió Amonir con calma—. Está en mis tierras. Bajo mi protección.

Algunos de los fieles en los balcones más cercanos se tensaron intentando alcanzar aquello que se les negaba por distancia. En cambio los sacerdotes debieron de escucharlo, pues sus rostros se crisparon por el rechazo.

El sacerdote dio un paso hacia el altar.

—¿Tus tierras? No —dijo—. Aquí responde ante algo más antiguo que tus fronteras.

Amonir observó a su alrededor antes de responder.

—Lo antiguo no es lo mismo que lo incuestionable.

—Y la corona aquí no es relevante.

Solo el murmullo de los balcones llenó el espacio entre ellos por un largo tiempo.

—No vais a matarla —dijo Amonir.

—No matamos. Purificamos.

—Llamadlo como queráis. El resultado es el mismo.

—No —respondió el sacerdote—. Terminará como debe ser.

Amonir dio un paso más.

—Si esto es una demostración de poder, ya ha sido suficiente.

—No es una demostración.

—Entonces es un error —replicó—. Porque lo que ocurra aquí no se quedará aquí.

El sacerdote sostuvo su mirada.

—¿Es una amenaza?

Ambos se miraron con gravedad.

Entonces el templo respondió.

No desde arriba, ni desde abajo. Su intervención llegó desde todas partes, emergiendo de la propia roca.

Con tono grave, profundo, una vibración que llegó desde el interior de la tierra. Fue lenta, pastosa, de algo demasiado grande para tener forma, como el ronroneo de una criatura ancestral.

Las antorchas temblaron.

Una a una, las llamas comenzaron a inclinarse hacia el vacío central, una corriente invisible las arrastró hacia abajo.

El suelo bajo sus pies tembló también. Una resonancia sostenida que subió por los huesos y se alojó detrás de los ojos.

Amonir no retrocedió. Pero sus palabras se atascaron en su garganta y Kimbra palideció al notar como sus huesos vibraban sin remedio.

El sacerdote no apartó la mirada de él.

—Escucha.

El pulso volvió a surgir desde todas partes.

Más fuerte.

Más cercano.

El príncipe respiró hondo. Su mirada no perdió el contacto con el ssharith en ningún momento, cuando habló, su voz había cambiado.

—La sangre es necesaria —dijo al fin—, pero las personas no son importantes para las Montañas… ¿No?

El sacerdote inclinó la cabeza sin comprender.

—Se debe compensar la falta.

El príncipe sostuvo su mirada.

—Entonces la identidad no importa.

Un silencio más afilado que los anteriores se extendió por el altar.

El sacerdote no respondió de inmediato. Miró fugazmente hacia los balcones cercanos y dio un paso hacia el príncipe buscando más cercanía.

—Ella es la impura, pero sí, el rito exige sangre entregada bajo la mirada de la piedra —dijo finalmente—. No exige un nombre concreto.

Amonir asintió una vez.

—Bien…

El pulso de su alrededor cogió una carencia diferente.

Expectante.

El príncipe giró el rostro hacia Kimbra. Sus miradas se sostuvieron un momento.

En sus ojos no hubo súplica alguna, pero tampoco pudo sentir la confianza que había sentido anteriormente hacia él. Quiso buscar una respuesta… pero no pudo leerlo al principio.

Amonir no estaba dudando. No estaba intentando detener aquello. No estaba buscando otra salida.

Estaba calculando.

Medía el lugar, el rito… incluso al propio sacerdote. A la gente que los observaba desde los balcones…

El peso de cada vida en aquella balanza invisible.

Y cuando habló, lo comprendió.

Estaba calculando cuánto podía permitirse pagar.

—¿Puede hacerse un intercambio?

El murmullo que recorrió los balcones fue diferente esta vez. Todo aquello no era corriente, y la emoción de tener un príncipe bajo sus manos impregnó sus susurros de una emoción difícil de contener.

El sacerdote sostuvo su mirada durante varios latidos, miró de reojo los balcones fugazmente.

—Puede.

El príncipe no reaccionó de inmediato. Su respiración se volvió más lenta.

Ella quiso replicar, pero las palabras no salieron de su boca. Sabía que alguien iba a ser sacrificado, desangrado hasta la muerte, a menos de un metro de donde estaba.

