CAP 17 #3
El gato no respondió.
—Si intento salir por la puerta, no llegaré al segundo pasillo.
—Cierto.
Se detuvo de nuevo frente al tocador, apoyando las manos sobre la superficie buscando en su reflejo algo que le ayudara a salir de ahí.
—No puedo enviar mensajes. No puedo moverme. No puedo hablar con nadie.
Lyren dejó de lamerse la pata y la miró con intensidad.
—Kimbra… ¿Tan grave sería si… no hicieras nada?
Ella no respondió. Ni siquiera lo miró.
Pero el gruñido de sus pensamientos si debió llegarle, pues Lyren se incorporó y suspiró, si suspiraran los gatos.
—Bien. No hagas nada de eso.
El reflejo de ella le taladró a través del espejo sin seguir el hilo de sus pensamientos.
—¿De qué hablas?
Sostuvo su mirada con calma y levantó la cabeza con dignidad, algo que no encajaba con el comportamiento habitual de un animal doméstico.
—Prepárate.
El pulso de Kimbra dio un salto.
—¿Para qué?
—Para cuando llamen a tu puerta… y no sean los guardias.
Se levantó lentamente, y enfrentó al animal con cautela.
—Lyren…
El se acomodó en la cama y siguió acicalándose.
—Confía en mí.
El golpe en la puerta no llegó
Pero si el sonido suave y delicado del pestillo abrirse.
Kimbra se incorporó alerta de la cama sin hacer ruido. Durante un instante pensó que, por el miedo y la angustia constante, podía haber empezado a imaginar cosas…
La puerta se abrió apenas lo suficiente para que entrara una sombra. No llevaba armadura, tampoco antorcha.
Llevaba guantes negros.
Cerró la puerta tras de sí con un gesto leve de la mano y el pestillo volvió a encajar solo.
No habló y el hombre que avanzó hasta ella tampoco.
Pero el aire de la habitación cambió a esa presión sutil que había aprendido a reconocer en la sala del príncipe… y con la Gran Oráculo. Algo, que invisible, parecía sostener de repente el mundo en su sitio.
—Es la hora —dijo el hombre en su cabeza.
Kimbra asintió.
A lo largo de la tarde, tras más tiempo del que reconocería nunca, se libró del vestido oficial y se puso un traje de campo que había en el vestidor. Por lo que se levantó preparada para lo que fuera que viniese.
Lyren los observó oculto desde el alféizar. Sus ojos dorados destellaron un instante en la oscuridad antes de que saltara y se perdiera en la noche sin hacer ruido.
El telekinético abrió la puerta sin tocarla y ambos salieron al pasillo desierto por las altas horas de la noche.
Caminaron sin hablar. Las antorchas ardían bajas, y el sonido de sus pasos se perdió evaporado a su alrededor… se sentía como si el aire absorbiera el ruido antes siquiera de que naciera.
Doblaron una esquina.
Dos guardias permanecieron de pie junto a una ventana. Kimbra hizo el amago de detenerse, pero la mano del hombre se cerró sobre su brazo, firme, obligándola a seguir.
Ninguno de los dos hombres miró hacia ellos, ni siquiera parpadearon.
Bajaron por una escalera de servicio que olía a piedra húmeda y aceite de lámpara. Cruzaron una galería donde las estatuas de antiguos monarcas parecían observarlos pasar. Atravesaron una puerta lateral que daba a los jardines interiores.
La noche los envolvió de inmediato.
Junto al muro exterior del palacio, en la sombra de los cipreses, alguien los esperaba.
El príncipe no llevaba ropas ceremoniales. Vestía cuero oscuro, una capa corta sujeta al hombro y una capucha que hacía que sus ojos brillaran desde la penumbra. A su lado, una criatura alta y esbelta alzaba la cabeza con un resoplido suave.
No era un caballo.
Era más alta, de patas largas y delgadas, con el lomo estrecho y una joroba pequeña y firme detrás de la cruz. El pelaje, corto y pálido, reflejaba la luz de la luna igual que la arena bajo el sol.
