Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 20
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CAP 20

El camino hacia el templo más sagrado de Bab-Girsu no era un simple sendero.

El paso de montaña era inmenso, las paredes pulidas estaban grabadas y ornamentadas con infinidad de símbolos y dibujos de dragones que cohibían a todo aquel que se atreviera a adentrarse por ahí.

A intervalos regulares se alzaban arcos de piedra sin puertas, solo marcos desnudos que el grupo atravesó en silencio. Cada arco estaba más desgastado que el anterior, el tiempo allí parecía haberse acumulado capa sobre capa.

Bajo ellos, el sonido de las pisadas cambiaba, amplificado, grave y ceremonial.

Nadie habló.

Incluso el viento parecía deslizarse con más cuidado entre las rocas, como si también supiera que aquel no era un lugar cualquiera.

Kimbra avanzó encadenada con las muñecas doloridas, obligada a seguir un ritmo antinatural. A cada paso sentía que la excusa de un juicio no era más que la careta de la realidad, de lo que de verdad iban a hacer.

Una ofrenda.

Todo aquel camino parecía haber sido construido para conducir cosas vivas hacia el único destino válido para quienes ensuciaban las leyes y las normas.

El sendero comenzó a estrecharse al acercarse al corazón de la montaña. Los pilares desaparecieron. Los relieves se volvieron más escasos, y los pocos que habían eran más antiguos, más toscos.

La piedra dejó de estar pulida y empezó a mostrarse áspera, irregular y al natural.

Hasta que la calzada se convirtió en un paso estrecho entre dos paredes de roca virgen.

Los soldados tuvieron que avanzar en fila de uno.

La piedra casi rozaba los hombros de todos a cada paso. El cielo se redujo a una franja irregular sobre sus cabezas y el aire se volvió más frío y denso, con un olor peculiar que le raspaba al respirar.

Durante un instante, mientras cruzaban aquella grieta en la montaña, tuvo la sensación de estar atravesando la garganta de algo inmenso.

Entonces salieron al otro lado.

La luz se abrió de golpe, y ante ellos apareció el valle.

Amplio. Silencioso.

Encerrado por cumbres escarpadas que lo aislaban del mundo, igual que los bordes de un cuenco gigantesco. No había otros caminos que condujeran allí. No había murallas, ni torres militares dominando el horizonte.

Solo tierra volcánica, hierbas bajas agitadas por el viento… y en el centro, solitario, el templo más sagrado de Bab-Girsu, Kar-Girshem.

Como el templo que ya había conocido, no se alzaba hacia el cielo.

No tenía agujas doradas ni estandartes ondeando.

No había mármol blanco ni cúpulas brillantes que reflejaran el sol.

Era una construcción ancha y baja, de piedra negra erosionada por siglos de viento y lluvia.

Sus muros estaban inclinados hacia dentro, como si cargaran con un peso invisible, y la superficie estaba marcada por grietas, surcos y símbolos tan desgastados que parecían cicatrices más que inscripciones.

Después de la calzada ceremonial, de los arcos, los relieves y las procesiones de piedra, aquello resultaba casi brutal en su naturalidad.

No había nada en él que le recordara a nada que conociese.

Estaba hecho para permanecer cuando el mundo mismo llegara a su fin.

Había algo… un escalofrío le recorrió entera. Estaban fuera del Imperio, casi al filo del mismo mundo. Lejos de todo aquel que pudiese ayudarla.

El Imperio podía haberlo rodeado, conquistado o temido… pero no lo había creado. El templo estaba allí desde antes. Antes de las fronteras, antes de los emperadores, antes de las monarquías, antes incluso de los nombres con los que ahora llamaban a las montañas según sus lenguas.

Uno de los guardias la empujó para que siguiera avanzando.

El viento descendió desde las cumbres y se arremolinó alrededor del templo, levantando polvo oscuro que se deslizó por el suelo en una niebla baja. A cada paso, sintió que se acercaban a un lugar que no necesitaba visitantes, ni devotos, ni testigos.

Las dos hojas de piedra oscura, gruesas y sin adornos, giraron con un lamento grave que vibró en el aire como un trueno contenido. El sonido no se perdió al cerrarse detrás de ellos; descendió, rodando por la profundidad invisible del interior.

El primer paso dentro bastó para que Kimbra entendiera que nada de lo que había visto hasta ahora, la había preparado para aquello.

Rojo, todo era rojo.

Aquello no parecía un templo.

Parecía un pozo sin fondo al que le hubieran construido paredes de sangre a su alrededor.

Las losas que revestían el interior no eran de la piedra ferrosa de la montaña. Eran de un mármol rojo oscuro, pulido hasta brillar con un lustre húmedo bajo la luz del fuego. Las vetas no formaban dibujos suaves, sino remolinos densos, corrientes atrapadas en mitad de un movimiento violento.

Por un instante, se le ocurrió una idea imposible y no pudo apartarla.

No parecía piedra, parecía sangre que se hubiera cristalizado de forma violenta, endurecida, convertida en los muros que sostenían aquel lugar.

