Kimbra, Rastros de una Voz sin Nombre (Ecos de Libertad 2) CAP 16 #5
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CAP 16 #5

Sus ojos no estaban en Kimbra, ni en la reunión misma, miraron más allá de la sala.

Acababa de ver un camino que hasta ese instante no había considerado… o que había descartado por imposible.

Princesa y Reina intercambiaron una mirada fugaz.

La Reina inhaló despacio.

Exhaló.

El intercambio entre consejeros continuó, retomando una discusión que no sabían que se había detenido apenas en el tiempo. Seraneth asintió en los momentos adecuados… pero su mirada no regresó del todo al presente.

Y cada cierto tiempo, Elyndra volvía a observarla, comprendiendo que algo acababa de ponerse en marcha en la cabeza de su madre. Y solo Arlan entendió la gravedad de sus planificaciones.

El intercambio continuó unos minutos más, pero ya sin interés real de la Reina. Las palabras giraban sobre lo mismo con cortesía impecable y voluntad nula de ceder.

Seraneth escuchaba, asentía en los momentos adecuados, formulaba las preguntas justas y escuetas. Nadie habría podido acusarla de descortés.

Pero tampoco de compromiso.

Arlan intentó jugar su última baza.

—Majestad, si lo desea, Kaath…

Pero ella le detuvo, alzó una mano.

—Herthanis agradece la claridad del Imperio —dijo con voz serena—. Una decisión de esta magnitud no puede tomarse con premura. Debo consultar con mi consejo y considerar lo que es mejor para mi pueblo.

Arlan inclinó la cabeza.

—El Imperio respetará el tiempo de deliberación de Su Majestad —respondió.

La Reina sostuvo su mirada un instante más de lo necesario.

—Os haré llamar cuando haya una respuesta que esté a la altura de esta conversación.

La audiencia había terminado.

Los consejeros se retiraron primero. La princesa permaneció junto al trono, murmurando algo que nadie alcanzó a oír. La Reina no apartó la vista de la puerta por la que salió la comitiva imperial.

Kimbra sintió esa mirada en la nuca hasta que las puertas se cerraron tras ellos con un golpe sordo.

El eco aún vibraba cuando Arlan habló sin volverse.

—Habitación lateral. Ahora.

No fue una sugerencia.

Caminaron en silencio por el pasillo custodiado por tapices y gruesas columnas. Nadie habló hasta que la puerta de una cámara privada se cerró y Drenor se aseguró de que no hubiera oídos indiscretos.

Entonces la contención se rompió.

Rion se giró hacia Kimbra apenas cruzaron el umbral.

—¿Se puede saber qué estabas pensando?

—Rion… —empezó Sierra en voz baja.

—¡Dragones, Kimbra! —estalló—. ¿En mitad de una negociación de independencia?¡Esto es algo serio!

Sintió cómo el peso de todas las miradas caía sobre ella.

—Solo intentaba…

—Basta.

La palabra de Arlan cayó seca, cortando el aire.

Por primera vez desde que lo conociera, el general no parecía un bloque de piedra. Parecía un hombre conteniendo una tormenta que le ahogaba por salir.

—Acabas de desestabilizar un equilibrio estratégico que lleva siglos en pie.

El silencio posterior ya no fue de tensión diplomática. El desconcierto golpeó a los otros.

Drenor fue el primero en salir del estupor.

—¿A qué te refieres?

Arlan lo miró.

—Los dragones siguen vivos.

Nadie se movió.

Sierra habló con voz más baja de lo habitual.

—¿Vivos?¿Qué… qué implica eso?

—Implica —dijo Arlan— que mientras el mundo crea que están extintos, nadie intentará capturarlos. Nadie intentara criarlos. Nadie intentará convertirlos en armas.

Kimbra sintió un frío lento subiéndole por la espalda.

—¿Usarlos? —preguntó Drenor.

El general se pasó una mano por el rostro.

—Las escamas de dragón son el núcleo de las aleaciones imperiales más avanzadas. Armaduras, núcleos de energía, estructuras que no se quiebran bajo presión mágica…—de un paso se acercó a Kimbra y cogió su colgante mostrándolo a sus subordinados— Nada de eso existiría sin ellas.

Rion se llevó una mano a la cabeza.

—Eso significa que mi madre tenía razón.

Sierra lo miró fugazmente cargada de veneno.

—Callate Rion. —Volvió su atención al general—. Entonces el secreto protege la ventaja del Imperio.

Arlan negó una vez.

—En parte.

Rion salió de su estupor.

—¿Y la otra parte?

Arlan miró a Kimbra con gravedad.

—La última vez que intentaron dominarlos… casi acabamos con el mundo.

Nadie tuvo nada que añadir.

—Los tratados antiguos no eran pactos políticos sin más —continuó—. Eran juramentos de protección, prohibiciones de caza...

Drenor tragó saliva.

—¿Con quién se firmaron esos tratados?

El general sostuvo la pregunta en el aire un segundo.

—Con los propios dragones.

Kimbra sintió que algo dentro de ella se hundía.

—Yo…

—¿Tú lo sabías?—preguntó Rion, alterado.

Ella no supo que responder, pero algo en su mirada la delató ante el chico.

—Si se supiera —añadió Arlan— cada territorio intentaría capturar uno.

Sus ojos se endurecieron.

—Y ahora acabas de plantar esa idea en la cabeza de una reina que quiere unificar el sur bajo su bandera.

Todos imaginaron lo mismo.

Estandartes. Fuego. Sombras de alas sobre ciudades indefensas.

Sierra cerró los ojos un instante.

Drenor apoyó la espalda contra la pared, pálido, dirigiendo su mirada a un punto indefinido de la habitación.

Kimbra apenas pudo afrontar la mirada de Rion a su lado.

—Yo solo intentaba…

—Has hecho que una posibilidad prohibida suene alcanzable —dijo Arlan, sin alzar la voz—. Y cuando los poderosos creen que algo es alcanzable… dejan de preguntarse si deberían hacerlo o no.

El silencio cayó, pesado como una losa.

Arlan se enderezó.

—Ya no podemos intervenir. Debo hablar con el Gran Consejero. Y envíar una nota al Emperador.

Se dirigió a la puerta.

—Desde este momento, nada de lo ocurrido aquí sale de esta sala.

Salió sin esperar respuesta.

La puerta quedó abierta tras él igual que una herida que nadie se atrevió a cerrar.