CAP 19
Las dunas y la arena vaticinaron lo que venía antes incluso de que rodearan el último cañón.
Bab-Girsu no se alzaba como una simple ciudad construida al final del desierto; emergía de la cordillera del fin del mundo.
Las fachadas nacían de ella, como si manos de dioses antiguos hubieran retirado lo sobrante para revelar una ciudad que siempre había estado dentro de la montaña.
Terrazas escalonadas descendían por la ladera, unidas por escalinatas estrechas y pasarelas que colgaban sobre vacíos imposibles. Ventanas oscuras horadaban la pared de piedra siendo los ojos en un rostro inmenso y silencioso.
Cuando llegaron a la primera montaña, separada del resto por un enorme paso repleto de dunas, ya le pareció que era alta. Pero no tenía nada que ver con la gran cadena montañosa que daba cobijo a Bab-Girsu.
A intervalos irregulares, campanas lejanas dejaron caer notas graves que se deslizaron por la roca y la arena llegando hasta ellos en una vibración que se notaba más en el pecho más que en los oídos.
Se detuvieron ante un arco natural que marcaba el inicio del camino hacia la ciudad.
Allí los esperaban dos figuras envueltas en túnicas color arena, con el rostro cubierto por velos que caían desde la frente hasta el pecho.
No portaban armas a la vista, pero su quietud era más disuasoria que cualquier acero.
Uno de ellos alzó una mano.
—Alto —dijo con voz apagada, como si temiera romper algo si alzaba demasiado el tono—. Nadie entra con ropajes inmorales.
A un lado del sendero, sobre una plataforma de piedra, reposaban varios fardos de tela doblada. El príncipe desmontó sin protestar mientras Kimbra y Sarek lo imitaron sin decir nada. Lyren se mantuvo oculto entre las alforjas.
Dio la espalda a los hombres y fingió rebuscar algo en los fardos al notar en su cabeza la llamada silenciosa de Lyren.
—Será mejor que me quede aquí.
—¿Por qué?
Lyren acarició la mente de la chica suavizando su preocupación.
—Bab-Girsu no es una ciudad conocida por su tolerancia. La domesticación de animales sin una función concreta se considera atentar contra la naturaleza.
Acarició la cabeza del animal y se alejó de su montura, resignada.
Tomó uno de los ropajes aún refunfuñando en su fuero interno.
La tela era más pesada de lo que esperaba, áspera por fuera y sorprendentemente suave por dentro.
Al desplegarla, descubrió que no era solo una pieza: incluía un velo largo, guantes finos y una banda que debía ceñirse alrededor de la frente.
—Cubrid piel, cabello y facciones —indicó el guardián—. La mirada directa es un privilegio solo de los puros.
Cuando se puso el velo sintió la tela deslizarse sobre su cabeza como una pesada cortina. El mundo se volvió más estrecho al instante. Filtraba la luz y desdibujaba los contornos, igual que si mirara a través de una niebla permanente.
Ajustó la banda en su frente y notó el pulso latiendo con demasiada fuerza al unirse a la presión de las trenzas sobre su cráneo.
Respirar se volvió un acto consciente.
A su alrededor, las figuras de sus compañeros se transformaron en siluetas anónimas, todas iguales bajo las capas de tela. El príncipe ya no parecía de sangre real, solo otro cuerpo cubierto, inclinado ante normas que no le pertenecían.
Desde la ladera, una nueva campanada descendió como el latido profundo del corazón de la montaña.
Cruzaron el tercer arco.
El sonido fue el que cambió primero.
Fuera, en los abrazos del desierto, el viento corría libre. Ahí dentro, se deslizaba por corredores de piedra cargada de hierro y callejones estrechos, fragmentado en susurros que parecían voces demasiado lejanas para entenderse.
El murmullo que habían oído desde la duna tomó forma: pasos amortiguados, telas rozando la piedra, respiraciones contenidas por los velos.
Las calles no lo eran en el sentido habitual de la palabra, sino que aprovechaban las grietas y cañones de la montaña. Escalinatas talladas ascendían y descendían sin orden aparente, conectando terrazas donde figuras cubiertas se desplazaban con movimientos lentos.
Nadie corría. Nadie alzaba la voz.
El grupo avanzó en fila, guiado por Sarek, que parecía conocerse muy bien la ciudad. A ambos lados, los habitantes de Bab-Girsu evitaban mirarse directamente. Algunos se apartaban, apoyando la espalda contra la roca para dejarles paso, el simple roce parecía resultar inapropiado.
Sentía las miradas a través de la tela, parecían animales de presa buscando la cena de esa noche. Mostrar el rostro estaba prohibido, pero el hambre de curiosidad por saber quien les rodeaba seguía innato en todos ellos.
Tac. Tac. Tac.
Las figuras de la calle reaccionaron al instante. Las conversaciones se extinguieron de golpe. Los cuerpos se detuvieron donde estaban, como si alguien hubiera tensado el hilo invisible que los sujetara a todos a la vez.
Uno a uno, inclinaron la cabeza.
El sacerdote apareció desde un nivel más alto, descendiendo con paso sereno.
