Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 18 #2
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CAP 18 #2

—Claro que no. Yo puedo entender la teoría. Los flujos, las concentraciones, la forma en que se acumula bajo ciertas plantas… en ciertas rocas. Pero no puedo hacer la ejecución.

La miró entonces con una intención clara.

—Tú sí.

Kimbra se quedó quieta un instante, notando el peso de sus palabras. Bajó la vista hacia el suelo, hacia la mancha verde que luchaba por sobrevivir en mitad de la nada. Desvió la vista hacia Sarek y Lyren.

—Lady Kimbra, estaría muy agradecido si pudiésemos beber algo de agua— El hombre avanzó un poco en su montura y señaló con un gesto de su cabeza—. Estoy seguro de que su gato lo agradecerá también.

Miró a Lyren y este lo confirmó con unos pensamientos fugaces en su cabeza sobre sequedad y muertes por deshidratación.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —preguntó de mala gana.

—Intentarlo —dijo Amonir—. Como harías con cualquier otra masa de agua.

Ella resopló, pero se bajó de su montura con cuidado de no tirar al gato con ella.

Se arrodilló, apoyó las manos sobre la tierra caliente y cerró los ojos. Buscó la sensación que ya le era conocida: el tirón, la respuesta, esa presencia líquida que estaba ahí cuando la llamaba.

No encontró nada.

Sólo hacía calor, sequedad y los granos de arena que se colaban bajo las uñas y le hacían crujir los dientes.

Frunció el ceño, concentrándose más. Empujó con su voluntad, como si pudiera obligar al agua a revelarse.

Nada.

—No hay nada —dijo, apartando las manos de golpe y levantándose de nuevo—. Está muerto.

Amonir negó con suavidad.

—No buscas bien el agua, no es un objeto perdido.

Kimbra lo miró, irritada.

—¿Y cómo se supone que la tengo que buscar entonces?

Dio un paso hacia ella, bajando la voz.

—No la busques. Siéntela.

Señaló la tierra, las raíces, hizo un gesto que lo abarcó todo.

—El agua no desaparece sin más. Se reparte. Está en la tierra, en las plantas, en el aire que respiras… en todo.

—¿Eso es lo que dicen tus libros?

Amonir le cogió de los hombros suavemente ignorando su rechazo. Su voz se tornó suave y cercana, cálida.

—Inténtalo, por favor.

Kimbra sostuvo su mirada un instante de más, todavía con el impulso de discutirle, de decirle que eso no tenía sentido. Pero algo en su voz; calmada, segura, con su confianza puesta en ella… la obligó a intentarlo de nuevo.

Se separó de él, apartándolo con suavidad esta vez, y le dio la espalda. Volvió a arrodillarse.

Esta vez no apoyó las manos sobre la arena, decidió hundir los dedos en ella, agarrar el suelo, evitando que huyera de ella si lo intentara.

No buscó el tirón que conocía, no imaginó el agua corriendo… Solo esperó.

Al principio no hubo nada.

Luego, muy poco a poco, notó un cosquilleo en las yemas de los dedos, tan leve que pensó que era su propia sangre circulando por el esfuerzo. Se obligó a no moverse.

El hormigueo se extendió por las palmas, subió por las muñecas en una vibración suave, un latido persistente. Un cosquilleo que la rodeó por completo, con varios focos a su alrededor.

Algo en su rostro debió cambiar.

—No fuerces —susurró Amonir a su lado—. Escucha.

Kimbra respiró hondo.

Entonces llegó la presión.

No fue dolorosa, pero sí clara. Como cuando el aire cambia antes de una tormenta, esa sensación sorda en los oídos que anuncia una lluvia a punto de caer. Sintió que algo se tensaba bajo el suelo, una presencia difusa, extendida.

Y, de pronto, lo supo.

No era un punto. No era un pozo escondido. Era una enorme red subterránea.

Hilos finísimos de humedad repartidos bajo la tierra, adheridos a las raíces, atrapados entre granos de arena, suspendidos en la mínima sombra que daban las hojas.

Una trama invisible, débil, pero viva.

—Eso es… —susurró.

Con cuidado, como si tocara algo frágil, tiró de uno de esos hilos. Los dedos y las manos se le agarrotaron de golpe.

La tierra bajo sus manos se oscureció. Un cambio sutil de color al principio, igual que una mancha que se extiende en tela seca. Luego un poco más. Y un poco más.

El polvo se apelmazó.

Un brillo húmedo apareció entre las grietas.

Abrió los ojos justo cuando una gota asomó a la superficie, temblorosa, y resbaló por un terrón de tierra. Después otra. Luego un hilo fino, irregular, que empezó a juntarse en una pequeña depresión natural.

Agua.

Amonir se agachó a su lado sin decir nada. Sarek, unos pasos más atrás, observaba en silencio absoluto, evitando que cualquier ruido pudiera romper el momento.

Con orgullo.

Lyren saltó al suelo y se acercó rápido al charco que ya empezaba a formarse.

—Lo has hecho muy bien.

Mantuvo las manos abiertas, guiando el flujo con una delicadeza que no sabía que poseía. Reunía el agua, llamándola, no arrancándola de las entrañas de la tierra.

En pocos minutos, había un charco claro entre las raíces.

Se quedó mirando el agua como si fuera la primera vez que la veía mientras el gato empezaba a beber gustoso.

—Bien hecho.

