CAP 16 #4
—No puedo enfrentarme abiertamente a mi madre. Todavía no. No sin provocar justo el caos que intento evitar.
—Eres su hijo, puede…
—No. No soy el heredero.
—Habla con tu hermana. Elyndra…
—Mi hermana no me escuchará.
Se detuvo frente a ella.
—Pero tú estarás mañana en la reunión —continuó Amonir—. Y no perteneces a este tablero.
—Eso no me da poder para cambiar nada.
—No —admitió—. Pero te da algo mejor.
La miró con gravedad contenida.
—Perspectiva.
No pudo evitar rodar los ojos y tomar una ligera distancia del príncipe.
—No estoy segura de que eso sea mejor que el poder.
Bajó la vista hacia sus manos. No se había dado cuenta de que las estaba retorciendo hasta ese momento.
—Si mi madre cruza ciertas líneas —continuó—, muchos callarán por miedo. Otros por conveniencia y algunos porque creerán de verdad que se hace por salvar un ideal.
Bajó la voz.
—Necesito que alguien sea capaz de reconocer ese momento… y no aceptarlo como necesario.
Kimbra lo miró con intensidad. Hacía poco que se conocían, pero podía confiar en él, y lo hacía.
El peso de la conversación cambió de lugar. Ya no flotaba en mapas, ejércitos o dragones.
Se asentó, silencioso, sobre los hombros de Kimbra.
—Amonir, yo no puedo evitar que tu madre tome el control del sur… ¿Qué me estás pidiendo exactamente? —preguntó despacio.
Sus miradas se sostuvieron.
—Te pido —añadió él— que cuando llegue el momento de elegir qué clase de mundo se está construyendo… seas capaz de decir algo.
El viento volvió a colarse entre las sedas, suave esta vez.
Kimbra bajó la mirada un instante. No porque dudara de él… sino porque empezaba a comprender el tamaño de lo que no se estaba diciendo. Tenía que hacer lo posible por evitar que Seraneth se expandiera y así cortara los suministros del Imperio.
Pues si la Reina no colaboraba, la Mano de Oro actuaría y sin duda perdería la amistad con Amonir.
Él se inclinó, tomó su mano entre las suyas, y rozó en un ligero beso sus nudillos.
—Eso es todo.
Pero ambos sabían que nada era tan simple.
La conversación la siguió por el mutismo de los pasillos, pegada a la piel como el sudor de pasar todo el día en los jardines del palacio bajo el sol del desierto.
Pero dentro de su cabeza, todo era ruido.
Dragones que no estaban muertos.
Un Imperio sostenido por restos de criaturas que el mundo creía extintas.
Un reino al borde de una limpieza étnica y una expansión violenta.
Y un príncipe que no le había pedido nada…
Y se lo había pedido todo.
Cuando por fin cerró la puerta de sus aposentos, el resguardo de la privacidad no le alivió. Se sentó en el borde de la cama sin molestar al gato que dormía profundamente a su lado. Las gasas susurraron contra el colchón al acomodarse.
Miró sus manos.
Aún podía notar la tensión en los dedos, como si hubiera estado sosteniendo algo invisible durante demasiado tiempo. Tenía que hablar con el general y su equipo, pues creía que tenía la información que estaban buscando, pero…
¿Cómo llegaba hasta la mansión?
Salió al pasillo en un par de ocasiones, buscó una respuesta en las esquinas sin alejarse demasiado, hasta que al final se derrumbó en la cama convencida de que podría contárselo todo a Arlan antes de la asamblea.
No consiguió dormir en toda la noche.
La mañana llegó con suavidad. La luz dorada se filtró entre las cortinas mientras el murmullo lejano de sirvientes despertaba al palacio: pasos apresurados, puertas que se abrían y voces contenidas le dieron los buenos días.
Se dejó vestir sin prestar demasiada atención a los comentarios negativos de madre e hija, encargadas de vestirla. Al parecer no estaban de acuerdo con las telas y los colores elegidos para representar a su delegación.
Le colocaron el broche de embajadora en su pecho y ella, a escondidas, se puso el de la Mano de Oro oculro entre los pliegues del vestido.
Asintió cuando le preguntaron si estaba lista.
Cuando entró en la sala de la Asamblea, el peso de la arquitectura la obligó a volver al presente.
Columnas imponentes, talladas y pintadas con lacas de colores que brillaban bajo la brillante luz del sol, les rodearon como colosos que juzgarían la reunión. Una claridad blanca y severa lo iluminaba todo casi sin dejar espacio para las sombras.
Y al fondo, elevado sobre escalones de mármol, un trono de oro y gemas que parecía más símbolo que asiento.
Ocupó su lugar entre los suyos, sintiendo las miradas y la tensión que flotaba en el aire igual que electricidad antes de una tormenta.
El general se inclinó hacia ella con disimulo, sin apartar la vista del frente.
—¿Dónde estabas? No has aparecido esta mañana en la mansión.
Kimbra intentó no fruncir el ceño.
—No sabía que tenía que ir. Yo…
—¿Y pretendías que entráramos aquí sin coordinar nada? —murmuró él, en voz baja pero afilada—. Limítate a seguir mi línea.
Ella apretó la boca, tragándose la respuesta.
Arlan avanzó hasta el centro del salón con la precisión de un hombre acostumbrado a aquellos agobiantes protocolos. Las insignias de su uniforme militar, impecable, atraparon la luz que descendía desde lo alto.
