CAP 19 #2
Una escalinata ancha descendía entre muros perfectamente pulidos, desgastados por generaciones de manos que habían rozado la roca al bajar. El murmullo de la ciudad quedó atrás con cada peldaño, sustituido por un silencio más espeso, apenas roto por el eco amortiguado de sus propios pasos.
Al final de la escalinata, el espacio se abrió de pronto.
La recibió una cámara circular, inmensa, cuyos muros conservaban las vetas naturales de la piedra.
Desde lo alto, un óculo perforaba la montaña y dejaba caer un único haz de luz blanca que descendía en una columna sólida hasta el centro del recinto, donde reposaba un altar bajo y ancho, naciendo del suelo.
El aire era pesado, húmedo, cargado con olor a mineral, incienso y aceites.
El sacerdote que buscaba aguardaba al otro lado del altar. Su túnica caía en pliegues pesados, y los bordados oscuros parecían moverse cuando el haz de luz los rozaba.
Su rostro… No había visto muchos ssharith en general, pero era la primera vez que veía uno que tuviera rasgos tan…
humanos. Sus escamas brillaban como rubíes bajo el sol y sus penetrantes ojos ambarinos miraban unos documentos aburrido, tenía un porte digno, como si él tambien naciera de la misma montaña como el templo que presidía.
Tomó aire y se adentró en la luz. Al instante la mirada del sacerdote la encontró, alerta por la intromisión. Inclinó la cabeza y extendió el pliego con ambas manos.
—Un mensaje para usted —dijo, cuidando que su voz no temblara.
El sacerdote dejó sus documentos apoyados en el altar y lo recibió con la misma solemnidad con la que otros habrían tomado una reliquia. Sus garras acariciaron el borde del papel antes de sostenerlo por completo.
Kimbra se giró con la intención de irse.
—Espera.
La chica se detuvo tensando la espalda. La voz del hombre era profunda, cautivadora, tan enigmática como la de un animal salvaje intentando atraer a su presa.
—Esta escritura… —murmuró.
Intentó que su nerviosismo y tensión no traspasara su velo y se giró para mirarlo.
El sacerdote rompió el pliegue abriéndolo con cuidado.
La luz del óculo le cruzaba el rostro en diagonal, dejando una mitad de este en claridad y la otra en sombra creando un contraste dramático en su gesto.
Sus ojos se movieron una vez. Dos. Se detuvieron.
El murmullo lejano del agua en los canales del templo fue, de pronto, lo único que llenó el espacio entre ellos.
Cuando alzó la vista, la calma seguía allí… pero se había vuelto fría.
—¿Sabes lo que traes a esta casa con tu carta?
—Solo soy la mensajera —respondió ella—. Son solo palabras.
—Las palabras nunca son “solo”.
Sus dedos golpearon suavemente el pergamino.
—Esto habla de un equilibrio alterado. De fuerzas que deben moverse. De decisiones que afectarán a muchos que no han sido consultados.
Clavó los ojos en ella.
—No hay sello…
No pudo evitar mirar por encima de su hombro hacia la salida haciendo que el hombre avanzara lentamente rodeando el altar.
—Lo que has traído puede leerse como una advertencia… o una amenaza.
El pulso le golpeó en las sienes como advertencia, la cosa no iba bien.
—No es una amenaza —dijo—. Es la ayuda de un amigo.
El sacerdote dio un paso más hacia ella. Las sombras abrazaron un poco más las duras facciones de su rostro.
—¿No eras sólo la mensajera?
Un escalofrío le recorrió ante la gravedad en las palabras del sacerdote, estas no se elevaron ni tomaron una dureza renovada, pues no hizo falta.
—Has traído palabra sin testigo de fe a un lugar sagrado. Y lo has hecho sin nombre y con mentiras.
Un gesto mínimo de su mano bastó.
Dos figuras surgieron de las sombras laterales, silenciosas, con túnicas idénticas a las del resto, pero con cuerdas que ceñían los puntos claves para tener mejores movimientos.
—Hasta que sepamos quién habla en realidad a través de esta tinta —dijo el sacerdote—, serás retenida.
Los guardianes avanzaron hacia ella.
No corrieron. No desenvainaron nada. No gritaron órdenes amenazantes.
Se acercaron con la seguridad de quien ya sabe cómo termina una historia. Ese fue el detalle que rompió su compostura.
Si la retenían, el príncipe quedaría implicado. Las preguntas llegarían demasiado lejos. Y si el príncipe decidía no intervenir e irse sin mirar atrás, ella volvería a estar encarcelada.
A saber hasta cuando.
Retrocedió un paso y decidió defenderse.
Giró sobre sí misma y lanzó el codo contra la garganta del guardia más cercano.
El golpe fue limpio y con la suficiente fuerza para que este boquera apartándose de ella.
El segundo intentó sujetarla por el brazo agarrándola con firmeza; se soltó girando la muñeca, solo necesitaba un hueco para poder huir.
Pero eran más grandes. Y más fuertes.
Uno consiguió atraparla por detrás y le arrebató el velo casi haciéndola caer al suelo. El hombre impidió que cayera del todo agarrándola por las trenzas arrebatándole un grito de dolor. Un segundo guardia avanzó y le asestó un puñetazo en el estómago obligándola a doblarse.