Alzó la vista. Amonir ya sostenía su cantimplora, pero no la acercó al charco todavía. Su gesto era grave de repente por algo que no supo identificar.

—Ahora escucha con atención —continuó—. Lo que has hecho es reunir agua. Pero igual que es útil, puede ser peligroso.

Ella frunció el ceño.

—¿Peligroso?

—Sí. No solo puedes reunir agua del subsuelo, puedes también sacarla de… otros sitios.

Señaló los arbustos.

—De las plantas.

Luego se tocó el pecho, justo sobre el corazón.

—De los animales o las personas.

Sus ojos se clavaron en los de ella. El pequeño charco tembló cuando la concentración de Kimbra vaciló.

—Si tiras con suficiente fuerza —dijo sin apartar la mirada asegurándose de que entendía lo que le estaba diciendo—, puedes vaciar un cuerpo. Dejar piel, huesos… y polvo.

Sintió de nuevo la red y supo que era el cosquilleo que la rodeaba.

Lo notaba en los arbustos, sí… pero también en el snarxim más cercano, en Sarek, en Lyren, en Amonir…

Y en ella misma.

Un pulso húmedo, espeso y constante, recorriéndola por dentro. Sangre, savia, fluidos invisibles que de pronto no parecían tan intocables ni tan inofensivos.

Retiró las manos sintiendo que el agua quemaba de golpe, casi hirviendo.

El pequeño charco dejó de crecer, pero los grandes animales se acercaron alegres a saciar su sed.

Miró a Amonir con una mezcla de asombro y algo más oscuro.

—Yo… podría hacer eso —murmuró.

Él asintió una sola vez.

Bajó la vista hacia sus propias manos, aún manchadas de barro.

La noche cayó sin crepúsculo, como si alguien hubiera apagado el cielo de golpe.

El calor del día se retiró dejando tras de sí un frío seco que se colaba por las costuras del cuero y hacía crujir la piel al moverse.

El campamento era poco más que un círculo de mantas, las monturas estaban atadas a cierta distancia protegidas por un montículo de arena y un fuego agonizaba, alimentado con ramas duras que ardían despacio y sin apenas llama.

—Un día más… quizá dos —había dicho Amonir antes de sentarse—. Si no encontramos complicaciones.

Kimbra estaba terminando de ajustar la correa de su manta cuando lo sintió.

No fue un sonido claro. Fue más bien una alteración en el silencio, las cigarras dejaron de chirriar y los snarxim levantaron las cabezas al mismo tiempo, orientando las orejas hacia la oscuridad del oeste y conteniendo la respiración.

El asistente dejó de moverse, sus manos buscaron veloces los bolsillos de su petate.

Lyren, decidió desaparecer en la noche con un ágil salto.

Amonir ya estaba de pie.

—No hagas ruido —murmuró.

Se incorporó despacio con el pulso acelerándose poco a poco, se llevó las manos a la cantimplora más cercana y sopesó el agua que habían podido reponer en el río que acababan de pasar hacía unas horas. Estaba llena, pero no era mucha para pelear si hiciera falta.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra más allá del alcance del fuego.

Entonces lo vio.

Una silueta se deslizaba entre las ondulaciones del terreno, apenas un borrón más oscuro que la noche. No avanzaba con el balanceo pesado de un snarxim ni con el trote reconocible de un caballo. Se movía bajo, fluido y rápido. Demasiado rápido.

La criatura entró en el límite del resplandor del campamento.

Era alargada, de patas largas y musculosas, con el lomo flexible y la cabeza estrecha. Su piel, o quizá pelaje muy corto, absorbía la luz en lugar de reflejarla. Los ojos, grandes y vivaces, captaron cada chispa del entorno. No resoplaba. No parecía cansada.

Solo… alerta.

Sobre su lomo iba una figura femenina.

Vestía un traje de viaje ajustado, capas superpuestas de tela oscura y cuero fino, no llevaba colores representativos de ningún lugar que conociera. No llevaba adornos; ni joyas, ni emblemas, ni armas a la vista.

El atuendo de alguien que buscaba pasar desapercibido.

El rostro quedaba oculto tras telas que le protegían de la arena y el ambiente.

Solo los ojos eran visibles.

Grises.

Profundos.

La criatura se detuvo a pocos pasos del fuego sin necesidad de riendas que guiaran su camino. La mujer no hizo ademán de bajar.

Durante un instante, nadie habló.

El silencio se tensó, como una cuerda a punto de romperse.

Entonces Amonir dio un paso al frente, y su voz perdió la dureza que había usado todo el viaje.

—¿Qué haces aquí?

La figura inclinó la cabeza reconociéndolo.

—Vaya, vaya… principito. Cuánto tiempo.

Su voz era suave, pero tenía un timbre extraño, difícil de situar en edad o procedencia.

—¿La conoces? —preguntó en voz baja.

Amonir no apartó los ojos de la mujer, pero sonrió con confianza.

—Por su puesto que la conozco.

La mujer giró entonces la atención hacia ella. Evaluándola.

Sostuvo la mirada sobre ella unos segundos más, inmóvil sobre la montura. La criatura bajo ella no hacía el menor ruido; ni un resoplido, ni el roce de una garra contra la tierra. Solo respiraba, lento, esperando la reacción de su jinete.

—Tenemos compañía —dijo la viajera al fin.

El príncipe asintió y buscó con la mirada a su compañera intentando tranquilizarla.

—Ya sabes cual es mi condición Amonir —dijo la mujer impidiendo que este hablara.