Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 17 #2
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CAP 17 #2

—¿Incluso mensajes privados?

—Especialmente esos.

Sintió un frío lento subirle por la espalda ante su mirada.

—Entonces… si enviamos una advertencia…

Él fue quien terminó la frase por ella.

—Si mi madre sospecha que intentamos advertirlos, el mensaje nunca saldrá… o peor —añadió, mirándola por fin—, saldrá modificado.

Kimbra apretó los puños.

—Eso sería…

—Traición —dijo él—. Y una excusa perfecta para adelantarse y afianzar sus planes.

Su error poco a poco se iba transformando en un problema más y más grande. No era solo una mala interpretación.

Bajó la voz.

—Entonces necesitamos algo que no pueda interceptarse.

El príncipe no contestó enseguida. Caminó despacio por la habitación sopesando las posibilidades.

—Un emisario oficial sería seguido. Un noble, vigilado, un soldado… interrogado antes de salir de la ciudad…

Se detuvo frente a ella.

—Y cualquier figura con peso político provocaría preguntas antes de cruzar siquiera las puertas de palacio.

Sintió que la conclusión se acercaba inexorable. El príncipe la estudió con una intensidad que la obligó a mantenerse firme, sabiendo la respuesta antes de oírla.

—Pero tú no perteneces a este mundo.

—¿Disculpa?

—No eres de la corte. No tienes alianzas con nadie. No representas una facción. —Su tono no fue despectivo—. Para quienes vigilan, eres una embajadora menor recién llegada. Un nombre más en una larga lista. Insignificante.

Se cruzó de brazos agarrándose la barbilla mientras pensaba.

—Nadie pensará que una embajadora sin relevancia ni peso político porta algo capaz de cambiar el rumbo de una guerra.

Miró al príncipe divagar sin prestarla atención.

—Esperas que vaya yo.

—Tú eres la única que puede salir sin parecer peligrosa.

—Fui yo quien le dió la idea.

—No para mi madre. Solo eres una incauta con la lengua suelta…

El silencio se asentó entre ambos como una capa de polvo que nadie se atrevía a mover.

Sostuvo la mirada del príncipe sin bajar la cabeza dándose cuenta que tenía razón. Ella no era nadie en esas tierras, podría salir y entrar del palacio sin que se notara.

Así podía arreglar el error la persona responsable de todo aquello.

—Iré —dijo al fin.

Él recibió su palabra con gusto.

—Pero no llevaré una mentira —añadió ella.

Amonir la miró con intensidad sin entender.

—¿A qué te refieres?

—No diré que todo ha sido un malentendido. No prometeré cosas que el Imperio no piensa cumplir. Y no iré solo a asustarlos para que se queden quietos mientras decidimos qué hacer con ellos.

Dio un paso más cerca, buscando que sus palabras calaran más hondo.

—Si voy, será para decir la verdad. Que hay quienes quieren usar a los dragones como arma. Pero también que aún hay quienes quieren evitar la guerra.

Amonir tomó distancia, se alejó de ella para encontrar claridad.

—Si tienen que decidir si confían o atacan —añadió—, que lo hagan con toda la verdad. No con una versión conveniente y edulcorada.

El príncipe bajó la vista un instante, pensativo.

—La verdad —repitió, saboreando el peso de la palabra.

Caminó despacio hasta una mesa donde había varios pergaminos abiertos y apoyó las manos en el borde.

—La verdad provoca guerras con la misma facilidad que las mentiras, Kimbra.

—Puede —respondió—. Pero al menos sabremos por qué ardió el mundo.

El príncipe alzó la mirada hacia ella.

—Bien, el mensaje no contendrá amenazas veladas ni promesas vacías. Hablará de división interna. De peligro real. Y de la voluntad de evitar una guerra abierta.

Ella soltó el aire, pero no relajó la postura.

—Gracias.

—No me las des aún —Se enderezó—. Si esto sale mal, no podré defenderte públicamente. Dirán que actuaste por iniciativa propia.

—De acuerdo.

—Podrías ser arrestada cuando regreses. Si regresas.

—Lo sé.

Cuando volvió al ala de invitados descubrió que no volvería pasando desapercibida.

Pues el general Arlan la esperaba.

De pie y manos a la espalda, llevaba allí el tiempo suficiente para que la espera dejara de ser simple cortesía.

—Kimbra…

Se detuvo a una distancia prudente e inclinó la cabeza temiendo la seriedad que agravaba los rasgos del hombre.

—General.

Sus ojos, a pesar de la hora, revelaban un cansancio acumulado que no logró disimular. Eso la inquietó: era la primera vez que Arlan mostraba algún signo de desgaste.

—Siento haber cometido el error.

—No —corrigió él con suavidad—. Has cometido varios.

Ella no desvió la mirada, aunque la cobardía estuvo a punto de hacerlo por ella.

—Hablar sin medir consecuencias es uno. —La miró con calma—. Intentar arreglarlo sin pasar por la cadena de mando es otro.

Un frío más cortante que el del mármol le recorrió la espalda.

—No intento saltarme la cadena de mando, general. Intento evitar una guerra provocada por un malentendido.

—Así que me lo confirmas… —respondió Arlan—. Las guerras rara vez empiezan por malentendidos.

Tragó saliva, consciente de su desliz, maldiciendose por haber caído en la trampa. Pero sostuvo su mirada.

—Y aun así, a veces pueden evitarse.

—A veces —concedió él—. Cuando evitarla beneficia a ambas partes.