Se inclinó con una profundidad respetuosa.
—Majestad. Herthanis es un pilar histórico del sur. El Imperio no lo olvida… ni lo subestima.
La Reina lo observó desde su trono con una ligera sonrisa que no fue de cortesía, sino de orgullo. A su derecha, la princesa permanecía erguida, atenta. Dos consejeros flanqueaban los escalones inferiores del estrado, silenciosos.
Arlan continuó:
—Los tiempos que se avecinan exigen estabilidad. Rutas seguras. Fronteras claras. Prosperidad que no dependa del capricho de estaciones difíciles… o vecinos inciertos.
Hizo un gesto leve con la mano, y Sierra dio un paso al frente, sosteniendo un estuche sellado con el emblema imperial.
—El Imperio ofrece ampliar el suministro de grano y hierro refinado a Herthanis durante las próximas décadas. Ingenieros reforzarán calzadas y puertos. Y nuestras legiones garantizarán la seguridad de las rutas comerciales de todo el sur.
Rion apenas movió el peso de un pie a otro, Sierra mantuvo el mentón alto mientras que Drenor no apartó la vista de la Reina en ningún momento.
Arlan no levantó la voz.
—A cambio, solo pedimos continuidad en la cooperación actual: coordinación militar, regulación de milicias locales y alineación de políticas exteriores para evitar… malentendidos que puedan desestabilizar la región.
La pausa fue breve, pero calculada.
—La fortaleza del sur siempre ha residido en su unidad bajo un liderazgo claro.
Arlan inclinó la cabeza y retrocedió un paso.
La Reina no contestó de inmediato. El silencio se extendió como la niebla, lento y pesado.
Apoyó una mano en el brazo del trono, recorriendo con los dedos una incrustación de piedras oscuras, tanteando la textura de la oferta.
Cuando habló, su voz no fue más alta que la de Arlan, pero llenó el espacio con otra clase de autoridad.
—El Imperio siempre ha sido generoso cuando su estabilidad se ve reflejada en la de otros.
Uno de los consejeros inclinó la cabeza, aprobando sus palabras.
—Herthanis valora esa generosidad. Hemos prosperado gracias al intercambio, al comercio y a la paz.
Ajustó su postura, lo justo para marcar presencia sin romper la calma y tranquilidad que irradiaba.
—Pero la prosperidad que no nace de la propia tierra… es frágil.
Elyndra bajó la mirada un instante, pensativa.
—Nuestro sur no es una frontera lejana del Imperio. Es un mosaico de pueblos, lenguas y tradiciones que han aprendido a sostenerse entre sí mucho antes de que existiera un estandarte común sobre ellos.
Miró a los presentes uno por uno, deteniéndose un segundo más en Arlan.
—No buscamos romper la unidad. Buscamos fortalecerla desde dentro.
Sus consejeros asintieron con discreción.
—Queremos cooperación, sí. Intercambio, también. Pero queremos que la voz del sur tenga peso propio en las decisiones que moldean su futuro.
Sus ojos regresaron a Arlan.
—Herthanis aprecia la atención del Imperio.
Sus cejas apenas se levantaron un ápice de continuar.
—Pero necesita la unión del sur para ser más que una provincia bien abastecida.
El silencio que siguió fue denso, contenido entre pocas personas… y cargado de implicaciones para todo el continente.
Arlan inclinó la cabeza, aceptando la réplica sin concederla.
—El Imperio no busca reducir a Herthanis —dijo con calma—. Busca evitar que el sur vuelva a fragmentarse, como en épocas que todos preferimos mantener en los libros de historia.
Uno de los consejeros de la Reina entrelazó los dedos.
—La historia también enseña que el poder concentrado termina por olvidar a quienes sostiene.
Arlan no desvió la mirada.
—La historia enseña, sobre todo, que la paz se mantiene cuando nadie duda de quién puede imponerla.
La frase quedó flotando. No sonó a amenaza, pero sí como un recordatorio.
Kimbra sintió que algo encajaba mal.
Arlan estaba insinuando la fuerza del Imperio… pero la Reina no parecía impresionada. Tal vez porque no entendía de verdad de dónde venía ese poder.
Antes de que pudiera detenerse, habló.
—El Imperio no siempre impuso la paz solo con ejércitos.
Las miradas se giraron hacia ella.
Kimbra tragó saliva, pero ya estaba dentro de la frase.
—Se alzó sobre alianzas… y sobre fuerzas que ningún reino podía siquiera desafiar.
Arlan giró el rostro hacia ella. Solo un instante. Suficiente para que su mirada dijera, sin pronunciar una palabra, que no siguiera.
Pero Kimbra siguió, intentando recalcar la amenaza que suponía de verdad el Imperio.
—El Imperio se alzó sobre lomos de dragones.
El tiempo mismo contuvo el aliento.
Arlan mantuvo la vista al frente perdiendo la fuerza de su mirada.
Rion dejó de moverse. Drenor tensó la mandíbula a su lado. Sierra no reaccionó… pero sus dedos apretaron con fuerza el estuche sellado.
Por un instante pensó que había reforzado la posición del Imperio.
Luego vio la expresión de la Reina.
Sus dedos, apoyados en el brazo del trono, se tensaron disimuladamente sobre la piedra. La presión fue mínima, pero suficiente para blanquear los nudillos bajo los anillos.
Su cabeza se inclinó levemente.