Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 18 #4
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CAP 18 #4

Una curva leve, casi irónica, tocó su boca.

—Yo intentaba algo más difícil.

—¿El qué?

—Convencer a esos mismos sacerdotes de que dejaran de hacer abominaciones por sus propios intereses.

Miró al príncipe esperando encontrar alguna aclaración, pero este no añadió nada.

—¿Y qué pasó?

Fue Amonir el que contestó por ella esta vez.

—La oyeron, pero no la escucharon.

No pudo evitar una sonrisa breve y amarga.

—¿Y tú? ¿Conseguiste lo que buscabas?

—Tampoco —respondió Lihinee—. Demasiadas puertas cerradas. Demasiada autoridad en la fe.

Las palabras se quedaron suspendidas entre ellos creando un ambiente que no fue del todo incómodo, pero sí denso. Demasiadas verdades flotaban en el aire, demasiado mundo nuevo encajando a la fuerza en su cabeza.

—Si tú estás explorando la zona… —empezó despacio— y sabes moverte sin que nadie te vea…

La elfa la observó sin interrumpirla.

—…podrías llevar el mensaje por nosotros.

Kimbra continuó, tomando confianza a medida que la idea se terminaba de formar. Estaba tan metida en su iluminación que no vio la mirada de advertencia del príncipe.

—Tenemos que dar un aviso. Si tú ya te mueves por esta región, podrías desviarte, entregarlo y seguir tu camino. Nosotros podríamos regresar al palacio antes de meternos más en problemas.

Era lógico. Eficiente. Seguro.

O eso le pareció a ella.

La elfa ladeó la cabeza.

—¿A dónde tendría que llevar ese mensaje?

—A Bab-Girsu.

La respuesta no provocó su enfado, pero un silencio frío y palpable les rodeó a todos. La serenidad de la elfa no desapareció, se volvió distante, como si de pronto hubiera dado un paso atrás.

—No —dijo.

—¿Qué? ¿No puedes o no quieres?

—Ambas.

La elfa se levantó con suavidad sacudiéndose la arena de encima.

—Los míos no cruzan ciertas fronteras humanas si pueden evitarlo. Bab-Girsu es una de ellas.

—Pero tú ya estuviste allí —replicó.

—Una vez hace mucho tiempo. Y no volveré.

Su voz sonó decisiva, sin rabia.

—Los elfos viajamos por rutas antiguas —continuó—. Sendas que no aparecen en vuestros mapas, pasos que evitan vuestros templos, vuestros ejércitos y vuestros mercados. No necesitamos vuestras ciudades para movernos por el mundo.

Ella se cruzó de brazos.

—Solo es una ciudad.

Los ojos grises se endurecieron al mirarla, como la piedra bajo el agua.

—No, es una ciudad corrompida.

La frase se quedó flotando entre ellas por el odio que empezaba a filtrarse por las grietas. La elfa dio un paso más cerca, lo justo para que su presencia llenase su espacio y evitase que siguiera insistiendo.

—No pongo mis pies dónde los oídos ya no escuchan y se cometen atrocidades en nombre de falsos dioses.

Sostuvo su mirada, entendiendo de golpe que no se trataba sólo de caminos ni de distancias. Apretó los dientes.

—Tiene que haber algo…

La elfa no respondió.

Cuando Kimbra habló su voz careció de la firmeza que había tenido hasta entonces.

—Si… si no volvemos pronto —continuó mirando a Amonir— tendré problemas de verdad. El Emperador no es paciente. Soy… prescindible en este momento.

Los ojos de la mujer se congelaron por la alarma.

—¿Emperador?¿Prescindible para quién?

Kimbra dudó.

—Soy embajadora.

La reacción fue inmediata.

Lihinee no se sobresaltó, no cambió su postura, pero algo en ella se tensó de pronto.

—¿Embajadora… del Imperio? —repitió la elfa intentando controlar su alarma.

Su mirada pasó de Kimbra… a través de ella… como si estuviera reevaluando todo lo que había dicho hasta ese momento.

—¿Desde cuándo?

—No mucho —admitió—. Pero lo suficiente para que mi ausencia empiece a ser… un problema.

La serenidad se resquebrajó. Se encaró al príncipe con violencia haciendo que este retrocediera.

—¿Lo sabías?

Amonir alzó las manos en señal de paz y miró a Sarek en busca de apoyo, el cual se mantuvo callado y alejado como había hecho hasta entonces.

—Sí. Pero no pensé…

Lihinee cerró los ojos buscando aclarar sus ideas y exhalando por la nariz.

—No soy una espía del Emperador —saltó Kimbra.

—No necesitas serlo —replicó la elfa con calma—. Basta con que alguien más pueda hurgar en tu memoria.

Sintió un escalofrío cuando entendió a quien se refería.

—Has creado una cápsula, está cerrada.

