CAP 18
El sol se estaba desangrando contra el horizonte cuando Amonir levantó la mano y dio la orden de alto. El gesto fue pequeño, apenas un movimiento de muñeca, pero Sarek lo entendió al instante y se lo indicó a Kimbra, que iba en su montura más como paquete que como jinete.
Los tres animales resoplaron al unísono, agradeciendo la pausa tanto como quienes los montaban
Se dejó caer casi sin elegancia desde el lomo del snarxim. Las piernas le temblaron al tocar el suelo, entumecidas por horas de balanceo constante. Notó cómo los músculos de los muslos protestaban y la piel de la parte interna le ardía por el roce continuo contra la silla.
Se llevó una mano a la cadera y giró el torso con una mueca.
—Por fin descansamos —dijo con un suspiro.
—Por hoy —respondió Amonir, desmontando con soltura—. Acamparemos aquí.
El lugar no tenía nada de especial: una lengua de terreno más o menos llano entre ondulaciones de tierra reseca y matojos bajos. El viento arrastraba polvo fino que se pegaba al sudor de la piel y aun así, después de un día entero cabalgando, le pareció casi un lujo.
Sarek ya estaba descargando parte del equipo cuando ella, todavía con la respiración algo agitada, miró alrededor esperando ver murallas, un pueblo cercano o cualquier señal de destino.
—¿Y… cuánto falta?
Amonir no levantó la vista mientras aflojaba las cinchas de su montura.
—Si el terreno se mantiene así, y no nos cruzamos con una tormenta de arena, una semana.
Encaró al príncipe utilizando una mano sobre sus ojos para poder verlo mejor, segura de haber oído mal.
—¿Una semana hasta dónde?
—Hasta Bab-Girsu, ¿a dónde sino?
El viento levantó un remolino de polvo entre ellos antes de que ella volviera a hablar.
—¿Una semana de viaje?
—Aproximadamente.
—¿Y la vuelta?
Amonir por fin la miró entendiendo que había algo que se le escapaba en la preocupación de la chica.
—Otra más.
El calor del desierto no pudo evitar el escalofrío que le sacudió entera. Soltó una risa corta, incrédula.
—No tiene gracia.
—No es una broma.
El cansancio que había estado soportando en silencio durante todo el día encontró por fin una grieta por la que salir.
—Nadie me dijo que esto era una travesía de dos semanas —espetó, dando un paso hacia él—. Pensaba que íbamos, hacíamos lo que tenemos que hacer y volvíamos en el día. O al siguiente a lo sumo.
El asistente levantó la cabeza un instante, incómodo, pero Amonir no pareció alterarse.
—No preguntaste.
—¡Asumí que no hacía falta! —su voz subió de tono sin que pudiera evitarlo—. El general me va a matar. No hay manera que esto pase desapercibido… Sierra va a torturarme, seguro.
La frase se le quedó un segundo de más en la garganta, como las manos de su compañera cuando se ciñesen sobre su cuello intentando exprimir todo el aire que pudiera.
El príncipe la observó con más atención.
—No estamos en palacio —dijo con calma—. Y no te estoy llevando a ninguna celda. Volveremos si quieres.
—No —respondió ella apretando la mandíbula—. Pero el tiempo que vamos a estar fuera va a ser el suficiente para que me ejecuten.
El viento volvió a soplar, agitando la tela de las alforjas y los pelos sueltos que se escapaban de las prietas trenzas de su cabeza.
Amonir suspiró por la nariz.
—Con los snarxim haremos el trayecto en la mitad de tiempo de lo normal —dijo al fin—. Son resistentes, aguantan el calor, la escasez de agua y el terreno duro mejor que cualquier caballo. Sin ellos, hablaríamos de casi un mes entre ida y vuelta.
Kimbra miró a su montura. El animal masticaba con calma un puñado de vegetación seca como si el día no hubiera sido nada para él.
—Aun así, no podemos forzarlos —añadió al intuir la mirada apremiante de la chica—. Ni a ellos ni a nosotros. El terreno empeorará. Si no permitimos que descansen, alguno se romperá una pata, y entonces olvídate de las dos semanas.
No respondió enseguida. Notaba el pulso todavía acelerado, no sabía si por el enfado, por la amenaza de su segura ejecución o por el cansancio acumulado.
Dos semanas.
Se pasó una mano por la nuca, retirando el sudor que la empapaba en un intento de librarse de un peso que, al menos, sí podía controlar.
—La próxima vez —murmuró—, empieza por ahí.
Amonir asintió una sola vez, pero sus palabras salieron tajantes.
—La próxima vez, pregunta.
Terminó de revisar las cinchas de su montura y se dirigió a las alforjas con la misma eficiencia tranquila con la que hacía todo. Desató una de las correas laterales y rebuscó dentro, apartando envoltorios de tela encerada y pequeños paquetes de viaje.
Kimbra seguía de pie, donde había desmontado, con los brazos cruzados y el ceño todavía fruncido, observándolo sin disimulo.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Amonir no respondió de inmediato, pero chasqueó la lengua ante su carácter rancio. Sacó primero un hatillo oscuro, compacto, y lo sostuvo un instante, valorando el peso, antes de tendérselo.
—Pruébate esto.
Ella lo miró sin cogerlo.
—¿Qué es eso?
—Ropa de viaje. Te irá mejor que lo que llevas.
