CAP 18 #3
Sintió cómo Sarek se tensaba a su espalda. Amonir, en cambio, se limitó a inclinar levemente la cabeza resignado ante las palabras de su conocida.
—Explícaselo tú.
—Mi nombre, mi pueblo y el motivo real de mi viaje no pueden recordarse a la ligera —dijo—. No sin mi supervisión.
Intentó buscar la respuesta en el príncipe, pero este se limitó a encogerse de hombros.
—¿Entonces…?
—Debes tener un recuerdo sellado.
La chica buscó de nuevo apoyo, o una explicación, en sus compañeros de viaje. Sarek se mantuvo al margen, como siempre, mientras que el príncipe le contestó algo que no le terminó de aclarar nada.
—Una cápsula memorial.
La mujer asintió.
—Anclada a tu memoria. Un espacio cerrado, sin puertas hacia fuera. Solo existirá mientras ambas estemos juntas.
Notó que el pulso volvía a acelerarse, aunque no por miedo. Fue esa sensación previa a usar su poder por primera vez, cuando algo en el mundo se preparó para doblarse. Otra vez alguien imponiendo sus normas en su cabeza sin tener más opciones.
—Nunca he hecho algo así —admitió.
La mujer hizo un gesto indefinido.
—Tú no tienes que hacer nada.
Miró a uno y luego a la otra.
—¿Y solo podremos recordarlo si estamos las dos?
—Exacto —dijo la viajera—. Para cualquier otro, nada de esto habrá pasado.
Se humedeció los labios, había algo en todo aquello que le resultaba sumamente extraño.
—¿Por qué tanto secreto?
—Porque algunas identidades son antiguas. Y los nombres antiguos atraen oídos indeseados.
Aunque dudó, le bastó la mirada de Amonir.
Si ellos ya tenían la cápsula en sus recuerdos y no había pasado nada. No sería tan peligroso… ¿No?
Dio un paso al frente, resignada y cerró los ojos.
La mujer descendió de su montura y se acercó a ella sin perder tiempo. Rodeó su rostro con las manos y juntó su frente a la suya.
Todo a su alrededor giró bruscamente, el mundo entero se volteó y reconstruyó de nuevo. Los colores, las luces… todo se volvieron brochazos de un artista descuidado. Después, todo volvió a la normalidad.
La cápsula estaba creada.
La mujer fue la primera en moverse pues ella no se atrevió a hacerlo por miedo a perder el equilibrio por el mareo. Con un movimiento elegante se retiró las telas que cubrían su rostro.
No supo qué esperaba ver. Tal vez un rostro marcado por cicatrices, o tatuajes rituales, o algún símbolo de alguna orden secreta.
Pero no.
Sus facciones eran finas, proporcionadas con una armonía que resultaba casi dolorosa de mirar demasiado tiempo.
La piel, pálida sin ser enfermiza, tenía la cualidad extraña de no mostrar su edad; ni joven, ni vieja, solo…
duradera. El cabello, recogido hacia atrás, caía en mechones lisos de un tono claro imposible de definir bajo la luz de la agonizante hoguera.
Pero fueron las orejas, apenas asomando entre el cabello, largas y elegantes, las que terminaron de romper cualquier duda.
Kimbra dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Eres…
—Me llamo Lihinee —dijo la elfa con una leve curva en los labios.
Sus ojos grises, ahora sin sombra que los ocultara, no parecían sólo reflejar la luz, la contenían como un tesoro.
En su porte había una serenidad antigua, la de alguien que ha visto ciclos repetirse demasiadas veces como para alterarse con facilidad.
Kimbra sintió, de golpe, lo pequeña que era su idea del mundo.
El Imperio, las ciudades, las catacumbas, la Arena… todo eso había llenado su horizonte. Y, sin embargo, ahí, a un brazo de distancia, había alguien que pertenecía a una historia que no pasaba por nada de eso.
—Soy de los que vuestro pueblo llama elfos —dijo con sencillez—. Aunque nuestro nombre para nuestro pueblo no existe en vuestra lengua.
Asintió despacio, intentando encajar la palabra con la realidad que tenía delante. Pues tenía ante sus ojos una mujer de una raza que creía extinta… como los dragones.
—¿Y qué haces… por aquí?
Lihinee inclinó la cabeza divertida.
—Exploro.
—¿Sola?
—Es lo que hace la avanzadilla.
Se agachó junto al fuego, llevó la mano a uno de los bolsillos de su capa y sacó un cuaderno estrecho, de cubiertas oscuras y gastadas por el uso. Se lo mostró desde lejos al príncipe el cual cambió el gesto al reconocerlo.
—Van a eclosionar los huevos—dijo.
Este sorprendido se acercó anhelando información.
—¿Ya?
El corazón de Kimbra dio un salto.
Las líneas de la encuadernación no eran decoración. Eran escritura. Trazos finos, curvos, demasiado precisos para ser casuales.
Algo en ellos le resultó familiar de una manera incómoda.
Dio un paso más cerca, sin darse cuenta.
No entendía las frases. No del todo. Pero una palabra…
Una sí.
—…dragones —murmuró.
Elfa y príncipe compartieron una mirada incrédula.
Ella desvió la vista hacia Kimbra, con una agresividad contenida que la obligó a retroceder en su sitio.
—¿Qué has dicho? —preguntó Amonir.
Kimbra parpadeó, como si acabara de oírse a sí misma.
—Yo… —negó con la cabeza—. Nada.
La elfa cerró el cuaderno con suavidad.
—Repítelo.
Ella dudó.
—He leído… “dragones”. Creo.
Amonir dio un paso hacia ella, más brusco de lo habitual.