Su túnica era del mismo color arena que la de los guardianes, pero con mejor tejido y más ornamentada, con bordados oscuros que seguían patrones orgánicos imposibles de abarcar de un vistazo.
Su rostro, a diferencia del resto, estaba descubierto.
Las escamas rojas de su piel capturaban la luz que caía desde lo alto de la garganta de piedra, brillando como rubíes bajo el sol.
Sintió el impulso de mirarlo embobada por la belleza de su piel… pero lo reprimió.
A su lado, el príncipe bajó la cabeza.
No fue una inclinación leve ni simbólica. Fue profunda, calculada, idéntica a la del resto de fieles.
En Bab-Girsu, no había corona que se respetara.
El sacerdote ssharith pasó entre ellos sin detenerse. Un bastón marcó un último golpe contra la piedra, y entonces, poco a poco, la ciudad volvió a moverse, todos coordinados, libres de la devoción.
Tardó un segundo más que los demás en alzar la cabeza.
Reanudaron la marcha cuando el murmullo de la ciudad regresó a su cauce habitual.
Sarek avanzó unos pasos por delante, descendiendo por una escalinata tan estrecha que les obligó a caminar en fila.
A cada nivel, la ciudad se abría en pequeñas terrazas donde el aire olía a incienso y piedra caliente.
Canales poco profundos recorrían los bordes de los pasillos, tallados en la roca. El agua fluía por ellos en hilos constantes, sin estancarse, susurrando contra la piedra como si también tuviera prohibido alzar la voz.
Una persona se inclinó sobre el canal y retiró levemente el velo para beber.
—No miréis demasiado —murmuró el príncipe ajustando su paso para instar a Kimbra a continuar—. Aquí observar es casi una forma de contacto.
Ella inclinó la cabeza, fingiendo obediencia, mientras intentaba memorizar cada detalle.
—Bab-Girsu no responde ante nadie —continuó él en voz baja—. La fe está por encima de la corona. Aquí cualquier mendigo devoto tiene más peso que un rey impuro.
Un par de figuras cruzaron frente a ellos: una de complexión elegante, otra alta y de movimientos sinuosos, con una robusta y fuerte cola escondida tras las ropas.
Caminaban juntas, al mismo ritmo, con la misma inclinación de cabeza, la misma devoción.
—Onyxs y ssharith viven aquí como iguales.
Observó cómo ambas figuras se detenían al paso de otro sacerdote más joven. El chico, que tenía que ser más joven que ella, tenía unas escamas rojas más lustrosas, si cabía, que el sacerdote que habían visto con anterioridad.
—¿Todos los ssarith aquí son rojos?
El príncipe negó.
—Solo los sacerdotes.
Observaron discretamente como las figuras se inclinaron ante el sacerdote y este, hinchado de satisfacción, les besó la frente antes de seguir su camino.
—Recuerda esto —dijo Amonir bajando aún más la voz—: la magia elemental está prohibida aquí.
Frunció el ceño, pero recordó que Amonir no podía verle la cara.
—¿Por qué?
—Para ellos, los elementos no son herramientas. Son partes del orden sagrado de la vida. Manipularlos es… —buscó la palabra adecuada— mancillar ese orden.
Miró el pequeño canal que fluía a su lado. El cosquilleo en la yema de sus dedos se convirtió en un picor doloroso al no poder recurrir a él, por lo que se alejó intentando evitar la tentación.
Ascendieron un tramo de escalinatas.
El príncipe habló sin mirarla.
—A partir de ahora, debes hablar solo tú.
—¿Qué debo decir?
—Lo justo. Nada más. —Su voz fue baja, pero firme—. No pronuncies mi nombre, ni me menciones. No sugieras siquiera que actúas en mi representación.
Eso la obligó a mirarle extrañada, queriendo poder ver su expresión tras el velo.
—Pero la carta…
—La carta habla por sí sola.
Bajaron un rellano donde varias figuras arrodilladas limpiaban la piedra con paños húmedos. Nadie levantó la vista cuando pasaron.
El príncipe continuó:
—En Bab-Girsu, la palabra escrita es más sagrada que cualquier juramento. Lo hablado se lo lleva el aire. Lo escrito permanece… y responde ante los dioses.
Sintió el peso del pliego oculto entre las capas de su ropa.
—Por eso no va sellada con mi emblema —añadió él—. Un sello real convertiría esto en un asunto político. Así… es solo una petición de un creyente a otro.
—¿Y si preguntan quién la envía?
Hubo un breve silencio.
—No debería llegar a eso… Pero si ocurriera, diles que eres la mensajera. Nada más.
Giraron por un corredor donde la pared se abría en nichos llenos de tablillas de piedra grabadas con deseos y anhelos de sus dueños. Ninguna estaba cubierta de polvo.
—El sacerdote que la recibirá es amigo mío, un erudito encubierto oculto bajo capas de fe —dijo al fin el príncipe—. Reconocerá mi letra. Eso bastará.
No sonó del todo seguro. Pero sonó esperanzado.
Kimbra esperaba que los templos de una ciudad religiosa se alzaran gloriosos hacia el cielo… pero no, al que llegaron se hundía en la montaña, recogido y abrazado por toneladas de piedra ferrosa.