El sacerdote descendió de su posición de autoridad y se acercó al príncipe, lo suficiente para que sus palabras no tuvieran que elevarse por encima del murmullo de los balcones.

Cuando habló, no lo hizo como sacerdote.

—Amonir…No puedes ofrecerte —dijo en voz baja—. Sabes lo que implicaría.

El uso de su nombre hizo que Kimbra mirara alerta a la pareja.

—Lo sé.

—Entonces no lo hagas.

Amonir no lo miró al responder.

—No pensaba ofrecerme yo.

El sacerdote lo estudió un instante esperando que continuara, pero no lo hizo.

Luego, siguió la mirada del príncipe.

—Amonir —dijo el sacerdote—. Eso…

Este giró por fin el rostro hacia él y la furia contenida en sus palabras hizo que el sacerdote buscara espacio sin moverse.

—Tiene que ser alguien con peso —dijo con frialdad—. Alguien cuya sangre tenga valor, ¿no?

Un nuevo pulso recorrió el templo, como si la tierra misma confirmara que estaba de acuerdo con la decisión que se había tomado.

El sacerdote bajó la voz aún más.

—Fue quien te sostuvo cuando eras un niño. Quien habló por ti ante el consejo. Quien contuvo a tu madre cuando su ira se volvió… imprudente.

—Lo sé…

El sacerdote sostuvo su mirada.

Amonir tomó una decisión, dejando a un lado la decisión que su corazón tomaría. Giró el cuerpo por completo hacia su decisión.

Sarek ya lo estaba mirando sabiendo antes que nadie la decisión que el príncipe había tomado. En su rostro no había miedo.

Solo confusión… y una confianza que todavía no se había roto.

Aún.

—Mi señor…

Amonir tardó un instante de más en responder.

—Necesito que des un paso al frente.

El hombre lo miró, esperando una orden táctica, una retirada, una negociación…

—¿Para qué?

La presión del templo se volvió insoportable.

Amonir sostuvo su mirada, limpió sus manos de sudor en los costados y dio un paso hacia él. Dudó un instante, pero no pudo suavizar lo que dijo.

—Para ocupar su lugar.

Sarek no retrocedió. Pero tampoco avanzó.

Miró a Amonir esperando que aquello fuera otra cosa. Una prueba o algún plan macabro que acabara diferente.

Había estado a su lado demasiado tiempo. Lo había visto aprender a mentir. A escuchar sin parecer débil. A sobrevivir en su propia casa.

Había corregido sus errores antes de que otros los vieran, hablado por él cuando aún no tenía voz suficiente para hacerlo…

No, no reacciono de inmediato, pero su rostro palideció en cuanto entendió todo, y su gesto fue peor que un grito para Amonir. Parpadeó una vez, luego otra.

—Amonir… —su voz salió áspera—. Yo te enseñé a no inclinar la cabeza ante fanáticos.

—Y me enseñaste a sostener el reino —respondió—. Pase lo que pase.

—Así no.

Dio un paso más hacia él y bajó la voz.

—No hay otra forma.

Sarek lo miró largo rato.

Kimbra esperaba encontrar odio o rencor, la traición de un hijo, pero en sus ojos sólo palpitó la decepción.

—Te enseñé a ser mejor que ellos.

Amonir cerró los ojos un instante.

—Lo intento…

Otros sacerdotes emergieron de las sombras y se acercaron. No lo tocaron todavía pues aún esperaban su respuesta.

—¿Entonces?

Amonir le miró a los ojos intentando contener las lágrimas.

—Debes ocupar su lugar.

Sarek respiró hondo.

Miro el altar. Miró al joven al que había visto crecer.

Y asintió.

No por obediencia… Por amor.

Las cadenas de Kimbra se soltaron con un sonido seco que resonó demasiado alto en el silencio que les rodeaba. Manos firmes la apartaron del altar mientras otras guiaron al asistente hacia el centro de la losa.

Amonir no miró cuando lo colocaron sino que encaró al sacerdote apretando la mandíbula.

—Su colgante.

El ssharith se detuvo.

—Fue confiscado al capturarla —dijo—. Un objeto de control sobre el agua no puede existir, es una blasfemia.

Amonir extendió la mano.

—El colgante.

El sacerdote dudó.