—Kimbra, ¿Desde cuando lees élfico?
—No lo hago —respondió, más tensa de lo que pretendía.
Se detuvo.
—No debería poder leerlo.
Lihinee no apartó los ojos de ella, intentando buscar la posibilidad de que una humana supiese leer su escritura, perdida para los humanos tanto tiempo atrás.
—Pero lo has hecho.
Deslizó el cuaderno dentro de su capa, fuera de su alcance.
—¿Dónde has visto esos signos antes?
Cerró los ojos un instante.
Y entonces vinieron. Recuerdos, fragmentos…
Piedra. Oscuridad. Líneas grabadas en muros. Repetidas. Antiguas.
—En el Imperio —dijo casi susurrando—. En las catacumbas.
Amonir chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.
—Eso no es posible.
—Pues lo he visto.
No pudo evitar desviar la mirada hacia Lihinee. Elfos y humanos podían tener muchas diferencias, pero no tantas. Pues vio en la mirada de la elfa que algo sabía sobre ello, y lo ocultaba.
—No sé por qué lo sé —añadió—. No recuerdo nada de antes de ser apresada y me llevaran a la Arena. Pero esto…
Se llevó una mano a la sien.
La elfa la observó un rato más, sus labios fallaron un instante, antes de reformular lo que pensaba.
—Entonces alguien te enseñó.
—No lo recuerdo.
Amonir intervino, más seco, intentando volver a la conversación que le interesaba:
—Si no lo recuerda, no es el momento de escarbar en ello.
La mirada de la elfa pasó de él a Kimbra.
—Da igual, por ahora. Algún día, si quieres, puedo llevarte con mi pueblo para que te ayuden.
Kimbra la miró esperanzada, pero esta ya había cambiado de tema y, aunque no se movió de su sitio, notó que la distancia entre ellas se había vuelto casi un abismo.
—Los huevos están casi a punto.
—¿Huevos de dragón?
Amonir intervino antes de que Kimbra siguiera buscando la confirmación que necesitaba.
—Pero aún es pronto…
La elfa separó la mirada del fuego para posarla en el príncipe.
—Quedan al menos una o dos semanas para ello, pero sí.
Ella miró de uno a otro.
—¿Estamos hablando de dragones como si fueran… ganado?
Lihinee soltó una exhalación breve, casi una risa sin humor.
—Claro que no.
Removió la arena con la punta de los dedos.
—Hablamos de algo que existía antes de que vuestro Imperio aprendiera a escribir su propio nombre.
—Entonces ¿qué hacéis con ellos?
La elfa no respondió. Pero Amonir sí.
—Observan.
La mirada de Lihinee se desvió hacia él, leve, pero afilada por su tono.
—Eso es una forma simplista de decirlo.
Sabía que había muchas cosas que se le escapaban, e intentó seguir indagando para poder completar la poca información que tenía.
—¿Observan y…?
Silencio.
La elfa lo sostuvo un instante más, evaluando cuánto podía revelar.
—Las crías no siempre sobreviven.
—Eso pasa siempre… —replicó.
—No cuando cada pérdida compromete el equilibrio de la raza.
Lihinee continuó tras observar que la chica se contenía para no interrumpirla.
—Enferman. Nacen débiles. A veces… no deberían haber nacido.
—Intervenís —dijo Amonir secamente.
Ella asintió.
—Solo al principio.
—¿Y ellos os lo permiten?
La elfa la miró como si la pregunta no fuera la adecuada.
—Lo consienten.
Quiso reprochar. ¿Por qué unas bestias iban a poder tener ese tipo de elección?
—Nos toleran —continuó al fin cortando el hilo de sus pensamientos—. Porque lo que hacemos aumenta las probabilidades de que las crías sobrevivan.
—¿Qué ganáis vosotros a cambio?
Esta vez fue Amonir quien respondió.
—Restos.
Kimbra le miró confundida.
—¿Restos?
—Escamas. Fragmentos de hueso. Cáscaras.
Lihinee añadió después del príncipe, sin apartar los ojos de Kimbra:
—Sangre, si hay heridas. Residuos de su fuego cuando enferman.
—Parece… recolección.
La elfa ladeó una ligera sonrisa.
—Es parte del beneficio.
—¿Para qué lo usáis?
Se había inclinado hacia delante, tan inmersa en la conversación, que el calor que sentía en la cara era por el fuego de dragón y no por la hoguera que tenía delante.
Lihinee dudó, pero Amonir habló antes de que ella se decidiera.
—Aleaciones, medicina... lo usan casi en todo.
—En un poco de todo… —confirmó ella molesta.
La idea parecía asentarse con lentitud en su cabeza.
Nada de aquello encajaba con lo que sabía. Pero vio similitudes entre lo que hacía el Imperio con lo que hacían los elfos… Y, por primera vez, empezó a preguntarse si lo que le habían enseñado estaba incompleto… o manipulado.
—¿Desde cuándo existe ese… pacto?
Los ojos grises de la mujer se suavizaron un poco.
—Desde antes que nadie recuerde.
La montura de Lihinee se acercó a olisquear a los snarxim y estos, precavidos, echaron al animal que retrocedió por la nula acogida de los animales. En ese momento un brillo dorado, escondido entre sus monturas, hizo que Kimbra cayese en algo que había dado por sentado.
—Amonir y tú os conocéis —dijo.
La mujer apenas sonrió.
—Sí.
—¿De dónde?
—De Bab-Girsu —dijo Amonir a su espalda.
—Él buscaba registros antiguos sobre dragones —continuó ella—. Restos de crónicas, huesos clasificados como reliquias, menciones en textos sagrados que los sacerdotes no entendían del todo…