Aunque no era experta en política ni debates estratégicos, notó que ese “ambas partes” no fue inocente.

Decidió no rodear más el tema.

—Quiero enviar un aviso a Bab-Girsu.

Los ojos de Arlan no se movieron.

—No.

—General, si creen que la Reina planea usar dragones…

—¿Y si llegara a hacerlo? —la interrumpió con calma.

Kimbra parpadeó, había algo que no estaba captando. Sintió que se le escapaba entre los dedos algo que estaba delante de ella, algo obvio.

El general dio un paso, acortando la distancia sin levantar la voz.

—Si los dragones existen, son poder. Si son poder, alguien los usará. La cuestión nunca ha sido si se usarán o no, Embajadora.

—La cuestión es quién abre la veda.

Dijo ella entendiendo al final.

Sintió cómo algo se resquebrajaba por dentro.

—La Mano de Oro teníamos…

—Antes teníamos margen de maniobra. Opciones —murmuró Arlan—. Tu intervención nos ha atado las manos, ya no podemos intervenir sin producir una rebelión. Todo esto ha acelerado un proceso que ya no podemos controlar.

—No detener a la Reina… Es elegir una guerra evitable.

Arlan no se movió.

—Una guerra controlada, ahora, evitará una que no podamos ganar después.

Ella apretó los puños. El general Arlan y el Emperador ya habían hecho su elección.

—¿Y Bab-Girsu? —insistió ella—. Son civiles.

—Son un enclave religioso y estratégico que rinde culto a criaturas capaces de arrasar ciudades que presumen de estar por encima de cualquier corona o ley.

No hubo crueldad en su voz.

—Necesitan saber que no todos apoyan esto.

Arlan la observó acabando de confirmar una sospecha.

—Así que no solo quieres advertirles —continuó—. Quieres informarles de las divisiones internas que sufre el Imperio.

—Bab-Girsu también forma parte del Imperio. Necesito…

—No necesitas nada, Kimbra. —Su voz fue firme y tajante—. Lo que sientes es culpa, no deber.

—¿Y si fueran lo mismo?

Él negó, casi con lástima.

—Entonces no estarías pidiendo permiso.

No supo qué responder, y no fue capaz de hacerlo.

—Estás demasiado cerca de esto.

Apretó la mandíbula y alzó el rostro digna de su posición.

—Estoy donde debo estar.

—No. —Su voz se endureció—. Estás emocionalmente comprometida con la idea de que la paz es posible y necesaria.

La miró como se mira a un soldado herido que insiste en seguir luchando al borde de la muerte.

—Y eso te vuelve imprudente.

Dos guardias aparecieron al fondo del pasillo, silenciosos, que se colocaron tras ella sin que ésta se diese cuenta.

—Desde este momento —dijo—, quedas relevada de toda función diplomática y militar hasta nueva orden.

El aire desapareció del pasillo.

—General, no puede…

—Puedo —respondió—. Y está hecho

Señaló con la cabeza a los guardias que la sujetaron por los brazos, sin violencia, pero sin opción a negarse.

—La acompañarán a sus aposentos y no saldrá sin autorización.

Kimbra lo miró a los ojos.

—Si hace esto, nadie les avisará a tiempo.

—Eso no es tu responsabilidad.

—Sí lo es.

Arlan se pellizcó el puente de la nariz.

—No confundas tu culpa con lo que crees que debes hacer.

Los guardias la instaron a avanzar. Arlan dio un paso atrás dejando que se fueran… Sus ojos se endurecieron un poco.

—Descansa. Mañana verás las cosas con más claridad y podremos hablar de esto.

La puerta al cerrarse sonó más fuerte de lo que debería.

O quizá era el silencio de su culpa lo que hacía que se amplificara el sonido.

Se quedó de pie en medio de la habitación, escuchando cómo los pasos de los guardias iban y venían al otro lado de la puerta.

No hacían falta en realidad.

Podía salir si quería.

Pero en el momento en que abriera esa puerta, dejaría de ser una embajadora bajo supervisión para convertirse en un problema oficial.

Caminó hasta el ventanal y miró hacia el exterior. La caída no la mataría. Pero sí podría dejarla sin posibilidad de correr.

Soltó el aire y se dejó caer en la silla del tocador mirando la inmensidad del paisaje, imaginando que podría cruzarlo para poder remediar su error.

El vestido seguía medio desabrochado. La tela le oprimía el pecho como si aún estuviera atrapada en aquella asamblea que la martirizaba.

—He fallado incluso antes de intentar arreglarlo.

Un roce suave hizo que desviara la mirada. Una silueta blanca se deslizó al interior con elegancia.

El gato blanco se subió sobre la cama y sacudió una pata con gesto de fastidio.

—Deberían limpiar más a menudo por fuera —comentó.

No sonrió. Sus manos y mirada siguieron las vetas del tocador.

—Hay dos guardias en la puerta —dijo.

—Lo sé —respondió el gato acicalándose—. Te vieron salir y avisaron al general. La reclusión oficial ya corre por los pasillos.

Alzó la vista de golpe.

—¿Oficial?

—“Retirada temporal por agotamiento tras la audiencia.” —movió la cola—. Una versión amable de “no queremos que hable con nadie”.

Cerró los ojos un instante maldiciendo su suerte.

—El príncipe…

—No ha sido implicado. Aún.

El aún quedó suspendido entre ambos. La angustia la lanzó de su asiento y empezó a caminar por la habitación sin rumbo claro.

—Si me quedo aquí, mañana será demasiado tarde.