CAP 19 #3
—Si nos quedamos juntos, nos hundiremos los tres.
Miró un instante al príncipe con gravedad.
—No me sigáis.
—¿Qué vas a hacer? —espetó este.
—Darles lo que quieren.
—Kimbra, no...
Antes de que pudieran detenerla se arrebató la túnica de un tirón y echó a correr en dirección opuesta.
La reacción fue inmediata.
La atención de la multitud se desplazó con ella como una sola entidad. Algunos giraron, otros aceleraron el paso, y los guardias que habían emergido por los accesos laterales cambiaron de dirección.
El príncipe quedó atrás. Seguro junto a Sarek.
Descendió por un corredor estrecho que apenas permitía el paso de una persona. Las paredes le rozaron los hombros protegidos por el cuero. El aire allí era más frío y húmedo.
Podía sentir el agua otra vez.
Pensó en girarse. Detenerlos. Vaciarlos, lo justo, para que no la siguieran.
Su respiración se volvió irregular por el pánico.
—No…
Se arrancó los guantes en un arrebato y siguió corriendo.
El corredor desembocó en otra terraza, más pequeña, sin salida. Solo un descenso abrupto hacia una plaza amplia.
El borde terminaba en una caída de varios metros hacia el nivel inferior, lo bastante alta como para romperle algo… pero no matarla al instante.
Un error.
Cuando se giró para rectificar ya estaban ahí.
Tres guardias cerraron el paso por donde había venido. Detrás de ellos, figuras envueltas en tela se acumularon en silencio, observando, presionando para que se hiciera justicia.
No hubo gritos, ni caos.
Solo el regocijo de quienes habían hecho lo correcto.
Eso fue lo que la terminó de sacudir.
Para ellos, eso estaba bien. Todos tenían la certeza de que era lo correcto, pues una extranjera había llegado para romper sus reglas, para profanar sus calles...
Retrocedió hasta que el borde de la terraza le rozó los talones.
El vacío se abría a su espalda.
Alzó la mano.
Podía hacerlo, esta vez sí.
Solo necesitaba secar a los tres guardias, convertirlos en polvo y hacer que el horror y el pánico calara entre los fieles para poder huir y escapar.
Las personas bajo los velos no dudaron, ni retrocedieron.
Había algo en ellas que la detuvo, pues no encontró en ninguno de ellos ningún atisbo de duda o de intranquilidad. En esas personas reinaba algo que los mantenía firmes en su posición.
La Fe.
La Fe en aquello que defendían, la fe que regía sus vidas, su tranquilidad y su felicidad… Y estaban dispuestos a morir por ella.
Su mano tembló.
Y en ese instante, uno de los guardias se lanzó hacia delante.
El impacto la derribó sin darle opción a defenderse, y ambos cayeron al vacío.
La caída fue rápida, y brutal.
El aire escapó de sus pulmones en un jadeo seco cuando la piedra la embistió e hizo que todo su mundo explotara en luces. Un pitido fragmentó todo su campo de visión.
Intentó incorporarse, entumecida por el dolor, cuando entre la marea de gente emergió el sacerdote.
—Ya basta…
Ella intentó reunir el agua necesaria para defenderse.
Los ojos del sacerdote se iluminaron por el reconocimiento y avanzó hacia ella tranquilo, pero con una urgencia casi bien disimulada.
Sus dedos encontraron el colgante sin dificultad y tiró de él.
Parte del mundo se apagó de golpe.
—Devuélvele a la montaña lo que has profanado —dijo con voz grave.
El bastón ceremonial descendió. Intentó esquivar el movimiento, pero no pudo evitar el destello de dolor que atravesó su cabeza.
La luz se quebró en fragmentos blancos.
Y luego, nada.
Cuando abrió los ojos no sabía cuánto tiempo había pasado.
No fue el dolor lo que la despertó, aunque estaba allí, pulsando en su sien y extendiéndose por detrás de los ojos.
Fue el frío. Un frío profundo, que no venía del propio aire, que le entumecía los pulmones, sino de la piedra que la sostenía, que emitía un frío húmedo que calaba hasta los huesos y agarrotaba sus músculos.