Sus ojos, grandes y amarillos, estaban protegidos por gruesos párpados adaptados al polvo.
—Un snarxim —dijo el príncipe al ver su mirada de sorpresa—. Cruza desiertos como si fueran suaves praderas.
La criatura centró su atención en ella, las orejas buscaron sonidos nuevos, evaluándola.
—No sabía que el palacio guardara animales así.
—El palacio guarda muchas cosas que no sabes —respondió él.
El telekinético cuadró su postura e hizo una elegante reverencia.
—Mucha suerte, Majestad. Esperaremos su regreso… sano y salvo.
El príncipe inclinó la cabeza en respuesta, con una rigidez que no logró ocultar su tensión. Kimbra percibió que aquella despedida era el eco de una discusión reciente.
El hombre se retiró hacia las sombras, desdibujándose entre los árboles hasta desaparecer.
Ahora sí estaban solos.
El príncipe dio un paso hacia ella.
—A partir de aquí ya no hay órdenes oficiales. Ni permisos. Ni versiones diplomáticas.
Le miró con firmeza.
—Solo consecuencias.
Las palabras de Amonir no suavizaron los nudos de sus nervios.
—Entonces espero no empeorarlo.
Una sonrisa breve y cansada cruzó el rostro del príncipe.
—Tranquila, evitaré que pase.
—¿Qué quieres decir?
Un ruido de pasos suaves sobre la grava hizo que se girara alerta.
De entre la sombra de los árboles emergió Sarek, guiando dos snarxims más. Sus pelajes, de tonos arena y ceniza, se confundían con la noche. Y en el lomo de uno de ellos, descansaba Lyren.
—No irás sola —dijo el príncipe—. Iremos contigo.
No supo qué responder.
—Sarek conoce los protocolos antiguos de Bab-Girsu. Y, si algo sale mal…
No terminó la frase. No hacía falta.
—Un emisario puede ser ignorado —añadió—. Un príncipe no.
Amonir alzó la vista, escuchando algo que no había sido dicho en voz alta. Su expresión se endureció.
—Tenemos que partir. Ahora.
Sarek ya estaba ajustando las riendas del snarxim más cercano. Las criaturas resoplaron bajo, inquietas, como si también percibieran que la quietud de la noche acababa de romperse.
Amonir sujetó la montura de Kimbra acercándose para ayudarla a subir. Se impulsó y montó. El animal se ajustó bajo su peso con un leve balanceo, luego se quedó inmóvil, esperando. Lyren se situó en el regazo de ella y se acomodó para empezar a descansar ajeno a todo lo demás.
El príncipe ajustó unas correas alrededor de sus muslos y tras un tirón firme se retiro hasta su montura, subió con un ágil movimiento y miró a su asistente esperando su ajuste para partir.
Durante un instante, los tres quedaron alineados en la sombra de los cipreses, con el palacio elevándose a sus espaldas, una masa oscura recortada contra el cielo.
Entonces el príncipe dio la orden.
Los snarxim arrancaron con un movimiento largo y fluido, más desliz que galope. En pocos latidos ya habían dejado atrás los jardines, la muralla lateral, las luces altas de las torres… El palacio empezó a empequeñecerse a sus espaldas.
Kimbra no pudo evitarlo y miró hacia atrás.
Las ventanas iluminadas parecían ojos abiertos en la noche. Fríos y vigilantes.
Cada vez más lejanos y, aun así, demasiado cerca.
“¿Tan grave sería si… no hicieras nada?”
La voz de Lyren regresó con una claridad incómoda en sus recuerdos.
Durante un instante, el peso de la posibilidad se abrió ante ella.
Quedarse... Callar.
Dejar que otros decidieran.
Su montura alargó el paso, devorando terreno con suavidad, pero con un movimiento que la obligó a acomodarse en su asiento y volviera su atención al frente.
—Demasiado tarde para eso —susurró.
Y mientras el palacio desaparecía a su espalda, no tenía claro si cabalgaba para evitar una guerra… o para decidir quién la empezaría.