CAP 17
Kimbra cerró la puerta tras de sí con cuidado y se quedó un instante apoyada en la madera, escuchando.
A través de esta solo le llegaron pasos que se alejaban por el pasillo, voces apagadas y el roce metálico de una armadura al girar una esquina.
Nada que se acercara a sus aposentos.
—Puedes respirar —dijo Lyren desde la cama.
El gato blanco la observó tumbado sobre la colcha, las patas delanteras descansaban perfectamente alineadas y la cola ondeaba tranquila, nada en el mundo podía alterar su calma.
O eso creía.
Se apartó de la puerta como si la hubieran sorprendido haciendo algo indebido.
—No es nada.
Lyren ladeó la cabeza, despacio.
Kimbra empezó a desvestirse con torpeza, forcejeando con el incómodo vestido de representante imperial. Sus dedos, torpes por la nula experiencia con la seda, resbalaban sobre los diminutos botones forrados.
—¿Qué ha pasado?
Ella tragó saliva.
—Creo… —se le quebró la voz y tuvo que empezar de nuevo—. Creo que he propuesto en la audiencia que la Reina monte dragones para su expansión.
Lyren se incorporó de golpe y su mirada la estudió un largo momento antes de atreverse a decir nada.
—¿Qué has hecho… qué?
Ella dejó escapar el aire de forma entrecortada.
—Pensé que estábamos intimidándola. Usando el pasado como advertencia. No pensé… que pudiese tomarlo como una propuesta.
Consiguió soltar uno de los botones y se dejó caer en el borde de la cama intentando buscar alivio en un éxito tan insignificante.
—Pero ella ha parecido interpretarlo así.
El animal se acercó a ella y se sentó a su lado.
—Repite qué dijiste, palabra por palabra.
Cerró los ojos repitiendo lo que había dicho en la asamblea recordando lo que acababa de pasar hacía menos de una hora como una pesadilla recurrente.
—Y la Reina… —susurró Lyren.
—La vio.
Se llevó una mano a la frente.
—Sé que vio la solución a sus problemas.
Lyren no hizo ningún comentario, pero sus ojos se estrecharon ante el rostro de la reina en sus pensamientos.
Soltó una risa breve, sin humor, intentando aligerar el peso de su pecho.
—Anoche Amonir me contó que los dragones siguen vivos… Creí que estaba reforzando la presión, que si el Emperador quería, podía volver a surcar el cielo sobre un dragón…
Giró un poco el rostro, lo justo para que Lyren viera la culpa clavada en su expresión.
—No pensé que sería ella la que quería montar uno. Le he dado LA idea para su expansión.
El gato guardó silencio unos instantes.
—Kimbra… —dijo al fin—. Si la Reina ya estaba considerando algo así, tus palabras no crearon la idea.
Ella negó con la cabeza.
—Mis palabras han abierto la puerta a algo que tenían prohibido. Y si necesita una excusa… ahora ya la tiene.
El animal no respondió pero no apartó la vista de ella.
Kimbra bajó la mirada hacia sus manos.
—Si empiezan a hablar de domar dragones, de recuperar viejas prácticas… tarde o temprano se expandirá la noticia.
Lyren alzó la vista hacia la ventana.
—Y el Emperador no lo verá como un cambio de costumbres —murmuró—, sino como una declaración de intenciones.
Ella asintió, muy despacio.
—Y empezará la guerra.
El gato guardó silencio un momento más.
Su falta de habla no se produjo porque sí, en su cabeza empezó a ordenar unas piezas que Kimbra aún no alcanzaba a ver.
—Vale —dijo al fin—. Supongamos que tienes razón.
Ella soltó una exhalación temblorosa.
—No quiero tenerla.
—Nadie quiere tener razón en cosas así.
El gato empezó a caminar despacio por la habitación.
—Si la Reina toma en serio esa idea, no la anunciará mañana en un balcón —continuó—. Empezará con estudios, con búsquedas discretas, a buscar gente que pueda proporcionarle el acceso adecuado.
—Y a aliados que consideren los tratados una molestia.
Lyren no respondió, pero el leve movimiento de su cola fue suficiente.
—Tenemos que hacer algo —insistió ella.
Él no contestó.
—No podemos quedarnos esperando.
Lyren se detuvo frente a la mesa.
—La pregunta no es si hacemos algo o no —dijo—. Es qué podemos hacer sin que nos corten la cabeza antes siquiera de mover un dedo.
Una luz brotó en su cabeza y levantó la vista refrescada por la idea.
—Bab-Girsu.
Lyren alzó la mirada hacia ella con la duda en los ojos.
—La ciudad que aún les rinde culto —continuó ella—. Si alguien puede hacerles llegar una advertencia antes de que cunda el pánico… son ellos.
—¿A los dragones?
Kimbra asintió.
—Si supiesen que no es una orden oficial. Si entienden que hay división… quizá se contengan. Quizá se preparen sin lanzarse a quemar medio continente.
El gato volvió a moverse, sus movimientos aunque sinuosos y elegantes como siempre, fueron más contenidos por el flujo de sus pensamientos.
—Avisar a Bab-Girsu es…prudente —dijo—. ¿Cómo piensas hacerlo?
Abrió la boca… y la cerró. Porque las opciones empezaron a desfilar hacia el descarte ellas solas.
—Un mensaje oficial —dijo al fin, sin convicción—. ¿Sellado y urgente?
Lyren la miró con clara decepción en los ojos.
Negó antes de que él le contestara viendo los inconvenientes.