Estaba tirada en una celda excavada en la montaña.
Las paredes no habían sido pulidas como las del templo ni desgastadas como las de las calles de la ciudad; conservaban aristas, vetas, pequeñas hendiduras donde la humedad se acumulaba en sombras oscuras.
Una única abertura estrecha, demasiado alta para alcanzarla, dejaba entrar una línea de luz gris que no pertenecía ni al día ni a la noche.
El silencio que la rodeaba era espeso, tan pesado como el lodo. E igual de agobiante.
Volvió a cerrar los ojos.
Extendió la percepción hacia fuera, como había hecho tantas veces antes. Buscó la humedad en el aire, el rastro de agua en la piedra, la presencia líquida en su propio cuerpo.
Nada.
No era que no hubiera agua. La oía goteando en algún lugar de la mazmorra.
Es que el agua ya estaba fuera del alcance de sus sentidos.
Dejó que el tiempo pasara antes de atreverse a incorporarse. La cabeza le dio vueltas, pero no era eso lo que le aceleró el pulso.
Lo intentó otra vez.
Silencio.
Se llevó la mano al cuello buscando el colgante, pero no lo encontró.
Fue cuando el recuerdo volvió de golpe: el bastón del sacerdote, la piedra, la cadena abriéndose...
El aire entró en sus pulmones en una respiración corta y rota. Intentó levantarse del todo pero sus piernas no la sostuvieron, por lo que se mantuvo apoyada en la irregular pared.
Ahora solo estaba ella.
El sonido de la cerradura cortó el hilo de sus pensamientos.
El carcelero era un onyx de complexión ancha, hombros rectos y manos grandes, endurecidas por años de trabajo.
Su túnica era más simple que la de los sacerdotes, sin bordados, sin ornamentos.
El rostro lo llevaba cubierto hasta la nariz.
Sus labios se torcieron en una sonrisa retorcida que no encajaba en aquel lugar.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
Solo llevaba un bastón corto de madera lisa.
—Manipulaste el agua en el templo —dijo tras un tiempo observándola en silencio.
No fue una pregunta.
—Profanaste con palabra no consagrada un templo.
Para él las ecuaciones eran sumamente graves, y eso era todo lo que necesitaba.
Castigar a una hereje.
—¿Quién te envía?
El hombre acortó las distancias y se detuvo ante ella esperando una respuesta.
Pero esta no llegó, solo guardó silencio sosteniendo su mirada.
El bastón descendió con un golpe seco contra su costado.
El dolor se expandió en una ola breve y punzante.
Contuvo un gemido.
—La mentira se purga con la verdad —continuó él con la misma voz neutra—. ¿Quién te envía?
Apretó los dientes.
—No he dicho ninguna mentira.
Sabía que podía decirlo. Sería fácil. Podía pronunciar el nombre del príncipe y todo cambiaría. Aunque nada le aseguraba no recibir más dolor.
El templo no la trataría como una fanática aislada. La carta pasaría a ser un asunto diplomático. La noticia viajaría y llegaría a manos de la reina. Y con ello también al Emperador. Supondría su perdición y la de Amonir.
Un golpe más. Esta vez en el hombro.
—Nadie actúa sólo en Bab-Girsu —dijo el carcelero—. Las palabras vienen de algún lugar.
Bajó la vista un instante.
“No pronuncies mi nombre, ni me menciones”.
Tomó aire y volvió a alzar la cabeza.
—Solo soy la mensajera —respondió.
El bastón golpeó de nuevo, esta vez en el centro del pecho. El impacto le arrancó el aire, pero no gritó. El hombre la observó acariciando la dureza del material del que estaba hecho su bastón.
—Entonces morirás como tal.
Se inclinó hacia ella asegurándose de mantener las distancias.
—Al amanecer, tu humedad será devuelta a la piedra. Lo que tomaste sin permiso regresará al ciclo de la montaña.
Se enderezó, giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta. Antes de salir, añadió sin mirarla:
—Reza, si sabes hacerlo.