Las palabras de Amonir volvieron frescas a su memoria, pero estaba en una situación desesperada y estaba cansada de recibir golpes.
Tomó aire.
Sintió la humedad del ambiente, el rastro de agua teñida por el hierro en la piedra, la fina película de sudor bajo las túnicas, las corrientes decorativas de su alrededor.
La llamó.
El agua respondió, como hilos que se tensaron desde todas partes hacia su voluntad. Las gotas se desprendieron de la roca, del aire, de la piel. Un estremecimiento recorrió el suelo cuando la humedad cambió de lugar sin permiso de la montaña rodeándola en un cúpula de gotas de agua.
La cúpula estalló.
No fue una explosión limpia, sino un latigazo irregular de agua que se dispersó en todas direcciones. Las gotas se convirtieron en proyectiles, finos y punzantes, golpeando rostros, ojos y las manos que la sujetaban.
El guardia que la cogía del pelo aflojó el agarre con un gruñido de dolor.
Se zafó con facilidad y embistió al guardia sin reparo.
Sus pies impulsaron la piedra antes de que su mente alcanzara a seguirlos.
Dio un paso, luego otro, y echó a correr.
—¡Detenedla! —tronó la voz del sacerdote cargada de una autoridad que le heló la sangre.
No miró atrás.
El templo dejó de ser un espacio sagrado y se convirtió en un foso de pesadilla. Subió los escalones de dos en dos. Cada bocanada le llenaba los pulmones con una mezcla húmeda de mineral y miedo.
Detrás la siguió un estruendo de pasos. Muchos pasos.
Avanzaban con ritmo coordinado e implacable que le erizó la piel al verse corriendo delante de lo que podría ser un alud.
Alcanzó la escalinata principal jadeando y emergió de nuevo a los niveles superiores de la ciudad. La luz la golpeó cegándola obligando que redujera su carrera. El mundo se volvió demasiado nítido de golpe por la falta del velo.
Demasiado expuesto.
Las figuras que transitaban por las terrazas se detuvieron al verla. No fue inmediato, sino en cadena. Una cabeza giraba, luego otra, luego otra más.
Un murmullo recorrió el aire, no creció en volumen como una ola. Pero se tensó por la gravedad de su ofensa.
—Impura…
No supo de quien había salido la palabra, pero se propagó como una grieta en el cristal.
Bajó un tramo de escaleras, giró en una terraza estrecha y casi chocó con una figura que se apartó tarde. El roce fue mínimo, pero suficiente.
El hombre retrocedió como si le hubieran quemado.
—No la toquéis —susurró alguien—. Está descubierta.
Eso la hizo dudar un instante. Y ese instante casi la mató.
Un guardián emergió por su derecha, cortándole el paso.
La hoja de su espada soltó chispas cuando esta chocó contra la piedra al no encontrar su garganta.
Una ira caliente le subió por el cuello y lanzó la mano hacia él.
El agua respondió con violencia esta vez: un tirón seco que arrancó la humedad de las paredes y la lanzó hacia su oponente en una embestida frontal.
El hombre se tambaleó, llevándose la mano al rostro intentando retirar el agua que le impedía respirar.
Un chasquido a su espalda la empujó a seguir corriendo.
Las calles se estrecharon a cada nivel. Las terrazas abiertas daban paso a corredores más angostos, donde las paredes parecían cerrarse sobre ella. Los pasos se multiplicaban detrás.
Entre ellos, notaba que uno no corría.
Avanzaba lento. Seguro.
Y aun así, cada vez estaba más cerca.
—¡Por aquí!
Reconoció la voz antes de verlos.
Amonir y Sarek aparecieron desde un lateral, descendiendo a toda prisa. El primero la agarró del antebrazo con firmeza, obligándola a detenerse lo justo para mirarla.
Supo que la alarma teñía sus ojos sin necesidad de verle el gesto a través del velo.
No dijo nada.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Sarek, mirando hacia atrás—. Ya vienen.
Ella asintió, recuperando el aliento a la fuerza.
—No podemos bajar —añadió el príncipe—. Cerrarán los accesos principales.
—Entonces arriba —respondió ella.
Echaron a correr juntos.
Durante unos instantes, el mundo se redujo al sonido de sus pasos y al latido desbocado en sus pechos. Subieron por una escalinata más amplia, atravesaron una pasarela suspendida entre dos niveles de roca, y desembocaron en una plaza irregular, abierta al vacío de la garganta de la montaña.
Allí los estaban esperando, no eran guardias.
Decenas de figuras cubiertas, alineadas sin orden pero con una quietud antinatural. Nadie hablaba ni se movía. Sus respiraciones se mantuvieron contenidas esperando que los recién llegados hicieran algo indebido.
Solo la miraban, a ella.
El príncipe se detuvo en seco.
—No… —murmuró.
Una de las figuras dio un paso al frente. Luego otra. Y otra más.
Sintió sus ojos clavados en la piel, en la cara descubierta, en la falta de velo que la separaba de ellos y de su moral.
—Impura —dijo alguien.
—Ha tocado lo que no le pertenece.
—La montaña la rechaza.
—Impura…
La ausencia de gritos le caló más hondo.
Uno de ellos alzó la mano hacia los otros. Un gesto mínimo. Y la multitud respondió. Tenían que hacer algo para detener a la mujer que estaba manchando su ciudad.
Kimbra dio un paso atrás.