El suelo se inclinaba suavemente hacia abajo, formando una rampa amplia que comenzaba a curvarse casi de inmediato. La estructura entera descendía en espiral, abrazando un vacío central tan vasto que la vista tardaba en comprenderlo.

Si hubiesen querido, toda Bab-Girsu entraba allí dentro.

Balcones circulares se superponían, nivel tras nivel, tallados con esmero alrededor del abismo. Desde ellos, figuras observaban en silencio: todos fieles, sombras inmóviles que se recortaban contra la luz temblorosa de las antorchas.

El humo ascendía en columnas lentas, pero no lograba escapar. Quedaba atrapado en el interior, formando una neblina rojiza que olía a resina quemada y a incienso húmedo.

Cantos graves bailaron con un compás lento en el aire.

El eco hacía que no pareciese salir de gargantas de personas, sino de la propia piedra. Vibraban en el pecho, en los huesos, en la base del cráneo… el templo respiraba y aquel era el sonido de su aliento.

Empezó a avanzar tras un tirón de sus grilletes.

La presión de lo que venía empezó con un leve cosquilleo en los oídos. Después se convirtió en un peso constante, sintiendo como el aire se hacía más denso con cada paso, descendiendo piso tras piso.

Tragar no le ayudaba. Respirar no le aliviaba.

Era la misma sensación que al descender bajo el agua… solo que allí no había agua, solo las miradas penetrantes de los fieles y la profundidad de la misma tierra.

Se obligó a no mirar a la gente que la observaba de cerca pasearse en una grotesca procesión.

Cada paso hacia abajo intensificó su sensación de que estaba adentrándose en la garganta de un animal antiguo, ya olvidado por el tiempo.

El descenso terminó en una plataforma amplia, con canales a su alrededor que socavaban el suelo en intrincados dibujos.

A su alrededor la custodiaban varios arcos que se hundían en las paredes hacia la oscuridad.

Y uno de ellos era el protagonista de todos ellos, pues era tan grande que podría haber pasado con ligereza por él el barco en el que vinieron.

Un altar se alzaba en el centro como el antagonista de una tragedia: una losa de piedra oscura que llamaba todas las atenciones.

Fue empujada hasta el borde de la losa sin miramientos ni delicadeza y las cadenas tintinearon con un sonido demasiado ligero para aquel lugar.

En los balcones superiores, las figuras comenzaron a inclinar la cabeza buscando al protagonista de todo ello.

Y no era ella.

El sacerdote ssharith avanzó con paso lento. Su túnica era de un vivo color rojo decorados con bordados dorados y con incrustaciones de piedras que palidecían por el brillo y la lustrosidad de sus escamas de rubí.

Su mirada atravesó la sombra que creaba su capucha y estudió apenas un instante a la acusada. Cuando habló, su grave y profunda voz ocupó todo el espacio acariciando a los presentes.

—Tenemos ante nosotros a la causante del revuelo de ayer —El eco de sus palabras ascendió por el hueco como un tambor ceremonial—. No comparecerá ante el Imperio. Ni comparecerá ante reino alguno de los hombres.

Alzó una mano, y los cantos cesaron.

—Comparece ante las Montañas que nos dieron forma. Ante la piedra que sostiene el mundo. Ante los Padres que duermen bajo la tierra… y ante sus hijos, que vigilan desde la fe.

Un murmullo grave recorrió los niveles superiores. Al principio no supo identificar qué sentimiento bañaba a los presentes, pero no tardó mucho en reconocer que no era temor.

El sacerdote giró el rostro hacia ella.

—Ha profanado lo sagrado. Ha tocado fuerzas que no le pertenecen y ha pretendido dominar lo que solo puede servir a los Padres.

Sus ojos recorrieron los balcones más cercanos.

—Es impura… Y la impureza debe ser purificada.

Un sacerdote secundario avanzó desde las sombras de uno de los arcos. En sus manos portaba con suavidad un cuenco labrado y adornado con pan de oro. Cuando estuvo al borde del altar alzó el recipiente cerrando los ojos.

—La sangre es necesaria —continuó el ssharith—. Restaurará el equilibrio y será su redención.

Levantó ambas manos abiertas hacia las alturas del templo.

—Las palabras y las personas… no significan nada para las Montañas. Piden pureza. Piden compensación. Piden verdad.

Sus ojos se endurecieron cuando volvieron a posarse en la chica.

—Y la verdad siempre tiene un precio.

Un murmullo recorrió a la muchedumbre. En aquel lugar, nadie dudaba de lo que estaba escuchando.

El sacerdote abrió la boca para continuar.

Pero algo lo detuvo. Un murmullo creció en volumen bajando a través de los pisos como una ola de inquietud. Al principio fueron solo eso, murmullos, después el sonido de unas botas acalló a los presentes.

Las miradas comenzaron a elevarse, una tras otra, hasta la entrada del altar.

Allí, recortado contra la luz rojiza de las antorchas, apareció una silueta diferente.

Aunque llevaba una larga capa de un azúl profundo que le cubría por completo.

No llevaba velo, solo una capucha amplia y baja que ocultaba el rostro por la densa sombra que creaba el ambiente.

A su lado, un paso por detrás, avanzaba otra persona con una capa similar, pero de un color terroso.