—Pasaría por escribas, registros, supervisores. Demasiadas manos. Demasiados ojos.
Apretó los labios.
—¿Un mensajero de confianza?
—¿De quién? —preguntó—. ¿Tuyo? ¿Uno que no haya jurado lealtad directa al Imperio o a la Corona?
No tenía respuesta.
—Además —añadió Lyren—, enviar un aviso así sin respaldo político suena conspiranoico.
Las paredes empezaron a estrecharse sobre ella, sintiendo como su esperanza empezaba ahogarse por la presión.
—Entonces necesitamos a alguien con autoridad suficiente para que el aviso no parezca una traición… pero que aún quiera evitar una guerra.
Lyren se quedó quieto.
—Eso reduce mucho la lista —dijo al final.
Kimbra levantó la vista y cuando sus miradas se encontraron no hizo falta nada más. Ambos pensaron en la misma persona.
—El príncipe.
Sintió un vuelco en el corazón.
Acudir a él no era como informar a un superior. Era convertir su error en un asunto que implicaba a la familia real.
—Si él me escucha —murmuró—, aún hay una vía diplomática.
—Y si no —respondió Lyren con calma—, sabremos que nadie más lo hará.
Miró la puerta cerrada.
—Necesitamos su ayuda sea como sea —dijo en voz baja.
Se levantó de un salto. La decisión ya estaba tomada; quedarse sentada solo la haría pensar demasiado. Necesitaba verlo, ahora.
—No te acompaño.
Extrañada lo miró desde el umbral de la puerta.
—¿Por qué?
El gato se levantó con elegancia y se desperezó tranquilo, como si la tarde no trajera nada urgente.
—Sería extraño que para un asunto tan importante fueras acompañada del gato.
Ella resopló.
—Nunca he entendido por qué finges que no eres más que un simple gato.
La miró divertido.
—Porque la gente habla con menos tapujos delante de los gatos que delante de los hombres.
Se dirigió hacia la ventana de un salto ágil.
—Además, consultaré algo con unos amigos. Oyen cosas de suma importancia.
—¿Amigos?¿Es por eso por lo que apenas pasas tiempo conmigo?
El gato la miró divertido.
—No eres la única que se codea con miembros de la realeza.
Un mar de preguntas la ahogaron, pero no preguntó, prefirió no saber qué clase de amigos tenía un gato en un palacio.
No quería saberlo.
—No tardes.
—Tú tampoco.
Los pasillos estaban prácticamente desiertos, daba la sensación de que todo el mundo en palacio estuviese debatiendo en secreto lo ocurrido en la Asamblea. Dos sirvientes doblaron una esquina cargando telas y ni siquiera alzaron la vista al verla pasar.
Le inquietó que nadie la detuvo, nadie le preguntó dónde iba. A nadie le interesaba lo que hacía, pero muchos tardaban más de lo debido en apartar la mirada de ella.
No se sentía siendo alguien que iba a pedir una audiencia para pedir ayuda. Parecía más que fuese alguien que iba a confesar un crimen que aún no había cometido... ¿No?
Cuando llegó, a lo que pensaba que eran los aposentos del príncipe, un hombre ya tenía la puerta entreabierta para ella. No anunció su nombre, solo la dejó pasar y cerró la puerta tras ella con cuidado.
La estaba esperando.
El príncipe estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la habitación, con las manos tamborileando nervioso el alféizar. La luz del sol lo bañaba todo sin tregua, marcando aún más la rigidez de sus hombros.
No se giró cuando ella entró.
—Llegas tarde —dijo con voz serena.
Kimbra se detuvo a dos pasos de la alfombra central.
—Amonir, yo…
—¿Sabes lo que has hecho?
Sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
—Yo…
El príncipe giró al fin el rostro. Aunque no era clara, una furia ardía contenida en el fondo de su ser.
—Mis telépatas no suelen coincidir en el tono de las emociones —continuó él con calma—. Pero en esto estaban de acuerdo.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Mi madre no estaba intimidada.
Tragó saliva.
—Lo sé.
Amonir asintió con gravedad.
—Entonces sabes que tenemos un problema.
Sostuvo la mirada del príncipe un instante más, luego habló antes de que el silencio se volviera insoportable.
—Aún podemos evitar que esto escale.
Él no respondió, su mirada la estudió esperando que lo que tuviese que ofrecer fuese digno de su atención.
—Si Bab-Girsu sabe que no es una decisión oficial. Si entienden que hay división entre la corona y el Imperio… pueden preparar su negativa.
Los dedos del príncipe se tensaron detrás de su espalda.
—Quieres advertir a los dragones.
—Quiero advertir a quienes pueden hablar con ellos —corrigió—. A Bab-Girsu. Los que deben impedir que la Reina llegue a los dragones.
—¿Y cómo pretendes hacerlo?
—Con un mensaje.
El príncipe desvió la mirada hacia la oscuridad de la habitación, claramente decepcionado.
—Un mensaje.
Kimbra asintió.
—Sellado y urgente. Con tu autoridad e influencia llegará rápido.
Amonir aguardó lo suficiente como para que la esperanza que tenía empezase a ahogarse por sus dudas.
Cuando habló, su voz fue más baja, y sus palabras cortaron sus alas.
—Durante debates de Estado, toda comunicación diplomática queda bajo supervisión directa de mi madre.
—¿Supervisión…?
—Lectura, registro y aprobación de salida. —Hizo una pausa—. También de entrada.
La verdad cayó como una losa sobre ella.