Bajó la vista a su ropa, pegada por el sudor y empezando a embarrarse por el polvo. La piel de los muslos ya le ardía con cada movimiento.
—Estoy bien.
Él alzó una ceja acortando la distancia con ella.
—No lo estás. —Le acercó más el hatillo—. Cámbiate. Te ahorrarás heridas innecesarias.
Al final lo tomó con un suspiro, sintiendo que tenía razón.
El cuero se notaba grueso bajo los dedos, flexible pero firme, con ese olor a betún y a material trabajado que nada tenía que ver con la ropa fina que llevaba. Posiblemente fuese ropa de campo, pero no para un campo como el desierto.
Desató el nudo y desplegó la ropa.
—Esto es de hombre —dijo sin alzar la vista.
—Es funcional, da igual que sea de hombre o de mujer —corrigió Amonir.
Ella apretó los labios y miró alrededor para no discutir: Sarek fingía estar muy concentrado en organizar el equipo, dándoles la espalda con discreción mientras Lyren miraba divertido desde el lomo de la montura.
—¿Dónde quieres que me cambie? ¿Aquí mismo?
Amonir rodó los ojos y señaló una pequeña depresión del terreno, protegida por unas rocas bajas.
—Cuando hablamos antes de la asamblea no fuiste tan pudorosa… Prueba ahí.
Sintió como un calor distinto le subía por el cuello, le dio la espalda y se fue donde le indicó.
No discutió más.
Cuando por fin se puso el cuero, el contacto fue tibio al principio, después firme. La prenda se ajustó más de lo que le habría gustado, obligándola a ser consciente de su postura y su figura, de cómo movía los hombros, cómo doblaba las rodillas.
Se miró las manos. El color oscuro, las costuras reforzadas, las protecciones en los antebrazos le daban una imagen agresiva… Y estaba segura que las trenzas, que aún mantenía desde el baile, no dulcificaban su aspecto. No parecía una emisaria viajando en busca de la paz.
Parecía alguien lista para la batalla.
Tragó saliva y terminó de ajustar los cierres laterales del chaleco. El cuero crujió suavemente con el movimiento, un sonido seco, que aunque no quiso admitirlo, le gustó. Y mucho.
Cuando regresó junto al fuego, Amonir levantó la vista y la recorrió de arriba abajo con una evaluación rápida. Tal vez lo quiso controlar, o no, pero la aprobación suavizó su gesto.
—Mucho mejor —dijo.
Asintió, pero no respondió.
El tercer día de viaje amaneció con un cielo claro, sin nubes, y un calor que parecía salir de la propia tierra.
El polvo se había vuelto más fino, más insistente; se metía en la nariz y en la boca atravesando sus protecciones.
Las cantimploras, colgadas a los lados de las sillas, ya no chapoteaban al moverse.
Kimbra lo notaba en la lengua, pegajosa, y en la forma en que tragaba saliva sin que nada aliviara la sequedad.
Al parecer, seguir el curso del río no era una opción. Los caminos que lo bordeaban estaban bien vigilados; si los tomaban, podían ser interceptados antes de llegar a su destino.
A media mañana, el príncipe levantó la mano y detuvo la marcha sin previo aviso. Sarek obedeció al instante. Los animales jadearon gravemente, agradeciendo la pausa, y bajaron las cabezas hacia el suelo también buscando algo.
—¿Qué pasa? —preguntó, pasándose la colgadura del pañuelo, que debía evitar que tragara o respirara arena, por los ojos para secar el sudor.
Amonir no respondió enseguida.
Observó el terreno con atención, girando ligeramente sobre la montura. A unos metros, entre la monotonía de tierra agrietada y matojos grises, asomaba una mancha distinta: un grupo de arbustos más densos, de un verde apagado pero evidente.
—Allí —dijo al fin, señalando con la barbilla.
Se desviaron hacia la pequeña anomalía del paisaje. Al acercarse, notó que el aire era apenas diferente, menos áspero, con un leve olor vegetal que no había estado presente el resto del camino.
Amonir desmontó.
—El río no aparecerá hasta la noche, necesitamos agua ahora —dijo mirándola a los ojos.
Esta soltó una risa breve, sin humor, mientras acariciaba distraídamente al gato en su regazo.
—¿Y yo qué quieres que haga? ¿Exprimir los arbustos?
Amonir la observó sin entender el tono sarcástico en su voz.
—Quiero que la saques.
Ella parpadeó.
—¿Que saque el que?
—El agua —repitió él—. De aquí.
Miró el suelo resquebrajado que señalaba él, las raíces resecas apenas asomaban por la arena y las hojas duras y polvorientas no se veían esperanzadoras.
—Nunca he hecho algo así —dijo negando con la cabeza—. He movido agua que estaba… ya visible. Ríos, recipientes, lluvia. Esto está seco.
—No lo está —respondió Amonir—. Si estuviera seco no habría vegetación.
Se agachó y hundió los dedos en la tierra bajo uno de los arbustos. Al retirarlos, la capa superficial se desmoronó en polvo.
—He leído sobre esto —continuó—. En archivos antiguos sobre control del agua. No solo hay técnicas… también como reconocer su presencia.
Kimbra levantó una ceja.
—Ah.. Lo has leído… ¿Y puedes hacerlo?
Amonir negó con la cabeza ignorando el tono de su voz incorporándose de nuevo mientras se sacudía el polvo de las manos.