—Para ti —dijo la elfa—. Para mí. Pero la Gran Oráculo no juega con las mismas limitaciones que nosotras.

El nombre cayó como una piedra sobre cristal.

—¿Podrá… detectarla?

—No lo sé —admitió—. Lo que yo hago no es poderoso. Es preciso. Ingenioso. Aprovecha los huecos entre las cosas grandes.

Desvió la mirada, pensativa.

—Pero la Oráculo trabaja con mareas, no con hilos. Si busca con suficiente fuerza… podría sentir que algo falta. Una fisura o…

El silencio entre ellos se volvió más denso.

—Entonces… —empezó Kimbra.

—Entonces ya hemos hablado demasiado.

La elfa dio un paso atrás, hacia su montura, mientras reajustó las telas sobre su cabeza lista para partir.

—Cuanto más tiempo permanezcamos aquí, más posibilidades hay de que alguien note la ausencia de este instante.

Sintió una punzada de frustración y avanzó buscando retenerla un poco más.

—Pero…

—No.

Lihinee negó con suavidad.

—No entiendes cómo funciona lo que acabas de entender.

Eso la detuvo.

—¿El qué?

Sus profundos ojos grises se clavaron en los suyos.

—Leer lo que no recuerdas.

Tragó saliva.

—Las cosas que se olvidan por completo no dejan rastro.

Un escalofrío recorrió su espalda como un jarro de agua fría.

—¿Qué significa eso?

—Significa que algo en tus recuerdos sigue intacto —la interrumpió la elfa.

El aire pareció enfriarse, buscó apoyo en Amonir o en Sarek, pero ninguno de los dos entendía lo que estaba pasando.

—Si la Oráculo busca —añadió—, no encontrará mi recuerdo. Pero encontrará que entiendes las escrituras de las catacumbas. Una grieta...

Dio un paso hacia atrás.

—Si volvemos a encontrarnos, tendrá que ser cuando estés fuera de las manos del Imperio.

Bajó la voz.

—O cuando ya no importe que lo estés.

Dio un paso hacia ella, pero la elfa no se detuvo.

Se subió ágilmente sobre su montura y acarició su lomo con cariño. Miró a las personas que dejaba envueltas en un manto de confusión y se llevó la mano al pecho en un gesto breve, solemne y antiguo.

—Hasta que volvamos a encontrarnos.

Y, sin esperar respuesta, se alejó hacia la oscuridad, fundiéndose con la noche hasta que solo quedó el sonido leve y constante de la respiración de sus monturas ajenas a lo ocurrido.

Se acomodó sobre la manta con un gruñido bajo, estirando las piernas doloridas antes de rendirse al cansancio.

El fuego era ya poco más que un lecho de brasas, y Amonir y Sarek dormían a unos pasos de ella, envueltos en sus capas y respirando con la pesadez de quienes han pasado demasiadas horas sobre una montura.

El cielo, limpio de nubes, se abría inmenso sobre ellos.

Cerró los ojos.

El sueño la alcanzó rápido, espeso, sin imágenes claras. Solo la sensación de caer hacia un descanso profundo que su cuerpo llevaba días reclamando.

No supo cuánto tiempo pasó.

Solo que, en algún punto entre la vigilia y el sueño, notó un peso tibio ajustándose en su costado.

Abrió un ojo.

Dos brillos dorados la observaron a pocos centímetros de su cara.

—Llegas tarde —murmuró, con voz pastosa.

Lyren parpadeó despacio, ofendido en silencio, y dio una vuelta sobre sí mismo antes de dejarse caer sobre su estómago, como si aquel fuera su sitio natural.

—He estado ocupado —respondió.

Dejó escapar un suspiro, medio dormida.

—Los gatos son criaturas muy ocupadas.

El animal acomodó las patas bajo su cuerpo.

—Hay encuentros que es mejor evitar.

Ella frunció el ceño, sin abrir del todo los ojos.

—¿Qué encuentros?

—Los que no me conviene presenciar.

Hizo un sonido vago, a medio camino entre bufido y bostezo.

—No sé de qué hablas.

—Lo sé.

La brisa levantó una suave capa de arena que acarició el cuero de las monturas emitiendo un suave murmullo. El calor del pequeño cuerpo de Lyren se filtraba a través del cuero y relajó los músculos que habían permanecido tensos incluso durante el sueño.

Apoyó la mano, casi sin darse cuenta, sobre el lomo del gato. Él no protestó.

—No vuelvas a irte sin avisar…

Lyren cerró los ojos.

—Veré que puedo hacer.

Ella no respondió. La respiración se le fue haciendo más lenta, más profunda… hasta que el sueño la reclamó del todo.

El gato permaneció despierto un rato más, observando la oscuridad más allá del fuego moribundo, antes de apoyar por fin el mentón sobre las patas.